Bahía de traspasados

El druida anda algo jodido últimamente. No encuentra forma de acallar los aguijonazos que siente en el estómago. Tiene digestiones lentas y dolorosas, se hincha, no halla la manera de liberar sus intestinos. Y el dolor en las rodillas. Antes de cada paso ya sabe que notará un mordisco en cada articulación. Y le jode.

No tiene a quién recurrir. Y a él no le valen las hierbas en infusión ni las cataplasmas de hígados de ave con las sus vecinos sienten alivio, ignorantes de la vacuidad de estos remedios.

Desde su cueva en el bosque sigue acercándose cada día hasta las cabañas cercanas a la playa. Combado bajo el peso de sus aflicciones, hace por erguirse cuando llega al camino que lleva al mar. Uno tiene sus responsabilidades y no puede rebajar su autoridad apareciéndose como un viejo achacoso; ¡hasta ahí podíamos llegar! Son cosas de la dignidad de su condición, que, por otra parte, él nunca pidió.

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Hitos en Point du Raz (c) JR

Su maldición viene de nacimiento. Consecuencia viva de noches de sexo fulmíneo de quien no debía con quien sí quería, fue entregado al cuidado del mago del bosque de Argoat. Quedó privado de la dulce rutina de quienes se juegan cada tanto su vida en las barcas que, lejos de los acantilados, buscan el sustento plateado en el mar. Una vida de conjuros y estudio, de ritos y destilado de plantas, de códigos y destripe de pájaros en que leer el futuro no escrito.

Ahí le veis, entonces. Está hasta los huevos.

No son más que semanas lo que le quedan antes de apagarse. Conoce los pasos siguientes, ¡más de una vez los ha presenciado!: le encontrarán en su lecho y se hará silencio. La noticia correrá como fiebre de invierno. Esa noche se encenderán hogueras en la playa y sonarán fúnebres las cornamusas. Todos se retirarán a sus cabañas y, ya de madrugada, una mano vigorosa elegirá la puerta a la que llamar antes de desaparecer.

El señalado se levantará con miedo, sueño y decisión. Llegará descalzo hasta el modesto túmulo en que descansa el druida y cargará con su cuerpo y con su alma hasta la barca en la orilla. Solo y aterrado iniciará el viaje para traspasar las corrientes marinas y arribar a Île-de-Sein. Rápido, rápido, hay que estar de vuelta antes del amanecer. Allí, en la plataforma de piedra, dejará el cuerpo transportado entre el ruido de las gaviotas nocturnas y emprenderá el camino de vuelta. La barca, en lugar más ligera, pesará más.

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Mezcla de corrientes en Pointe du Raz (JR)

Así acabará su vida de mago. En otro mundo, pues tal cosa es una isla. A salvo ya del papel de sabio podrá descansar sin obligaciones, como quien se escapa de casa y elige vivir en una rotonda entre dos caminos. Fin. Se acabó. Antes de desvanecerse soñó otra vez con ese atardecer de verano en la costa, sentado en una silla de playa y con una botella fría de vino blanco en la bolsa térmica, una copa en una mano, la otra en mano ajena.

Ese día llegará pronto. Mientras tanto, el druida levanta un poco la nariz, entorna los ojos y elige en qué choza pasar el día. Sí, ¡qué coño! al diablo la gastritis, tiene pinta de que allí tienen guiso picante de jabalí.

 

Pointe du Raz. Baie des Trépassés (prefiero traducirlo mal, suena mejor)

Bretaña. Agosto 2016.

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Pequeño “in memoriam”

Cuando nos volvimos a encontrar me dijiste que íbamos a hacer grandes cosas, y quedamos emplazados para una comida cuando se cumpliera un año de tu previsión. Te dije que si realmente lo conseguíamos pagarías tú. Pero ya no vas a acudir a la cita, no puedes.

No han sido tantos meses desde entonces, demasiados pocos hasta esta separación dura e inesperada. Se han quedado cortos los cafés compartidos y en las listas de proyectos que manejábamos en ese inicio aún quedan muchas líneas sin el característico “√” con el que indicabas la consecución del objetivo.

Este sitio desde el que te escribo, que yo concibo como privado pero que no deja de ser un ventanuco abierto a cualquier curioso o indiscreto, es el que elijo para este pequeño, mínimo, inapreciable homenaje. Sigue leyendo

Por eso, Giacomo

-Pero, aita, este año yo quiero ir a jaias de Mundaka, ¡van a ir todos!

-He dicho que no, e no voy a repetirlo. Escucha, nosotros no somos come tutti, te lo he dicho muchas veces. Si hemos llegado a ser algo es porque trajimos aquí cosas diversi ¡E no me pongas cara de que ya los sabes!. Mira, te recuerdo otra vez antes de que llegara la famiglia a este pueblo las anchoas eran solo cebo de pesca. ¡Las anchoas, mamma mia! E nosotros trajimos la técnica de los salatori; no la técnica no: ¡el arte de los salatori di Porticello!. Antes de eso, lo único que tutti sabían era conservare las anchoas con piel y con espinas, ¡sólo le quitaban la testa!

Y luego nosotros fuimos los que les enseñamos cómo hacer los filetti. Al principio, los cubríamos de mantecca para conservarlos en la lata, e les poníamos alcaparras para atenuar el sapore. Pero era tan cara la mantecca que empezamos a usar il olio. Si fuéramos como tutti no hubiéramos quitado la piel y las espinas a las anchoas, ni habríamos pasado de los toneles a las conservas di hojalata… ¡este pueblo no sería el mismo!

