Nadie está en su sitio. Ascenso y descenso en el Monte Perdido.

Es más una certeza, tal vez una convicción, que algo puramente intuido: nadie está en su sitio. Y a veces añadiría “ni quiere estarlo“.

Mira la señora – casi siempre lo son – que primero barre y luego baldea el portal; al cruzar la línea de la calle igualmente cruza su mirada con el hombre de camisa arrugada que ese día pidió permiso para ir al médico, para contarle algo que no quiere, y que de nada valdrá. Esa mirada, encontrada otro día, a otra hora, en otro lugar, dejaría más limpia la salud del hombre, limpia como el portal barrido. Otra mujer, que nunca supo conducir, mira con asombro la maniobra de aparcamiento en la que un conductor roza limpiamente el coche de atrás.

Todos han salido de casa, de una casa, de la suya, de casa. El profesor piensa que las dos grandes preocupaciones de la humanidad han sido levantar casas para guardar cosas y averiguar cómo disimular los malos olores. De camino a la consulta lo piensa.

¿Es una casa, la casa, el sitio al que uno acaba volviendo? Yo creo que no, porque en tal caso la mía serían los Pirineos, a los que cada año acabo volviendo. Vaya donde vaya, también en estos montes, siempre me encuentro con gente que vuelve, que va en otra dirección. Nadie se está quieto. Nadie está en su sitio. Me pregunto si será que nadie ha llegado.

Ordesa (c) JR

Desde hace meses estaba dibujado el objetivo de este año; si el pasado fueron los Picos de las Infiernos, este año tocaba el Monte Perdido. Y es que, tras los infiernos, ningún otro sitio mejor para ir que alguno que esté perdido, como el paraíso y la infancia.

Dos días de ruta, el primero de Torla al Refugio de Góriz; el segundo, ya se vería. La previsión de lluvia ligera se cumple, y cargados más que nunca con las mochilas abrimos camino por Ordesa. En otras circunstancias, que deben darse por perdidas, recorrí parte de la misma senda hace muchos años, un día de verano. Nunca es uno el mismo que hizo igual camino antes, pues si lo hizo, desde entonces cambió, tal vez buscando un sitio, su sitio, el sitio.

Clavijas de Soaso (c) JR

La cascada de la Cola de Caballo, tras las gradas de Soaso, pone fin al paseo para turistas e ingenuos. Se plantea una decisión ya tomada de antemano; remontar la pared a través de las clavijas o superarla a través de “las zetas”, también llamadas senda de los mulos o de los machos. Subimos por las clavijas, hoy afortunadamente cadenas de herrería sólidamente arriostradas a la roca. Desde allí, como quien ha subido de división, queda un cómodo tránsito hasta el refugio de Góriz.

El refugio es viejo, feo y acogedor. Habitaciones en las que se apilan los que van de ida o de vuelta (el que está aquí tampoco está en su lugar), poca luz y ventanas mal cerradas. Tres pisos de literas corridas y tres platos en el menú de la cena. Demasiadas fotos de la escupidera nevada en las paredes y, tras la cena, duelo de ajedrez entre dos de nuestros compañeros. La vocación de las piezas, también aquí, es mudar de escaque; cuestión de supervivencia. Sigue leyendo

La ley leve de la gravedad (Picos del Infierno)

Hará cosa un año el hijo de uno de mis primos preguntó qué pasaba si se caía al suelo un bote de tomate concentrado. Tras un instante de suspense él mismo respondió que en tal caso el tomate perdería la concentración.

Caer o no caer suele ser una cuestión de resistencia, a veces de rebeldía: no en vano se trata de enfrentarse a la ley de la gravedad. Así visto, la norma tiende a provocar la caída porque confiere al suelo y al abismo el poder de atraer hacia sí cualquier realidad que no esté a ras de tierra.

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Vigía (c) JR

Esta lucha de contrarios sirve para explicar el intento de alcanzar una cima, de escalar una montaña. Este año se trataba de un segundo intento en los Picos del Infierno tras haber abandonado el año pasado en medio de una tormenta que nos hizo ser objetos perdidos.

