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Haikus del confinamiento. 1a dosis.

Habla Muñoz Molina en algún libro que leí del concepto de “quick fix of poetry“. Algo así como un chute o un subidón rápido proporcionado por la poesía. A primera vista, y eso es lo atractivo, parece extraño combinar ambos términos atribuyendo a algo tan denostado como la poesía la virtud de causar una agitación inmediata. Vendría a ser como si habláramos de la lucidez de una borrachera o de la tranquilidad de una pérdida. 

(vaya, ahora que lo pienso, o he cogido muy malos ejemplos o tengo que pensar que cualquier entidad es susceptible de combinarse con infinitas circunstancias sin que sea justo considerar que la pareja formada por ambos conceptos sea deudora de incoherencia. en fin, probablemente nada perjudica más la comunicación que la existencia de palabras, habladas o escritas)

La cuestión, la mía al menos, es que durante estos dos últimos meses he venido empezando los días con una pequeña poesía en formato similar al de los haikus japoneses. Se trata de encadenar tres líneas con cinco, siete y cinco sílabas tratando de reflejar una pequeña iluminación derivada de la observación de lo que sucede. Así ha ido saliendo cada día el sol en mi casa, cualquiera que sea el significado de esa palabra.

A estos amaneceres se han sumado diferentes personas a través de las redes, con asombro y un asomo de inquietud por mi parte. Hemos formado una pequeña comunidad bienintencionada y cordial en estas largas semanas (“cordial” es, seguramente una de esas palabras cuya belleza supera la percepción que de ella se tiene)

Ahora que la costumbre ha terminado, tal vez por demasiado asentada, quiero compartir lo escrito en sucesivas dosis, como forma de guardar de ellos una pequeña memoria de este tiempo de amenaza y pandemia.

Están agrupados en diferentes temas que no requieren demasiada explicación, entre otras cosas porque cualquier acontecimiento demasiado descrito pierde su arte para convertirse en pura técnica.

Esta es la primera serie (según los prospectos que he traducido del japonés clásico, no deben leerse más de dos o tres seguidos)

1- Ventanas a la calle 

(que trata de lo que sucede y se ve a través de las ventanas)

 

#1

El día por delante,

entra luz por mi ventana:

hojas amarillas.

21 de marzo

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Mi barco es de papel

En el pequeño territorio de mi pueblo cabe un mar, una playa en la que todo empezó, un puerto para gente con dinero y otro para gente con gusto, un faro que ilumina los muchos kilómetros que recorro y un largo paseo que abarca todo eso y también lo que fue un balneario que sólo conocí en ruinas y a ratos añoro.

Ocurre que me suele atraer más lo que falta que lo que está, y por eso me sucede que por tener y amar todo esto que me rodea prefiero mil veces perderme en la montaña. Esto explica. estoy seguro, que tenga botas de monte en lugar de un barco que no podría mantener.

Nada me impide, no obstante, pensar en cómo es mi barco imaginado, el que se abre paso a veces entre los acantilados, corrientes y fiordos de mi cerebro. Y así sé que mi barco es de papel.

(c) visto en internet

A veces tengo la suerte de poder observarlo, forzando un poco la vista, desde alguna cima cercana a la costa. Apoyo entonces la mochila en el suelo, me olvido de la hora y la prisa y soy el mismo caminante ante un mar de niebla del óleo de Friedrich.

Y ahí, con la mente nublada como en las marinas inglesas, sólo tengo ojos para mi pequeña embarcación. Entro en un estado a medio camino entre la vigilia y el deseo en el que se abren los ojos invisibles.

Con ellos me gusta ver cómo navega mi barco de silueta infantil sobre el agua salada.

Contemplar que al paso, al nudo, … al impulso del viento se empapa la invisible quilla de papel de periódico, quizá de novela releída. Insensible al viento, gotas de mar salpican su vela latina.

Comprobar que ya deja atrás la distancia prudente a la que un niño que luego crecerá empieza a perder pie y preocupar a sus padres.

