Archivo de la etiqueta: pasión

El paso del Portillón (Aneto de ida y vuelta)

Ni el marco ni la moldura, es el vano lo que en la puerta habilita el paso.

El vano es espacio libre, lo demás son sólo límites, o, lo que es lo mismo, adornos. Cruzamos porque hay vacío, sucede porque hay espacio.

De pronto son años ya en los que un fin de semana está lealmente consagrado a los Pirineos; entre cada subida pasan las estaciones, y entre aquella primera al Anie y está al Aneto los hechos se acumulan, superponen y a veces se confunden. Bromeamos de camino sobre cómo era mi mundo hace seis años y sobre cómo podría ser en los seis siguientes, cuyo mapa, a diferencia del que nos espera para subir, no se puede descargar de ninguna página, ni siquiera de ésta que lees.

Nunca pasamos de un lugar a otro, de un estado a otro, de una condición a la siguiente sin roces ni heridas; no somos los mismos que éramos antes de cruzar. Voy esta vez con poca información, algo he leído, que el camino es largo, que puede ser tedioso, que requiere fortaleza mental, que hay pasos que atravesar. Me basta ahora con eso y con sentir que esta vez no pueda venir K., con quien todo esto empezó. Hago camino al andar.

(c) JR

Unimos la Besurta y la Renclusa a nuestro pequeño índice toponímico en el que ya se encuentran Panticosa, Gavarnie, Soaso, Góriz, Ossue o Baysellance

Salimos pronto, antes aun de lo que se entiendo por llegar tarde una noche. Junto con el calor que esperamos, sé que también en las primeras rampas, en la primera hora, viene ese miedo indefinido que muerde el estómago por dentro. Es, también, ese instante en el que soy una pequeñez llena de vida en medio de paisajes tan grandes.

Hay que localizar el modo de pasar la cresta de los Portillones. No se trata de descubrir pasos inéditos, sino tan solo de localizar el que todas las guías y tracks señalan para el número creciente de montañeros. Pasamos un tramo mixto, de nieve y roca sin desprendernos de los crampones y experimentando entonces las dificultades de pisar la piedra con puntas de acero, como quien quiere bailar un tango con botas de esquí.

Prácticamente en todas las ascensiones hay un momento en el que hay que hacer un gran giro; una finta evidente y cambia el rumbo de la marcha. Ese punto es crítico para llegar al fin. Ese punto, en esta subida, es el Portillón Superior. Al modo de “una puerta que nunca encontré” la cresta dibuja un paso, delimita un trazo de aire limpio entre dos pequeñas moles y, al dejar libre y vacío ese espacio, al dibujar el hueco haciendo de límite para señalar lo que no puede ser ocupado, habilita el paso. Lo que importa es el vano, no la puerta.

Portillón Superior (c) JR

Vestidos de exploradores de lo conocido subimos el tramo anterior y tras negar brevemente el vacío, descendemos sus grandes escalones irregulares, su escalinata salvaje, su relieve de gráfico descendente, de pérdidas y números rojos. Y así por arte de creerlo posible, llegamos al glaciar que algún día, no muy lejano, desaparecerá.  Desde allí, un largo camino con la cima a la vista. El Aneto se recorta con forma de pirámide, dibujado por una mano infantil. Tengo experiencia y sé que cuando estemos subiendo esa pendiente, al estar dentro, parecerá menos.

Caminar, beber, caminar, beber. No dejo en esta ocasión mucho sitio a las fotos; pocas concesiones a lo que no sea ir ganando metros. Hay una pregunta que cargo en mi espalda y que no podré resolver hasta llegar a la antecima, ¿cruzaré el paso de Mahoma? Mi manera de poder contestar es enviar la pregunta a mi yo de dentro de dos horas, como quien escribe a su futuro. Mientras tanto, voy a mi paso, no al de otros.

Collado de Coronas y ascensión final. En realidad es reconfortante ver que la experiencia a veces no vale una mierda, como así sucede cuando esa rampa que se perfilaba dura resulta ser aún más difícil. Como montañero sugestionable que soy, esa verticalidad me lleva a pensar en que, en mi medida, experimento algo similar a quienes suben montañas en el Himalaya. No es tanto que la inclinación te niegue el paso sino que te obliga a desearlo y, así, ganarlo.