Lesionado como había estado durante buena parte de la primavera por el desafío de un salto innecesario y su posterior caída, soy aún más cauto que de costumbre al calibrar mis posibilidades de éxito. Quizá por eso durante el ascenso desde Bachimaña me abismo pensando en cómo seré yo durante la subida, me concentro para encontrar cualquier rastro de amenaza. Me empeño en subir.

Mi cuerpo contiene mi energía, y pienso que si “mantener” – como escribe Erri de Luca – es un verbo precioso que significa tener en la mano, “contener” también lo es porque dice que mi fuerza está con mi cuerpo. Pienso también en la posibilidad de caer, en la necesidad de resistir con mi levedad el dictado de la gravedad.

Se suceden los hitos, cruzamos con crampones un primer nevero y rebasamos la cota que el año pasado alcanzamos. Enseguida estamos en el collado: el ibón y el Pico de Tebarray a la derecha, los Infiernos por la cresta de la izquierda.

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Tebarray (c) JR

Trepar concentrados, ser animales que emplean pies y manos para vencer la altura. Hasta que llegamos a un nuevo nevero que parece sin estrenar. Remontarlo ofrecerá el premio de alcanzar el inicio del último tramo. Con cuidado, en alerta a nuestro equilibrio y al de quien nos precede y al de quien nos sigue; el resbalón de uno sería el de los cinco, ya que aunque avancemos como individuos pertenecemos a un mismo equipo.

El premio resulta ser un desafío, un nuevo punto de partida. Cruzamos la cresta y a nuestra izquierda se abre una senda mínima, una faja pegada a la montaña con pasos estrechos que nos hacen elegir piedra antes que vacío y, así, vencer el cuerpo hacia la montaña. Las mochilas abultan nuestro perfil y ocupan más de lo que quisiéramos. Tropezar, resbalar, deslizarse podría ser grave, así que en ese trecho nuestros sentidos son más agudos. De nuevo rebasamos cotas alcanzadas, esta vez en exigencia. A veces notamos leves mareos, quizá pequeños desarreglos en la tensión que no podemos considerar graves.

La montaña es individual, primera persona del singular. Pienso de nuevo en Erri de Luca, descubierto este año, que dice que dos no es el doble, sino el contrario de uno, y con ello escribe 18 cuentos y un poema. En algunos pasos las decisiones (tal vez los deseos o las intuiciones) no coinciden y elijo trepar un poco más a la izquierda que el resto. Ya nos reuniremos más arriba. Mi camino resulta esta vez acertado y progreso hacia la pirámide que protege la cima. Un poco más arriba, con mis compañeros a la vista, giro a la derecha sin saber muy bien qué busco. Contemplo la espalda del Garmo Negro, mis pensamientos vuelan y pasa el tiempo.

Me vuelvo esperando ver al resto y no hay nada ni nadie. Debo haberme quedado dormido, traspuesto, concentrado, extasiado. Pero son casi 3.000 metros y no parece conveniente quedarse solo. ¿En qué momento he dejado el camino marcado?

En este caso, la dirección es clara. Se trata de subir lo más alto posible, da igual por dónde. La meta está arriba. Y así, perdido, me encuentro con las sensaciones de ser yo, de no tener nada, de respirar, sentir los latidos de mi corazón y buscar solamente el siguiente apoyo. Es la paz que ofrece la montaña, el paraíso (de estar) perdido.

Al cabo de un rato, que se revela corto al acabarse, los pequeños puntos de la expedición aparecen más abajo y reestablecemos contacto visual. Ya da lo mismo por dónde subir, nos veremos arriba. Percibo la extrañeza de ir el primero hacia la cumbre estando en peor forma que el resto. Pero lo acepto. Llegaré yo solo, aunque haya subido acompañado.

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Pico Occidental (3.073 metros)

La cima del Pico Occidental (3.073 metros) decepciona como lo suelen hacer los logros. Puedo saber que es la cumbre porque alguien lo dice, pero no hay símbolos, hitos ni placas que confirmen, salvo una piedra humildemente dedicada a la paz mundial. La cima del Pico Occidental (3.073 metros), no obstante, compensa con creces la subida porque mientras estoy en ella, es el centro mismo de los Pirineos y, por tanto, el mejor observatorio del mundo conocido.