Y al  cabo de los días, húmedo, arrugado, firme, verlo cada vez más pequeño, aun en busca de la ballena blanca. Así, puedo sonreír por dentro con una punzada de orgullo: sigue, sigue velero mío, obstinado entre brumas extranjeras.

Extraño barco este, parece hecho para adorno: efímero, contingente y prescindible. Perfil de maqueta, apariencia de exvoto, color de acuarela, … pero calderas de sístole y diástole.

Porque, sí, mi barco es de papel, pero no de juguete.

 

 

8.000 metros de invierno

La noticia es reciente: el viernes pasado Simone Moro, el vizcaíno Alex Txikon, el paquistaní Ali Sapdara alcanzaron por primera vez la cima del Nanga Parbat en invierno. Una mujer, la italiana Tamara Lunger se quedó a pocos metros de la cumbre, que es quedarse a años luz de la gloria.

Las reseñas hablan de noches pasadas a 7.200 metros, de la ayuda de los meteorólogos, de fracasos anteriores y de quienes iniciaron estas ascensiones en los años 80, que no fueron otros que los polacos Jerzy Kukuczka y Krzysztof Wielicki (por alguna razón, los nombres de los alpinistas suelen ser de magnífica resonancia)

nanga parbat

(c) Diario El País

Lo que yo pienso es que estos esfuerzos van contra toda lógica y son un afán inútil, peligroso y absurdo. En el mismo grado resultan hermosos y admirables. Más que los músculos del cuerpo son los nervios del espíritu los que deben guiar el esfuerzo humano hasta estas hazañas. Sigue leyendo

Oro, plata y Navidad

“…A sus agujeros, nidos y madrigueras se dirigían todos los animales del Bosque de Haule.
Era medianoche, y en las copas de los viejísimos y gigantescos árboles rugía un viento tempestuoso. Los troncos, gruesos como torres, rechinaban y gemían” 
(La historia interminable. Michael Ende)

Algo así es lo que viene sucediendo Navidad tras Navidad, incluso en los años extraños, en los que, como éste, ha habido gente en manga corta en el paseo de la playa por la mañana.

Deja el sol su lugar a las horas finales del día y es preciso, entonces, que cada cual esté en su sitio.

No importa el tiempo que hayas tenido, a la hora en punto, puntual, empieza el desfile. Los coches, algo más solemnes este día, estacionan dondequiera. Y en formación de familia, se empieza a poblar la calle: gente al paso con joyas de oro y ropa de fiesta y bandejas de comida hecha en casa en la mano (en la mano fuentes y bandejas cubiertas de papel de aluminio, tal vez de plata esta noche. Esta noche hay que lucirse) Sigue leyendo

Objetos perdidos en los Picos del Infierno

La sucesión de hechos y anhelos que nos lleva, es decir, lo que algunos llaman “la vida”, no siempre ofrece términos medios: si propongo matrimonio, o es un sí o es un no; si presto uno de mis libros preferidos, o me lo devuelven o no me lo devuelven; si, ¡qué sé yo!, abro la boca, o hablo o me callo.

De manera similar, mi pensamiento es que si voy al monte, o llego hasta arriba o no llego. En la costumbre asentada en los últimos años de realizar una subida en Pirineos en el mes de julio, todas las expediciones se habían ido saldando con la llegada a la cima (no diré con su “conquista” porque no se trata de una guerra): el Anie, la Mesa de los Tres Reyes, el Garmo Negro, el Taillon. Mi objetivo de este año eran los Picos del Infierno desde el Balneario de Panticosa.

Diría que al tener un objetivo el campo de visión se centra en él y se impone al resto de los sentidos. Así, poco importa el sabor de boca que tengas (¿te has lavado o no los dientes tras desayunar a las seis de la mañana?, ¡qué más da!), las conversaciones perdidas que oigas, el tacto que tengan los cordones de las botas o el olor de la montaña cuando amanece. Al modo del restaurador de cuadros envejecidos, al recordar o al proyectar solemos limpiar del ruido que nos ha rodeado las imágenes que nuestro cerebro pinta (aunque, por cierto, esos sonidos de fondo son los que a veces nos dan la tranquilidad de no tener que llenar todo encuentro con palabras o caricias)

Elementos (c) JR

Elementos (c) JR

Soy yo el que subo, soy el sujeto del esfuerzo medido que me debiera llevar al objeto de mi andadura.

