De qué hablo cuando hablo del paseo

Desde hace algún tiempo, me he visto abocado a pasear. No diría que es exactamente una afición, un hobby, una elección. La cosa empieza cuando el traumatólogo dice que, vista la espalda, “mejor que no juegues más a pádel, ni hagas deportes que tengan movimientos bruscos, tal vez te venga bien nadar”. Se queda a un paso de prescribirme juegos de mesa como única actividad física.

Por suerte, vivo en un pueblo que tiene grandes y bonitos paseos; bueno, en realidad, tiene uno solo, pero es muy largo y se ve el mar, que cada día es distinto y algo consuela. Así que, por la fuerza de la costumbre me he convertido en un paseante, mayormente solitario. Y he descubierto que también pasear es una aventura, un pequeño outdoor training sobre naturaleza humana.

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Paseo del faro

Habitualmente me cruzo con un amplio abanico de especímenes, que han tenido mayor o menor fortuna en la vida, y eso se nota cuando paseas. Suele haber abuelos de los de toda la vida, solo que ahora sobre el pantalón de tergal con raya y la camisa de cuadros llevan un forro polar de “neak peak” o, si les ha ido bien o sus nietos son generosos, de “columbia titanic”. Cuando van en grupos de más de cuatro siempre hay uno que, indefectiblemente, va totalmente aislado y cavilando, a veces coincide con el que va en alpargatas. Me gusta también cruzarme con financieros a punto de jubilarse, que renegaron de los pantalones de pata de elefante en su juventud, pero que ahora se atreven con adidas de color fluorescente fukushima; suelen tener un punto demasiado solemne que no termina de concordar con la radioactividad de sus zapatillas, parecen estar en el pasillo que lleva al Director General (o Directora, que ya las va habiendo, aunque pocas)

Mención aparte merecen las rubias trotonas: coleta tirante, ropa de licra y cara de mala leche, que dejan tras de sí un inquietante rastro de colonia de fiesta y miradas de reojo y de sonrojo. A veces se permiten adelantar a tipos curtidos, de los que hace tiempo hacían jogging, luego se pasaron al footing y ahora cuelgan en facebook su último recorrido haciendo running, incluyendo las calorías presuntamente consumidas.

Hay más paseantes solitarios, otros en pareja, matrimonios que hablan con interés y parejas de parejas que en formación de  dos en fondo progresan por el paseo del faro: los hombres, ya maduros, hablan de alguna última innovación tecnológica que no en realidad no comprenden muy bien pero les han contado en la oficina, mientras  ellas, tres pasos más atrás, aseveran que “desde luego, en mi casa, toda la vida, mi madre, los domingos por la mañana…”

Hay gente que pasea siempre y gente que sólo pasea si no llueve.

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Malos tiempos para el paseo

Se distingue a simple vista a los que llevan cualquier cosa de esos otros que se han comprado ropa específica para pasear. Algunas chicas pasean con botas altas de tacón, y otras con inaprensibles  zapatos planos como cuerpos de nadadoras; ellos suelen optar más por las playeras, en toda su variedad. Unos son más de pantalón de monte, y otros de mil rayas. Me gustan los que llevan chalecos de Aston Martin porque me transmiten serenidad y confianza en la vida (jamás he entrado a una tienda que tenga esa marca; debe ser que soy clase media) Algunos valientes que soñaron de jóvenes con ser socios del club de golf se atreven a pasear con mallas, como si fueran a entrenar para el maratón que jamás correrán porque la vida les ha desfondado mucho antes. También entre ellas se estilan mallas y leggings (ya se sabe que junto con los niños, son las únicas cosas que no mienten ni engañan en este mundo)

He observado últimamente que esta temporada mallas y leggings se lucen en todo su esplendor y amplitud; es decir, las camisetas, sudaderas o en general, prendas superiores con que se acompañan, se han acortado notablemente y no bajan más allá de la cintura, supongo que por influjo de algún creador de tendencias con intenciones, de forma que este año la imaginación trabaja menos que la vista. Nada que objetar.

En fin, paseantes junto al mar, algunos en rehabilitación, otros recién divorciados, algunos que ignoran el tumor que en breve les van a detectar y otros y otras que sueñan con que en realidad no dijeron aquél “sí, quiero” y por eso sueñan que ahora no están en Getxo, sino en Londres o en Roma, Barcelona, con aquel estudiante, con aquella veraneante cuya mirada no se atrevieron a descifrar cuando daba la hora del adiós. Padres y madres que algún día fueron algo más que eso y también novios y novias que lo serán eternamente y a los que aún no les da vergüenza besarse en pleno paseo, besarse como si no fueran a crecer.

