Haikus del confinamiento. 1a dosis.

Habla Muñoz Molina en algún libro que leí del concepto de “quick fix of poetry“. Algo así como un chute o un subidón rápido proporcionado por la poesía. A primera vista, y eso es lo atractivo, parece extraño combinar ambos términos atribuyendo a algo tan denostado como la poesía la virtud de causar una agitación inmediata. Vendría a ser como si habláramos de la lucidez de una borrachera o de la tranquilidad de una pérdida. 

(vaya, ahora que lo pienso, o he cogido muy malos ejemplos o tengo que pensar que cualquier entidad es susceptible de combinarse con infinitas circunstancias sin que sea justo considerar que la pareja formada por ambos conceptos sea deudora de incoherencia. en fin, probablemente nada perjudica más la comunicación que la existencia de palabras, habladas o escritas)

La cuestión, la mía al menos, es que durante estos dos últimos meses he venido empezando los días con una pequeña poesía en formato similar al de los haikus japoneses. Se trata de encadenar tres líneas con cinco, siete y cinco sílabas tratando de reflejar una pequeña iluminación derivada de la observación de lo que sucede. Así ha ido saliendo cada día el sol en mi casa, cualquiera que sea el significado de esa palabra.

A estos amaneceres se han sumado diferentes personas a través de las redes, con asombro y un asomo de inquietud por mi parte. Hemos formado una pequeña comunidad bienintencionada y cordial en estas largas semanas (“cordial” es, seguramente una de esas palabras cuya belleza supera la percepción que de ella se tiene)

Ahora que la costumbre ha terminado, tal vez por demasiado asentada, quiero compartir lo escrito en sucesivas dosis, como forma de guardar de ellos una pequeña memoria de este tiempo de amenaza y pandemia.

Están agrupados en diferentes temas que no requieren demasiada explicación, entre otras cosas porque cualquier acontecimiento demasiado descrito pierde su arte para convertirse en pura técnica.

Esta es la primera serie (según los prospectos que he traducido del japonés clásico, no deben leerse más de dos o tres seguidos)

1- Ventanas a la calle 

(que trata de lo que sucede y se ve a través de las ventanas)

 

#1

El día por delante,

entra luz por mi ventana:

hojas amarillas.

21 de marzo

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blanco viento fugitivo

de nuevo el blanco, lejos de la inocencia. color de valientes dije una vez, hace mucho (Manteles blancos), tanto que el tono de aquella candidez es ya probablemente de hueso, vuelto en crema o en beige francés y diluido.

blanco en el papel que necesita el negro de la tinta para decir algo (decimos “decir” como si la palabra escrita algo dijera). escribir es elegir. elegir en primer lugar romper un silencio. y elegir cómo hacerlo; desafiar y apostar que hay algo que vale la pena contar.

a diario escribimos (algunos también en diario) mensajes, notas, correos. hay quien vuelca su miedo transformado en odio y en desprecio, quien expresa así su cariño mejor que si hablara, quien escribe sin filtro, sin comas, sin sentido, quien busca el brillo o quien vende humo de color blanco gris. y quien miente. porque escribir es mentir, y todos lo hacemos. 

elegimos contar algo y dejamos todo lo demás, la inmensa mayoría, sin contar. y no podemos hacer que las palabras cuenten la verdad de lo vivido o de lo pensado, o de lo deseado. ponemos a veces lo que se espera, lo que nosotros esperamos para reconocernos. escribir es callar muchas cosas. hacemos a menudo un dibujo en negativo, un cuaderno de vacío en el que hay que pasar los dedos por el borde de las palabras para percibir el hueco de lo callado. Sigue leyendo

de improviso

de pronto

en cada cruce un peligro

(de miradas, de caminos)

cada hombre un asesino

cada mano una bacteria

cada beso una trinchera

y cada abrazo una manera

de despedirse

    …

hasta pronto

dijo

    …

ocaso de sol en la tarde

a lo largo de la ría

mientras voy hacia mi casa

hacia cualquier cosa que sea casa

acaso

demasiado despacio

pero esta vez

    …

la prisa

se queda en pausa

 

21 de marzo, 2020

Pequeño recorrido en febrero

Febrero, mes corto; pareciera de relleno en los almanaques, sin rematar, mes a quien hurtan más o menos días en función del año que toque. Febrero y frío. Con la letra F mayúscula, construida con restos de una cuadrícula, líneas rectas, perpendiculares y secantes en días de lluvia.