Ya agrupados disfrutamos del primer objetivo de la jornada, casi cinco horas después de haber iniciado la marcha. Tampoco hay tiempo para mucho más: hay que cruzar con cuidado la Marmolera, asombrarse de su patio y alcanzar el Pico Central (3.082 metros). A diferencia de lo que sucede con otras experiencias, obtener una nueva satisfacción en tan corto espacio de tiempo (apenas unos minutos) no supone doblar el placer sino sólo un ligero incremento del mismo.

Decidimos que es la hora de bajar. La ruta elegida es la del collado de Pondiellos, más pendiente y más breve que la que hemos traído. Elegir camino, en parte por la existencia de neveros, no resulta sencillo. Optamos por la izquierda y, cada vez más a la izquierda, hasta llegar a una canal estrecha. Pienso que si está ahí es porque es posible descenderla, y me pongo a la tarea abriendo camino. Cada escalón resulta complicado y no mido bien la dificultad, sólo pienso en que más adelante será un poco más sencillo. Algún paso es difícil y lo celebro con resbalones, forzando más de lo necesario. Me parece más sencillo continuar que reconocer el error y deshacer el camino; demuestro que la perseverancia no siempre es una virtud.

Llego abajo, al último nevero de la jornada y grito hacia arriba que no es buen camino. Para mí pienso que el retroceso hubiera sido una buena opción. Los demás dan la vuelta.

Convencido de haber hecho lo más difícil, de nuevo me pongo los crampones y empiezo a perder altura poco a poco, buscando llegar a la huella que atraviesa la extensión de nieve. Sin llegar a avanzar demasiado pierdo concentración y apoyo y resbalo: me deslizo y me detiene el impacto de mis botas contra una roca. Trato de remontar para recuperar el piolet perdido y vuelvo a resbalar; consigo un nuevo golpe en el mismo sitio, un poco más doloroso esta vez.

Y me quedo allí, náufrago en una pequeña isla de rocas, rodeado de nieve.

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Negra espalda del Garmo (c) JR

Como un buque fuera de ruta, Robinson avista una montañera que se acerca y presta sus bastones para una tercera intentona que esta vez, siquiera sea por el orgullo, resulta fructífera. Ya solo me queda atravesar el nevero y esperar la reunión con mis compañeros.

A partir de entonces sólo queda bajar y bajar. Descender, rendirse a la fuerza de la gravedad para volver a tierra firme y asumir de nuevo la rutinaria condición de ciudadano. El descenso es muy largo y sólo lo distrae la necesidad de buscar los hitos que señalen el regreso y el dolor creciente en el tobillo.

8.000 metros de invierno

La noticia es reciente: el viernes pasado Simone Moro, el vizcaíno Alex Txikon, el paquistaní Ali Sapdara alcanzaron por primera vez la cima del Nanga Parbat en invierno. Una mujer, la italiana Tamara Lunger se quedó a pocos metros de la cumbre, que es quedarse a años luz de la gloria.

Las reseñas hablan de noches pasadas a 7.200 metros, de la ayuda de los meteorólogos, de fracasos anteriores y de quienes iniciaron estas ascensiones en los años 80, que no fueron otros que los polacos Jerzy Kukuczka y Krzysztof Wielicki (por alguna razón, los nombres de los alpinistas suelen ser de magnífica resonancia)

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(c) Diario El País

Lo que yo pienso es que estos esfuerzos van contra toda lógica y son un afán inútil, peligroso y absurdo. En el mismo grado resultan hermosos y admirables. Más que los músculos del cuerpo son los nervios del espíritu los que deben guiar el esfuerzo humano hasta estas hazañas. Sigue leyendo

Objetos perdidos en los Picos del Infierno

La sucesión de hechos y anhelos que nos lleva, es decir, lo que algunos llaman “la vida”, no siempre ofrece términos medios: si propongo matrimonio, o es un sí o es un no; si presto uno de mis libros preferidos, o me lo devuelven o no me lo devuelven; si, ¡qué sé yo!, abro la boca, o hablo o me callo.