A veces recuerdo cuando yo, de pequeño, odiaba pasear. No había nada que hacer contra la autoridad y acabábamos paseando por los mismos sitios que hoy disfruto. Yo decía “no quiero, vámonos, que hay mucha gente” y mi madre decía “¿y qué quieres, que me los coma?” y a mí me horrorizaba pensar en mi madre devorando a todos aquellos incautos paseantes bajo el sol.

Seguiré paseando y observando mientras paseo, con la tranquilidad que me da ignorar cómo me clasifican las personas con las que comparto el camino de la playa y con la serenidad que da saber que, en el fondo, pasea el que no puede hacer otra cosa.

(notas):

(el título lo plagio de Murakami, sí, pero él lo tomó de Carver)

((entrada acogida a la primera enmienda))

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La melancolía de la gabardina

Bogart.

Siempre lo pienso los días de lluvia y no es algo que pueda evitar: odio las gabardinas. Las odio todas, pero especialmente las más clásicas, esas de color indefiniblemente claro, con solapas grandes, largas, mojadas de lluvia, con cinturones apretados. Siempre me han parecido una prenda triste, de domingo de lluvia por la tarde, de deberes sin hacer, de misa aburrida. Es la prenda menos trivial que existe, son una llamada a la seriedad excesiva, grave, a prohibido jugar a la pelota y tener pensamientos impuros.

Desconfío instintivamente de la gente que las lleva, les miro de reojo en el metro, procurando no establecer contacto visual, no quiero que me llegue su mensaje de “no me importas, tengo una gabardina”. Definitivamente, me producen tristeza.

Yo tuve una vez algo parecido cuando tenía 18 años. Tenía el cuello de pana, era de color gris muy muy claro, casi blanco; el forro tenía cuadros escoceses (verdes, blancos, rojos), era suelta, sin cinturón y tenía unos grandes bolsillos, no era más larga que un “tres cuartos”. Esa sí me gustaba. Al poco de empezar la universidad fui con ella a una de esas fiestas que se hacían en la Feria de Muestras, en las que todo era ruido y estaba oscuro. Cruzando el parque me resbalé, los zapatos eran nuevos, hice un comentario y mi amigo no me entendió y respondió algo que no venía a cuento. La tuve durante toda la carrera e incluso la utilicé el primer mes que empecé a trabajar. Puedo decir que me hice mayor con ella.

Tal vez por eso cuando veo que la previsión del tiempo anuncia que va a llover me pongo triste. No me importa la lluvia; la lluvia la puedo soportar, las gabardinas, nunca.

La utilidad de la diplomacia

Groucho

Nunca he sido bueno ni para presentarme ni para despedirme. Tal vez tenga que ver con la dificultad de encontrar mi sitio en el universo, así, sin ambages. La cuestión es que hace un tiempo me picó la curiosidad de estar en la red, y empecé a entrar como quien entra en un piscina con miedo a que el agua esté fría. Pero poco a poco le veo sus ventajas. Y esto es sólo un paso más.

Ez nekeak! es el título, alguien me lo sugirió, quizá en broma. Habría que traducirlo por “nada de cansancio”, “no te canses” o algo así. Es parte de una canción popular “ikusi mendizaleak”, típica de las subidas al monte. Me gusta porque es un enunciado bienintencionado e imposible. Imposible no cansarse, por eso yo lo leo como una llamada a no dejarse vencer por la fatiga, cada uno sabrá por cuál.

¿Y de qué va a ir ésto? No lo tengo claro, no he sido capaz de responder a las sencillas preguntas de las plantillas de wordpress para orientar el contenido de este blog. Si es que lo mantengo contaré cosas que veo, que escucho; no creo que hable mucho de lo que yo pienso, no soy dado a ello, y menos en un territorio hostil como es para mí internet.

Sin más, me hubiera gustado no caer en el tópico de una primera entrada de presentación, de la explicación del nombre del blog y de sus principios, pero también es verdad que últimamente me da por pensar que los tópicos encierran grandes verdades.

Así que este es el comienzo. De todas formas, me acojo a la sabiduría de Groucho Marx y sus presentaciones: “señora, estos son mis principios; pero si no le gustan, no se preocupe, tengo otros”

Nos vemos.