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Épica o estética

Hace más o menos un año publiqué “Riders on the storm“, una entrada en la que contaba mis emociones con relación a la subida al Garmo Negro, mi primer 3.000 pirenaico. Debiera releerla para hablar con propiedad, pero es tarde y ni me apetece ni me hace mucha falta. En aquella ocasión, mi vivencia fue cercana a la épica: iba con poca seguridad, con pronóstico de tormentas, crampones y piolet por primera vez, y, realmente, sin el optimismo de mis acompañantes me hubiera quedado en casa. La experiencia fue magnífica, dura pero satisfactoria, una exploración por los límites de las creencias y la fuerza física.

Este año he vuelto a Pirineos. Esta vez ha sido el Taillon, 3.144 metros con nieve y crampones también. Una subida más asequible por la altura del punto de partida y el propio relieve de la etapa. Además, las segundas veces carecen de la incertidumbre de las primeras y permiten menos implicación. Así suele ser.

Pasar (c) JR

Pasar

Por eso, esta vez no he subido tan pegado ni a la tierra ni a la piedra. Tenía la sensación de ver los Pirineos desde la órbita terrestre, como si desde antes de empezar el día hubiera salido propulsado hacia el espacio y tras hacer una curva en la ionosfera hubiera girado para ver los montes desde lo alto. Y desde arriba todo tiene una forma más redonda, que, tal vez por ello, me recordaba a D., que fue quien nos atendió en nuestra llegada al Albergue la noche anterior. D. es de esas pocas personas que sabe combinar una camiseta de tirantes con unas mallas y un calzado de cierto tacón. La camiseta, de color azul, ofrecía sus curvas de manera sensible y generosa como su sonrisa, y fue también la que nos despidió de camino a otra curvas, las del puerto que nos llevaba al punto de partida. Sigue leyendo

Unidades y errores de medida.

Es posible que fuéramos más felices si no hubiera nada en la vida que se repitiera: si todo sucediera una sola vez, si solo estuviéramos una ocasión primera en cada ciudad, si sólo nos enamoráramos cuando aún somos por completo ignorantes del amor, si sólo pecáramos cuando aún no hemos perdido la inocencia. Avanzaríamos, entonces, sabiendo que no hay retorno posible al lugar en el que sufrimos, que no hay repetición que aceche un error ya cometido: una mala amistad, una elección equivocada. Pero al igual que los héroes de los dramas de Esquilo alcanzan el conocimiento con aquello que les hace sufrir, también nosotros aprendemos muchas veces en el esfuerzo que supone volver a pasar por un mismo lugar.

En realidad no pretendía ser demasiado metafórico. La idea de esta entrada surgió al volver a subir – por fin – la Mesa de los Tres Reyes el pasado mes de julio. No tenía más de 21 años cuando la subí por primera vez y, ahora me doy cuenta, han pasado otros 21 años hasta que de nuevo la ascendí en verano. Muchas cosas han quedado por el camino de esa media vida, es inevitable, pero ha habido otras muchas que han ido sedimentándose en mi interior. La Mesa es para mí un símbolo antes que un monte. En esa primera subida descubrí que la distancia que puede abarcar una mirada es mucho más grande de lo que pensaba; conocí que en el monte, sobre todo en Pirineos, la escala es diferente; supe que en el mundo se puede mirar mucho más allá sin cansarse y sentí la maravilla de tener por delante un largo camino, marcado en la hierba, esperando ser recorrido por mí, tan largo, que no importa si ves o no final.

Grandes distancias

Grandes distancias

No era el monte solo, por supuesto. Tenía a mi lado una chica que tras varios intentos me había dicho que sí, una carrera ya mediada que me hacía mirar la juventud como algo lleno de vida y de posibilidades y unas convicciones que me hacían ver el mundo como tierra que conquistar. Pequeñas cosas que ayudan a que el mundo sea “más humano, más amable, menos raro“.

