Nespresso Krups y Kurt Vonnegut: “La cartera del cretino”

Kurt Vonnegut y una Nespresso Krups entraron hace poco en mi vida por diferentes caminos.

Kurt Vonnegut me miró socarronamente desde una estantería mientras yo buscaba las “Historias del arco iris” de Vollmann. Si me hubiera cruzado con él por la calle, con esa visera, bigote, esas bolsas bajo los ojos y ese cuello de gabardina subido, hubiera rehuido su paso. Sin embargo, en la portada de un libro titulado “La cartera del cretino” fue, sin duda, el color naranja del filo de las hojas el que le confería un aire de complicidad que me resultó imposible de rechazar. Compré el libro.

Malas compaías

Malas compañías

Lo de la cafetera fue diferente. Ya era mayoría absoluta la gente que tenía la Nespresso, pero yo no tenía una. Y no es nada inocente que la citada mayoría tuviera la (artículo determinado) Nespresso, en lugar de una (artículo indeterminado) Nespresso. Es como cuando la gente (otra gente, no necesariamente los ya citados que tienen cafeteras, en el mundo hay mucha gente, hay gente, incluso, pa tó) se compra el Omega, o el BMW, el osito de Tous o la pantera de Cartier. No sé si me explico, si compras con artículo determinado, es porque ese objeto estaba, precisamente pre-determinado para que fuera tuyo, formaba parte de un proyecto, probablemente, vital. Pero, por ejemplo, si yo algún día me compro un Franck Muller auténtico, será éso, uno, pero no el, porque, a día de hoy, ni mi cartera ni mi conciencia me permiten pensar que ese reloj y yo formemos parte del mismo cuento.

En fin, lo de mi Nespresso no tuvo, por tanto, nada de flechazo, sino que fue, más bien,  un acto de integración social. Sigue leyendo

Una dama extraviada. Willa Cather

El amigo de un amigo tiene una técnica particular de evasión y relajación. Cuando está pasando una mala temporada o simplemente después de un día especialmente estresante recurre a determinadas páginas temáticas de internet. Empieza por una cualquiera, la lee, entra en las fotos y ocasionalmente activa algún vídeo. Le sucede que al poco tiempo necesita ir a otra más estimulante y salta de la primera a la segunda, cuando los estímulos empiezan a decaer pasa a una tercera, cuarta, quinta página web. A veces, simultanea el visionado de varias, y así le puede ocurrir que en una esté viendo pueblos con encanto de Castilla y León, en otra un vídeo de la Riviera Maya y en una más, no sé, tal vez las montañas del Atlas marroquí. Y de alguna forma acaba habiendo un vínculo entre la primera y la última, una ligazón que no siempre es fácil explicar.

De un modo parecido pasa también con la lectura de libros; empiezas leyendo uno, y en él se cita otro como referencia, como apoyo o como refutación de alguna tesis; incluso algunos autores como el gran Javier Marías van contando pedacitos de otro libro a lo largo de su novela de una manera tal que parece que ésta no hubiera podido existir sin aquélla. Y así a veces se despierta también la curiosidad por nuevos libros.

una damaYo sabía que en una novela de J. M. Guelbenzu se nombraba “Una dama extraviada”, una obra de Willa Cather, (Virginia 1873 – New York 1947) que era a la sazón (cómo me gusta haber podido meter “a la sazón” en esta entrada) una escritora de la cual yo no había oído hablar jamás. Y lo sabía porque cuando tengo noticias de un libro que puede gustarme lo apunto en una lista que escribo en la última página de una agenda vieja. Lo dejé ahí puesto hace un par de años, pero no lo había encontrado ni en librerías ni en bibliotecas las pocas veces que me había acordado de él. Hasta que un día, en un mostrador de paso de la FNAC lo vi en edición de bolsillo. Poco me importó que hubiera entrado buscando algo totalmente diferente, era claro que tenía que comprarlo, como así hice.