Tarde, como es habitual, tarde dejando la oficina para tarde llegar a un curso. Gran Vía por delante. Dejo a un lado esa cafetería larga y estrecha, elegante, en la que vi un día a Marcelo Bielsa en chándal. La vista clavada en un periódico, ajeno a todo el mundo, mientras trataba de comprender todo lo que del mundo cuenta y miente la prensa.

Aún es pronto y el M. está casi vacío. La barra dibuja una línea de fuga en madera, y en ella se acoda una mujer, también en fuga, que remueve el café con una cucharilla. Sola en medio de la estancia, cual si fuera un cuadro de Hopper en realidad aumentada. Podría estar con su camisón sobre una cama ligeramente deshecha, cruzadas las manos sobre el regazo mientras el sol entra por la ventana. De dónde vendrá y quién la dejo así tras pasar la noche. Qué espera.

Sigo mi camino. Árboles ya sin luces que fueron azules. Desnudos y pacientes. Oficinas y despachos. Tiendas de marcas predecibles. Semáforos que sin hablar se imponen a los pocos peatones de esta mañana desapacible. Gente bien que llega a trabajar a horas decentes, con la oficina ya caldeada. También gente que deambula camino de revisiones médicas, o de visitas obligadas, o de encuentros que creen clandestinos y dejaron de serlo.

Giro a la altura de la Plaza y tomo por la Alameda de R. En el cruce con H. hay un paso de cebra, gruesas rayas blancas paralelas en la calzada. Intersección de calles, líneas rectas de perpendicularidad exacta, trazadas con escuadra. Un coche frena y una persona cruza sin necesidad de mirar el vehículo. El lenguaje de símbolos y códigos funciona en esta pequeña ciudad.

Cuando me toca a mí pasar tropiezo brevemente. Como una pieza del puzzle que, desdibujado el contorno, no tuviera fácil acomodo en el tablero.

Febrero, 2020.

Balas perdidas

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Ascendía,

Me volví en un descanso de la subida

buscando la memoria heroica de los lugares comunes

pero no estaban; apenas vi surcos de balas perdidas

dejar su trazo leve en la isla de las nubes.

Respiraba,

Cerré los ojos para encender luces de reserva:

ya no estaban en donde las dejé escondidas

volaron, estallaron, se licuaron sin aviso, sin espera

(oí que una ola salvaje las dejó mal heridas)

De nuevo ascendía.

Pasé mi lengua por otros labios, por los míos

sal, azúcar, vino, limón, agua y tequila

mar, barro, arena, algodón, papel y hierba

y el sol de frente, a la espalda la brisa

Reanudé la marcha

buscando la senda que sube

no la cima.

 

1 de enero, 2020

ez nekeak!

 

 

 

 

Otra vez llueve

Llueve otra vez. En el libro que leo, en la montaña que habito, en la cama en que duermo. Es otoño y anuncian lluvia. Cae sobre la alfombra de hojas en el bosque y también sobre la cabeza desprotegida de una niña que camina por la carretera. Moja la ropa y llena de pequeñas gotas la lente con la que me asomo, de noche, al escenario. Agua que cae casi transparente en la estación en que las hojas cambian de color y se visten con pinturas mate.

Hay un pequeño reguero en el alfanje del samurai.

Llovió en verano. Era una ciudad al sur de muchas cosas. Blanca, amarilla (“albero” dicen ellos). Me sorprendió la tormenta en la calle, inevitable, inesperada, generosa. Se formaron pequeños riachuelos que no encontraban salida en las aceras, y en las tiendas de recuerdos ficticios tuvieron que recoger prestos las cuentas de colores que, chillonas, afeaban el paisaje urbano. Mi camisa de verano, mis zapatos ligeros, se empaparon junto al río, ancho como el abrazo de un buen amigo. Sigue leyendo

El paso del Portillón (Aneto de ida y vuelta)

Ni el marco ni la moldura, es el vano lo que en la puerta habilita el paso.

El vano es espacio libre, lo demás son sólo límites, o, lo que es lo mismo, adornos. Cruzamos porque hay vacío, sucede porque hay espacio.

De pronto son años ya en los que un fin de semana está lealmente consagrado a los Pirineos; entre cada subida pasan las estaciones, y entre aquella primera al Anie y está al Aneto los hechos se acumulan, superponen y a veces se confunden. Bromeamos de camino sobre cómo era mi mundo hace seis años y sobre cómo podría ser en los seis siguientes, cuyo mapa, a diferencia del que nos espera para subir, no se puede descargar de ninguna página, ni siquiera de ésta que lees.