Así empieza la subida, lenta y destinada a no acabar en la cumbre. Los pronósticos meteorológicos son claros y coinciden en que habrá lluvia antes de poder hacer cima. Seguimos el trazo de la ruta que llevamos en el móvil, sigo el silente rastro de quien antes hizo ese recorrido, seguimos la dirección que nos indican otros que se cruzan en nuestro camino. Sigue leyendo

Hablar claro

Ida (c) JR

Ida (c) JR

 

Rebuscaba

No hago otra cosa que buscar

bajo la lluvia, que siempre queda bien entre unos versos

Corría

con la cáscara del alma hecha jirones,

porque “jirones” es una palabra que encaja en cualquier poesía

(y también “cáscara”, como “lágrima” y otras esdrújulas)

Sentí la necesidad de romper,

y quise ser fractal

pero no del todo porque no entendí la definición del diccionario

Era sólo cuestión de no respirar aire conocido

porque atrapa tanto como protege

“O pensar o luchar,” leí que decían

Y yo decidí andar

.     .     .

Y en eso ando.

Miradas cruzadas

Necesito andar y vuelvo a casa dando un gran rodeo. Al pasar por la playa de Las Arenas veo al fondo un crucero atracado en el muelle.

Levad las anclas (c) JR

Levad las anclas (c) JR

Aún no nos hemos acostumbrado a tenerlos por aquí, y nos siguen llamando la atención. Continúo el paseo con la mente enmarañada en los jirones de mi día, pero al rato me vuelvo a comprobar si el barco sigue allí todavía, y como ahora lo veo a través de los mástiles de las embarcaciones de recreo, no estoy seguro de si es él lo que se mueve o es mi propio caminar el que produce su deslizamiento en el espacio.

Otras veces, al hacer este mismo paseo entretengo mi vista en los bloques de piedra de la escollera, y sobre ellas veo corretear nerviosos animalitos: normalmente son pájaros, pero en ocasiones lo que mis ojos ven son pequeñas ratas por un instante. Sigue leyendo

El Bazar de las especies

He oído hablar algunas veces de la relación que hay entre el agua y el origen de la vida. En esta materia, no obstante, más que las publicaciones científicas, mi referencia es “Érase una vez el hombre” y, en concreto, las imágenes que daban inicio a cada capítulo en las que se resumía en unos segundos la historia de la Humanidad. En una de las primeras escenas, creo recordar, se veía como de una masa de agua verde salía un reptil indefinido, algo así como un renacuajo. Después el animalillo evolucionaba en formas cada vez más complejas hasta llegar al homo sapiens erguido sobre dos patas: a partir de ese momento, por cierto, comenzó para el hombre el riesgo de caerse.

¿la naranja original? (c) JR

¿La naranja original? (c) JR

El origen de la vida… me parece un tema inquietante del que, por lo tanto apenas voy a hablar. Sólo para decir que a veces se ha adueñado de mí la intuición de que todas las formas de vida tenemos mucho en común y que, por lo tanto, quizá lo de ser “humanos” no sea algo tan diferencial como parece a simple vista. ¿Quién no se ha sentido alguna vez formando parte de un hormiguero observado desde lo alto por científicos de bata blanca y alma oscura?, ¿no habéis tenido nunca la sensación de que las cosas más normales, como la ropa, el telediario o incluso el lenguaje no son más que idioteces sin sentido?, ¿o de que detrás de la sofisticación de los cristales Swarovski, la lycra o la cocina en miniatura no se esconde más que una especie animal caracterizada por la soberbia y la inconsciencia? Yo sí: nacer, crecer, aprender a andar y a evitar las caídas, correr, buscar un lugar en la vida, … ¿eso somos?