Por eso 21 años después, y en medio de la felicidad del reencuentro me hallaba elucubrando sobre la validez de las unidades de medida que habitualmente utilizo para calibrar lo que me sucede, lo que veo, lo que quiero y lo que no me gusta. Pensé, quizá días más tarde, que las medidas inmutables no existen (¿se puede afirmar esto como una verdad absoluta? supongo que no), que el tamaño de nuestros logros, de nuestros escenarios y también el de nuestros miedos depende de multitud de factores, incluidos algunos que creemos controlar.

Lo pensé también en L., en el oeste de Francia, ciudad de la que sólo conocía, yo solo y cargado con una mochila, la estación de tren de un viaje de vuelta de la Comunidad de Taizé. Esa estación, apenas a 300 metros en línea recta la podía contemplar, 22 años después, desde la habitación cuádruple de un hotel de cadena, con varias maletas y diferentes bolsas desparramadas por el suelo, y me pregunté cuál era la distancia real que me separaba de esa estación: ¿300 metros?, ¿22 años?, ¿una mujer y dos hijas?, ¿cuatro maletas? No supe responderme: era todo y era nada.

Durante los días de verano hubo más situaciones con argumentos análogos. Por ejemplo, saber que una misma acción como es prepararse para salir de casa a pasar el día fuera puede durar cinco minutos si sólo depende de mí o una hora si hay que conseguir que todos los ingredientes de la ensalada familiar se acompasen: que las niñas se vistan y se laven los dientes, que las mochilas estén listas y la estancia mínimamente recogida, que su madre no encuentre alguna extraña tarea doméstica inaplazable. En realidad, la acción es la misma, el resultado es idéntico: dar comienzo a un nuevo día de vacaciones, pero ¿cuál es la medida correcta para valorar la espera? Y me doy cuenta que la medida no no son los minutos, es la impaciencia.

Un mecanismo como otro cualquiera

Un mecanismo como otro cualquiera

Antes, hace mucho, cuando en lugar de ir al monte me llevaban, solía fijarme en los postes indicadores de distancias exactas y tiempos estimados. Era raro que no mejoráramos esa predicción sin grandes esfuerzos, lo de tres horas se hacía en dos y media, lo de una hora en cuarenta y cinco minutos. Eso era cuando pensaba que la juventud era la medida de todas las cosas. Ahora, sin embargo, lo habitual es que supere esas estimaciones, que tarde un poco más, que no cumpla la profecía del indicador. En algún momento, por tanto, he ido ganando equipaje y perdiendo velocidad, he cambiado, tal vez, kilos por kilómetros, y no deja de llamarme la atención que la segunda palabra incluya dentro de sí a la primera.

Tener este tipo de pensamientos hace que te sientas algo mayor, pero también más maduro, como si en medio de una subida te giraras y vieras la senda recorrida y dijeras “hace mucho que salí, he recorrido un buen trecho y cada vez estoy más alto, ya no soy nuevo en este camino”. En esos raros momentos de autocomplacencia sucede que un día de vacaciones subo primero en I. a un tren para llegar a una estación de esquí, y luego, desde G., cojo un teleférico para subir a 2.000 metros y así empiezo a andar siguiendo unas indicaciones con fondo amarillo (“B. 1 hora”). Resulta que las montañas que rodean el camino superan los 3.000 y aún los 4.000, y los desniveles y la lejanía de los prados del valle superan a su vez cualquier paisaje que has visto hasta entonces. Pasa la hora y aún no he llegado, por supuesto, pero tampoco importa. En mi camino se cruzan cabras que buscan alimento, un cura con sotana y botas de monte y un japonés con meggings. Llego – llegamos –  al laguito, como – comemos – un nuevo “bocadillo con vistas”, disfrutando de las nuevas dimensiones que el paisaje  ofrece y hago fotos, una de las cuales pondré un mes más tarde como imagen de cabecera del blog.

Lejos, lejos

Alto, muy alto

He hecho una nueva excursión de verano, un paseo por el monte sin haber madrugado, con niñas que se cansan y quieren llegar, con turistas de ojos rasgados y mujeres de velo en la cabeza. He visto paisajes nuevos, territorios naturales que algo o alguien creó hace mucho mucho tiempo. Soy más pequeño que nunca con relación a lo que me rodea, pero más importante sin embargo.