(c) JR

Llega la final de la remontada y ahí está el Paso, delgado como el filo de un cuchillo pero sólido como los cimientos de un sabio. Como el negativo de un portón, esta vez es el camino el que se ve dibujado por el vacío a cada lado. Puedo cruzar porque el aire sostiene la pasarela de piedra. Así son a veces las cosas a tres mil y algo metros de altura.

Por fin, esos pocos segundos previos a pisar la cima en los que el cuerpo experimenta un pequeño clímax, una íntima satisfacción nueva cada vez que se está a punto de llegar por la que uno, después de tanto querer tener, se siente poseído. El mejor momento es estar a punto de llegar. Recuperada la conciencia, hay unos minutos para experimentar que estamos ahí, que hemos llegado.

Luego, volver, bajar. Aterrizar. Y saber que no ha sido en vano el esfuerzo sino que, más bien, ha sido en el vano del Paso en donde hemos abierto un nuevo camino. Como dice la camiseta de I. (yo tengo una igual, él me regaló) no hemos conquistado la montaña, sino a nosotros mismos.

Aneto, 29 de junio de 2019.

Cenamos en la planta de arriba de un pequeño restaurante. Hay un intercambio intermitente de miradas con una mujer rubia que cena un poco más allá. Finalmente, ella y su pareja bajan por la escalera (por su hueco, claro)

N. del A.

La idea del vacío como espacio que existe, tanto o más que la materia, la explica mucho mejor Bernado Atxaga en un artículo dedicado a Jorge Oteiza publicado en Jot Down Magazine, en mayo de 2019: https://www.jotdown.es/2019/05/in-memoriam-jorge-oteiza/

Viajo varias veces al año desde Pamplona a San Sebastián, pasando por la zona donde, cerca de Irurtzun, se levantan dos peñascos de las mismas características, dos torres de piedra que en castellano reciben el nombre de «Dos hermanas», y en lengua vasca Aizpitarte (‘entre dos rocas’). Para Oteiza es un ejemplo, un ejemplo más, de las diferencias entre la cultura latina, que nombra lo que ve, y la vasca, que señala lo que falta, la presencia de la ausencia, el vacío. Naturalmente, no importa que sea una fantasía, como fantasías son las estrellas anunciadoras de acontecimientos, las montañas de oro y, probablemente, los dioses a los que se reza en Agina, Arantzazu y todos los demás templos del mundo. Lo que importa es que, como los números raros que no designan nada real pero que permiten la existencia de todos los demás y, por lo tanto, su operatividad, el conglomerado metafísico que llevamos en la cabeza sirva para mantener en movimiento la rueda de la vida, de una vida con un nivel más alto de existencia, cada vez más bella y justa.

 
 

Por eso, Giacomo

-Pero, aita, este año yo quiero ir a jaias de Mundaka, ¡van a ir todos!

-He dicho que no, e no voy a repetirlo. Escucha, nosotros no somos come tutti, te lo he dicho muchas veces. Si hemos llegado a ser algo es porque trajimos aquí cosas diversi ¡E no me pongas cara de que ya los sabes!. Mira, te recuerdo otra vez antes de que llegara la famiglia a este pueblo las anchoas eran solo cebo de pesca. ¡Las anchoas, mamma mia! E nosotros trajimos la técnica de los salatori; no la técnica no: ¡el arte de los salatori di Porticello!. Antes de eso, lo único que tutti sabían era conservare las anchoas con piel y con espinas, ¡sólo le quitaban la testa!

Y luego nosotros fuimos los que les enseñamos cómo hacer los filetti. Al principio, los cubríamos de mantecca para conservarlos en la lata, e les poníamos alcaparras para atenuar el sapore. Pero era tan cara la mantecca que empezamos a usar il olio. Si fuéramos como tutti no hubiéramos quitado la piel y las espinas a las anchoas, ni habríamos pasado de los toneles a las conservas di hojalata… ¡este pueblo no sería el mismo!

