Manteles blancos

 

Si cada color tiene una virtud (cosa que no ocurre) la del blanco es la valentía, pero nunca la inocencia. El blanco es molde, bastidor, rastrel; es, en definitiva, el espacio que queda entre las dos líneas del cuaderno rayado de tapas azules que tenía en el colegio.

En el mantel blanco, junto a una ventana, se apoyan las manos cuando aún hay toda una comida por delante; las primeras hojas pálidas del montón de folios quedan sobre la mesa, con un bolígrafo cerca; una prenda nueva de color de nieve recoge la intimidad de un cuerpo por la mañana.

Nada será igual cuando acabe la comida, la escritura, cuando finalice el día.

Sobre el mantel quedarán migas, manchas, huellas que dejen las palabras que han salido de las bocas, algunas pestañas y restos de miradas que han buscado escrutar las conversaciones ajenas, aparentemente más fluidas que la propia. El azar (el mismo que juntó partículas en el origen) ha distribuido a su capricho las salpicaduras en el hilo. Los movimientos, torpes, distraídos, a veces intencionados, han sembrado de arrugas y asimetrías en relieve el mapa que es la tela. No quedan dibujadas, sólo intuidas, las casillas oscuras del tablero que tantas veces acoge una comida, una cena: blancas y negras en el mismo cuadrilátero.

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Astrofísica en la orilla

Mirando desde la terraza el juego de las olas con las rocas me viene a la cabeza que hace millones de años”el universo era una crema espesa partículas elementales: electrones, cuarks, neutrinos y un panoplia de otros elementos llamados gravitones, gluones, etc. Se los llama “elementales” porque no se pueden descomponer en elementos más pequeños, o por lo menos así se cree” (1)

Por haber leído cosas así, siento que entre ese peñón, la arena, las nubes y yo hay una historia común, un origen compartido que con la evolución se ha diversificado en creaciones útiles (como las playas en Bizkaia) o en excrecencias sospechosas (como la gente presuntuosa)

Parece ser que luego las partículas se fueron asociando, los cuarks dieron lugar a nucleones y posteriormente la fuerza nuclear asoció protones y neutrones que alumbraron el primer núcleo atómico, el del helio. Más tarde la fuerza electromagnética, ya con el universo por debajo de los tres mil grados, provocó los primeros átomos de hidrógeno y de helio. Después los fotones, luego …

De alguna manera ese juego de choques, atracción, formación de núcleos y liberación de energía, de contracción y expansión del espacio es lo que reproduce la mujer teñida de rubio (que lleva una breve camiseta lencera) en compañía de su hijo. Ella con un café y un ebook, él con sus rizos rubios (hasta ahora ignoraba que el tinte de pelo pudiera transmitirse genéticamente, pero todo es química al fin y al cabo) y su móvil de cinco pulgadas. Leen, se miran, no se miran, se acercan y no. Sigue leyendo

Melancolía, 7 (buhardilla sin vistas)

“… de un barco a la deriva, que viene de la nada y va a ninguna parte…”

Mi relación con la música, como el patio de mi casa si lo tuviera, es particular. Lejos de la capacidad de almacenar nombres de grupos o letras o melodías, he sido siempre más un aficionado de corte obsesivo: pocas referencias, pero insistentes. Envidio a quienes disponen de enormes bibliotecas musicales en sus discos duros o a quienes conocen más del 20% del cartel de los festivales de verano.

En esa relación compulsiva hay canciones que se meten en mi cabeza y se quedan instaladas durante mucho tiempo. Las oigo una y otra vez, trato de conocer su origen y su significado, los mitos que las rodean. No puedo presumir de originalidad: “Brilliant disguise“, “Still loving you“, “Son cuatro días“, “Calle Melancolía“.

Mi relación con esta última se remonta a algún verano de hace mucho tiempo, en el escenario del post “Intercambio de parajes“, y creo deberla a la mayor de mis primas (MJ) que por aquél entonces estaría en el estrecho de Gibraltar en que se mezclan las aguas de la adolescencia y la juventud. Entonces yo apreciaba poco más que unas rimas fáciles: “melancolía”, “alegría”, “tranvía” y “melodía” de un tío que no se podía (“podía”) cambiar de casa por impuntual.

Con el tiempo y las mareas la voz cascada de Sabina fue tomando posiciones. Cuando hoy oigo su tono en álbumes viejos aprecio más su timbre actual, el de una persona más satisfecha y cómoda, que hasta permite que otros le escriban sus letras y que sigue sin encontrar un peluquero que no le maltrate. A veces me parece secuestrado por su personaje y, desde luego, prefiero la letra de sus canciones a las de sus entrevistas. Y envidio (otra envidia más en esta entrada) la enorme librería colmada de títulos de su salón.

