Pérdida de pasos, y fin.

Uno nunca sabe cuándo se pierde, sino cuándo se ha perdido.

Pasa en el monte, vas andando, tal vez disfrutando del paisaje o a lo mejor amasando alguna preocupación – reciente, antigua, da igual – y cuando compruebas la ruta estás ya fuera de ella.

Sucede en algunas conversaciones, iniciadas con el propósito de obtener alguna ventaja, de vencer en un razonamiento y al cabo de unos minutos, quizá horas, te haces consciente de que te han llevado por derroteros de derrota.

Ocurre a veces con el hilo del libro que leo: salto algún párrafo confiado en su irrelevancia, pierdo el paso y tres capítulos después no reconozco el carácter de un personaje, pongamos que llamado Schnitzler (los libros con personajes alemanes son propicios al despiste)

Nunca he llegado a saber la finalidad de este blog, y quizá ése ha sido uno de sus principales intereses para mí. No todo es comprensible, razonable (¿verdad, Kahneman?) ni necesita serlo. Por mi parte, me alegro hasta el infinito de esta experiencia, lamento los malos entendidos aunque, por otra parte, la libertad de realizar interpretaciones divergentes es propia de toda literatura. Quién sabe qué queda de él en cualquier parte.

Volviendo atrás, tengo que suponer que en algún momento de los últimos meses dejé de pensar en la siguiente entrada. Al inicio, hace ya más de cuatro años, la regularidad quincenal era germánica (como dictadas por Schnitzler, ahora caigo) Después ha habido de todo, hasta quedar un último rastro de textos sincopados, como con hipo. ¿Qué más da?

No podría dar una explicación lógicamente perfecta de por qué está es la última entrada, al menos de esta etapa; es más, yo creo que ya queda explicado. A mí me queda un gusto de placer en el paladar y la intuición, sin más fundamento que el propio peso de su existencia, de que de una u otra manera, volveré.

Sin necesidad de mirar, recuerdo que en el primer escrito de este blog citaba la inspiración de Groucho, quien sin duda sería feliz en estos tiempos de absurdo y esperpento. En aquella ocasión hacia referencia a la volubilidad de los principios. Ahora, cerraré este círculo de nuevo bajo su amparo, diciendo que estoy seguro que todos ustedes comprenderán que cuando pasen de nuevo por esta dirección lo que van a leer o creer escuchar es un “perdonen que no me levante“.

Feliz año, feliz vida.

y… ez nekeak!

 

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Bilbao, hoy

En la Plaza Chillada, que es la que da acceso a la nueva entrada del Museo de Bellas Artes, la hierba verdea. Algunos locales y algunos turistas (que serán locales en sus ciudades de origen, es de suponer) comparten terraza. Hay cafés recientes y también pintxos que llevarán hechos desde la mañana. Ya ha dejado de ser hora de comer, incluso en Bilbao.

Saliendo hacia la calle Teófilo Guiard, historiador hermano de Adolfo Guiard, de quien hay cuadros en el Museo citado, giro hacia Máximo Aguirre, que fue comerciante por profesión, embocando Colón de Larreátegui, que nació en Barcelona en el siglo XVIII.

Allí se forma un pequeño parque en el que los bancos están al sol. En uno de ellos, un hombre mayor, sin camisa y a todas luces enjuto por definición (es decir, delgado, seco y de pocas carnes, yo añadiría “y con arrugas”) está sentado. Un chico, con hablar nasal y con un cilindro de pulseras aproximadamente artesanas en ristre, le pregunta por alguna dirección, que el hombre enjuto le explica con profusión de detalles.

El chico joven ha elegido preguntarle a él, habrá notado algún tipo de conexión o afinidad. No creo que se equivoque. Pareciera más atractivo haberle preguntado a la chica del banco de al lado, cuya camiseta blanca es lo suficientemente delgada para poder apreciar al paso los triángulos simétricos del sujetador.

Un banco más allá otro hombre parece descansar. Pantalón de pana marrón, camisa roja de cuadros, o de cuadros rojos y jersey o chaleco a juego. Nada llama la atención, pero me pregunto si, en este mundo de locos, se encontrará en sus cabales.

No mucho después giro a la derecha en un cruce. Hay tiendas abiertas. Veo algunas hojas sueltas en la acera. Parece que el otoño va llegando a la Gran Vía.

GranVía

Nadie está en su sitio. Ascenso y descenso en el Monte Perdido.

Es más una certeza, tal vez una convicción, que algo puramente intuido: nadie está en su sitio. Y a veces añadiría “ni quiere estarlo“.

