Archivo del Autor: Josetxu

Acerca de Josetxu

De pequeño aprendí a leer y a escribir, y aún conservo esos valiosos conocimientos. El primero de ellos, sobre todo, me ha dado grandes alegrías. El segundo me resulta útil en algunas ocasiones aunque, en el fondo y más que nada, yo soy un hombre que mira. Yo soy ése que ve. Y mirando con atención, puedo ver que el vacío también está. A veces no se trata tanto de construir, de ocupar el espacio o la página, como de delimitar el vacío, ése que no aparece en las fotografías. Es gracias a lo sólido que creamos que se puede hacer presente lo que, de otro modo, pasaría desapercibido.

Espadas como tallos

De vuelta del circo de Gavarnie, me hablaba mi compañero K. de la naturaleza y de quien en Polonia nació como Józef Konrad. Cada uno tiene sus preocupaciones (también yo) y parece ser que las suyas tenían que ver con la fuerza de los elementos naturales, señaladamente con las relacionadas con los océanos, pues no en vano él dedicó (he devoted…) parte de su vida laboral a la marina mercante inglesa en la cual, supongo, pasaría muchas tardes de tedio, como nos ocurre a los demás.

Me señaló entonces una flor que había logrado sacar su tallo, sus hojas y sus pétalos (no sé si en este orden, tal vez no) atravesando un muy estrecho hilo de tierra que quedaba entre dos adoquines de la acera. Fue ése el ejemplo que vino al caso de la lucha de elementos que nos rodea sin que seamos conscientes. Una lucha en la que, esta vez, la vida animada de una pequeña planta se imponía a la capa muerta con la que tantas veces nuestra cultura lamina la tierra que se nos dio.

Elementos (c) JR

Qué lucha sorda se desatara para que esa pequeña flor tuviera su sitio, qué azar la hizo victoriosa, qué memoria quedará de ella cuando un perro (otro elemento, al fin de la vida) orine sobre ella o la mordisquee, son contingencias que no conocimos en su momento, ni se nos darán a conocer.

Así nosotros, en número de seis y perteneciendo todos a la especie humana, hicimos cumbre en el Vignemale, a 3.298 metros sobre el nivel de un mar que un día Conrad (ya plenamente inglés, habiendo mutado la angulosa K por una sobria C en el inicio de su apellido) navegó.

Lo que va quedando de toda esa subida lo veo recogido en fotos y en conversaciones. Y en ellas es difícil ver, e imposible sentir, el cansancio, el peso de nuestros cuerpos, las dudas y el placer.  Faltan en esos relatos la circunstancias de temperatura, sudor, sufrimiento y suerte que me acompañan. La desconexión entre la voluntad y el movimiento de mis piernas. La conciencia de que nuestros huesos y músculos son parte de nuestra defensa, pero también pueden serlo del peso que haga mortal el golpe. El jadeo impuesto. La certeza desnuda de la evidente fragilidad del cuerpo humano en medio de un glaciar.

Me faltan incluso palabras y conceptos (tal vez es que me falta vocabulario o pensamiento) para poder describir lo que sucede esos días. Y no es que sean extraordinarios, es que creo que incluso lo ordinario es tan difícil que contar que no sé si vale la pena intentarlo.

el molde del vacío

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Césped de invernadero. El asunto Kepa Arrizabalaga.

Hablar del Athletic, que es parecido a hablar de fútbol, es un buen motivo para aparecer por aquí. Sin más explicaciones.

Iribar (foto Gabriel Camiña)

Esta entrada iba a ser escrita con calma en un portátil, y se iba a llamar “Ondarroa gardens”. Fue el título que se me ocurrió cuando en el chat destinado a organizar cenas de txoko empezamos a hablar del fichaje de Kepa por el Chelsea. La escribo con el móvil en la playa porque se me ha ido el plazo, luego pensaré el título.

Alguien propuso que en nuestros blogs hiciéramos una reflexión al respecto.

Me vino la imagen de una niña que pinta cielos de noche en su habitación.