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Melancholy and Mystery of a Street. Giorgio de Chirico (1914)

Calle Melancolía“, en su momento lo busqué, entronca con un poema de Vinicius de Moraes “Rúa de amargura” que acaba así: Sigue leyendo

Pequeño “in memoriam”

Cuando nos volvimos a encontrar me dijiste que íbamos a hacer grandes cosas, y quedamos emplazados para una comida cuando se cumpliera un año de tu previsión. Te dije que si realmente lo conseguíamos pagarías tú. Pero ya no vas a acudir a la cita, no puedes.

No han sido tantos meses desde entonces, demasiados pocos hasta esta separación dura e inesperada. Se han quedado cortos los cafés compartidos y en las listas de proyectos que manejábamos en ese inicio aún quedan muchas líneas sin el característico “√” con el que indicabas la consecución del objetivo.

Este sitio desde el que te escribo, que yo concibo como privado pero que no deja de ser un ventanuco abierto a cualquier curioso o indiscreto, es el que elijo para este pequeño, mínimo, inapreciable homenaje. Sigue leyendo

Yo, japonés

Hoy he querido ser japonés, o simplemente oriental. Me he cruzado en la calle con uno de ellos acompañado de su hija y he sentido la envidia en el centro del estómago. Iban hablando y yo no he podido entender nada y me ha venido ese deseo.

Mi facilidad para los idiomas se manifiesta de manera mucho más clara en la capacidad de imitar el acento propio de cada uno que en la aptitud de interiorizar su gramática. Así, como suele suceder, lo que he podido expresar en esas lenguas mal aprendidas nunca ha podido ser muy complejo.

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Tal vez por eso me sucede que cuando observo – con prudencia – conversaciones en otro idioma tiendo a pensar que quienes lo hablan no pueden tener grandes preocupaciones; nada que les apremie ni les apriete. Sigue leyendo

Por eso, Giacomo

-Pero, aita, este año yo quiero ir a jaias de Mundaka, ¡van a ir todos!

-He dicho que no, e no voy a repetirlo. Escucha, nosotros no somos come tutti, te lo he dicho muchas veces. Si hemos llegado a ser algo es porque trajimos aquí cosas diversi ¡E no me pongas cara de que ya los sabes!. Mira, te recuerdo otra vez antes de que llegara la famiglia a este pueblo las anchoas eran solo cebo de pesca. ¡Las anchoas, mamma mia! E nosotros trajimos la técnica de los salatori; no la técnica no: ¡el arte de los salatori di Porticello!. Antes de eso, lo único que tutti sabían era conservare las anchoas con piel y con espinas, ¡sólo le quitaban la testa!

Y luego nosotros fuimos los que les enseñamos cómo hacer los filetti. Al principio, los cubríamos de mantecca para conservarlos en la lata, e les poníamos alcaparras para atenuar el sapore. Pero era tan cara la mantecca que empezamos a usar il olio. Si fuéramos como tutti no hubiéramos quitado la piel y las espinas a las anchoas, ni habríamos pasado de los toneles a las conservas di hojalata… ¡este pueblo no sería el mismo!

Entonces, mientras Giacomo se aburre con la enésima repetición de la historia, su padre piensa en los veranos en que está de nuevo en Porticello, y en todas las veces que él realiza con placer el delicado proceso de desprender a su primer amor de verano de su ropa y sus prejuicios. Cómo tras los primeros forcejeos incruentos ella siempre acaba cediendo y queda lista para él, sedosa y deliciosa, como un bocado que tiene el sabor de la comida olvidada de la infancia. Sigue leyendo

Empalagosamente

No soporta los olores empalagosos, especialmente en lo que a colonias se refiere. Al profundo desagrado se une la incomprensión, y cuando percibe una de esas fragancias tiene que reprimirse para no buscar con la mirada la complicidad del resto de personas cercanas. Junto con tales aromas le llega la impresión de ofensa, de agravio, casi diría que de infamia.

Aun así procura disimular. Piensa que hay gente sensata capaz de perfumarse con esas colonias que de un dulce tan denso que exhalan hacen picar la garganta y escocer los ojos. En cualquier caso, y aunque no lo sepa, no son los sentidos lo que se saturan, es su propia mente la que percibe la marea de azúcar quemado y pétalos de rosa borrachos que se desprende de tales olores.

Aquella chica olía así y quizá todo en ella sintonizaba con su perfume: era grande, evidente, con su boca amplia hablaba mucho, rápido y con marcado acento; sus camisas eran amplias y tenían bordados; su pelo, largo. Pero él accedió a su invitación de desayunar juntos un día. La excusa formal era comprobar si realmente ella era capaz de comer por las mañanas tanto como decía. Sigue leyendo