8.000 metros de invierno

La noticia es reciente: el viernes pasado Simone Moro, el vizcaíno Alex Txikon, el paquistaní Ali Sapdara alcanzaron por primera vez la cima del Nanga Parbat en invierno. Una mujer, la italiana Tamara Lunger se quedó a pocos metros de la cumbre, que es quedarse a años luz de la gloria.

Las reseñas hablan de noches pasadas a 7.200 metros, de la ayuda de los meteorólogos, de fracasos anteriores y de quienes iniciaron estas ascensiones en los años 80, que no fueron otros que los polacos Jerzy Kukuczka y Krzysztof Wielicki (por alguna razón, los nombres de los alpinistas suelen ser de magnífica resonancia)

nanga parbat

(c) Diario El País

Lo que yo pienso es que estos esfuerzos van contra toda lógica y son un afán inútil, peligroso y absurdo. En el mismo grado resultan hermosos y admirables. Más que los músculos del cuerpo son los nervios del espíritu los que deben guiar el esfuerzo humano hasta estas hazañas. Sigue leyendo

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Oro, plata y Navidad

“…A sus agujeros, nidos y madrigueras se dirigían todos los animales del Bosque de Haule.
Era medianoche, y en las copas de los viejísimos y gigantescos árboles rugía un viento tempestuoso. Los troncos, gruesos como torres, rechinaban y gemían” 
(La historia interminable. Michael Ende)

Algo así es lo que viene sucediendo Navidad tras Navidad, incluso en los años extraños, en los que, como éste, ha habido gente en manga corta en el paseo de la playa por la mañana.

Deja el sol su lugar a las horas finales del día y es preciso, entonces, que cada cual esté en su sitio.

No importa el tiempo que hayas tenido, a la hora en punto, puntual, empieza el desfile. Los coches, algo más solemnes este día, estacionan dondequiera. Y en formación de familia, se empieza a poblar la calle: gente al paso con joyas de oro y ropa de fiesta y bandejas de comida hecha en casa en la mano (en la mano fuentes y bandejas cubiertas de papel de aluminio, tal vez de plata esta noche. Esta noche hay que lucirse) Sigue leyendo

Objetos perdidos en los Picos del Infierno

La sucesión de hechos y anhelos que nos lleva, es decir, lo que algunos llaman “la vida”, no siempre ofrece términos medios: si propongo matrimonio, o es un sí o es un no; si presto uno de mis libros preferidos, o me lo devuelven o no me lo devuelven; si, ¡qué sé yo!, abro la boca, o hablo o me callo.

De manera similar, mi pensamiento es que si voy al monte, o llego hasta arriba o no llego. En la costumbre asentada en los últimos años de realizar una subida en Pirineos en el mes de julio, todas las expediciones se habían ido saldando con la llegada a la cima (no diré con su “conquista” porque no se trata de una guerra): el Anie, la Mesa de los Tres Reyes, el Garmo Negro, el Taillon. Mi objetivo de este año eran los Picos del Infierno desde el Balneario de Panticosa.

Diría que al tener un objetivo el campo de visión se centra en él y se impone al resto de los sentidos. Así, poco importa el sabor de boca que tengas (¿te has lavado o no los dientes tras desayunar a las seis de la mañana?, ¡qué más da!), las conversaciones perdidas que oigas, el tacto que tengan los cordones de las botas o el olor de la montaña cuando amanece. Al modo del restaurador de cuadros envejecidos, al recordar o al proyectar solemos limpiar del ruido que nos ha rodeado las imágenes que nuestro cerebro pinta (aunque, por cierto, esos sonidos de fondo son los que a veces nos dan la tranquilidad de no tener que llenar todo encuentro con palabras o caricias)

Elementos (c) JR

Elementos (c) JR

Soy yo el que subo, soy el sujeto del esfuerzo medido que me debiera llevar al objeto de mi andadura.