La siguiente tarea fue tratar de acordarme de por qué quería leerlo, de qué era lo que me había llamado la atención. Suponía que podía tener algo que ver con el carácter de la juez Mariana de Marco, protagonista de las novelas policíacas de Guelbenzu, y pensé que tal vez fuera en aquél caso en el que la jueza y un investigador de la guardia civil viven un pequeño extravío. Pero como no tenía esos libros en casa no lo pude comprobar y he tenido que leer la novela sin esa certeza.

La dama a la que hace alusión el título vive en Sweet Water, en la época en la que el Oeste ya dejaba de ser salvaje por su naturaleza y, sin embargo, empezaba a serlo por la catadura moral de quienes sin haberlo trabajado con sus manos querían dominarlo con sus trampas. Marian es la bella esposa del viejo Capitán Forrester, hombre ya retirado de sus negocios del ferrocarril debido a que tanto su salud como sus finanzas se van deslizando con rapidez a la ruina. En el otro lado, Niel, el sobrino del juez Pommeroy va descubriendo la vida a través de la fascinación que siente hacia la protagonista.

Como tantas otras, es novela de iniciación y de aprendizaje y, por lo tanto, de decepción. Contada con las palabras justas y bajo las imágenes del campo en sus distintas estaciones, la muerte del Capitán ofrece carta de naturaleza al extravío de su mujer porque los equilibrios en las personas, al igual que sucede en la naturaleza, no dependen siempre de la relación de fuerzas que con mayor apariencia se presentan a la vista.

el azar y la causa (c) JR

el azar y la causa (c) JR

Así pues, conquista, seducción y lealtad a un lado contra pérdida, desencanto y falta de escrúpulos al otro. Esos son los rieles paralelos que la autora consigue que formen parte un mismo camino de hierro; por él va avanzando la trama hasta llegar a un final que resume y cierra el círculo del argumento.

Y terminado el libro, yo seguía sin acordarme de dónde lo había visto citado y por qué había llamado mi atención. Sentía mucha curiosidad por recordarlo así que cuando pude aproveché unos minutos perdidos (tal vez extraviados) para entrar en la biblioteca pública a investigar. Hojeé los que había, pero pasó el plazo y no encontré nada. Recurrí a Google books, y ahí sí, finalmente encontré la referencia. Y no, no era el libro del desliz de la jueza sino otro muy diferente: “El cadáver arrepentido”. Lo cierto es que no era mucho lo que decía una obra de la otra, pero aún así, me proporcionó bastante tranquilidad saber que había vuelto al origen de mi lectura.

No obstante, seguía viva la inquietud por saber más del libro recién leído, busqué comentarios y críticas en internet; quería saber si era un libro bien valorado, cuál era su interpretación correcta, qué se decía de él . Llegados a este punto, y sabiendo que Guelbenzu también es un buen crítico literario, quise ir un poco más allá y saber si él mismo había hecho alguna reseña sobre el libro de la dama. Y de nuevo Google me dio la solución: sí, había un artículo sobre esta novela corta, un artículo del mes de noviembre de 2002 en el que la primera frase es: “Ésta es una novela perfecta” Y, entonces, ya pude sentirme totalmente tranquilo: me dí cuenta de que no había nada más que decir.

La liebre con ojos de ámbar. Una herencia oculta.

Elegir es una tortura, una asfixia: tener que elegir qué como hoy, cuál es mi camiseta preferida, elegir la cerveza que más me gusta o la música que hoy voy a escuchar, … Hay otras decisiones de más calado, por supuesto, pero son menos preocupantes porque para esas la Naturaleza nos ha dotado de mecanismos que orientan nuestra capacidad de decisión; la Iglesia, con su habitual perspicacia, ha detectado y clasificado a la perfección esos engranajes, a los que ha denominado “pecados capitales”: siete impulsos universales que son una ayuda inestimable para conducirnos en la vida. Sigue leyendo