Mira la señora – casi siempre lo son – que primero barre y luego baldea el portal; al cruzar la línea de la calle igualmente cruza su mirada con el hombre de camisa arrugada que ese día pidió permiso para ir al médico, para contarle algo que no quiere, y que de nada valdrá. Esa mirada, encontrada otro día, a otra hora, en otro lugar, dejaría más limpia la salud del hombre, limpia como el portal barrido. Otra mujer, que nunca supo conducir, mira con asombro la maniobra de aparcamiento en la que un conductor roza limpiamente el coche de atrás.

Todos han salido de casa, de una casa, de la suya, de casa. El profesor piensa que las dos grandes preocupaciones de la humanidad han sido levantar casas para guardar cosas y averiguar cómo disimular los malos olores. De camino a la consulta lo piensa.

¿Es una casa, la casa, el sitio al que uno acaba volviendo? Yo creo que no, porque en tal caso la mía serían los Pirineos, a los que cada año acabo volviendo. Vaya donde vaya, también en estos montes, siempre me encuentro con gente que vuelve, que va en otra dirección. Nadie se está quieto. Nadie está en su sitio. Me pregunto si será que nadie ha llegado.

Ordesa (c) JR

Desde hace meses estaba dibujado el objetivo de este año; si el pasado fueron los Picos de las Infiernos, este año tocaba el Monte Perdido. Y es que, tras los infiernos, ningún otro sitio mejor para ir que alguno que esté perdido, como el paraíso y la infancia.

Dos días de ruta, el primero de Torla al Refugio de Góriz; el segundo, ya se vería. La previsión de lluvia ligera se cumple, y cargados más que nunca con las mochilas abrimos camino por Ordesa. En otras circunstancias, que deben darse por perdidas, recorrí parte de la misma senda hace muchos años, un día de verano. Nunca es uno el mismo que hizo igual camino antes, pues si lo hizo, desde entonces cambió, tal vez buscando un sitio, su sitio, el sitio.

Clavijas de Soaso (c) JR

La cascada de la Cola de Caballo, tras las gradas de Soaso, pone fin al paseo para turistas e ingenuos. Se plantea una decisión ya tomada de antemano; remontar la pared a través de las clavijas o superarla a través de “las zetas”, también llamadas senda de los mulos o de los machos. Subimos por las clavijas, hoy afortunadamente cadenas de herrería sólidamente arriostradas a la roca. Desde allí, como quien ha subido de división, queda un cómodo tránsito hasta el refugio de Góriz.

El refugio es viejo, feo y acogedor. Habitaciones en las que se apilan los que van de ida o de vuelta (el que está aquí tampoco está en su lugar), poca luz y ventanas mal cerradas. Tres pisos de literas corridas y tres platos en el menú de la cena. Demasiadas fotos de la escupidera nevada en las paredes y, tras la cena, duelo de ajedrez entre dos de nuestros compañeros. La vocación de las piezas, también aquí, es mudar de escaque; cuestión de supervivencia. Sigue leyendo

Manteles blancos

 

Si cada color tiene una virtud (cosa que no ocurre) la del blanco es la valentía, pero nunca la inocencia. El blanco es molde, bastidor, rastrel; es, en definitiva, el espacio que queda entre las dos líneas del cuaderno rayado de tapas azules que tenía en el colegio.

En el mantel blanco, junto a una ventana, se apoyan las manos cuando aún hay toda una comida por delante; las primeras hojas pálidas del montón de folios quedan sobre la mesa, con un bolígrafo cerca; una prenda nueva de color de nieve recoge la intimidad de un cuerpo por la mañana.

Nada será igual cuando acabe la comida, la escritura, cuando finalice el día.

Sobre el mantel quedarán migas, manchas, huellas que dejen las palabras que han salido de las bocas, algunas pestañas y restos de miradas que han buscado escrutar las conversaciones ajenas, aparentemente más fluidas que la propia. El azar (el mismo que juntó partículas en el origen) ha distribuido a su capricho las salpicaduras en el hilo. Los movimientos, torpes, distraídos, a veces intencionados, han sembrado de arrugas y asimetrías en relieve el mapa que es la tela. No quedan dibujadas, sólo intuidas, las casillas oscuras del tablero que tantas veces acoge una comida, una cena: blancas y negras en el mismo cuadrilátero.

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La ley leve de la gravedad (Picos del Infierno)

Hará cosa un año el hijo de uno de mis primos preguntó qué pasaba si se caía al suelo un bote de tomate concentrado. Tras un instante de suspense él mismo respondió que en tal caso el tomate perdería la concentración.