Y he aquí que, media vida después, descubro nuevas unidades de medida cuya perdurabilidad (algo he aprendido) ignoro por completo.

soy un accidente, un error de medida

Riders on the storm

La épica de los perdedores no tiene el mismo atractivo para todos. Como le sucede a un bebedor de vodka con naranja en un mundo dominado por gin-tonics de pepino, el que pierde recibe miradas de conmiseración de quienes le rodean. Es cierto que las palabras de aliento son más calurosas para el que pierde que para el que gana pero también es verdad que la mayoría quiere estar y hablar con el ganador: es el imán que tiene el triunfo. Y, no obstante: ¿quién quiere pertenecer a esa mayoría?

¿Hasta dónde se puede llegar?, ¿qué color tiene la raya que delimita lo que puedes de lo que no puedes?, ¿quién la sabe reconocer?

Siempre se habla de la bonita historia de superación del que ha ganado, de su infancia difícil, de los enormes sacrificios familiares para apoyar su pasión, de cómo ha superado lesiones y adversidades, y así se crea la falsa sensación de que el victorioso tiene una historia más bonita que el derrotado, cuyo relato desconocemos. Nos consuela pensar que, al menos en el caso de los otros, el mérito y la virtud tienen recompensa, algo así como pensar que la justicia existe.

Éstas son cosas que a ratos vienen a la cabeza cuando subo un monte, un monte difícil como es el Garmo, mi primer tresmil. Nunca había tenido tantas dudas de si conseguiría llegar a la cumbre o no. A mi preparación le había faltado un poco más de intensidad en el período final, el pronóstico de tiempo amenazaba lluvias y la necesidad de utilizar por vez primera crampones y piolet por la abundancia de nieve aumentaba mi tradicional inseguridad.

Remontando

Remontando

Son las siete de la mañana, ya hemos desayunado y estamos preparando las mochilas y viendo cómo llevar todo lo necesario, pero sólo lo necesario: ¿cuánta sed voy a tener?, ¿cuánta hambre?, ¿qué hago con la cámara?, ¿cómo guardo el piolet? La senda pica hacia arriba desde el inicio, y así sigue hasta el final. Voy abriendo el camino a un ritmo ágil pero cómodo y enseguida rompo a sudar. Identifico perfectamente la silueta del Garmo que la noche pasada me descubrió el guarda del refugio. Mejor no pienso en las cuatro horas que hay por delante y, sobre todo, en si ponerme los crampones será tan difícil e infructuoso como ponerle cadenas al coche. Tengo la cabeza puesta más en lo que va a venir que en lo que viene: ¿podré subir? Mis compañeros van bien, ligeros y convencidos.

Hacemos paradas cortas, vamos aligerando bebida y comemos alguna cosa. Por mucho que me empeñe en no mirar hacia arriba, la nieve se va acercando y el momento de poner las cadenas también. Y llegamos, vaya que si llegamos, imposible subir sólo con botas. Liberamos los crampones y nos los empezamos a poner. Cuando mis dos compañeros ya han salido y empiezo yo a andar no hago más de dos pasos antes de que se me suelten los malditos cacharros. Miro a mi alrededor, pero no, aquí no hay nadie que tenga que ayudarme, soy yo el que tengo que resolver la ecuación, como si fuera un adulto. Al final, veo que me he saltado una de las anillas, la coloco y sí, empiezo a subir por la nieve. Es una sensación extraña, nueva y agradable, los dientes de la suela se clavan en la nieve y permiten avanzar. A ratos me acerco al resto de la expedición, pero siempre acabo perdiendo unos metros, mi ritmo es otro, mi límite tal vez sea diferente.

