Pêche non surveillé (pescados sin vigilancia)

Maquereau debe ser verdel, cuando menos su aspecto es muy parecido; turbot es rodaballo, eso seguro, me quedé con ese nombre hace tiempo; morue es bacalao aunque se me olvida de vez en cuando, y no será porque no me guste; y luego hay otros que son más fáciles de retener: crevettes, moules, huîtres, …

Tiene mucho de empeño absurdo tratar de memorizar los nombres franceses de los pescados, sin embargo, su cuidada presencia en los puestos del mercado de Biarritz ejerce sobre mí un atractivo que no voy a negar. Tal vez sea el orden con el que están correctamente clasificados por especies, sin tocarse unas con otras: algunas en cajones de plástico, otras sobre el hielo picado que cubre el mostrador. Así, queriendo aprender sus denominaciones, puedo pasar más tiempo viendo este paisaje marinero forzosamente exiliado tierra adentro.

Convivencia

          Convivencia (c) JR

Y siendo absurda esa afición, lo es más la de quedarse encerrado en el mercado a partir de su cierre al mediodía. A la una en punto los vendedores comienzan a retirar con cuidado la mercancía, a quitar el hielo de los mostradores (primero lo deshacen un poco más dándole golpes secos con el perfil de las cajas del mismo pescado) y ya dejan de prestar atención a los clientes de última hora.

En esos momentos resulta sencillo quedarse acurrucado en cualquier esquina y esperar con paciencia a que caiga el sol. Entonces, y si uno no hace mucho ruido (también los pescados franceses odian las perturbaciones sonoras) es posible introducirse en las cámaras frigoríficas y observar la vida secreta de estas criaturas. Sigue leyendo

La trazada de la curva

No sabría explicarte cómo ir a esta playa. Ésta no es la playa de mi infancia, adolescencia y juventud; ésta es una playa que conocí más tarde, ya casi a punto de casarme, y por ese mismo motivo. Es, por tanto, la playa de otras familias, de otras personas que hoy siguen llamando a los sitios (terrazas, tiendas, restaurantes, …) por los nombres que tenían cuando ellos los conocieron.

A esta playa hay que ir en coche. Se puede ir andando, pero resulta un poco lejos. Y yo no sé explicarte el camino, pero sé que al final siempre hago el mismo y que llego sin problemas. Las calles, los cruces, los solares y las señales de tráfico de este lugar están desordenados, a medio hacer en algunos casos.

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Me gustaría explicarte dónde se se encuentra esa curva a la que aún no tengo tomada la medida. Está en una zona en la que pareces haber salido de la zona urbanizada del pueblo: durante unos cientos de metros la carretera sin arcén discurre entre casas aisladas, pequeños huertos, supongo que con naranjos, olivos o azahar, y algún chalet con piscina, obra de los buenos tiempos en Levante.

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Intercambio de parajes

La Caja de Ahorros de R. construyó la Colonia Infantil junto a la playa a finales de la década de los 50. En algún recorte he leído que fue la primera de España de este tipo. Esta obra social fue recompensada con la posibilidad de construir una torre de apartamentos en el extremo occidental en primera instancia y en el oriental algo más tarde. Las torres están prácticamente adosadas a la Colonia y, por ello, se encuentran junto a la misma playa.

Años más tarde, la Caja de Ahorros pasó de ser un pequeño marrajo local a convertirse en sabroso plancton en la cadena alimentaria participada por escuálidos financieros globales pero, sin embargo, la Colonia y las torres permanece en su sitio original; no se debía  cimentar tan mal en aquella época.

Durante muchos años, esos fueron los parajes propios de mis veranos, en los que cambiaba Cantábrico por Mediterráneo.

paraje

Paraje

A lo largo del tiempo allí fue concurriendo mucha gente: familiares, amigos, conocidos, … algunos de los cuales siguen desplazándose a esa playa en verano, muchos de sus hijos también mantienen esa costumbre.

El pequeño pueblo fue creciendo, se urbanizó, se levantó un pequeño puerto deportivo, piscinas, hasta un golf de 18 hoyos, una de cuyas banderas estuvo un tiempo en mi casa. Con el tiempo, de los helados pasamos a la cerveza, incluso a algunos cubatas de garrafón tras haber transitado por las recias sangrías de los espetos. La carretera se convirtió en autovía llena de reclamos de urbanizaciones de nombres pretenciosos y yo mismo pasé de ir en el asiento de trasero del coche a dar relevo a mi padre durante algunas horas cuando cada 31 de julio emprendíamos el camino al Sur.

Este año he vuelto unos pocos días y he recuperado sensaciones perdidas, iniciáticas: la primera veraneante a la que vi en top less (fue sin querer) en el mismo sitio en que este año había otra, tal vez hija de aquélla, la primera resaca horrible, la entrada – por fin – a una discoteca, el aprendizaje del mus (con la grande y la “chica”) y muchas otras más. Al mismo tiempo me hacía mayor, pasaba temporadas tediosas, experimentaba el desconcierto de crecer despacio y de descubrir mi propio nuevo cuerpo. Sigue leyendo