Archivo de la categoría: contingencias

De ojos y pasos

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Ascendía,

Me volví en un descanso de la subida

buscando la memoria heroica de los lugares comunes

pero no estaban; apenas vi surcos de balas perdidas

dejar su trazo leve en la isla de las nubes.

Respiraba,

Cerré los ojos para encender luces de reserva:

ya no estaban en donde las dejé escondidas

volaron, estallaron, se licuaron sin aviso, sin espera

(oí que una ola salvaje las dejó mal heridas)

De nuevo ascendía.

Pasé mi lengua por otros labios, por los míos

sal, azúcar, vino, limón, agua y tequila

mar, barro, arena, algodón, papel y hierba

y el sol de frente, a la espalda la brisa

Reanudé la marcha

buscando la senda que sube

no la cima.

 

1 de enero, 2020

ez nekeak!

 

 

 

 

Otra vez llueve

Llueve otra vez. En el libro que leo, en la montaña que habito, en la cama en que duermo. Es otoño y anuncian lluvia. Cae sobre la alfombra de hojas en el bosque y también sobre la cabeza desprotegida de una niña que camina por la carretera. Moja la ropa y llena de pequeñas gotas la lente con la que me asomo, de noche, al escenario. Agua que cae casi transparente en la estación en que las hojas cambian de color y se visten con pinturas mate.

Hay un pequeño reguero en el alfanje del samurai.

Llovió en verano. Era una ciudad al sur de muchas cosas. Blanca, amarilla (“albero” dicen ellos). Me sorprendió la tormenta en la calle, inevitable, inesperada, generosa. Se formaron pequeños riachuelos que no encontraban salida en las aceras, y en las tiendas de recuerdos ficticios tuvieron que recoger prestos las cuentas de colores que, chillonas, afeaban el paisaje urbano. Mi camisa de verano, mis zapatos ligeros, se empaparon junto al río, ancho como el abrazo de un buen amigo. Sigue leyendo

Títulos y suplentes

(antes)

Un tren interminable, tenía que ser un tren interminable. Muchos. Uno tras otro. Ferrocarriles pesados en cuyos vagones las moles de carne se amontonaban, palpitaban unas encima de otras, maceraban en el camino a alguno de los pabellones del Lower West. Vacas Angus o Hereford; tontos pavos de Arkansas o Minnesota y toneladas de cerdo Duroc de producción intensiva para el bacon del desayuno.

Las vías originales corrían, paralelas al Hudson, a nivel de tierra. Era tal el volumen del tránsito y tan cotidianos los atropellos que alguien inspirado decidió que un hombre a caballo, con una bandera roja, precediera cada uno de los convoyes. Después sobrevino un movimiento más radical: construyeron un viaducto y elevaron los raíles 30 pies sobre el suelo. 50 años después, el tráfico de mercancías pasó del tren a la carretera y la High Line cayó en desgracia y desuso. Sigue leyendo

Mi barco es de papel

En el pequeño territorio de mi pueblo cabe un mar, una playa en la que todo empezó, un puerto para gente con dinero y otro para gente con gusto, un faro que ilumina los muchos kilómetros que recorro y un largo paseo que abarca todo eso y también lo que fue un balneario que sólo conocí en ruinas y a ratos añoro.

Ocurre que me suele atraer más lo que falta que lo que está, y por eso me sucede que por tener y amar todo esto que me rodea prefiero mil veces perderme en la montaña. Esto explica. estoy seguro, que tenga botas de monte en lugar de un barco que no podría mantener.

Nada me impide, no obstante, pensar en cómo es mi barco imaginado, el que se abre paso a veces entre los acantilados, corrientes y fiordos de mi cerebro. Y así sé que mi barco es de papel.

(c) visto en internet

A veces tengo la suerte de poder observarlo, forzando un poco la vista, desde alguna cima cercana a la costa. Apoyo entonces la mochila en el suelo, me olvido de la hora y la prisa y soy el mismo caminante ante un mar de niebla del óleo de Friedrich.

Y ahí, con la mente nublada como en las marinas inglesas, sólo tengo ojos para mi pequeña embarcación. Entro en un estado a medio camino entre la vigilia y el deseo en el que se abren los ojos invisibles.

