En el aire

Somos gente de principios, sin duda; a una edad ya sabemos lo que queremos y lo que nos gusta (cuestión distinta es que nos atrevamos a tomarlo, pero eso es harina para otra galleta) y, sin embargo, el contexto nos puede.

No hablo esta vez de grandes posicionamientos ideológicos, ni de asuntos tan graves como la defensa de la uva tempranillo frente a la garnacha; hablo de cosas más simples. La cuestión es que nuestro vestuario cambia en verano, y cambia, a veces como si no fuera a haber un mañana. Habría mucho que hablar sobre todo esto, sobre diseños, cantidades y calidades, sobre las transparencias y los bikinis, sobre pulseras y tatuajes, pero dejando de lado cuestiones inabarcables como lo son, por ejemplo, las camisetas de tirantes (masculinas preferentemente) me centro hoy en cuestiones que están mucho más cercanas al nivel de la tierra que pisamos. En concreto, a esa costumbre de llevar los dedos de los pies al aire durante el verano (costumbre que algunos, desde luego, negarán con firmeza durante el duro invierno)

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El caso es que él no es en absoluto partidario de salir así, enseñando los dedos de los pies, a la calle. Pero como las maletas del matrimonio las hace su mujer y ella ha decidido que ya está bien de ir con náuticos y que así estará algo menos serio durante las vacaciones, no lo queda más remedio que salir con esas sandalias abiertas. Es viernes, llegaron hace pocos días a la playa; de hecho él aún no ha sido capaz de quitar el rictus serio, la cara de tener dolor de estómago que le acompaña durante el año laboral. Sigue leyendo

En los vértices del tiempo

 

Arrebato Libros (Madrid) (c) JR

Arrebato Libros, Madrid
(c) JR

 

Hay cerebros amueblados en tiendas de antigüedades, con solemnes librerías de madera oscura llenas de volúmenes linealmente ordenados, mesas de sólidas patas con los adornos exactos en el sitio preciso y recias cortinas para que no entre desordenada la luz del sol de lo improcedente. Otros son como trasteros, camarotes marxistas en los que entran y entran y salen y salen en alegre confusión personas, colores y papeles. Los hay, supongo, como garajes abandonados, en los que campan el polvo, las arañas y el olor a cerrada humedad, garajes que no guardan memoria de lo que en ellos se guardó.

Mi cerebro viene a ser un pequeño estudio siempre pendiente de terminar de ordenar. En él, los conocimientos, la memoria, los recuerdos, las emociones vividas, …  se reparten entre libros bien colocados que contienen capítulos en orden, correlativamente numerados y sobre los que se ha ido asentando una pátina necesariamente lustrosa (ya que una pátina no es sino el “tono sentado y suave que da el tiempo a las pinturas al óleo y a otros objetos antiguos” http://www.rae.es). Otras carpetas con igual contenido se reparten entre mesas cuyo principal mérito no es el orden ni la limpieza sino la capacidad de unir volúmenes aparentemente opuestos para formar parte de un mismo montón. Siempre habrá, además, fotografías, periódicos y billetes de transporte ya usados repartidos por cajones y también en el suelo (ya que necesito sin remedio más espacio del que dispongo: tal es mi resistencia a deshacerme de lo que ha sido parte de mí)

Amarillean los bordes de algunas hojas y verdean tal vez por la lluvia los alféizares de mi pequeño estudio. Mi cerebro ve pasar días y noches, y, como sucede con cualquier almacén ordenado de manera mediocre, las nuevas mercancías quedan por encima de las viejas, de aquellas que descubrí siendo más joven y aún más impresionable que ahora y que hicieron surco en mi interior. Hablo de esas cosas de antes, de cuando parecía que siempre habría por descubrir olores y sabores y aún no hablábamos en términos de “emociones” y “experiencias”

Y las capas de mi cerebro, entonces, se han ido completando de placeres y dolores y pareciera a veces que el recorrido no pudiera sino ser lineal y que no hay sino crecer y recrecer sobre materiales ya consumidos. Sigue leyendo