Un individuo tiene una comida en el txoko. Acaba de llegar de México y lleva un tequila. Las sneakers están fabricadas en Vietnam, la ropa interior en Marruecos, vaqueros de Malasya y camiseta superdry.

Los mensajes llegan en iphone.

Los chavales acaban la carrera con Erasmus. Y la satisfacción es grande cuando a aquél le destinan a Estados Unidos.

La niña pinta estrellas con el dorsal de los jugadores.

Alguien discute sobre el mejor sushi.

El cine español es una mierda.

En Euskadi llueve mucho y sólo las viejas van a Misa.

Abónate a una compañía americana y verás fútbol y pelis. La camiseta oficial, en AliExpress.

Hotel intercontinental. La playa de Plentzia en julio. El circo romano al final de Pozas.

Mi móvil coreano me permite escribir en la playa, y corrige mis faltas, aunque no mis pecados.

La niña borra la estrella cuando el jugador deja el equipo.

No es un estadio, es la Catedral. Vamos más por lo que creemos que por lo que vemos. Siempre hay once de rojo y blanco sobre el verde. Lo sagrado en tiempos paganos.

Ciudad de innovación con arquitectura internacional de diseño. Pintxos y comida japonesa. Las raíces de las flores de Ondarroa viajan en business.

“¿Cómo?, ¿que se va a la Chelsea?. ¡Qué cabrón!, ¡pero si aquí lo tiene todo!”

La niña pasa el pincel sobre el astro con el número uno.

La mecánica celeste es imparable, pero ella piensa que el cielo es cielo, aun sin estrellas.

Aupa Athletic.

Nota. Para reflexiones más jugosas, enlazaré los posts de Asier, Pablo e Iñaki. Bonita conversación abierta.

Asier. http://korapilatzen.com/2018/08/17/athletic-club-identidad-compromiso-tiempos-trans/

Pablo. https://hontza.wordpress.com/2018/08/17/identidad-y-compromiso-en-tiempos-trans/

Iñaki. http://laviainestable.blogspot.com/2018/08/kepa-el-athletic-y-la-post-verdad.html?m=1

Pérdida de pasos, y fin.

Uno nunca sabe cuándo se pierde, sino cuándo se ha perdido.

Pasa en el monte, vas andando, tal vez disfrutando del paisaje o a lo mejor amasando alguna preocupación – reciente, antigua, da igual – y cuando compruebas la ruta estás ya fuera de ella.

Sucede en algunas conversaciones, iniciadas con el propósito de obtener alguna ventaja, de vencer en un razonamiento y al cabo de unos minutos, quizá horas, te haces consciente de que te han llevado por derroteros de derrota.

Ocurre a veces con el hilo del libro que leo: salto algún párrafo confiado en su irrelevancia, pierdo el paso y tres capítulos después no reconozco el carácter de un personaje, pongamos que llamado Schnitzler (los libros con personajes alemanes son propicios al despiste)

Nunca he llegado a saber la finalidad de este blog, y quizá ése ha sido uno de sus principales intereses para mí. No todo es comprensible, razonable (¿verdad, Kahneman?) ni necesita serlo. Por mi parte, me alegro hasta el infinito de esta experiencia, lamento los malos entendidos aunque, por otra parte, la libertad de realizar interpretaciones divergentes es propia de toda literatura. Quién sabe qué queda de él en cualquier parte.

Volviendo atrás, tengo que suponer que en algún momento de los últimos meses dejé de pensar en la siguiente entrada. Al inicio, hace ya más de cuatro años, la regularidad quincenal era germánica (como dictadas por Schnitzler, ahora caigo) Después ha habido de todo, hasta quedar un último rastro de textos sincopados, como con hipo. ¿Qué más da?

No podría dar una explicación lógicamente perfecta de por qué está es la última entrada, al menos de esta etapa; es más, yo creo que ya queda explicado. A mí me queda un gusto de placer en el paladar y la intuición, sin más fundamento que el propio peso de su existencia, de que de una u otra manera, volveré.