Entonces, mientras Giacomo se aburre con la enésima repetición de la historia, su padre piensa en los veranos en que está de nuevo en Porticello, y en todas las veces que él realiza con placer el delicado proceso de desprender a su primer amor de verano de su ropa y sus prejuicios. Cómo tras los primeros forcejeos incruentos ella siempre acaba cediendo y queda lista para él, sedosa y deliciosa, como un bocado que tiene el sabor de la comida olvidada de la infancia. Sigue leyendo

La trazada de la curva

No sabría explicarte cómo ir a esta playa. Ésta no es la playa de mi infancia, adolescencia y juventud; ésta es una playa que conocí más tarde, ya casi a punto de casarme, y por ese mismo motivo. Es, por tanto, la playa de otras familias, de otras personas que hoy siguen llamando a los sitios (terrazas, tiendas, restaurantes, …) por los nombres que tenían cuando ellos los conocieron.

A esta playa hay que ir en coche. Se puede ir andando, pero resulta un poco lejos. Y yo no sé explicarte el camino, pero sé que al final siempre hago el mismo y que llego sin problemas. Las calles, los cruces, los solares y las señales de tráfico de este lugar están desordenados, a medio hacer en algunos casos.

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Me gustaría explicarte dónde se se encuentra esa curva a la que aún no tengo tomada la medida. Está en una zona en la que pareces haber salido de la zona urbanizada del pueblo: durante unos cientos de metros la carretera sin arcén discurre entre casas aisladas, pequeños huertos, supongo que con naranjos, olivos o azahar, y algún chalet con piscina, obra de los buenos tiempos en Levante.

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En el aire

Somos gente de principios, sin duda; a una edad ya sabemos lo que queremos y lo que nos gusta (cuestión distinta es que nos atrevamos a tomarlo, pero eso es harina para otra galleta) y, sin embargo, el contexto nos puede.

No hablo esta vez de grandes posicionamientos ideológicos, ni de asuntos tan graves como la defensa de la uva tempranillo frente a la garnacha; hablo de cosas más simples. La cuestión es que nuestro vestuario cambia en verano, y cambia, a veces como si no fuera a haber un mañana. Habría mucho que hablar sobre todo esto, sobre diseños, cantidades y calidades, sobre las transparencias y los bikinis, sobre pulseras y tatuajes, pero dejando de lado cuestiones inabarcables como lo son, por ejemplo, las camisetas de tirantes (masculinas preferentemente) me centro hoy en cuestiones que están mucho más cercanas al nivel de la tierra que pisamos. En concreto, a esa costumbre de llevar los dedos de los pies al aire durante el verano (costumbre que algunos, desde luego, negarán con firmeza durante el duro invierno)

……..

El caso es que él no es en absoluto partidario de salir así, enseñando los dedos de los pies, a la calle. Pero como las maletas del matrimonio las hace su mujer y ella ha decidido que ya está bien de ir con náuticos y que así estará algo menos serio durante las vacaciones, no lo queda más remedio que salir con esas sandalias abiertas. Es viernes, llegaron hace pocos días a la playa; de hecho él aún no ha sido capaz de quitar el rictus serio, la cara de tener dolor de estómago que le acompaña durante el año laboral. Sigue leyendo

Miradas cruzadas

Necesito andar y vuelvo a casa dando un gran rodeo. Al pasar por la playa de Las Arenas veo al fondo un crucero atracado en el muelle.

Levad las anclas (c) JR

Levad las anclas (c) JR

Aún no nos hemos acostumbrado a tenerlos por aquí, y nos siguen llamando la atención. Continúo el paseo con la mente enmarañada en los jirones de mi día, pero al rato me vuelvo a comprobar si el barco sigue allí todavía, y como ahora lo veo a través de los mástiles de las embarcaciones de recreo, no estoy seguro de si es él lo que se mueve o es mi propio caminar el que produce su deslizamiento en el espacio.

Otras veces, al hacer este mismo paseo entretengo mi vista en los bloques de piedra de la escollera, y sobre ellas veo corretear nerviosos animalitos: normalmente son pájaros, pero en ocasiones lo que mis ojos ven son pequeñas ratas por un instante. Sigue leyendo

Memoria de pérdidas

Construir la historia de uno mismo basándose en los recuerdos viene a ser como tratar de plantar en la playa castillos hechos de agua de mar. Las fortalezas que así se levantan resultan haber crecido sobre ladrillos de arena, incapaces de oponer la más leve resistencia, ni siquiera a la fuerza de la más desinteresada de las miradas.

 

Tratado de arquitectura efímera

Tratado de Arquitectura Efímera (c) JR

Era otro el párrafo inicial que una vez tuve en la cabeza para iniciar esta entrada, sin embargo, con innegable lógica interna, las líneas que lo formaban se han deshecho por el camino de los días o, al menos, eso me parece creer. Leí hace tiempo que el escritor Caballero Bonald sufrió durante una temporada una enfermedad que si bien no afectó a la elegante sonoridad de sus apellidos sí le creaba cierta desorientación vital: la tal dolencia consistía en fabricarle recuerdos falsos. Recuerdos, supongo, que le hacían entretenerse en algunas ocasiones en recrear placeres que no fueron y en sufrir punzadas de culpa o tal vez lamentos inmerecidos en otras. Sigue leyendo