Paramos y nos reagrupamos en el collado del plátano. Reponemos algo de fuerza y sin perder mucho tiempo en disfrutar del panorama afrontamos el último tramo nevado, el que tiene más pendientes. De nuevo me quedo un poco atrás. Doy diez pasos y cojo aire, otros diez y vuelvo a coger, diez más, con el piolet siempre en el lado de la montaña, como he visto que se hace en los vídeos de youtube. Al rato, se abre una caída bastante grande a la izquierda, una especie de enorme boca de hormiguero, parecida a la que he visto en alguna película con hormigas asesinas, solo que ésta está helada. Una caída no sería peligrosa, pero mejor no pensar en lo que puede costar remontar esa pendiente. La puntera del crampón izquierdo, que ya iba un rato cabeceando, termina de soltarse y, en el paso siguiente, se sale el crampón entero. ¡Cómo para parar a ponérselo! Pero tengo suerte y apenas quedan cincuenta pasos más hasta llegar al collado que une el Garmo con Argualas y en el que de nuevo el suelo es sólo de piedra: se acabó la nieve.

Dejamos las mochilas, hacemos alguna foto de escasa calidad y pensamos en afrontar la cresta, dicen que es bonita. A cola del trío empiezo a subir, a ratos con ayuda de las manos. Tengo algún calambre en las piernas, pero espero no tener que pararme. El paisaje es bonito hasta el límite de lo insultante, pero entre subir y terminar o disfrutar, prima la subida. Poco a poco, se va acercando el final, ése que siempre tiene un punto de decepción, ya debemos haber superado los 3.000 metros. K. dice “heldu gara”, es decir, “hemos llegado”, y lo dice mientras todavía andamos y quedan unos metros, y acierta, sólo cabe hablar de la meta cuando estás aún en movimiento. La cima es estrecha, y los ojos buscan más y más montes, más y más nieve, más y más premio; quisiera tener de verdad memoria fotográfica y guardar ese regalo en la cabeza. ¿Quién ha hecho todo esto? Mezclado con el respeto de estar tan alto, de ser tan alto, aparece también la íntima satisfacción que da haber logrado algo por completo inútil. Hay que bajar.

Tontorretik

Tontorretik

Desandamos el camino hasta el collado y allí comemos. De nuevo nos calzamos los crampones y me lanzo hacia abajo, disfrutando del paso blando que proporciona la nieve acosada por el sol. De nuevo el piolet al lado de la montaña. Bajo y bajo y no hace falta parar para tomar oxígeno. Me caigo más de una vez y clavo el piolet para no deslizarme más. Paramos para hacer alguna fotografía más. Llegamos al final del nevero y recuperamos los bastones que dejamos junto a una roca y parece que ya queda poco.

Atrás queda el collado

Atrás queda el collado

Bajamos, bajamos, bajamos. Y las rodillas empiezan a sufrir. I. coge agua de un riachuelo que cae fuerte y helado y, con un poco de aprensión, la pruebo. A las tres y media ya estamos de nuevo en el refugio, frente a dos enormes jarras de cerveza y una coca-cola con doble de azúcar.

Ya está, hemos vuelto. El mundo seguía ahí, por mucho que durante unas horas hayamos estado en otra dimensión, en realidad, nada ha cambiado: ni la cita pendiente con el dentista, ni la llamada de teléfono en cuyo contenido prefieres no pensar, ni el miedo – siempre el miedo – de que las cosas cambien como inevitablemente cambiarán. Pero ahí atrás queda el Garmo Negro, y todos los Pirineos que desde allí hemos visto. ¿Quién los ha puesto ahí, quién los ha puesto así?

Frente a la coca-cola, en la ducha, en la gasolinera, sigue sin respuesta la teoría de los límites: ¿hasta dónde se puede llegar?, ¿dónde empieza lo que soy y lo que no soy? y yendo un poco más lejos y un poco más alto otra pregunta revolotea como las mariposas en el estómago ¿me tiene que decir alguien cuál es la frontera que no se puede pasar?

Garmo Negro.  3.051 metros. Balneario de Panticosa.

P.S. El título tiene su sentido, claro. Días antes de ir las previsiones mayoritarias hablaban de muy posibles tormentas. Y en alguna conversación con K. hablé de titular así esta entrada. Nunca hasta ahora había oído la canción. Era una imagen sugerente: jinetes cabalgando en la tormenta. Tan sugerente como evitable.

Finalmente no llovió, pero, como los buenos periodistas, no estaba dispuesto a que la realidad estropeara mi titular. Hasta ahí sí que no podíamos llegar.