Sólo humanos o sólo animales… Ignoro por completo si los renacuajos se plantean dilemas como éste, o si las hormigas, en los días de viento sur, rumian la idea de hacer ellas solas un viaje a otra ciudad. Tal vez eso nos diferencie y, entonces, el hecho de haber pasado yo unos días  solo en otro lugar me haga más humano. Dudo de que en el reino puramente animal (en el mineral es seguro que no) sus especies sean capaces de “hacer un see you” (ver a este efecto la sexta entrada de este blog)

Lecho y cauce (c) JR

Lecho y cauce (c) JR

Algo así pensaba yo tumbado boca arriba en la piscina de flotación de los Baños Árabes de C. (los brazos doblados y las manos bajo la nuca). Ayudado de mi crónica miopía y mecido por luces, borrosas para mí, y por la música ambiental, pensé que no era fácil para otros insectos llegar a estos niveles de complejidad vital que supone disfrutar el placer espiritual que proporciona la combinación del calor con la prudente observación de cuerpos, comportamientos y bikinis presuntamente humanos en toda su inabarcable diversidad.

Ya era de noche cuando dejé los Baños para dirigirme a cenar a las Bodegas M. Y no faltaba demasiado para el día siguiente cuando dejé a la pareja de italianos de la mesa contigua con due vasoss, uno con hielo “e una bottiglia di whisky, prego” y salí a la calle. Tenía que llegar al hotel, pero preferí no mirar el plano. En las calles por las que anduve no había nada: ni ruidos, ni coches, ni gente, … parecía un lugar que no existiera, y yo estaba allí, sin que nadie más en el mundo pudiera saber exactamente dónde me encontraba, ni siquiera yo mismo.

Por primera vez en mucho, muchísimo tiempo, sólo oía el leve sonido de mis pasos al andar, y deseé estar todavía muy lejos de mi destino. Sigue leyendo

Unidades y errores de medida.

Es posible que fuéramos más felices si no hubiera nada en la vida que se repitiera: si todo sucediera una sola vez, si solo estuviéramos una ocasión primera en cada ciudad, si sólo nos enamoráramos cuando aún somos por completo ignorantes del amor, si sólo pecáramos cuando aún no hemos perdido la inocencia. Avanzaríamos, entonces, sabiendo que no hay retorno posible al lugar en el que sufrimos, que no hay repetición que aceche un error ya cometido: una mala amistad, una elección equivocada. Pero al igual que los héroes de los dramas de Esquilo alcanzan el conocimiento con aquello que les hace sufrir, también nosotros aprendemos muchas veces en el esfuerzo que supone volver a pasar por un mismo lugar.

En realidad no pretendía ser demasiado metafórico. La idea de esta entrada surgió al volver a subir – por fin – la Mesa de los Tres Reyes el pasado mes de julio. No tenía más de 21 años cuando la subí por primera vez y, ahora me doy cuenta, han pasado otros 21 años hasta que de nuevo la ascendí en verano. Muchas cosas han quedado por el camino de esa media vida, es inevitable, pero ha habido otras muchas que han ido sedimentándose en mi interior. La Mesa es para mí un símbolo antes que un monte. En esa primera subida descubrí que la distancia que puede abarcar una mirada es mucho más grande de lo que pensaba; conocí que en el monte, sobre todo en Pirineos, la escala es diferente; supe que en el mundo se puede mirar mucho más allá sin cansarse y sentí la maravilla de tener por delante un largo camino, marcado en la hierba, esperando ser recorrido por mí, tan largo, que no importa si ves o no final.

Grandes distancias

Grandes distancias

No era el monte solo, por supuesto. Tenía a mi lado una chica que tras varios intentos me había dicho que sí, una carrera ya mediada que me hacía mirar la juventud como algo lleno de vida y de posibilidades y unas convicciones que me hacían ver el mundo como tierra que conquistar. Pequeñas cosas que ayudan a que el mundo sea “más humano, más amable, menos raro“.

Por eso 21 años después, y en medio de la felicidad del reencuentro me hallaba elucubrando sobre la validez de las unidades de medida que habitualmente utilizo para calibrar lo que me sucede, lo que veo, lo que quiero y lo que no me gusta. Pensé, quizá días más tarde, que las medidas inmutables no existen (¿se puede afirmar esto como una verdad absoluta? supongo que no), que el tamaño de nuestros logros, de nuestros escenarios y también el de nuestros miedos depende de multitud de factores, incluidos algunos que creemos controlar.

