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Títulos y suplentes

(antes)

Un tren interminable, tenía que ser un tren interminable. Muchos. Uno tras otro. Ferrocarriles pesados en cuyos vagones las moles de carne se amontonaban, palpitaban unas encima de otras, maceraban en el camino a alguno de los pabellones del Lower West. Vacas Angus o Hereford; tontos pavos de Arkansas o Minnesota y toneladas de cerdo Duroc de producción intensiva para el bacon del desayuno.

Las vías originales corrían, paralelas al Hudson, a nivel de tierra. Era tal el volumen del tránsito y tan cotidianos los atropellos que alguien inspirado decidió que un hombre a caballo, con una bandera roja, precediera cada uno de los convoyes. Después sobrevino un movimiento más radical: construyeron un viaducto y elevaron los raíles 30 pies sobre el suelo. 50 años después, el tráfico de mercancías pasó del tren a la carretera y la High Line cayó en desgracia y desuso. Sigue leyendo

Mi barco es de papel

En el pequeño territorio de mi pueblo cabe un mar, una playa en la que todo empezó, un puerto para gente con dinero y otro para gente con gusto, un faro que ilumina los muchos kilómetros que recorro y un largo paseo que abarca todo eso y también lo que fue un balneario que sólo conocí en ruinas y a ratos añoro.

Ocurre que me suele atraer más lo que falta que lo que está, y por eso me sucede que por tener y amar todo esto que me rodea prefiero mil veces perderme en la montaña. Esto explica. estoy seguro, que tenga botas de monte en lugar de un barco que no podría mantener.

Nada me impide, no obstante, pensar en cómo es mi barco imaginado, el que se abre paso a veces entre los acantilados, corrientes y fiordos de mi cerebro. Y así sé que mi barco es de papel.

(c) visto en internet

A veces tengo la suerte de poder observarlo, forzando un poco la vista, desde alguna cima cercana a la costa. Apoyo entonces la mochila en el suelo, me olvido de la hora y la prisa y soy el mismo caminante ante un mar de niebla del óleo de Friedrich.

Y ahí, con la mente nublada como en las marinas inglesas, sólo tengo ojos para mi pequeña embarcación. Entro en un estado a medio camino entre la vigilia y el deseo en el que se abren los ojos invisibles.

Con ellos me gusta ver cómo navega mi barco de silueta infantil sobre el agua salada.

Contemplar que al paso, al nudo, … al impulso del viento se empapa la invisible quilla de papel de periódico, quizá de novela releída. Insensible al viento, gotas de mar salpican su vela latina.

Comprobar que ya deja atrás la distancia prudente a la que un niño que luego crecerá empieza a perder pie y preocupar a sus padres.

Y al  cabo de los días, húmedo, arrugado, firme, verlo cada vez más pequeño, aun en busca de la ballena blanca. Así, puedo sonreír por dentro con una punzada de orgullo: sigue, sigue velero mío, obstinado entre brumas extranjeras.

Extraño barco este, parece hecho para adorno: efímero, contingente y prescindible. Perfil de maqueta, apariencia de exvoto, color de acuarela, … pero calderas de sístole y diástole.

Porque, sí, mi barco es de papel, pero no de juguete.

 

 

Navidad en la puta calle, o los dedos en el pan

En realidad, empezó a darse cuenta de cómo era el mundo cuando dejó de pertenecer a él. Como el barro que se pega a las suelas y luego salta bajo un chorro fuerte de agua, así se fue desprendiendo que todo lo que no era suyo: las convenciones, los valores, los deseos. Al andar por la calle, bajo las luces azules, percibía lo que dio en llamar “los hilos”. Posaba su mirada sobre rostros y objetos y la prolongaba hacia arriba, hacia el lugar de donde procedía la delgada cadena que los mantenía en orden y equilibrio; el origen último más allá de las nubes.

Identifica la risa como un espasmo nervioso, las lágrimas como una descarga hormonal, las emociones como reacciones enzimáticas. La retícula de calles de la pequeña ciudad resulta el resultado del sueño de un arquitecto con dispepsia y las nubes… eso si, las nubes aciertan a ser de algodón sin costura.

pan

No se mueve ya por las casillas en blanco y negro más que por el interés del camuflaje, viendo con cínico asombro las notas del compás que dirige el tráfico premeditado de los individuos, el trasfondo revelado para él del secreto orden de los afanes, el monstruo oculto que dibuja vacíos que parecen colores.

Allí están cada día, a su vista, las mesas del Café listas para la comida del mediodía. Simétricos los cubiertos y blancos los manteles; centradas las copas. Sobre las servilletas, bollos de pan sospechosamente similares entre sí. Fuera de ese escaparate, coches y peatones; unos emitiendo carbono tóxico, los otros desprendiéndose de virus, bacterias y trozos de células muertas. El Café, en esquina y con pequeño chaflán. Azulejos en su interior.

