Épica o estética

Hace más o menos un año publiqué “Riders on the storm“, una entrada en la que contaba mis emociones con relación a la subida al Garmo Negro, mi primer 3.000 pirenaico. Debiera releerla para hablar con propiedad, pero es tarde y ni me apetece ni me hace mucha falta. En aquella ocasión, mi vivencia fue cercana a la épica: iba con poca seguridad, con pronóstico de tormentas, crampones y piolet por primera vez, y, realmente, sin el optimismo de mis acompañantes me hubiera quedado en casa. La experiencia fue magnífica, dura pero satisfactoria, una exploración por los límites de las creencias y la fuerza física.

Este año he vuelto a Pirineos. Esta vez ha sido el Taillon, 3.144 metros con nieve y crampones también. Una subida más asequible por la altura del punto de partida y el propio relieve de la etapa. Además, las segundas veces carecen de la incertidumbre de las primeras y permiten menos implicación. Así suele ser.

Pasar (c) JR

Pasar

Por eso, esta vez no he subido tan pegado ni a la tierra ni a la piedra. Tenía la sensación de ver los Pirineos desde la órbita terrestre, como si desde antes de empezar el día hubiera salido propulsado hacia el espacio y tras hacer una curva en la ionosfera hubiera girado para ver los montes desde lo alto. Y desde arriba todo tiene una forma más redonda, que, tal vez por ello, me recordaba a D., que fue quien nos atendió en nuestra llegada al Albergue la noche anterior. D. es de esas pocas personas que sabe combinar una camiseta de tirantes con unas mallas y un calzado de cierto tacón. La camiseta, de color azul, ofrecía sus curvas de manera sensible y generosa como su sonrisa, y fue también la que nos despidió de camino a otra curvas, las del puerto que nos llevaba al punto de partida. Sigue leyendo

Tablas

Si la vida es una partida de ajedrez, que no lo es, entonces yo soy un peón. Un peón que ya ha empleado más de la mitad de las jugadas disponibles en avanzar ordenadamente, hacia delante, cuadro a cuadro, defendiendo posiciones y con poco margen para la fantasía. A mi alrededor hay torres enérgicas que van y vienen; alfiles impredecibles de diagonales por sorpresa; caballos aventureros que hoy están aquí y mañana, con un arabesco ágil, están allí; reyes y reinas a quienes todos rodean y defienden.

Yo no soy bueno en estrategia ni tengo don alguno para la táctica; sólo un cierto orden, un andar poco arriesgado y lento. No importa, cada pieza tiene su función en la lucha eterna entre la victoria y la derrota.

Pero he aquí que a mitad de partida intuyo que los cuadros negros y blancos del tablero no son hitos de una senda obligatoria, que hay direcciones que también un simple peón puede abrir dejando de dar por hecho que sólo hay un movimiento uniformemente posible. Y un tiempo después de abrir las ventanas de este blog decido ver qué hay detrás del telón de un escenario. Y empiezo a hacer teatro aficionado, buscando representar tramas y personalidades inventadas, tratando de ver cómo es eso de crear otros mundos.

Lo primero que oigo es que “sin conflicto no hay teatro”. Me descubro, cómo no, torpe y falto de reflejos, como si el tablero hubiera mutado en ruleta de casino. Me equivoco, me caigo, no entiendo, me corrigen pero, mucho tiempo después, vuelvo a notar el maravilloso vértigo de estar aprendiendo algo, de ser enseñado, de descubrir nuevos juegos de mesa y sala.

Los inviernos al sol www.filmaffinity.com

Los inviernos al sol (de York)
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Aprendo cada día más. Donde yo pensaba que sólo había que memorizar un papel y hacer lo que ya estaba escrito, descubro que no, que soy yo quien tengo que hacer una propuesta, que soy quien tiene que conectar con el personaje, crearlo, buscar en mí lo que hay de él. Sigue leyendo