Archivo del Autor: Josetxu

Acerca de Josetxu

De pequeño aprendí a leer y a escribir, y aún conservo esos valiosos conocimientos. El primero de ellos, sobre todo, me ha dado grandes alegrías. El segundo me resulta útil en algunas ocasiones aunque, en el fondo y más que nada, yo soy un hombre que mira. Yo soy ése que ve. Y mirando con atención, puedo ver que el vacío también está. A veces no se trata tanto de construir, de ocupar el espacio o la página, como de delimitar el vacío, ése que no aparece en las fotografías. Es gracias a lo sólido que creamos que se puede hacer presente lo que, de otro modo, pasaría desapercibido.

Haikus del confinamiento. 1a dosis.

Habla Muñoz Molina en algún libro que leí del concepto de “quick fix of poetry“. Algo así como un chute o un subidón rápido proporcionado por la poesía. A primera vista, y eso es lo atractivo, parece extraño combinar ambos términos atribuyendo a algo tan denostado como la poesía la virtud de causar una agitación inmediata. Vendría a ser como si habláramos de la lucidez de una borrachera o de la tranquilidad de una pérdida. 

(vaya, ahora que lo pienso, o he cogido muy malos ejemplos o tengo que pensar que cualquier entidad es susceptible de combinarse con infinitas circunstancias sin que sea justo considerar que la pareja formada por ambos conceptos sea deudora de incoherencia. en fin, probablemente nada perjudica más la comunicación que la existencia de palabras, habladas o escritas)

La cuestión, la mía al menos, es que durante estos dos últimos meses he venido empezando los días con una pequeña poesía en formato similar al de los haikus japoneses. Se trata de encadenar tres líneas con cinco, siete y cinco sílabas tratando de reflejar una pequeña iluminación derivada de la observación de lo que sucede. Así ha ido saliendo cada día el sol en mi casa, cualquiera que sea el significado de esa palabra.

A estos amaneceres se han sumado diferentes personas a través de las redes, con asombro y un asomo de inquietud por mi parte. Hemos formado una pequeña comunidad bienintencionada y cordial en estas largas semanas (“cordial” es, seguramente una de esas palabras cuya belleza supera la percepción que de ella se tiene)

Ahora que la costumbre ha terminado, tal vez por demasiado asentada, quiero compartir lo escrito en sucesivas dosis, como forma de guardar de ellos una pequeña memoria de este tiempo de amenaza y pandemia.

Están agrupados en diferentes temas que no requieren demasiada explicación, entre otras cosas porque cualquier acontecimiento demasiado descrito pierde su arte para convertirse en pura técnica.

Esta es la primera serie (según los prospectos que he traducido del japonés clásico, no deben leerse más de dos o tres seguidos)

1- Ventanas a la calle 

(que trata de lo que sucede y se ve a través de las ventanas)

 

#1

El día por delante,

entra luz por mi ventana:

hojas amarillas.

21 de marzo

Sigue leyendo

blanco viento fugitivo

de nuevo el blanco, lejos de la inocencia. color de valientes dije una vez, hace mucho (Manteles blancos), tanto que el tono de aquella candidez es ya probablemente de hueso, vuelto en crema o en beige francés y diluido.

blanco en el papel que necesita el negro de la tinta para decir algo (decimos “decir” como si la palabra escrita algo dijera). escribir es elegir. elegir en primer lugar romper un silencio. y elegir cómo hacerlo; desafiar y apostar que hay algo que vale la pena contar.

a diario escribimos (algunos también en diario) mensajes, notas, correos. hay quien vuelca su miedo transformado en odio y en desprecio, quien expresa así su cariño mejor que si hablara, quien escribe sin filtro, sin comas, sin sentido, quien busca el brillo o quien vende humo de color blanco gris. y quien miente. porque escribir es mentir, y todos lo hacemos. 

elegimos contar algo y dejamos todo lo demás, la inmensa mayoría, sin contar. y no podemos hacer que las palabras cuenten la verdad de lo vivido o de lo pensado, o de lo deseado. ponemos a veces lo que se espera, lo que nosotros esperamos para reconocernos. escribir es callar muchas cosas. hacemos a menudo un dibujo en negativo, un cuaderno de vacío en el que hay que pasar los dedos por el borde de las palabras para percibir el hueco de lo callado. Sigue leyendo

de improviso

de pronto

en cada cruce un peligro

(de miradas, de caminos)

cada hombre un asesino

cada mano una bacteria

cada beso una trinchera

y cada abrazo una manera

de despedirse

    …

hasta pronto

dijo

    …

ocaso de sol en la tarde

a lo largo de la ría

mientras voy hacia mi casa

hacia cualquier cosa que sea casa

acaso

demasiado despacio

pero esta vez

    …

la prisa

se queda en pausa

 

21 de marzo, 2020

Pequeño recorrido en febrero

Febrero, mes corto; pareciera de relleno en los almanaques, sin rematar, mes a quien hurtan más o menos días en función del año que toque. Febrero y frío. Con la letra F mayúscula, construida con restos de una cuadrícula, líneas rectas, perpendiculares y secantes en días de lluvia.