Entonces, mientras Giacomo se aburre con la enésima repetición de la historia, su padre piensa en los veranos en que está de nuevo en Porticello, y en todas las veces que él realiza con placer el delicado proceso de desprender a su primer amor de verano de su ropa y sus prejuicios. Cómo tras los primeros forcejeos incruentos ella siempre acaba cediendo y queda lista para él, sedosa y deliciosa, como un bocado que tiene el sabor de la comida olvidada de la infancia. Sigue leyendo

Objetos perdidos en los Picos del Infierno

La sucesión de hechos y anhelos que nos lleva, es decir, lo que algunos llaman “la vida”, no siempre ofrece términos medios: si propongo matrimonio, o es un sí o es un no; si presto uno de mis libros preferidos, o me lo devuelven o no me lo devuelven; si, ¡qué sé yo!, abro la boca, o hablo o me callo.

De manera similar, mi pensamiento es que si voy al monte, o llego hasta arriba o no llego. En la costumbre asentada en los últimos años de realizar una subida en Pirineos en el mes de julio, todas las expediciones se habían ido saldando con la llegada a la cima (no diré con su “conquista” porque no se trata de una guerra): el Anie, la Mesa de los Tres Reyes, el Garmo Negro, el Taillon. Mi objetivo de este año eran los Picos del Infierno desde el Balneario de Panticosa.

Diría que al tener un objetivo el campo de visión se centra en él y se impone al resto de los sentidos. Así, poco importa el sabor de boca que tengas (¿te has lavado o no los dientes tras desayunar a las seis de la mañana?, ¡qué más da!), las conversaciones perdidas que oigas, el tacto que tengan los cordones de las botas o el olor de la montaña cuando amanece. Al modo del restaurador de cuadros envejecidos, al recordar o al proyectar solemos limpiar del ruido que nos ha rodeado las imágenes que nuestro cerebro pinta (aunque, por cierto, esos sonidos de fondo son los que a veces nos dan la tranquilidad de no tener que llenar todo encuentro con palabras o caricias)

Elementos (c) JR

Elementos (c) JR

Soy yo el que subo, soy el sujeto del esfuerzo medido que me debiera llevar al objeto de mi andadura.

Así empieza la subida, lenta y destinada a no acabar en la cumbre. Los pronósticos meteorológicos son claros y coinciden en que habrá lluvia antes de poder hacer cima. Seguimos el trazo de la ruta que llevamos en el móvil, sigo el silente rastro de quien antes hizo ese recorrido, seguimos la dirección que nos indican otros que se cruzan en nuestro camino. Sigue leyendo

Tablas

Si la vida es una partida de ajedrez, que no lo es, entonces yo soy un peón. Un peón que ya ha empleado más de la mitad de las jugadas disponibles en avanzar ordenadamente, hacia delante, cuadro a cuadro, defendiendo posiciones y con poco margen para la fantasía. A mi alrededor hay torres enérgicas que van y vienen; alfiles impredecibles de diagonales por sorpresa; caballos aventureros que hoy están aquí y mañana, con un arabesco ágil, están allí; reyes y reinas a quienes todos rodean y defienden.

Yo no soy bueno en estrategia ni tengo don alguno para la táctica; sólo un cierto orden, un andar poco arriesgado y lento. No importa, cada pieza tiene su función en la lucha eterna entre la victoria y la derrota.

Pero he aquí que a mitad de partida intuyo que los cuadros negros y blancos del tablero no son hitos de una senda obligatoria, que hay direcciones que también un simple peón puede abrir dejando de dar por hecho que sólo hay un movimiento uniformemente posible. Y un tiempo después de abrir las ventanas de este blog decido ver qué hay detrás del telón de un escenario. Y empiezo a hacer teatro aficionado, buscando representar tramas y personalidades inventadas, tratando de ver cómo es eso de crear otros mundos.

Lo primero que oigo es que “sin conflicto no hay teatro”. Me descubro, cómo no, torpe y falto de reflejos, como si el tablero hubiera mutado en ruleta de casino. Me equivoco, me caigo, no entiendo, me corrigen pero, mucho tiempo después, vuelvo a notar el maravilloso vértigo de estar aprendiendo algo, de ser enseñado, de descubrir nuevos juegos de mesa y sala.

Los inviernos al sol www.filmaffinity.com

Los inviernos al sol (de York)
http://www.filmaffinity.com

Aprendo cada día más. Donde yo pensaba que sólo había que memorizar un papel y hacer lo que ya estaba escrito, descubro que no, que soy yo quien tengo que hacer una propuesta, que soy quien tiene que conectar con el personaje, crearlo, buscar en mí lo que hay de él. Sigue leyendo