Así empieza la subida, lenta y destinada a no acabar en la cumbre. Los pronósticos meteorológicos son claros y coinciden en que habrá lluvia antes de poder hacer cima. Seguimos el trazo de la ruta que llevamos en el móvil, sigo el silente rastro de quien antes hizo ese recorrido, seguimos la dirección que nos indican otros que se cruzan en nuestro camino. Sigue leyendo

Hablar claro

Ida (c) JR

Ida (c) JR

 

Rebuscaba

No hago otra cosa que buscar

bajo la lluvia, que siempre queda bien entre unos versos

Corría

con la cáscara del alma hecha jirones,

porque “jirones” es una palabra que encaja en cualquier poesía

(y también “cáscara”, como “lágrima” y otras esdrújulas)

Sentí la necesidad de romper,

y quise ser fractal

pero no del todo porque no entendí la definición del diccionario

Era sólo cuestión de no respirar aire conocido

porque atrapa tanto como protege

“O pensar o luchar,” leí que decían

Y yo decidí andar

.     .     .

Y en eso ando.

Miradas cruzadas

Necesito andar y vuelvo a casa dando un gran rodeo. Al pasar por la playa de Las Arenas veo al fondo un crucero atracado en el muelle.

Levad las anclas (c) JR

Levad las anclas (c) JR

Aún no nos hemos acostumbrado a tenerlos por aquí, y nos siguen llamando la atención. Continúo el paseo con la mente enmarañada en los jirones de mi día, pero al rato me vuelvo a comprobar si el barco sigue allí todavía, y como ahora lo veo a través de los mástiles de las embarcaciones de recreo, no estoy seguro de si es él lo que se mueve o es mi propio caminar el que produce su deslizamiento en el espacio.

Otras veces, al hacer este mismo paseo entretengo mi vista en los bloques de piedra de la escollera, y sobre ellas veo corretear nerviosos animalitos: normalmente son pájaros, pero en ocasiones lo que mis ojos ven son pequeñas ratas por un instante. Sigue leyendo

El Bazar de las especies

He oído hablar algunas veces de la relación que hay entre el agua y el origen de la vida. En esta materia, no obstante, más que las publicaciones científicas, mi referencia es “Érase una vez el hombre” y, en concreto, las imágenes que daban inicio a cada capítulo en las que se resumía en unos segundos la historia de la Humanidad. En una de las primeras escenas, creo recordar, se veía como de una masa de agua verde salía un reptil indefinido, algo así como un renacuajo. Después el animalillo evolucionaba en formas cada vez más complejas hasta llegar al homo sapiens erguido sobre dos patas: a partir de ese momento, por cierto, comenzó para el hombre el riesgo de caerse.

¿la naranja original? (c) JR

¿La naranja original? (c) JR

El origen de la vida… me parece un tema inquietante del que, por lo tanto apenas voy a hablar. Sólo para decir que a veces se ha adueñado de mí la intuición de que todas las formas de vida tenemos mucho en común y que, por lo tanto, quizá lo de ser “humanos” no sea algo tan diferencial como parece a simple vista. ¿Quién no se ha sentido alguna vez formando parte de un hormiguero observado desde lo alto por científicos de bata blanca y alma oscura?, ¿no habéis tenido nunca la sensación de que las cosas más normales, como la ropa, el telediario o incluso el lenguaje no son más que idioteces sin sentido?, ¿o de que detrás de la sofisticación de los cristales Swarovski, la lycra o la cocina en miniatura no se esconde más que una especie animal caracterizada por la soberbia y la inconsciencia? Yo sí: nacer, crecer, aprender a andar y a evitar las caídas, correr, buscar un lugar en la vida, … ¿eso somos?