Tarde, como es habitual, tarde dejando la oficina para tarde llegar a un curso. Gran Vía por delante. Dejo a un lado esa cafetería larga y estrecha, elegante, en la que vi un día a Marcelo Bielsa en chándal. La vista clavada en un periódico, ajeno a todo el mundo, mientras trataba de comprender todo lo que del mundo cuenta y miente la prensa.

Aún es pronto y el M. está casi vacío. La barra dibuja una línea de fuga en madera, y en ella se acoda una mujer, también en fuga, que remueve el café con una cucharilla. Sola en medio de la estancia, cual si fuera un cuadro de Hopper en realidad aumentada. Podría estar con su camisón sobre una cama ligeramente deshecha, cruzadas las manos sobre el regazo mientras el sol entra por la ventana. De dónde vendrá y quién la dejo así tras pasar la noche. Qué espera.

Sigo mi camino. Árboles ya sin luces que fueron azules. Desnudos y pacientes. Oficinas y despachos. Tiendas de marcas predecibles. Semáforos que sin hablar se imponen a los pocos peatones de esta mañana desapacible. Gente bien que llega a trabajar a horas decentes, con la oficina ya caldeada. También gente que deambula camino de revisiones médicas, o de visitas obligadas, o de encuentros que creen clandestinos y dejaron de serlo.

Giro a la altura de la Plaza y tomo por la Alameda de R. En el cruce con H. hay un paso de cebra, gruesas rayas blancas paralelas en la calzada. Intersección de calles, líneas rectas de perpendicularidad exacta, trazadas con escuadra. Un coche frena y una persona cruza sin necesidad de mirar el vehículo. El lenguaje de símbolos y códigos funciona en esta pequeña ciudad.

Cuando me toca a mí pasar tropiezo brevemente. Como una pieza del puzzle que, desdibujado el contorno, no tuviera fácil acomodo en el tablero.

Febrero, 2020.

Balas perdidas

IMG_20191231_104702

Ascendía,

Me volví en un descanso de la subida

buscando la memoria heroica de los lugares comunes

pero no estaban; apenas vi surcos de balas perdidas

dejar su trazo leve en la isla de las nubes.

Respiraba,

Cerré los ojos para encender luces de reserva:

ya no estaban en donde las dejé escondidas

volaron, estallaron, se licuaron sin aviso, sin espera

(oí que una ola salvaje las dejó mal heridas)

De nuevo ascendía.

Pasé mi lengua por otros labios, por los míos

sal, azúcar, vino, limón, agua y tequila

mar, barro, arena, algodón, papel y hierba

y el sol de frente, a la espalda la brisa

Reanudé la marcha

buscando la senda que sube

no la cima.

 

1 de enero, 2020

ez nekeak!

 

 

 

 

Otra vez llueve

Llueve otra vez. En el libro que leo, en la montaña que habito, en la cama en que duermo. Es otoño y anuncian lluvia. Cae sobre la alfombra de hojas en el bosque y también sobre la cabeza desprotegida de una niña que camina por la carretera. Moja la ropa y llena de pequeñas gotas la lente con la que me asomo, de noche, al escenario. Agua que cae casi transparente en la estación en que las hojas cambian de color y se visten con pinturas mate.

Hay un pequeño reguero en el alfanje del samurai.

Llovió en verano. Era una ciudad al sur de muchas cosas. Blanca, amarilla (“albero” dicen ellos). Me sorprendió la tormenta en la calle, inevitable, inesperada, generosa. Se formaron pequeños riachuelos que no encontraban salida en las aceras, y en las tiendas de recuerdos ficticios tuvieron que recoger prestos las cuentas de colores que, chillonas, afeaban el paisaje urbano. Mi camisa de verano, mis zapatos ligeros, se empaparon junto al río, ancho como el abrazo de un buen amigo. Sigue leyendo