Lo pensé también en L., en el oeste de Francia, ciudad de la que sólo conocía, yo solo y cargado con una mochila, la estación de tren de un viaje de vuelta de la Comunidad de Taizé. Esa estación, apenas a 300 metros en línea recta la podía contemplar, 22 años después, desde la habitación cuádruple de un hotel de cadena, con varias maletas y diferentes bolsas desparramadas por el suelo, y me pregunté cuál era la distancia real que me separaba de esa estación: ¿300 metros?, ¿22 años?, ¿una mujer y dos hijas?, ¿cuatro maletas? No supe responderme: era todo y era nada.

Durante los días de verano hubo más situaciones con argumentos análogos. Por ejemplo, saber que una misma acción como es prepararse para salir de casa a pasar el día fuera puede durar cinco minutos si sólo depende de mí o una hora si hay que conseguir que todos los ingredientes de la ensalada familiar se acompasen: que las niñas se vistan y se laven los dientes, que las mochilas estén listas y la estancia mínimamente recogida, que su madre no encuentre alguna extraña tarea doméstica inaplazable. En realidad, la acción es la misma, el resultado es idéntico: dar comienzo a un nuevo día de vacaciones, pero ¿cuál es la medida correcta para valorar la espera? Y me doy cuenta que la medida no no son los minutos, es la impaciencia.

Un mecanismo como otro cualquiera

Un mecanismo como otro cualquiera

Antes, hace mucho, cuando en lugar de ir al monte me llevaban, solía fijarme en los postes indicadores de distancias exactas y tiempos estimados. Era raro que no mejoráramos esa predicción sin grandes esfuerzos, lo de tres horas se hacía en dos y media, lo de una hora en cuarenta y cinco minutos. Eso era cuando pensaba que la juventud era la medida de todas las cosas. Ahora, sin embargo, lo habitual es que supere esas estimaciones, que tarde un poco más, que no cumpla la profecía del indicador. En algún momento, por tanto, he ido ganando equipaje y perdiendo velocidad, he cambiado, tal vez, kilos por kilómetros, y no deja de llamarme la atención que la segunda palabra incluya dentro de sí a la primera.

Tener este tipo de pensamientos hace que te sientas algo mayor, pero también más maduro, como si en medio de una subida te giraras y vieras la senda recorrida y dijeras “hace mucho que salí, he recorrido un buen trecho y cada vez estoy más alto, ya no soy nuevo en este camino”. En esos raros momentos de autocomplacencia sucede que un día de vacaciones subo primero en I. a un tren para llegar a una estación de esquí, y luego, desde G., cojo un teleférico para subir a 2.000 metros y así empiezo a andar siguiendo unas indicaciones con fondo amarillo (“B. 1 hora”). Resulta que las montañas que rodean el camino superan los 3.000 y aún los 4.000, y los desniveles y la lejanía de los prados del valle superan a su vez cualquier paisaje que has visto hasta entonces. Pasa la hora y aún no he llegado, por supuesto, pero tampoco importa. En mi camino se cruzan cabras que buscan alimento, un cura con sotana y botas de monte y un japonés con meggings. Llego – llegamos –  al laguito, como – comemos – un nuevo “bocadillo con vistas”, disfrutando de las nuevas dimensiones que el paisaje  ofrece y hago fotos, una de las cuales pondré un mes más tarde como imagen de cabecera del blog.

Lejos, lejos

Alto, muy alto

He hecho una nueva excursión de verano, un paseo por el monte sin haber madrugado, con niñas que se cansan y quieren llegar, con turistas de ojos rasgados y mujeres de velo en la cabeza. He visto paisajes nuevos, territorios naturales que algo o alguien creó hace mucho mucho tiempo. Soy más pequeño que nunca con relación a lo que me rodea, pero más importante sin embargo.