Caer o no caer suele ser una cuestión de resistencia, a veces de rebeldía: no en vano se trata de enfrentarse a la ley de la gravedad. Así visto, la norma tiende a provocar la caída porque confiere al suelo y al abismo el poder de atraer hacia sí cualquier realidad que no esté a ras de tierra.

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Vigía (c) JR

Esta lucha de contrarios sirve para explicar el intento de alcanzar una cima, de escalar una montaña. Este año se trataba de un segundo intento en los Picos del Infierno tras haber abandonado el año pasado en medio de una tormenta que nos hizo ser objetos perdidos.

Lesionado como había estado durante buena parte de la primavera por el desafío de un salto innecesario y su posterior caída, soy aún más cauto que de costumbre al calibrar mis posibilidades de éxito. Quizá por eso durante el ascenso desde Bachimaña me abismo pensando en cómo seré yo durante la subida, me concentro para encontrar cualquier rastro de amenaza. Me empeño en subir.

Mi cuerpo contiene mi energía, y pienso que si “mantener” – como escribe Erri de Luca – es un verbo precioso que significa tener en la mano, “contener” también lo es porque dice que mi fuerza está con mi cuerpo. Pienso también en la posibilidad de caer, en la necesidad de resistir con mi levedad el dictado de la gravedad.

Se suceden los hitos, cruzamos con crampones un primer nevero y rebasamos la cota que el año pasado alcanzamos. Enseguida estamos en el collado: el ibón y el Pico de Tebarray a la derecha, los Infiernos por la cresta de la izquierda.

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Tebarray (c) JR

Trepar concentrados, ser animales que emplean pies y manos para vencer la altura. Hasta que llegamos a un nuevo nevero que parece sin estrenar. Remontarlo ofrecerá el premio de alcanzar el inicio del último tramo. Con cuidado, en alerta a nuestro equilibrio y al de quien nos precede y al de quien nos sigue; el resbalón de uno sería el de los cinco, ya que aunque avancemos como individuos pertenecemos a un mismo equipo.

El premio resulta ser un desafío, un nuevo punto de partida. Cruzamos la cresta y a nuestra izquierda se abre una senda mínima, una faja pegada a la montaña con pasos estrechos que nos hacen elegir piedra antes que vacío y, así, vencer el cuerpo hacia la montaña. Las mochilas abultan nuestro perfil y ocupan más de lo que quisiéramos. Tropezar, resbalar, deslizarse podría ser grave, así que en ese trecho nuestros sentidos son más agudos. De nuevo rebasamos cotas alcanzadas, esta vez en exigencia. A veces notamos leves mareos, quizá pequeños desarreglos en la tensión que no podemos considerar graves.

La montaña es individual, primera persona del singular. Pienso de nuevo en Erri de Luca, descubierto este año, que dice que dos no es el doble, sino el contrario de uno, y con ello escribe 18 cuentos y un poema. En algunos pasos las decisiones (tal vez los deseos o las intuiciones) no coinciden y elijo trepar un poco más a la izquierda que el resto. Ya nos reuniremos más arriba. Mi camino resulta esta vez acertado y progreso hacia la pirámide que protege la cima. Un poco más arriba, con mis compañeros a la vista, giro a la derecha sin saber muy bien qué busco. Contemplo la espalda del Garmo Negro, mis pensamientos vuelan y pasa el tiempo.

Me vuelvo esperando ver al resto y no hay nada ni nadie. Debo haberme quedado dormido, traspuesto, concentrado, extasiado. Pero son casi 3.000 metros y no parece conveniente quedarse solo. ¿En qué momento he dejado el camino marcado?

En este caso, la dirección es clara. Se trata de subir lo más alto posible, da igual por dónde. La meta está arriba. Y así, perdido, me encuentro con las sensaciones de ser yo, de no tener nada, de respirar, sentir los latidos de mi corazón y buscar solamente el siguiente apoyo. Es la paz que ofrece la montaña, el paraíso (de estar) perdido.

Al cabo de un rato, que se revela corto al acabarse, los pequeños puntos de la expedición aparecen más abajo y reestablecemos contacto visual. Ya da lo mismo por dónde subir, nos veremos arriba. Percibo la extrañeza de ir el primero hacia la cumbre estando en peor forma que el resto. Pero lo acepto. Llegaré yo solo, aunque haya subido acompañado.