De manera similar, mi pensamiento es que si voy al monte, o llego hasta arriba o no llego. En la costumbre asentada en los últimos años de realizar una subida en Pirineos en el mes de julio, todas las expediciones se habían ido saldando con la llegada a la cima (no diré con su “conquista” porque no se trata de una guerra): el Anie, la Mesa de los Tres Reyes, el Garmo Negro, el Taillon. Mi objetivo de este año eran los Picos del Infierno desde el Balneario de Panticosa.

Diría que al tener un objetivo el campo de visión se centra en él y se impone al resto de los sentidos. Así, poco importa el sabor de boca que tengas (¿te has lavado o no los dientes tras desayunar a las seis de la mañana?, ¡qué más da!), las conversaciones perdidas que oigas, el tacto que tengan los cordones de las botas o el olor de la montaña cuando amanece. Al modo del restaurador de cuadros envejecidos, al recordar o al proyectar solemos limpiar del ruido que nos ha rodeado las imágenes que nuestro cerebro pinta (aunque, por cierto, esos sonidos de fondo son los que a veces nos dan la tranquilidad de no tener que llenar todo encuentro con palabras o caricias)

Elementos (c) JR

Elementos (c) JR

Soy yo el que subo, soy el sujeto del esfuerzo medido que me debiera llevar al objeto de mi andadura.

Así empieza la subida, lenta y destinada a no acabar en la cumbre. Los pronósticos meteorológicos son claros y coinciden en que habrá lluvia antes de poder hacer cima. Seguimos el trazo de la ruta que llevamos en el móvil, sigo el silente rastro de quien antes hizo ese recorrido, seguimos la dirección que nos indican otros que se cruzan en nuestro camino. Sigue leyendo

Pilotos en la tormenta

“Pilotos en la tormenta” es una traducción libre de “riders on the storm”. Y “riders on the storm” fue el título que libremente elegí hace tiempo para contar en este blog mi primera ascensión a un tresmil en Pirineos (así, sin artículo determinante) Hace pocos días llegaron a mi buzón varios ejemplares de la revista “Pyrenaica”, de la Federación Vasca de Montaña, con un artículo mío basado en aquella entrada. Aquí está:

Pyrenaica

Pyrenaica

Tras llevar dos años publicando solo en internet, reconozco que ver mi escritura en una revista como esta me produce satisfacción y me produce, también, deseos de volver a este blog. Hace ya más de dos años que realicé esa subida y, precisamente ahora, estoy preparando la expedición de este año que, como la del Garmo Negro, parte de los Baños de Panticosa.

Puedo decir que mi afición a la montaña tiene dos fases y siempre tengo la sensación de haber llegado tarde a cada una de ellas. El primer contacto pirenaico lo tuve en campamentos juveniles, cuando ya muchos de los que iban habían subido la mayoría de los montes que nos rodeaban. El placer que encontré, las nuevas unidades de medida, el renovado sentido del esfuerzo y la distancia del asfalto me abrieron los ojos a muchas nuevas perspectivas.

La segunda fase data de hace pocos años y se debe en gran parte a las limitaciones para hacer otros deportes (es éste, el de las limitaciones, uno de los temas que siempre anida en lo que cuento) Volví a las botas de monte con cierta humildad y en ellas he ido ascendiendo cotas cercanas primero y más lejanas después. No aspiro a grandes cimas, y mi satisfacción radica en disponer de una afición que, a su vez, me brinda momentos de belleza y orgullo satisfecho.

Aún así, toda afición tiene algo de adicción y tortura. Alegremente entregué mi deseo al monte con la expectativa de disfrutar, y esa entrega a veces discurre por caminos propios y casi ajenos a mi deseo. Sigue leyendo

Épica o estética

Hace más o menos un año publiqué “Riders on the storm“, una entrada en la que contaba mis emociones con relación a la subida al Garmo Negro, mi primer 3.000 pirenaico. Debiera releerla para hablar con propiedad, pero es tarde y ni me apetece ni me hace mucha falta. En aquella ocasión, mi vivencia fue cercana a la épica: iba con poca seguridad, con pronóstico de tormentas, crampones y piolet por primera vez, y, realmente, sin el optimismo de mis acompañantes me hubiera quedado en casa. La experiencia fue magnífica, dura pero satisfactoria, una exploración por los límites de las creencias y la fuerza física.