Sólo humanos o sólo animales… Ignoro por completo si los renacuajos se plantean dilemas como éste, o si las hormigas, en los días de viento sur, rumian la idea de hacer ellas solas un viaje a otra ciudad. Tal vez eso nos diferencie y, entonces, el hecho de haber pasado yo unos días  solo en otro lugar me haga más humano. Dudo de que en el reino puramente animal (en el mineral es seguro que no) sus especies sean capaces de “hacer un see you” (ver a este efecto la sexta entrada de este blog)

Lecho y cauce (c) JR

Lecho y cauce (c) JR

Algo así pensaba yo tumbado boca arriba en la piscina de flotación de los Baños Árabes de C. (los brazos doblados y las manos bajo la nuca). Ayudado de mi crónica miopía y mecido por luces, borrosas para mí, y por la música ambiental, pensé que no era fácil para otros insectos llegar a estos niveles de complejidad vital que supone disfrutar el placer espiritual que proporciona la combinación del calor con la prudente observación de cuerpos, comportamientos y bikinis presuntamente humanos en toda su inabarcable diversidad.

Ya era de noche cuando dejé los Baños para dirigirme a cenar a las Bodegas M. Y no faltaba demasiado para el día siguiente cuando dejé a la pareja de italianos de la mesa contigua con due vasoss, uno con hielo “e una bottiglia di whisky, prego” y salí a la calle. Tenía que llegar al hotel, pero preferí no mirar el plano. En las calles por las que anduve no había nada: ni ruidos, ni coches, ni gente, … parecía un lugar que no existiera, y yo estaba allí, sin que nadie más en el mundo pudiera saber exactamente dónde me encontraba, ni siquiera yo mismo.

Por primera vez en mucho, muchísimo tiempo, sólo oía el leve sonido de mis pasos al andar, y deseé estar todavía muy lejos de mi destino. Sigue leyendo

Unidades y errores de medida.

Es posible que fuéramos más felices si no hubiera nada en la vida que se repitiera: si todo sucediera una sola vez, si solo estuviéramos una ocasión primera en cada ciudad, si sólo nos enamoráramos cuando aún somos por completo ignorantes del amor, si sólo pecáramos cuando aún no hemos perdido la inocencia. Avanzaríamos, entonces, sabiendo que no hay retorno posible al lugar en el que sufrimos, que no hay repetición que aceche un error ya cometido: una mala amistad, una elección equivocada. Pero al igual que los héroes de los dramas de Esquilo alcanzan el conocimiento con aquello que les hace sufrir, también nosotros aprendemos muchas veces en el esfuerzo que supone volver a pasar por un mismo lugar.

En realidad no pretendía ser demasiado metafórico. La idea de esta entrada surgió al volver a subir – por fin – la Mesa de los Tres Reyes el pasado mes de julio. No tenía más de 21 años cuando la subí por primera vez y, ahora me doy cuenta, han pasado otros 21 años hasta que de nuevo la ascendí en verano. Muchas cosas han quedado por el camino de esa media vida, es inevitable, pero ha habido otras muchas que han ido sedimentándose en mi interior. La Mesa es para mí un símbolo antes que un monte. En esa primera subida descubrí que la distancia que puede abarcar una mirada es mucho más grande de lo que pensaba; conocí que en el monte, sobre todo en Pirineos, la escala es diferente; supe que en el mundo se puede mirar mucho más allá sin cansarse y sentí la maravilla de tener por delante un largo camino, marcado en la hierba, esperando ser recorrido por mí, tan largo, que no importa si ves o no final.

Grandes distancias

Grandes distancias

No era el monte solo, por supuesto. Tenía a mi lado una chica que tras varios intentos me había dicho que sí, una carrera ya mediada que me hacía mirar la juventud como algo lleno de vida y de posibilidades y unas convicciones que me hacían ver el mundo como tierra que conquistar. Pequeñas cosas que ayudan a que el mundo sea “más humano, más amable, menos raro“.

Por eso 21 años después, y en medio de la felicidad del reencuentro me hallaba elucubrando sobre la validez de las unidades de medida que habitualmente utilizo para calibrar lo que me sucede, lo que veo, lo que quiero y lo que no me gusta. Pensé, quizá días más tarde, que las medidas inmutables no existen (¿se puede afirmar esto como una verdad absoluta? supongo que no), que el tamaño de nuestros logros, de nuestros escenarios y también el de nuestros miedos depende de multitud de factores, incluidos algunos que creemos controlar.

