D.O. Rubias de Neguri.

Al igual que un zumo de uva no puede ser Reserva si no pasa suficiente tiempo en la barrica, hay quien dice que, en rigor, una no puede ser una Rubia de Neguri con Denominación de Origen hasta ampliamente superados los 40. Lo que se haya hecho antes puede haber sido preparación o digresión: las clases de tenis en tierra batida, la moto prestada y luego comprada, los cigarros fumados a escondidas y aquella noche tonta en la playa de Ereaga. Después de un tiempo común de permanencia en el lagar empieza lentamente la fermentación: frecuentar el club, educar el gusto, casarse en El Carmen. Luego los hijos y las grecas y algún pequeño desliz fruto del aburrimiento. Todo esto, sin embargo, no son más que collados hacia la cumbre.

Welcome to Neguri (c) JR

Welcome to Neguri (c) JR

Para cuando te quieres dar cuenta, han pasado los años y las arrugas han llegado – desde los veranos de Marbella – para quedarse; también las canas, que pueblan sitios inesperados que, muy probablemente, jamás se expondrán al sol. Nace el día en el que la imagen que devuelve el espejo está ya muy lejos de cualquier rasgo que vistió uniforme de cuadros escoceses. Y una mañana cualquiera, mientas alguien sin contrato prepara la comida en casa, ellas cruzan una puerta y como quien pide un corte a capas, llaman por su nombre a la peluquera (ese leve toque entre nasal y cantarín…) y reclaman el color, el volumen y el aura que confiere el tratamiento de Rubia de Neguri.

A partir de entonces se alinean las circunstancias y los planetas, es todo un cosmos el que se ordena alrededor de esa melenita discreta, pero identitaria. Un universo de orden en el que los hijos y las hijas son quedamente maravillosos y cursan estudios que se denominan por sus siglas en inglés, los maridos jamás llevan otra cosa cosa – sea invierno o verano – que no sea un Lacoste o una camisa con rayas (jamás una camiseta, ni en la playa!) y hasta esa extraña anomalía genealógica que llega con el tiempo y que se denomina “yerno” es – en las conversaciones del club – un ser digno de elogio.

Es cierto que no deja de ser gente real: es más, se han documentado casos de Rubias de Neguri que viajan en Metro (pero, claro, en el Metro de Bilbao) y que han confesado en algún momento de su vida haber comprado las camisas del uniforme de los niños en Carrefour, porque dan muy buen resultado; pero hay quien mantiene que, siendo estrictos, éso no debería contar para la estadística porque las mechas de quien lo afirmó, realmente, habían sido teñidas en casa.

The Terrace (c) JR

The Terrace (c) JR

Hay veces que son vistas en los parques formando corrillo, ahí es en donde verdaderamente se puede captar todo su esplendor. Como pájaros bien educados en torno de una misma fuentecilla departen amigablemente desde la seguridad de los bolsos, los zapatos y la cantidad exacta de laca en el cabello. Y saben perfectamente si la conversación pide deslizar una crítica contundente hacia las croquetas de chorizo de La Terraza o cuando hay que dar el argumento contundente que refuerza la aguda posición de clase en la última controversia política, sin dejar de mostrar  – cuando conviene – que se está al corriente del serio problema de la empresa de la familia aquél joven tan gamberro, hoy vuelto en obeso paseante de sábado por la mañana. No es muy probable que lo hagan, pero si en algún momento estas mujeres aprendieran a jugar al mus … sería el fin de todos los que hoy arrasan en las sobremesas de las alubiadas.

Intuyo (“el que intuye no conoce”, solía decir, creo, Confucio) que la vida alrededor de una de estas damas tiene poco de extravío. Intuyo (“el que intuye deconstruye” afirmó alguna vez, me parece, Ferrán Adriá) que hay un orden secreto en todas estas vidas, un orden que me supera y no alcanzaré jamás y por ello sólo puedo admirar y, en la medida de mis limitaciones, tratar de contar.

Smoked Neguri (c) JR

Smoked Neguri (c) JR

Hay en todo esto, no obstante, algo que me inquieta. Alguna vez me he aventurado por las calles y parques de Neguri con afán de cartografiar sus establecimientos públicos: sin contar el club, están la Iglesia y el Ayuntamiento, y con un carácter algo más comercial también he encontrado un estanco, una farmacia, una pequeña librería, una tienda de decoración y un coqueto ultramarinos. Ya casi en la frontera se encuentran una tienda de motos, una mercería y un bar. Es obvio que algo falta: ¿cómo es posible que en Neguri no haya peluquerías?

Notas

Esta entrada queda acogida, como otras, a la primera enmienda de la Constitución Americana. Además, Neguri, como Macondo o Mágina, no deja de ser un territorio imaginario.