Sin necesidad de mirar, recuerdo que en el primer escrito de este blog citaba la inspiración de Groucho, quien sin duda sería feliz en estos tiempos de absurdo y esperpento. En aquella ocasión hacia referencia a la volubilidad de los principios. Ahora, cerraré este círculo de nuevo bajo su amparo, diciendo que estoy seguro que todos ustedes comprenderán que cuando pasen de nuevo por esta dirección lo que van a leer o creer escuchar es un “perdonen que no me levante“.

Feliz año, feliz vida.

y… ez nekeak!

 

Bilbao, hoy

En la Plaza Chillada, que es la que da acceso a la nueva entrada del Museo de Bellas Artes, la hierba verdea. Algunos locales y algunos turistas (que serán locales en sus ciudades de origen, es de suponer) comparten terraza. Hay cafés recientes y también pintxos que llevarán hechos desde la mañana. Ya ha dejado de ser hora de comer, incluso en Bilbao.

Saliendo hacia la calle Teófilo Guiard, historiador hermano de Adolfo Guiard, de quien hay cuadros en el Museo citado, giro hacia Máximo Aguirre, que fue comerciante por profesión, embocando Colón de Larreátegui, que nació en Barcelona en el siglo XVIII.

Allí se forma un pequeño parque en el que los bancos están al sol. En uno de ellos, un hombre mayor, sin camisa y a todas luces enjuto por definición (es decir, delgado, seco y de pocas carnes, yo añadiría “y con arrugas”) está sentado. Un chico, con hablar nasal y con un cilindro de pulseras aproximadamente artesanas en ristre, le pregunta por alguna dirección, que el hombre enjuto le explica con profusión de detalles.

El chico joven ha elegido preguntarle a él, habrá notado algún tipo de conexión o afinidad. No creo que se equivoque. Pareciera más atractivo haberle preguntado a la chica del banco de al lado, cuya camiseta blanca es lo suficientemente delgada para poder apreciar al paso los triángulos simétricos del sujetador.

Un banco más allá otro hombre parece descansar. Pantalón de pana marrón, camisa roja de cuadros, o de cuadros rojos y jersey o chaleco a juego. Nada llama la atención, pero me pregunto si, en este mundo de locos, se encontrará en sus cabales.

No mucho después giro a la derecha en un cruce. Hay tiendas abiertas. Veo algunas hojas sueltas en la acera. Parece que el otoño va llegando a la Gran Vía.

GranVía

Nadie está en su sitio. Ascenso y descenso en el Monte Perdido.

Es más una certeza, tal vez una convicción, que algo puramente intuido: nadie está en su sitio. Y a veces añadiría “ni quiere estarlo“.

Mira la señora – casi siempre lo son – que primero barre y luego baldea el portal; al cruzar la línea de la calle igualmente cruza su mirada con el hombre de camisa arrugada que ese día pidió permiso para ir al médico, para contarle algo que no quiere, y que de nada valdrá. Esa mirada, encontrada otro día, a otra hora, en otro lugar, dejaría más limpia la salud del hombre, limpia como el portal barrido. Otra mujer, que nunca supo conducir, mira con asombro la maniobra de aparcamiento en la que un conductor roza limpiamente el coche de atrás.

Todos han salido de casa, de una casa, de la suya, de casa. El profesor piensa que las dos grandes preocupaciones de la humanidad han sido levantar casas para guardar cosas y averiguar cómo disimular los malos olores. De camino a la consulta lo piensa.

¿Es una casa, la casa, el sitio al que uno acaba volviendo? Yo creo que no, porque en tal caso la mía serían los Pirineos, a los que cada año acabo volviendo. Vaya donde vaya, también en estos montes, siempre me encuentro con gente que vuelve, que va en otra dirección. Nadie se está quieto. Nadie está en su sitio. Me pregunto si será que nadie ha llegado.

Ordesa (c) JR

Desde hace meses estaba dibujado el objetivo de este año; si el pasado fueron los Picos de las Infiernos, este año tocaba el Monte Perdido. Y es que, tras los infiernos, ningún otro sitio mejor para ir que alguno que esté perdido, como el paraíso y la infancia.