Nunca pasamos de un lugar a otro, de un estado a otro, de una condición a la siguiente sin roces ni heridas; no somos los mismos que éramos antes de cruzar. Voy esta vez con poca información, algo he leído, que el camino es largo, que puede ser tedioso, que requiere fortaleza mental, que hay pasos que atravesar. Me basta ahora con eso y con sentir que esta vez no pueda venir K., con quien todo esto empezó. Hago camino al andar.

(c) JR

Unimos la Besurta y la Renclusa a nuestro pequeño índice toponímico en el que ya se encuentran Panticosa, Gavarnie, Soaso, Góriz, Ossue o Baysellance

Salimos pronto, antes aun de lo que se entiendo por llegar tarde una noche. Junto con el calor que esperamos, sé que también en las primeras rampas, en la primera hora, viene ese miedo indefinido que muerde el estómago por dentro. Es, también, ese instante en el que soy una pequeñez llena de vida en medio de paisajes tan grandes.

Hay que localizar el modo de pasar la cresta de los Portillones. No se trata de descubrir pasos inéditos, sino tan solo de localizar el que todas las guías y tracks señalan para el número creciente de montañeros. Pasamos un tramo mixto, de nieve y roca sin desprendernos de los crampones y experimentando entonces las dificultades de pisar la piedra con puntas de acero, como quien quiere bailar un tango con botas de esquí.

Prácticamente en todas las ascensiones hay un momento en el que hay que hacer un gran giro; una finta evidente y cambia el rumbo de la marcha. Ese punto es crítico para llegar al fin. Ese punto, en esta subida, es el Portillón Superior. Al modo de “una puerta que nunca encontré” la cresta dibuja un paso, delimita un trazo de aire limpio entre dos pequeñas moles y, al dejar libre y vacío ese espacio, al dibujar el hueco haciendo de límite para señalar lo que no puede ser ocupado, habilita el paso. Lo que importa es el vano, no la puerta.

Portillón Superior (c) JR

Vestidos de exploradores de lo conocido subimos el tramo anterior y tras negar brevemente el vacío, descendemos sus grandes escalones irregulares, su escalinata salvaje, su relieve de gráfico descendente, de pérdidas y números rojos. Y así por arte de creerlo posible, llegamos al glaciar que algún día, no muy lejano, desaparecerá.  Desde allí, un largo camino con la cima a la vista. El Aneto se recorta con forma de pirámide, dibujado por una mano infantil. Tengo experiencia y sé que cuando estemos subiendo esa pendiente, al estar dentro, parecerá menos.

Caminar, beber, caminar, beber. No dejo en esta ocasión mucho sitio a las fotos; pocas concesiones a lo que no sea ir ganando metros. Hay una pregunta que cargo en mi espalda y que no podré resolver hasta llegar a la antecima, ¿cruzaré el paso de Mahoma? Mi manera de poder contestar es enviar la pregunta a mi yo de dentro de dos horas, como quien escribe a su futuro. Mientras tanto, voy a mi paso, no al de otros.

Collado de Coronas y ascensión final. En realidad es reconfortante ver que la experiencia a veces no vale una mierda, como así sucede cuando esa rampa que se perfilaba dura resulta ser aún más difícil. Como montañero sugestionable que soy, esa verticalidad me lleva a pensar en que, en mi medida, experimento algo similar a quienes suben montañas en el Himalaya. No es tanto que la inclinación te niegue el paso sino que te obliga a desearlo y, así, ganarlo.

(c) JR

Llega la final de la remontada y ahí está el Paso, delgado como el filo de un cuchillo pero sólido como los cimientos de un sabio. Como el negativo de un portón, esta vez es el camino el que se ve dibujado por el vacío a cada lado. Puedo cruzar porque el aire sostiene la pasarela de piedra. Así son a veces las cosas a tres mil y algo metros de altura.

Por fin, esos pocos segundos previos a pisar la cima en los que el cuerpo experimenta un pequeño clímax, una íntima satisfacción nueva cada vez que se está a punto de llegar por la que uno, después de tanto querer tener, se siente poseído. El mejor momento es estar a punto de llegar. Recuperada la conciencia, hay unos minutos para experimentar que estamos ahí, que hemos llegado.

Luego, volver, bajar. Aterrizar. Y saber que no ha sido en vano el esfuerzo sino que, más bien, ha sido en el vano del Paso en donde hemos abierto un nuevo camino. Como dice la camiseta de I. (yo tengo una igual, él me regaló) no hemos conquistado la montaña, sino a nosotros mismos.

Aneto, 29 de junio de 2019.