Este año he vuelto a Pirineos. Esta vez ha sido el Taillon, 3.144 metros con nieve y crampones también. Una subida más asequible por la altura del punto de partida y el propio relieve de la etapa. Además, las segundas veces carecen de la incertidumbre de las primeras y permiten menos implicación. Así suele ser.

Pasar (c) JR

Pasar

Por eso, esta vez no he subido tan pegado ni a la tierra ni a la piedra. Tenía la sensación de ver los Pirineos desde la órbita terrestre, como si desde antes de empezar el día hubiera salido propulsado hacia el espacio y tras hacer una curva en la ionosfera hubiera girado para ver los montes desde lo alto. Y desde arriba todo tiene una forma más redonda, que, tal vez por ello, me recordaba a D., que fue quien nos atendió en nuestra llegada al Albergue la noche anterior. D. es de esas pocas personas que sabe combinar una camiseta de tirantes con unas mallas y un calzado de cierto tacón. La camiseta, de color azul, ofrecía sus curvas de manera sensible y generosa como su sonrisa, y fue también la que nos despidió de camino a otra curvas, las del puerto que nos llevaba al punto de partida. Sigue leyendo

Unidades y errores de medida.

Es posible que fuéramos más felices si no hubiera nada en la vida que se repitiera: si todo sucediera una sola vez, si solo estuviéramos una ocasión primera en cada ciudad, si sólo nos enamoráramos cuando aún somos por completo ignorantes del amor, si sólo pecáramos cuando aún no hemos perdido la inocencia. Avanzaríamos, entonces, sabiendo que no hay retorno posible al lugar en el que sufrimos, que no hay repetición que aceche un error ya cometido: una mala amistad, una elección equivocada. Pero al igual que los héroes de los dramas de Esquilo alcanzan el conocimiento con aquello que les hace sufrir, también nosotros aprendemos muchas veces en el esfuerzo que supone volver a pasar por un mismo lugar.

En realidad no pretendía ser demasiado metafórico. La idea de esta entrada surgió al volver a subir – por fin – la Mesa de los Tres Reyes el pasado mes de julio. No tenía más de 21 años cuando la subí por primera vez y, ahora me doy cuenta, han pasado otros 21 años hasta que de nuevo la ascendí en verano. Muchas cosas han quedado por el camino de esa media vida, es inevitable, pero ha habido otras muchas que han ido sedimentándose en mi interior. La Mesa es para mí un símbolo antes que un monte. En esa primera subida descubrí que la distancia que puede abarcar una mirada es mucho más grande de lo que pensaba; conocí que en el monte, sobre todo en Pirineos, la escala es diferente; supe que en el mundo se puede mirar mucho más allá sin cansarse y sentí la maravilla de tener por delante un largo camino, marcado en la hierba, esperando ser recorrido por mí, tan largo, que no importa si ves o no final.

Grandes distancias

Grandes distancias

No era el monte solo, por supuesto. Tenía a mi lado una chica que tras varios intentos me había dicho que sí, una carrera ya mediada que me hacía mirar la juventud como algo lleno de vida y de posibilidades y unas convicciones que me hacían ver el mundo como tierra que conquistar. Pequeñas cosas que ayudan a que el mundo sea “más humano, más amable, menos raro“.

Por eso 21 años después, y en medio de la felicidad del reencuentro me hallaba elucubrando sobre la validez de las unidades de medida que habitualmente utilizo para calibrar lo que me sucede, lo que veo, lo que quiero y lo que no me gusta. Pensé, quizá días más tarde, que las medidas inmutables no existen (¿se puede afirmar esto como una verdad absoluta? supongo que no), que el tamaño de nuestros logros, de nuestros escenarios y también el de nuestros miedos depende de multitud de factores, incluidos algunos que creemos controlar.