Dos días de ruta, el primero de Torla al Refugio de Góriz; el segundo, ya se vería. La previsión de lluvia ligera se cumple, y cargados más que nunca con las mochilas abrimos camino por Ordesa. En otras circunstancias, que deben darse por perdidas, recorrí parte de la misma senda hace muchos años, un día de verano. Nunca es uno el mismo que hizo igual camino antes, pues si lo hizo, desde entonces cambió, tal vez buscando un sitio, su sitio, el sitio.

Clavijas de Soaso (c) JR

La cascada de la Cola de Caballo, tras las gradas de Soaso, pone fin al paseo para turistas e ingenuos. Se plantea una decisión ya tomada de antemano; remontar la pared a través de las clavijas o superarla a través de “las zetas”, también llamadas senda de los mulos o de los machos. Subimos por las clavijas, hoy afortunadamente cadenas de herrería sólidamente arriostradas a la roca. Desde allí, como quien ha subido de división, queda un cómodo tránsito hasta el refugio de Góriz.

El refugio es viejo, feo y acogedor. Habitaciones en las que se apilan los que van de ida o de vuelta (el que está aquí tampoco está en su lugar), poca luz y ventanas mal cerradas. Tres pisos de literas corridas y tres platos en el menú de la cena. Demasiadas fotos de la escupidera nevada en las paredes y, tras la cena, duelo de ajedrez entre dos de nuestros compañeros. La vocación de las piezas, también aquí, es mudar de escaque; cuestión de supervivencia. Sigue leyendo

Llama Lola

El trabajo era aburrido; el sueldo, espléndido; el edificio, una ruina. A veces hacía sol.

Algunos días yo volvía a casa satisfecho, con ese contento íntimo que me daba pensar que era un infiltrado silencioso en escenas originalísimas que un día habría de escribir, tal vez novelar.

Las máquinas de escribir, las llamadas, el pasar de hojas y el posar de sellos engomados creaban un ritmo hipnótico, extático: un mantra que nos llevaba a los pocos empleados en estado de trance por las orillas del río, por decir algo, Ganges.

Archivística básica

Archivística básica (www.todocoleccion.net)

En medio de aquel hastío, sin embargo, a veces llamaba Lola, a veces salía el sol.

Lola llamaba al único número del que disponíamos. La secretaria, al reconocerla, subía dos octavas su voz de flautín. Saludaba con medido afecto, tapaba con la mano el auricular y entonces gritaba a la directora: “llama Lola”. El grito traspasaba la mampara baja con perfil de aluminio.

Esas palabras alteraban el ritmo del día. La directora se aclaraba la voz, abandonaba otra vez la tarea y tras dejar sonar dos tonos atendía la llamada con satisfacción desenfadada. Los demás atiesábamos las orejas y estirábamos las vértebras, había llamado Lola.

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Manteles blancos

 

Si cada color tiene una virtud (cosa que no ocurre) la del blanco es la valentía, pero nunca la inocencia. El blanco es molde, bastidor, rastrel; es, en definitiva, el espacio que queda entre las dos líneas del cuaderno rayado de tapas azules que tenía en el colegio.

En el mantel blanco, junto a una ventana, se apoyan las manos cuando aún hay toda una comida por delante; las primeras hojas pálidas del montón de folios quedan sobre la mesa, con un bolígrafo cerca; una prenda nueva de color de nieve recoge la intimidad de un cuerpo por la mañana.

Nada será igual cuando acabe la comida, la escritura, cuando finalice el día.

Sobre el mantel quedarán migas, manchas, huellas que dejen las palabras que han salido de las bocas, algunas pestañas y restos de miradas que han buscado escrutar las conversaciones ajenas, aparentemente más fluidas que la propia. El azar (el mismo que juntó partículas en el origen) ha distribuido a su capricho las salpicaduras en el hilo. Los movimientos, torpes, distraídos, a veces intencionados, han sembrado de arrugas y asimetrías en relieve el mapa que es la tela. No quedan dibujadas, sólo intuidas, las casillas oscuras del tablero que tantas veces acoge una comida, una cena: blancas y negras en el mismo cuadrilátero.

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