Con ellos me gusta ver cómo navega mi barco de silueta infantil sobre el agua salada.

Contemplar que al paso, al nudo, … al impulso del viento se empapa la invisible quilla de papel de periódico, quizá de novela releída. Insensible al viento, gotas de mar salpican su vela latina.

Comprobar que ya deja atrás la distancia prudente a la que un niño que luego crecerá empieza a perder pie y preocupar a sus padres.

Y al  cabo de los días, húmedo, arrugado, firme, verlo cada vez más pequeño, aun en busca de la ballena blanca. Así, puedo sonreír por dentro con una punzada de orgullo: sigue, sigue velero mío, obstinado entre brumas extranjeras.

Extraño barco este, parece hecho para adorno: efímero, contingente y prescindible. Perfil de maqueta, apariencia de exvoto, color de acuarela, … pero calderas de sístole y diástole.

Porque, sí, mi barco es de papel, pero no de juguete.

 

 

Césped de invernadero. El asunto Kepa Arrizabalaga.

Hablar del Athletic, que es parecido a hablar de fútbol, es un buen motivo para aparecer por aquí. Sin más explicaciones.

Iribar (foto Gabriel Camiña)

Esta entrada iba a ser escrita con calma en un portátil, y se iba a llamar “Ondarroa gardens”. Fue el título que se me ocurrió cuando en el chat destinado a organizar cenas de txoko empezamos a hablar del fichaje de Kepa por el Chelsea. La escribo con el móvil en la playa porque se me ha ido el plazo, luego pensaré el título.

Alguien propuso que en nuestros blogs hiciéramos una reflexión al respecto.

Me vino la imagen de una niña que pinta cielos de noche en su habitación.

Un individuo tiene una comida en el txoko. Acaba de llegar de México y lleva un tequila. Las sneakers están fabricadas en Vietnam, la ropa interior en Marruecos, vaqueros de Malasya y camiseta superdry.

Los mensajes llegan en iphone.

Los chavales acaban la carrera con Erasmus. Y la satisfacción es grande cuando a aquél le destinan a Estados Unidos.

La niña pinta estrellas con el dorsal de los jugadores.

Alguien discute sobre el mejor sushi.

El cine español es una mierda.

En Euskadi llueve mucho y sólo las viejas van a Misa.

Abónate a una compañía americana y verás fútbol y pelis. La camiseta oficial, en AliExpress.

Hotel intercontinental. La playa de Plentzia en julio. El circo romano al final de Pozas.

Mi móvil coreano me permite escribir en la playa, y corrige mis faltas, aunque no mis pecados.

La niña borra la estrella cuando el jugador deja el equipo.

No es un estadio, es la Catedral. Vamos más por lo que creemos que por lo que vemos. Siempre hay once de rojo y blanco sobre el verde. Lo sagrado en tiempos paganos.

Ciudad de innovación con arquitectura internacional de diseño. Pintxos y comida japonesa. Las raíces de las flores de Ondarroa viajan en business.

“¿Cómo?, ¿que se va a la Chelsea?. ¡Qué cabrón!, ¡pero si aquí lo tiene todo!”

La niña pasa el pincel sobre el astro con el número uno.

La mecánica celeste es imparable, pero ella piensa que el cielo es cielo, aun sin estrellas.

Aupa Athletic.

Nota. Para reflexiones más jugosas, enlazaré los posts de Asier, Pablo e Iñaki. Bonita conversación abierta.

Asier. http://korapilatzen.com/2018/08/17/athletic-club-identidad-compromiso-tiempos-trans/

Pablo. https://hontza.wordpress.com/2018/08/17/identidad-y-compromiso-en-tiempos-trans/

Iñaki. http://laviainestable.blogspot.com/2018/08/kepa-el-athletic-y-la-post-verdad.html?m=1

Pérdida de pasos, y fin.

Uno nunca sabe cuándo se pierde, sino cuándo se ha perdido.

Pasa en el monte, vas andando, tal vez disfrutando del paisaje o a lo mejor amasando alguna preocupación – reciente, antigua, da igual – y cuando compruebas la ruta estás ya fuera de ella.