Lo pensé también en L., en el oeste de Francia, ciudad de la que sólo conocía, yo solo y cargado con una mochila, la estación de tren de un viaje de vuelta de la Comunidad de Taizé. Esa estación, apenas a 300 metros en línea recta la podía contemplar, 22 años después, desde la habitación cuádruple de un hotel de cadena, con varias maletas y diferentes bolsas desparramadas por el suelo, y me pregunté cuál era la distancia real que me separaba de esa estación: ¿300 metros?, ¿22 años?, ¿una mujer y dos hijas?, ¿cuatro maletas? No supe responderme: era todo y era nada.

Durante los días de verano hubo más situaciones con argumentos análogos. Por ejemplo, saber que una misma acción como es prepararse para salir de casa a pasar el día fuera puede durar cinco minutos si sólo depende de mí o una hora si hay que conseguir que todos los ingredientes de la ensalada familiar se acompasen: que las niñas se vistan y se laven los dientes, que las mochilas estén listas y la estancia mínimamente recogida, que su madre no encuentre alguna extraña tarea doméstica inaplazable. En realidad, la acción es la misma, el resultado es idéntico: dar comienzo a un nuevo día de vacaciones, pero ¿cuál es la medida correcta para valorar la espera? Y me doy cuenta que la medida no no son los minutos, es la impaciencia.

Un mecanismo como otro cualquiera

Un mecanismo como otro cualquiera

Antes, hace mucho, cuando en lugar de ir al monte me llevaban, solía fijarme en los postes indicadores de distancias exactas y tiempos estimados. Era raro que no mejoráramos esa predicción sin grandes esfuerzos, lo de tres horas se hacía en dos y media, lo de una hora en cuarenta y cinco minutos. Eso era cuando pensaba que la juventud era la medida de todas las cosas. Ahora, sin embargo, lo habitual es que supere esas estimaciones, que tarde un poco más, que no cumpla la profecía del indicador. En algún momento, por tanto, he ido ganando equipaje y perdiendo velocidad, he cambiado, tal vez, kilos por kilómetros, y no deja de llamarme la atención que la segunda palabra incluya dentro de sí a la primera.

Tener este tipo de pensamientos hace que te sientas algo mayor, pero también más maduro, como si en medio de una subida te giraras y vieras la senda recorrida y dijeras “hace mucho que salí, he recorrido un buen trecho y cada vez estoy más alto, ya no soy nuevo en este camino”. En esos raros momentos de autocomplacencia sucede que un día de vacaciones subo primero en I. a un tren para llegar a una estación de esquí, y luego, desde G., cojo un teleférico para subir a 2.000 metros y así empiezo a andar siguiendo unas indicaciones con fondo amarillo (“B. 1 hora”). Resulta que las montañas que rodean el camino superan los 3.000 y aún los 4.000, y los desniveles y la lejanía de los prados del valle superan a su vez cualquier paisaje que has visto hasta entonces. Pasa la hora y aún no he llegado, por supuesto, pero tampoco importa. En mi camino se cruzan cabras que buscan alimento, un cura con sotana y botas de monte y un japonés con meggings. Llego – llegamos –  al laguito, como – comemos – un nuevo “bocadillo con vistas”, disfrutando de las nuevas dimensiones que el paisaje  ofrece y hago fotos, una de las cuales pondré un mes más tarde como imagen de cabecera del blog.

Lejos, lejos

Alto, muy alto

He hecho una nueva excursión de verano, un paseo por el monte sin haber madrugado, con niñas que se cansan y quieren llegar, con turistas de ojos rasgados y mujeres de velo en la cabeza. He visto paisajes nuevos, territorios naturales que algo o alguien creó hace mucho mucho tiempo. Soy más pequeño que nunca con relación a lo que me rodea, pero más importante sin embargo.

Y he aquí que, media vida después, descubro nuevas unidades de medida cuya perdurabilidad (algo he aprendido) ignoro por completo.

soy un accidente, un error de medida