La desmedida ventaja de la apariencia es la invisibilidad. Por eso es que entra protegido de un aspecto respetable (entendedme, con el porte de quien ha comprado un Audi, por ejemplo) Cruza el pequeño arco que separa la zona de barra de la amplia sala de comidas. Alarga la mano y coge, otra vez, uno de esos panes dispuestos al sol. Lo mete al bolsillo.

Luego, en su elevado despacho con vistas al Museo lo pone sobre la mesa de cristal. Lo mira un rato. Y, como cada día, lo tira por la ventana cerrada. No quiere que sea suyo.

Espadas como tallos. El Vignemale.

De vuelta del circo de Gavarnie, me hablaba mi compañero K. de la naturaleza y de quien en Polonia nació como Józef Konrad. Cada uno tiene sus preocupaciones (también yo) y parece ser que las suyas tenían que ver con la fuerza de los elementos naturales, señaladamente con las relacionadas con los océanos, pues no en vano él dedicó (he devoted…) parte de su vida laboral a la marina mercante inglesa en la cual, supongo, pasaría muchas tardes de tedio, como nos ocurre a los demás.

Me señaló entonces una flor que había logrado sacar su tallo, sus hojas y sus pétalos (no sé si en este orden, tal vez no) atravesando un muy estrecho hilo de tierra que quedaba entre dos adoquines de la acera. Fue ése el ejemplo que vino al caso de la lucha de elementos que nos rodea sin que seamos conscientes. Una lucha en la que, esta vez, la vida animada de una pequeña planta se imponía a la capa muerta con la que tantas veces nuestra cultura lamina la tierra que se nos dio.

Elementos (c) JR

Qué lucha sorda se desatara para que esa pequeña flor tuviera su sitio, qué azar la hizo victoriosa, qué memoria quedará de ella cuando un perro (otro elemento, al fin de la vida) orine sobre ella o la mordisquee, son contingencias que no conocimos en su momento, ni se nos darán a conocer.

Así nosotros, en número de seis y perteneciendo todos a la especie humana, hicimos cumbre en el Vignemale, a 3.298 metros sobre el nivel de un mar que un día Conrad (ya plenamente inglés, habiendo mutado la angulosa K por una sobria C en el inicio de su apellido) navegó.

Lo que va quedando de toda esa subida lo veo recogido en fotos y en conversaciones. Y en ellas es difícil ver, e imposible sentir, el cansancio, el peso de nuestros cuerpos, las dudas y el placer.  Faltan en esos relatos la circunstancias de temperatura, sudor, sufrimiento y suerte que me acompañan. La desconexión entre la voluntad y el movimiento de mis piernas. La conciencia de que nuestros huesos y músculos son parte de nuestra defensa, pero también pueden serlo del peso que haga mortal el golpe. El jadeo impuesto. La certeza desnuda de la evidente fragilidad del cuerpo humano en medio de un glaciar.

Me faltan incluso palabras y conceptos (tal vez es que me falta vocabulario o pensamiento) para poder describir lo que sucede esos días. Y no es que sean extraordinarios, es que creo que incluso lo ordinario es tan difícil que contar que no sé si vale la pena intentarlo.

el molde del vacío

Por eso, Giacomo

-Pero, aita, este año yo quiero ir a jaias de Mundaka, ¡van a ir todos!

-He dicho que no, e no voy a repetirlo. Escucha, nosotros no somos come tutti, te lo he dicho muchas veces. Si hemos llegado a ser algo es porque trajimos aquí cosas diversi ¡E no me pongas cara de que ya los sabes!. Mira, te recuerdo otra vez antes de que llegara la famiglia a este pueblo las anchoas eran solo cebo de pesca. ¡Las anchoas, mamma mia! E nosotros trajimos la técnica de los salatori; no la técnica no: ¡el arte de los salatori di Porticello!. Antes de eso, lo único que tutti sabían era conservare las anchoas con piel y con espinas, ¡sólo le quitaban la testa!

Y luego nosotros fuimos los que les enseñamos cómo hacer los filetti. Al principio, los cubríamos de mantecca para conservarlos en la lata, e les poníamos alcaparras para atenuar el sapore. Pero era tan cara la mantecca que empezamos a usar il olio. Si fuéramos como tutti no hubiéramos quitado la piel y las espinas a las anchoas, ni habríamos pasado de los toneles a las conservas di hojalata… ¡este pueblo no sería el mismo!