Lo pensé también en L., en el oeste de Francia, ciudad de la que sólo conocía, yo solo y cargado con una mochila, la estación de tren de un viaje de vuelta de la Comunidad de Taizé. Esa estación, apenas a 300 metros en línea recta la podía contemplar, 22 años después, desde la habitación cuádruple de un hotel de cadena, con varias maletas y diferentes bolsas desparramadas por el suelo, y me pregunté cuál era la distancia real que me separaba de esa estación: ¿300 metros?, ¿22 años?, ¿una mujer y dos hijas?, ¿cuatro maletas? No supe responderme: era todo y era nada.

Durante los días de verano hubo más situaciones con argumentos análogos. Por ejemplo, saber que una misma acción como es prepararse para salir de casa a pasar el día fuera puede durar cinco minutos si sólo depende de mí o una hora si hay que conseguir que todos los ingredientes de la ensalada familiar se acompasen: que las niñas se vistan y se laven los dientes, que las mochilas estén listas y la estancia mínimamente recogida, que su madre no encuentre alguna extraña tarea doméstica inaplazable. En realidad, la acción es la misma, el resultado es idéntico: dar comienzo a un nuevo día de vacaciones, pero ¿cuál es la medida correcta para valorar la espera? Y me doy cuenta que la medida no no son los minutos, es la impaciencia.

Un mecanismo como otro cualquiera

Un mecanismo como otro cualquiera

Antes, hace mucho, cuando en lugar de ir al monte me llevaban, solía fijarme en los postes indicadores de distancias exactas y tiempos estimados. Era raro que no mejoráramos esa predicción sin grandes esfuerzos, lo de tres horas se hacía en dos y media, lo de una hora en cuarenta y cinco minutos. Eso era cuando pensaba que la juventud era la medida de todas las cosas. Ahora, sin embargo, lo habitual es que supere esas estimaciones, que tarde un poco más, que no cumpla la profecía del indicador. En algún momento, por tanto, he ido ganando equipaje y perdiendo velocidad, he cambiado, tal vez, kilos por kilómetros, y no deja de llamarme la atención que la segunda palabra incluya dentro de sí a la primera.

Tener este tipo de pensamientos hace que te sientas algo mayor, pero también más maduro, como si en medio de una subida te giraras y vieras la senda recorrida y dijeras “hace mucho que salí, he recorrido un buen trecho y cada vez estoy más alto, ya no soy nuevo en este camino”. En esos raros momentos de autocomplacencia sucede que un día de vacaciones subo primero en I. a un tren para llegar a una estación de esquí, y luego, desde G., cojo un teleférico para subir a 2.000 metros y así empiezo a andar siguiendo unas indicaciones con fondo amarillo (“B. 1 hora”). Resulta que las montañas que rodean el camino superan los 3.000 y aún los 4.000, y los desniveles y la lejanía de los prados del valle superan a su vez cualquier paisaje que has visto hasta entonces. Pasa la hora y aún no he llegado, por supuesto, pero tampoco importa. En mi camino se cruzan cabras que buscan alimento, un cura con sotana y botas de monte y un japonés con meggings. Llego – llegamos –  al laguito, como – comemos – un nuevo “bocadillo con vistas”, disfrutando de las nuevas dimensiones que el paisaje  ofrece y hago fotos, una de las cuales pondré un mes más tarde como imagen de cabecera del blog.

Lejos, lejos

Alto, muy alto

He hecho una nueva excursión de verano, un paseo por el monte sin haber madrugado, con niñas que se cansan y quieren llegar, con turistas de ojos rasgados y mujeres de velo en la cabeza. He visto paisajes nuevos, territorios naturales que algo o alguien creó hace mucho mucho tiempo. Soy más pequeño que nunca con relación a lo que me rodea, pero más importante sin embargo.

Y he aquí que, media vida después, descubro nuevas unidades de medida cuya perdurabilidad (algo he aprendido) ignoro por completo.

soy un accidente, un error de medida