Cenamos en la planta de arriba de un pequeño restaurante. Hay un intercambio intermitente de miradas con una mujer rubia que cena un poco más allá. Finalmente, ella y su pareja bajan por la escalera (por su hueco, claro)

N. del A.

La idea del vacío como espacio que existe, tanto o más que la materia, la explica mucho mejor Bernado Atxaga en un artículo dedicado a Jorge Oteiza publicado en Jot Down Magazine, en mayo de 2019: https://www.jotdown.es/2019/05/in-memoriam-jorge-oteiza/

Viajo varias veces al año desde Pamplona a San Sebastián, pasando por la zona donde, cerca de Irurtzun, se levantan dos peñascos de las mismas características, dos torres de piedra que en castellano reciben el nombre de «Dos hermanas», y en lengua vasca Aizpitarte (‘entre dos rocas’). Para Oteiza es un ejemplo, un ejemplo más, de las diferencias entre la cultura latina, que nombra lo que ve, y la vasca, que señala lo que falta, la presencia de la ausencia, el vacío. Naturalmente, no importa que sea una fantasía, como fantasías son las estrellas anunciadoras de acontecimientos, las montañas de oro y, probablemente, los dioses a los que se reza en Agina, Arantzazu y todos los demás templos del mundo. Lo que importa es que, como los números raros que no designan nada real pero que permiten la existencia de todos los demás y, por lo tanto, su operatividad, el conglomerado metafísico que llevamos en la cabeza sirva para mantener en movimiento la rueda de la vida, de una vida con un nivel más alto de existencia, cada vez más bella y justa.

 
 

Títulos y suplentes

(antes)

Un tren interminable, tenía que ser un tren interminable. Muchos. Uno tras otro. Ferrocarriles pesados en cuyos vagones las moles de carne se amontonaban, palpitaban unas encima de otras, maceraban en el camino a alguno de los pabellones del Lower West. Vacas Angus o Hereford; tontos pavos de Arkansas o Minnesota y toneladas de cerdo Duroc de producción intensiva para el bacon del desayuno.

Las vías originales corrían, paralelas al Hudson, a nivel de tierra. Era tal el volumen del tránsito y tan cotidianos los atropellos que alguien inspirado decidió que un hombre a caballo, con una bandera roja, precediera cada uno de los convoyes. Después sobrevino un movimiento más radical: construyeron un viaducto y elevaron los raíles 30 pies sobre el suelo. 50 años después, el tráfico de mercancías pasó del tren a la carretera y la High Line cayó en desgracia y desuso. Sigue leyendo

Mi barco es de papel

En el pequeño territorio de mi pueblo cabe un mar, una playa en la que todo empezó, un puerto para gente con dinero y otro para gente con gusto, un faro que ilumina los muchos kilómetros que recorro y un largo paseo que abarca todo eso y también lo que fue un balneario que sólo conocí en ruinas y a ratos añoro.

Ocurre que me suele atraer más lo que falta que lo que está, y por eso me sucede que por tener y amar todo esto que me rodea prefiero mil veces perderme en la montaña. Esto explica. estoy seguro, que tenga botas de monte en lugar de un barco que no podría mantener.

Nada me impide, no obstante, pensar en cómo es mi barco imaginado, el que se abre paso a veces entre los acantilados, corrientes y fiordos de mi cerebro. Y así sé que mi barco es de papel.

(c) visto en internet

A veces tengo la suerte de poder observarlo, forzando un poco la vista, desde alguna cima cercana a la costa. Apoyo entonces la mochila en el suelo, me olvido de la hora y la prisa y soy el mismo caminante ante un mar de niebla del óleo de Friedrich.

Y ahí, con la mente nublada como en las marinas inglesas, sólo tengo ojos para mi pequeña embarcación. Entro en un estado a medio camino entre la vigilia y el deseo en el que se abren los ojos invisibles.

Con ellos me gusta ver cómo navega mi barco de silueta infantil sobre el agua salada.

Contemplar que al paso, al nudo, … al impulso del viento se empapa la invisible quilla de papel de periódico, quizá de novela releída. Insensible al viento, gotas de mar salpican su vela latina.

Comprobar que ya deja atrás la distancia prudente a la que un niño que luego crecerá empieza a perder pie y preocupar a sus padres.

Y al  cabo de los días, húmedo, arrugado, firme, verlo cada vez más pequeño, aun en busca de la ballena blanca. Así, puedo sonreír por dentro con una punzada de orgullo: sigue, sigue velero mío, obstinado entre brumas extranjeras.

Extraño barco este, parece hecho para adorno: efímero, contingente y prescindible. Perfil de maqueta, apariencia de exvoto, color de acuarela, … pero calderas de sístole y diástole.

Porque, sí, mi barco es de papel, pero no de juguete.