Y he aquí que, media vida después, descubro nuevas unidades de medida cuya perdurabilidad (algo he aprendido) ignoro por completo.

soy un accidente, un error de medida

Riders on the storm

La épica de los perdedores no tiene el mismo atractivo para todos. Como le sucede a un bebedor de vodka con naranja en un mundo dominado por gin-tonics de pepino, el que pierde recibe miradas de conmiseración de quienes le rodean. Es cierto que las palabras de aliento son más calurosas para el que pierde que para el que gana pero también es verdad que la mayoría quiere estar y hablar con el ganador: es el imán que tiene el triunfo. Y, no obstante: ¿quién quiere pertenecer a esa mayoría?

¿Hasta dónde se puede llegar?, ¿qué color tiene la raya que delimita lo que puedes de lo que no puedes?, ¿quién la sabe reconocer?

Siempre se habla de la bonita historia de superación del que ha ganado, de su infancia difícil, de los enormes sacrificios familiares para apoyar su pasión, de cómo ha superado lesiones y adversidades, y así se crea la falsa sensación de que el victorioso tiene una historia más bonita que el derrotado, cuyo relato desconocemos. Nos consuela pensar que, al menos en el caso de los otros, el mérito y la virtud tienen recompensa, algo así como pensar que la justicia existe.

Éstas son cosas que a ratos vienen a la cabeza cuando subo un monte, un monte difícil como es el Garmo, mi primer tresmil. Nunca había tenido tantas dudas de si conseguiría llegar a la cumbre o no. A mi preparación le había faltado un poco más de intensidad en el período final, el pronóstico de tiempo amenazaba lluvias y la necesidad de utilizar por vez primera crampones y piolet por la abundancia de nieve aumentaba mi tradicional inseguridad.

Remontando

Remontando

Son las siete de la mañana, ya hemos desayunado y estamos preparando las mochilas y viendo cómo llevar todo lo necesario, pero sólo lo necesario: ¿cuánta sed voy a tener?, ¿cuánta hambre?, ¿qué hago con la cámara?, ¿cómo guardo el piolet? La senda pica hacia arriba desde el inicio, y así sigue hasta el final. Voy abriendo el camino a un ritmo ágil pero cómodo y enseguida rompo a sudar. Identifico perfectamente la silueta del Garmo que la noche pasada me descubrió el guarda del refugio. Mejor no pienso en las cuatro horas que hay por delante y, sobre todo, en si ponerme los crampones será tan difícil e infructuoso como ponerle cadenas al coche. Tengo la cabeza puesta más en lo que va a venir que en lo que viene: ¿podré subir? Mis compañeros van bien, ligeros y convencidos.

Hacemos paradas cortas, vamos aligerando bebida y comemos alguna cosa. Por mucho que me empeñe en no mirar hacia arriba, la nieve se va acercando y el momento de poner las cadenas también. Y llegamos, vaya que si llegamos, imposible subir sólo con botas. Liberamos los crampones y nos los empezamos a poner. Cuando mis dos compañeros ya han salido y empiezo yo a andar no hago más de dos pasos antes de que se me suelten los malditos cacharros. Miro a mi alrededor, pero no, aquí no hay nadie que tenga que ayudarme, soy yo el que tengo que resolver la ecuación, como si fuera un adulto. Al final, veo que me he saltado una de las anillas, la coloco y sí, empiezo a subir por la nieve. Es una sensación extraña, nueva y agradable, los dientes de la suela se clavan en la nieve y permiten avanzar. A ratos me acerco al resto de la expedición, pero siempre acabo perdiendo unos metros, mi ritmo es otro, mi límite tal vez sea diferente.