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Una dama extraviada. Willa Cather

El amigo de un amigo tiene una técnica particular de evasión y relajación. Cuando está pasando una mala temporada o simplemente después de un día especialmente estresante recurre a determinadas páginas temáticas de internet. Empieza por una cualquiera, la lee, entra en las fotos y ocasionalmente activa algún vídeo. Le sucede que al poco tiempo necesita ir a otra más estimulante y salta de la primera a la segunda, cuando los estímulos empiezan a decaer pasa a una tercera, cuarta, quinta página web. A veces, simultanea el visionado de varias, y así le puede ocurrir que en una esté viendo pueblos con encanto de Castilla y León, en otra un vídeo de la Riviera Maya y en una más, no sé, tal vez las montañas del Atlas marroquí. Y de alguna forma acaba habiendo un vínculo entre la primera y la última, una ligazón que no siempre es fácil explicar.

De un modo parecido pasa también con la lectura de libros; empiezas leyendo uno, y en él se cita otro como referencia, como apoyo o como refutación de alguna tesis; incluso algunos autores como el gran Javier Marías van contando pedacitos de otro libro a lo largo de su novela de una manera tal que parece que ésta no hubiera podido existir sin aquélla. Y así a veces se despierta también la curiosidad por nuevos libros.

una damaYo sabía que en una novela de J. M. Guelbenzu se nombraba “Una dama extraviada”, una obra de Willa Cather, (Virginia 1873 – New York 1947) que era a la sazón (cómo me gusta haber podido meter “a la sazón” en esta entrada) una escritora de la cual yo no había oído hablar jamás. Y lo sabía porque cuando tengo noticias de un libro que puede gustarme lo apunto en una lista que escribo en la última página de una agenda vieja. Lo dejé ahí puesto hace un par de años, pero no lo había encontrado ni en librerías ni en bibliotecas las pocas veces que me había acordado de él. Hasta que un día, en un mostrador de paso de la FNAC lo vi en edición de bolsillo. Poco me importó que hubiera entrado buscando algo totalmente diferente, era claro que tenía que comprarlo, como así hice.

La siguiente tarea fue tratar de acordarme de por qué quería leerlo, de qué era lo que me había llamado la atención. Suponía que podía tener algo que ver con el carácter de la juez Mariana de Marco, protagonista de las novelas policíacas de Guelbenzu, y pensé que tal vez fuera en aquél caso en el que la jueza y un investigador de la guardia civil viven un pequeño extravío. Pero como no tenía esos libros en casa no lo pude comprobar y he tenido que leer la novela sin esa certeza.

La dama a la que hace alusión el título vive en Sweet Water, en la época en la que el Oeste ya dejaba de ser salvaje por su naturaleza y, sin embargo, empezaba a serlo por la catadura moral de quienes sin haberlo trabajado con sus manos querían dominarlo con sus trampas. Marian es la bella esposa del viejo Capitán Forrester, hombre ya retirado de sus negocios del ferrocarril debido a que tanto su salud como sus finanzas se van deslizando con rapidez a la ruina. En el otro lado, Niel, el sobrino del juez Pommeroy va descubriendo la vida a través de la fascinación que siente hacia la protagonista.

Como tantas otras, es novela de iniciación y de aprendizaje y, por lo tanto, de decepción. Contada con las palabras justas y bajo las imágenes del campo en sus distintas estaciones, la muerte del Capitán ofrece carta de naturaleza al extravío de su mujer porque los equilibrios en las personas, al igual que sucede en la naturaleza, no dependen siempre de la relación de fuerzas que con mayor apariencia se presentan a la vista.

el azar y la causa (c) JR

el azar y la causa (c) JR

Así pues, conquista, seducción y lealtad a un lado contra pérdida, desencanto y falta de escrúpulos al otro. Esos son los rieles paralelos que la autora consigue que formen parte un mismo camino de hierro; por él va avanzando la trama hasta llegar a un final que resume y cierra el círculo del argumento.

Y terminado el libro, yo seguía sin acordarme de dónde lo había visto citado y por qué había llamado mi atención. Sentía mucha curiosidad por recordarlo así que cuando pude aproveché unos minutos perdidos (tal vez extraviados) para entrar en la biblioteca pública a investigar. Hojeé los que había, pero pasó el plazo y no encontré nada. Recurrí a Google books, y ahí sí, finalmente encontré la referencia. Y no, no era el libro del desliz de la jueza sino otro muy diferente: “El cadáver arrepentido”. Lo cierto es que no era mucho lo que decía una obra de la otra, pero aún así, me proporcionó bastante tranquilidad saber que había vuelto al origen de mi lectura.

No obstante, seguía viva la inquietud por saber más del libro recién leído, busqué comentarios y críticas en internet; quería saber si era un libro bien valorado, cuál era su interpretación correcta, qué se decía de él . Llegados a este punto, y sabiendo que Guelbenzu también es un buen crítico literario, quise ir un poco más allá y saber si él mismo había hecho alguna reseña sobre el libro de la dama. Y de nuevo Google me dio la solución: sí, había un artículo sobre esta novela corta, un artículo del mes de noviembre de 2002 en el que la primera frase es: “Ésta es una novela perfecta” Y, entonces, ya pude sentirme totalmente tranquilo: me dí cuenta de que no había nada más que decir.