Sucede en algunas conversaciones, iniciadas con el propósito de obtener alguna ventaja, de vencer en un razonamiento y al cabo de unos minutos, quizá horas, te haces consciente de que te han llevado por derroteros de derrota.

Ocurre a veces con el hilo del libro que leo: salto algún párrafo confiado en su irrelevancia, pierdo el paso y tres capítulos después no reconozco el carácter de un personaje, pongamos que llamado Schnitzler (los libros con personajes alemanes son propicios al despiste)

Nunca he llegado a saber la finalidad de este blog, y quizá ése ha sido uno de sus principales intereses para mí. No todo es comprensible, razonable (¿verdad, Kahneman?) ni necesita serlo. Por mi parte, me alegro hasta el infinito de esta experiencia, lamento los malos entendidos aunque, por otra parte, la libertad de realizar interpretaciones divergentes es propia de toda literatura. Quién sabe qué queda de él en cualquier parte.

Volviendo atrás, tengo que suponer que en algún momento de los últimos meses dejé de pensar en la siguiente entrada. Al inicio, hace ya más de cuatro años, la regularidad quincenal era germánica (como dictadas por Schnitzler, ahora caigo) Después ha habido de todo, hasta quedar un último rastro de textos sincopados, como con hipo. ¿Qué más da?

No podría dar una explicación lógicamente perfecta de por qué está es la última entrada, al menos de esta etapa; es más, yo creo que ya queda explicado. A mí me queda un gusto de placer en el paladar y la intuición, sin más fundamento que el propio peso de su existencia, de que de una u otra manera, volveré.

Sin necesidad de mirar, recuerdo que en el primer escrito de este blog citaba la inspiración de Groucho, quien sin duda sería feliz en estos tiempos de absurdo y esperpento. En aquella ocasión hacia referencia a la volubilidad de los principios. Ahora, cerraré este círculo de nuevo bajo su amparo, diciendo que estoy seguro que todos ustedes comprenderán que cuando pasen de nuevo por esta dirección lo que van a leer o creer escuchar es un “perdonen que no me levante“.

Feliz año, feliz vida.

y… ez nekeak!

 

Bilbao, hoy

En la Plaza Chillada, que es la que da acceso a la nueva entrada del Museo de Bellas Artes, la hierba verdea. Algunos locales y algunos turistas (que serán locales en sus ciudades de origen, es de suponer) comparten terraza. Hay cafés recientes y también pintxos que llevarán hechos desde la mañana. Ya ha dejado de ser hora de comer, incluso en Bilbao.

Saliendo hacia la calle Teófilo Guiard, historiador hermano de Adolfo Guiard, de quien hay cuadros en el Museo citado, giro hacia Máximo Aguirre, que fue comerciante por profesión, embocando Colón de Larreátegui, que nació en Barcelona en el siglo XVIII.

Allí se forma un pequeño parque en el que los bancos están al sol. En uno de ellos, un hombre mayor, sin camisa y a todas luces enjuto por definición (es decir, delgado, seco y de pocas carnes, yo añadiría “y con arrugas”) está sentado. Un chico, con hablar nasal y con un cilindro de pulseras aproximadamente artesanas en ristre, le pregunta por alguna dirección, que el hombre enjuto le explica con profusión de detalles.

El chico joven ha elegido preguntarle a él, habrá notado algún tipo de conexión o afinidad. No creo que se equivoque. Pareciera más atractivo haberle preguntado a la chica del banco de al lado, cuya camiseta blanca es lo suficientemente delgada para poder apreciar al paso los triángulos simétricos del sujetador.

Un banco más allá otro hombre parece descansar. Pantalón de pana marrón, camisa roja de cuadros, o de cuadros rojos y jersey o chaleco a juego. Nada llama la atención, pero me pregunto si, en este mundo de locos, se encontrará en sus cabales.

No mucho después giro a la derecha en un cruce. Hay tiendas abiertas. Veo algunas hojas sueltas en la acera. Parece que el otoño va llegando a la Gran Vía.

GranVía