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Objetos perdidos en los Picos del Infierno

La sucesión de hechos y anhelos que nos lleva, es decir, lo que algunos llaman “la vida”, no siempre ofrece términos medios: si propongo matrimonio, o es un sí o es un no; si presto uno de mis libros preferidos, o me lo devuelven o no me lo devuelven; si, ¡qué sé yo!, abro la boca, o hablo o me callo.

De manera similar, mi pensamiento es que si voy al monte, o llego hasta arriba o no llego. En la costumbre asentada en los últimos años de realizar una subida en Pirineos en el mes de julio, todas las expediciones se habían ido saldando con la llegada a la cima (no diré con su “conquista” porque no se trata de una guerra): el Anie, la Mesa de los Tres Reyes, el Garmo Negro, el Taillon. Mi objetivo de este año eran los Picos del Infierno desde el Balneario de Panticosa.

Diría que al tener un objetivo el campo de visión se centra en él y se impone al resto de los sentidos. Así, poco importa el sabor de boca que tengas (¿te has lavado o no los dientes tras desayunar a las seis de la mañana?, ¡qué más da!), las conversaciones perdidas que oigas, el tacto que tengan los cordones de las botas o el olor de la montaña cuando amanece. Al modo del restaurador de cuadros envejecidos, al recordar o al proyectar solemos limpiar del ruido que nos ha rodeado las imágenes que nuestro cerebro pinta (aunque, por cierto, esos sonidos de fondo son los que a veces nos dan la tranquilidad de no tener que llenar todo encuentro con palabras o caricias)

Elementos (c) JR

Elementos (c) JR

Soy yo el que subo, soy el sujeto del esfuerzo medido que me debiera llevar al objeto de mi andadura.

Así empieza la subida, lenta y destinada a no acabar en la cumbre. Los pronósticos meteorológicos son claros y coinciden en que habrá lluvia antes de poder hacer cima. Seguimos el trazo de la ruta que llevamos en el móvil, sigo el silente rastro de quien antes hizo ese recorrido, seguimos la dirección que nos indican otros que se cruzan en nuestro camino. Sigue leyendo

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Empalagosamente

No soporta los olores empalagosos, especialmente en lo que a colonias se refiere. Al profundo desagrado se une la incomprensión, y cuando percibe una de esas fragancias tiene que reprimirse para no buscar con la mirada la complicidad del resto de personas cercanas. Junto con tales aromas le llega la impresión de ofensa, de agravio, casi diría que de infamia.

Aun así procura disimular. Piensa que hay gente sensata capaz de perfumarse con esas colonias que de un dulce tan denso que exhalan hacen picar la garganta y escocer los ojos. En cualquier caso, y aunque no lo sepa, no son los sentidos lo que se saturan, es su propia mente la que percibe la marea de azúcar quemado y pétalos de rosa borrachos que se desprende de tales olores.

Aquella chica olía así y quizá todo en ella sintonizaba con su perfume: era grande, evidente, con su boca amplia hablaba mucho, rápido y con marcado acento; sus camisas eran amplias y tenían bordados; su pelo, largo. Pero él accedió a su invitación de desayunar juntos un día. La excusa formal era comprobar si realmente ella era capaz de comer por las mañanas tanto como decía. Sigue leyendo

Potencias del alma

Peldaños también (C) JR

Peldaños también (C) JR

En este caso las huellas de la memoria son las huellas que yo mismo dejé durante un tiempo en las salas y pasillos del Hospital de C. Pocos sitios resultan para mí tan amenazantes como esos edificios monstruosos con múltiples plantas, puestos de enfermería siempre vacíos y directorios de especialidades médicas a cada paso.

Durante aquellos pocos meses descubrí la existencia de agujeros negros en la tierra: líneas de fuga de la normalidad cotidiana que llevaban a estancias ocultas para nosotros, ciudadanos mediocres. Frente a uno de esos espacios pasaba yo cada tarde de camino al ascensor que había de arrojarme a la calle mojada en lluvia. El cartel era conciso y contundente: “oncología pediátrica” Sigue leyendo

Hablar claro

Ida (c) JR

Ida (c) JR

 

Rebuscaba

No hago otra cosa que buscar

bajo la lluvia, que siempre queda bien entre unos versos

Corría

con la cáscara del alma hecha jirones,

porque “jirones” es una palabra que encaja en cualquier poesía

(y también “cáscara”, como “lágrima” y otras esdrújulas)

Sentí la necesidad de romper,

y quise ser fractal

pero no del todo porque no entendí la definición del diccionario

Era sólo cuestión de no respirar aire conocido

porque atrapa tanto como protege

“O pensar o luchar,” leí que decían

Y yo decidí andar

.     .     .

Y en eso ando.

Placeres pequeños (II)

Piensas mientras bebes el café del desayuno en lo que viste ayer: las obras de reforma de la plaza han descubierto el empedrado viejo bajo el asfalto que están renovando. En el monte, la tierra que a veces pisas no es sino la última de las varias capas que tendrías que atravesar hasta llegar a la roca que todo lo sustenta: hojas, musgo, barro, restos arbóreos y orgánicos que se ordenan y acumulan.

Alfombrada (c) JR

Alfombrada (c) JR

En algunas ocasiones la lluvia – y crees que en otras ocasiones el calor del sol – penetra en esas láminas superpuestas que forman el paisaje del campo a ras de suelo. Así, se descubren y brotan los olores especiales que sólo se pueden crear con la lenta mixtura de elementos diferentes, todos ellos nacidos bajo un cielo libre.

“Huele a lluvia”, pero no es la lluvia la que tiene esa intemporal fragancia; “huele a verano”, pero no es la estación en sí la que desprende ese aroma.

Terminas de desayunar. Es pronto y nadie está levantado aún en casa. Sigue leyendo

Placeres pequeños (I)

Carretera y lluviaEl día no había empezado así, nada anticipaba la deriva de los acontecimientos.

Sin saber muy bien cómo acabas en ese sitio, y en esa situación. Decides dejarte llevar con todas las consecuencias.

Poco a poco se ha hecho inexcusablemente tarde; es ya casi de noche. Sales y cierras la puerta sin mirar atrás y te diriges al coche. Abres y te sientas, la sonrisa tenue aún en la cara; entornados los ojos. Dejas pasar unos segundos.

En la cabeza no hay palabras, sólo colores y el rastro de alguna sensación que no sabes a cuál de los cinco sentidos puede corresponder.

Gotas de la lluvia que ha ido cayendo mientras no estabas se han adueñado del cristal. Forman una agradable película protectora: el mundo queda borroso al otro lado.

Giras sin prisa la llave y el motor se despereza. Vuelves en ti y accionas el parabrisas: lentamente, éste barre con suavidad la película de agua que te ha estado esperando. Aparece el cristal desnudo. Sientes un placer pequeño.Agua en gotas

Ahora lo ves todo más claro.

@josetxu_erre