Entonces, mientras Giacomo se aburre con la enésima repetición de la historia, su padre piensa en los veranos en que está de nuevo en Porticello, y en todas las veces que él realiza con placer el delicado proceso de desprender a su primer amor de verano de su ropa y sus prejuicios. Cómo tras los primeros forcejeos incruentos ella siempre acaba cediendo y queda lista para él, sedosa y deliciosa, como un bocado que tiene el sabor de la comida olvidada de la infancia. Sigue leyendo

Objetos perdidos en los Picos del Infierno

La sucesión de hechos y anhelos que nos lleva, es decir, lo que algunos llaman “la vida”, no siempre ofrece términos medios: si propongo matrimonio, o es un sí o es un no; si presto uno de mis libros preferidos, o me lo devuelven o no me lo devuelven; si, ¡qué sé yo!, abro la boca, o hablo o me callo.

De manera similar, mi pensamiento es que si voy al monte, o llego hasta arriba o no llego. En la costumbre asentada en los últimos años de realizar una subida en Pirineos en el mes de julio, todas las expediciones se habían ido saldando con la llegada a la cima (no diré con su “conquista” porque no se trata de una guerra): el Anie, la Mesa de los Tres Reyes, el Garmo Negro, el Taillon. Mi objetivo de este año eran los Picos del Infierno desde el Balneario de Panticosa.

Diría que al tener un objetivo el campo de visión se centra en él y se impone al resto de los sentidos. Así, poco importa el sabor de boca que tengas (¿te has lavado o no los dientes tras desayunar a las seis de la mañana?, ¡qué más da!), las conversaciones perdidas que oigas, el tacto que tengan los cordones de las botas o el olor de la montaña cuando amanece. Al modo del restaurador de cuadros envejecidos, al recordar o al proyectar solemos limpiar del ruido que nos ha rodeado las imágenes que nuestro cerebro pinta (aunque, por cierto, esos sonidos de fondo son los que a veces nos dan la tranquilidad de no tener que llenar todo encuentro con palabras o caricias)

Elementos (c) JR

Elementos (c) JR

Soy yo el que subo, soy el sujeto del esfuerzo medido que me debiera llevar al objeto de mi andadura.

Así empieza la subida, lenta y destinada a no acabar en la cumbre. Los pronósticos meteorológicos son claros y coinciden en que habrá lluvia antes de poder hacer cima. Seguimos el trazo de la ruta que llevamos en el móvil, sigo el silente rastro de quien antes hizo ese recorrido, seguimos la dirección que nos indican otros que se cruzan en nuestro camino. Sigue leyendo

Intercambio de parajes

La Caja de Ahorros de R. construyó la Colonia Infantil junto a la playa a finales de la década de los 50. En algún recorte he leído que fue la primera de España de este tipo. Esta obra social fue recompensada con la posibilidad de construir una torre de apartamentos en el extremo occidental en primera instancia y en el oriental algo más tarde. Las torres están prácticamente adosadas a la Colonia y, por ello, se encuentran junto a la misma playa.

Años más tarde, la Caja de Ahorros pasó de ser un pequeño marrajo local a convertirse en sabroso plancton en la cadena alimentaria participada por escuálidos financieros globales pero, sin embargo, la Colonia y las torres permanece en su sitio original; no se debía  cimentar tan mal en aquella época.

Durante muchos años, esos fueron los parajes propios de mis veranos, en los que cambiaba Cantábrico por Mediterráneo.

paraje

Paraje

A lo largo del tiempo allí fue concurriendo mucha gente: familiares, amigos, conocidos, … algunos de los cuales siguen desplazándose a esa playa en verano, muchos de sus hijos también mantienen esa costumbre.

El pequeño pueblo fue creciendo, se urbanizó, se levantó un pequeño puerto deportivo, piscinas, hasta un golf de 18 hoyos, una de cuyas banderas estuvo un tiempo en mi casa. Con el tiempo, de los helados pasamos a la cerveza, incluso a algunos cubatas de garrafón tras haber transitado por las recias sangrías de los espetos. La carretera se convirtió en autovía llena de reclamos de urbanizaciones de nombres pretenciosos y yo mismo pasé de ir en el asiento de trasero del coche a dar relevo a mi padre durante algunas horas cuando cada 31 de julio emprendíamos el camino al Sur.

Este año he vuelto unos pocos días y he recuperado sensaciones perdidas, iniciáticas: la primera veraneante a la que vi en top less (fue sin querer) en el mismo sitio en que este año había otra, tal vez hija de aquélla, la primera resaca horrible, la entrada – por fin – a una discoteca, el aprendizaje del mus (con la grande y la “chica”) y muchas otras más. Al mismo tiempo me hacía mayor, pasaba temporadas tediosas, experimentaba el desconcierto de crecer despacio y de descubrir mi propio nuevo cuerpo. Sigue leyendo