Paramos y nos reagrupamos en el collado del plátano. Reponemos algo de fuerza y sin perder mucho tiempo en disfrutar del panorama afrontamos el último tramo nevado, el que tiene más pendientes. De nuevo me quedo un poco atrás. Doy diez pasos y cojo aire, otros diez y vuelvo a coger, diez más, con el piolet siempre en el lado de la montaña, como he visto que se hace en los vídeos de youtube. Al rato, se abre una caída bastante grande a la izquierda, una especie de enorme boca de hormiguero, parecida a la que he visto en alguna película con hormigas asesinas, solo que ésta está helada. Una caída no sería peligrosa, pero mejor no pensar en lo que puede costar remontar esa pendiente. La puntera del crampón izquierdo, que ya iba un rato cabeceando, termina de soltarse y, en el paso siguiente, se sale el crampón entero. ¡Cómo para parar a ponérselo! Pero tengo suerte y apenas quedan cincuenta pasos más hasta llegar al collado que une el Garmo con Argualas y en el que de nuevo el suelo es sólo de piedra: se acabó la nieve.

Dejamos las mochilas, hacemos alguna foto de escasa calidad y pensamos en afrontar la cresta, dicen que es bonita. A cola del trío empiezo a subir, a ratos con ayuda de las manos. Tengo algún calambre en las piernas, pero espero no tener que pararme. El paisaje es bonito hasta el límite de lo insultante, pero entre subir y terminar o disfrutar, prima la subida. Poco a poco, se va acercando el final, ése que siempre tiene un punto de decepción, ya debemos haber superado los 3.000 metros. K. dice “heldu gara”, es decir, “hemos llegado”, y lo dice mientras todavía andamos y quedan unos metros, y acierta, sólo cabe hablar de la meta cuando estás aún en movimiento. La cima es estrecha, y los ojos buscan más y más montes, más y más nieve, más y más premio; quisiera tener de verdad memoria fotográfica y guardar ese regalo en la cabeza. ¿Quién ha hecho todo esto? Mezclado con el respeto de estar tan alto, de ser tan alto, aparece también la íntima satisfacción que da haber logrado algo por completo inútil. Hay que bajar.

Tontorretik

Tontorretik

Desandamos el camino hasta el collado y allí comemos. De nuevo nos calzamos los crampones y me lanzo hacia abajo, disfrutando del paso blando que proporciona la nieve acosada por el sol. De nuevo el piolet al lado de la montaña. Bajo y bajo y no hace falta parar para tomar oxígeno. Me caigo más de una vez y clavo el piolet para no deslizarme más. Paramos para hacer alguna fotografía más. Llegamos al final del nevero y recuperamos los bastones que dejamos junto a una roca y parece que ya queda poco.

Atrás queda el collado

Atrás queda el collado

Bajamos, bajamos, bajamos. Y las rodillas empiezan a sufrir. I. coge agua de un riachuelo que cae fuerte y helado y, con un poco de aprensión, la pruebo. A las tres y media ya estamos de nuevo en el refugio, frente a dos enormes jarras de cerveza y una coca-cola con doble de azúcar.

Ya está, hemos vuelto. El mundo seguía ahí, por mucho que durante unas horas hayamos estado en otra dimensión, en realidad, nada ha cambiado: ni la cita pendiente con el dentista, ni la llamada de teléfono en cuyo contenido prefieres no pensar, ni el miedo – siempre el miedo – de que las cosas cambien como inevitablemente cambiarán. Pero ahí atrás queda el Garmo Negro, y todos los Pirineos que desde allí hemos visto. ¿Quién los ha puesto ahí, quién los ha puesto así?

Frente a la coca-cola, en la ducha, en la gasolinera, sigue sin respuesta la teoría de los límites: ¿hasta dónde se puede llegar?, ¿dónde empieza lo que soy y lo que no soy? y yendo un poco más lejos y un poco más alto otra pregunta revolotea como las mariposas en el estómago ¿me tiene que decir alguien cuál es la frontera que no se puede pasar?

Garmo Negro.  3.051 metros. Balneario de Panticosa.

P.S. El título tiene su sentido, claro. Días antes de ir las previsiones mayoritarias hablaban de muy posibles tormentas. Y en alguna conversación con K. hablé de titular así esta entrada. Nunca hasta ahora había oído la canción. Era una imagen sugerente: jinetes cabalgando en la tormenta. Tan sugerente como evitable.

Finalmente no llovió, pero, como los buenos periodistas, no estaba dispuesto a que la realidad estropeara mi titular. Hasta ahí sí que no podíamos llegar.