Una puerta que nunca encontré

Hace no demasiado tiempo, en un momento en el que mi vida tenía poco tiempo para las ficciones, me regalaron un libro de Quim Monzó titulado “Ochenta y seis cuentos“. Cuando pude empezar a leerlo disfruté de su escritura original y acerada; por sus páginas pululaban personajes diversos: perdedores, mediocres con aspiraciones, aspirantes a un golpe de suerte, aspirantes a una vida mejor. Algunos  soñaban con ser escritores, otros con ser ricos, otros más con hacer realidad sus conversaciones eróticas (escenas que se narran, por cierto, con la desvergonzada naturalidad que los católicos suelen atribuir a los ateos)

Los personajes ingenuos de los primeros cuentos se van transformando en otros más apesadumbrados a medida que pasan las páginas. El desengaño – con una leve dosis de crueldad – se apodera de ellos y empiezan a ser más ridículos, más neuróticos, con menos dulzor y más amargura. Hay dos narraciones relatos que me han llamado más la atención que los otros. En uno de ellos, el protagonista – un lector apasionado – acaba de llegar a casa de comprar cuatro libros y está decidiendo por cuál empezar, pero a él lo que le gustan son los planteamientos iniciales y teme que luego le decepcionen, por eso, el lector apasionado jamás ha terminado un libro.

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Durante un tiempo he sentido algo parecido: tenía varios libros por empezar pero no me decidía. En el fondo, temía que no me gustaran. Elegir un libro es una decisión trascendente, diría que incluso más que comprarse una gabardina y, sin duda, mucho más que elegir la ruta de un paseo. Diría que, por lo menos, está a la altura de la elección de la camisa de los lunes (el resto de la semana importa menos, la verdad) No es lo mismo leer best sellers que ensayos o novelas románticas, ni comprar un libro de Alfaguara que otro de Periférica.

Al final me decidí por “Una puerta que nunca encontré“, de Thomas Wolfe. Entré en el libro con cierta precaución y luchando, además, en un primer momento, con la tentación que  me ofrecía la visión de mi compañera de asiento en el metro: dos largas piernas sin medias salidas de una minifalda naranja de algodón y acabadas en no muy inocentes zapatos de tacón. El libro es maravilloso, no sé muy bien lo que cuenta: habla de la soledad, de la errancia, de meses de octubre y meses de abril, del tiempo que pasa y de las ausencias que deja, de la maduración y su dolor, de cosas simples y básicas como el anhelo y la realidad, la pertenencia y el enraizamiento, de nuestro lugar en el mundo, al que él llama tierra.

Hay mundos paralelos y, sin embargo, estancias contiguas en las que se adivina el sitio en el que se quiere estar, paredes y ligeros tabiques, pero hay que poder atravesarlos y para ello sería necesario hallar esa puerta que él nunca encontró. Y así pasa la vida.

Thomas Wolfe murió joven, en 1938 y enfermo de tuberculosis , con apenas 37 años y sin pasar por todas las estaciones que hubiera querido. Quizá ahora sea un libro viejo pero fue escrito por un alma joven, tal vez una persona seria y clásica, incluso aburrida, no lo sé, así aparece en las fotos que hay de él. Pero, en todo caso, alguien que pensaba que pese a los tiempos oscuros “bajo las pulsaciones del pavimento, bajo los edificios que se estremecen como en un llanto, bajo los restos del tiempo, donde el casco de la bestia se junta con los huesos rotos de las ciudades, algo está creciendo como una flor, siempre brotando de la tierra, siempre inmortal y obstinado, algo que vuelve a la vida una vez más, como abril”

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Él escribió cosas como ese párrafo . Ahora, una vez terminado el libro que, afortunadamente y por casualidad, yo sí encontré, de nuevo me encuentro paralizado antes de elegir el siguiente libro cuya primera página quiero leer como quien baja con precaución las escaleras de una piscina que no conoce y en la que, lentamente, espera atravesar la puerta que permite cambiar el estado sólido al estado líquido.