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Pico Occidental (3.073 metros)

La cima del Pico Occidental (3.073 metros) decepciona como lo suelen hacer los logros. Puedo saber que es la cumbre porque alguien lo dice, pero no hay símbolos, hitos ni placas que confirmen, salvo una piedra humildemente dedicada a la paz mundial. La cima del Pico Occidental (3.073 metros), no obstante, compensa con creces la subida porque mientras estoy en ella, es el centro mismo de los Pirineos y, por tanto, el mejor observatorio del mundo conocido.

Ya agrupados disfrutamos del primer objetivo de la jornada, casi cinco horas después de haber iniciado la marcha. Tampoco hay tiempo para mucho más: hay que cruzar con cuidado la Marmolera, asombrarse de su patio y alcanzar el Pico Central (3.082 metros). A diferencia de lo que sucede con otras experiencias, obtener una nueva satisfacción en tan corto espacio de tiempo (apenas unos minutos) no supone doblar el placer sino sólo un ligero incremento del mismo.

Decidimos que es la hora de bajar. La ruta elegida es la del collado de Pondiellos, más pendiente y más breve que la que hemos traído. Elegir camino, en parte por la existencia de neveros, no resulta sencillo. Optamos por la izquierda y, cada vez más a la izquierda, hasta llegar a una canal estrecha. Pienso que si está ahí es porque es posible descenderla, y me pongo a la tarea abriendo camino. Cada escalón resulta complicado y no mido bien la dificultad, sólo pienso en que más adelante será un poco más sencillo. Algún paso es difícil y lo celebro con resbalones, forzando más de lo necesario. Me parece más sencillo continuar que reconocer el error y deshacer el camino; demuestro que la perseverancia no siempre es una virtud.

Llego abajo, al último nevero de la jornada y grito hacia arriba que no es buen camino. Para mí pienso que el retroceso hubiera sido una buena opción. Los demás dan la vuelta.

Convencido de haber hecho lo más difícil, de nuevo me pongo los crampones y empiezo a perder altura poco a poco, buscando llegar a la huella que atraviesa la extensión de nieve. Sin llegar a avanzar demasiado pierdo concentración y apoyo y resbalo: me deslizo y me detiene el impacto de mis botas contra una roca. Trato de remontar para recuperar el piolet perdido y vuelvo a resbalar; consigo un nuevo golpe en el mismo sitio, un poco más doloroso esta vez.

Y me quedo allí, náufrago en una pequeña isla de rocas, rodeado de nieve.

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Negra espalda del Garmo (c) JR

Como un buque fuera de ruta, Robinson avista una montañera que se acerca y presta sus bastones para una tercera intentona que esta vez, siquiera sea por el orgullo, resulta fructífera. Ya solo me queda atravesar el nevero y esperar la reunión con mis compañeros.

A partir de entonces sólo queda bajar y bajar. Descender, rendirse a la fuerza de la gravedad para volver a tierra firme y asumir de nuevo la rutinaria condición de ciudadano. El descenso es muy largo y sólo lo distrae la necesidad de buscar los hitos que señalen el regreso y el dolor creciente en el tobillo.

La sabiduría

El maestro está en su celda, pequeña como corresponde a su humildad. Apenas una lámina de corcho en la que pasa las noches en que no vela, un tablero que hace de mesa y un ventanuco que ayuda a la ventilación. Tres o cuatro pergaminos enrollados. El maestro, que se encuentra meditando, desprende un olor acre que demuestra que sabiduría e higiene no siempre van de la mano. Sigue leyendo

8.000 metros de invierno

La noticia es reciente: el viernes pasado Simone Moro, el vizcaíno Alex Txikon, el paquistaní Ali Sapdara alcanzaron por primera vez la cima del Nanga Parbat en invierno. Una mujer, la italiana Tamara Lunger se quedó a pocos metros de la cumbre, que es quedarse a años luz de la gloria.

Las reseñas hablan de noches pasadas a 7.200 metros, de la ayuda de los meteorólogos, de fracasos anteriores y de quienes iniciaron estas ascensiones en los años 80, que no fueron otros que los polacos Jerzy Kukuczka y Krzysztof Wielicki (por alguna razón, los nombres de los alpinistas suelen ser de magnífica resonancia)

nanga parbat

(c) Diario El País

Lo que yo pienso es que estos esfuerzos van contra toda lógica y son un afán inútil, peligroso y absurdo. En el mismo grado resultan hermosos y admirables. Más que los músculos del cuerpo son los nervios del espíritu los que deben guiar el esfuerzo humano hasta estas hazañas. Sigue leyendo