Otra vez llueve

Llueve otra vez. En el libro que leo, en la montaña que habito, en la cama en que duermo. Es otoño y anuncian lluvia. Cae sobre la alfombra de hojas en el bosque y también sobre la cabeza desprotegida de una niña que camina por la carretera. Moja la ropa y llena de pequeñas gotas la lente con la que me asomo, de noche, al escenario. Agua que cae casi transparente en la estación en que las hojas cambian de color y se visten con pinturas mate.

Hay un pequeño reguero en el alfanje del samurai.

Llovió en verano. Era una ciudad al sur de muchas cosas. Blanca, amarilla (“albero” dicen ellos). Me sorprendió la tormenta en la calle, inevitable, inesperada, generosa. Se formaron pequeños riachuelos que no encontraban salida en las aceras, y en las tiendas de recuerdos ficticios tuvieron que recoger prestos las cuentas de colores que, chillonas, afeaban el paisaje urbano. Mi camisa de verano, mis zapatos ligeros, se empaparon junto al río, ancho como el abrazo de un buen amigo. Sigue leyendo

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El paso del Portillón (Aneto de ida y vuelta)

Ni el marco ni la moldura, es el vano lo que en la puerta habilita el paso.

El vano es espacio libre, lo demás son sólo límites, o, lo que es lo mismo, adornos. Cruzamos porque hay vacío, sucede porque hay espacio.

De pronto son años ya en los que un fin de semana está lealmente consagrado a los Pirineos; entre cada subida pasan las estaciones, y entre aquella primera al Anie y está al Aneto los hechos se acumulan, superponen y a veces se confunden. Bromeamos de camino sobre cómo era mi mundo hace seis años y sobre cómo podría ser en los seis siguientes, cuyo mapa, a diferencia del que nos espera para subir, no se puede descargar de ninguna página, ni siquiera de ésta que lees.

Nunca pasamos de un lugar a otro, de un estado a otro, de una condición a la siguiente sin roces ni heridas; no somos los mismos que éramos antes de cruzar. Voy esta vez con poca información, algo he leído, que el camino es largo, que puede ser tedioso, que requiere fortaleza mental, que hay pasos que atravesar. Me basta ahora con eso y con sentir que esta vez no pueda venir K., con quien todo esto empezó. Hago camino al andar.

(c) JR

Unimos la Besurta y la Renclusa a nuestro pequeño índice toponímico en el que ya se encuentran Panticosa, Gavarnie, Soaso, Góriz, Ossue o Baysellance

Salimos pronto, antes aun de lo que se entiendo por llegar tarde una noche. Junto con el calor que esperamos, sé que también en las primeras rampas, en la primera hora, viene ese miedo indefinido que muerde el estómago por dentro. Es, también, ese instante en el que soy una pequeñez llena de vida en medio de paisajes tan grandes.

Hay que localizar el modo de pasar la cresta de los Portillones. No se trata de descubrir pasos inéditos, sino tan solo de localizar el que todas las guías y tracks señalan para el número creciente de montañeros. Pasamos un tramo mixto, de nieve y roca sin desprendernos de los crampones y experimentando entonces las dificultades de pisar la piedra con puntas de acero, como quien quiere bailar un tango con botas de esquí.

Prácticamente en todas las ascensiones hay un momento en el que hay que hacer un gran giro; una finta evidente y cambia el rumbo de la marcha. Ese punto es crítico para llegar al fin. Ese punto, en esta subida, es el Portillón Superior. Al modo de “una puerta que nunca encontré” la cresta dibuja un paso, delimita un trazo de aire limpio entre dos pequeñas moles y, al dejar libre y vacío ese espacio, al dibujar el hueco haciendo de límite para señalar lo que no puede ser ocupado, habilita el paso. Lo que importa es el vano, no la puerta.

Portillón Superior (c) JR

Vestidos de exploradores de lo conocido subimos el tramo anterior y tras negar brevemente el vacío, descendemos sus grandes escalones irregulares, su escalinata salvaje, su relieve de gráfico descendente, de pérdidas y números rojos. Y así por arte de creerlo posible, llegamos al glaciar que algún día, no muy lejano, desaparecerá.  Desde allí, un largo camino con la cima a la vista. El Aneto se recorta con forma de pirámide, dibujado por una mano infantil. Tengo experiencia y sé que cuando estemos subiendo esa pendiente, al estar dentro, parecerá menos.

Caminar, beber, caminar, beber. No dejo en esta ocasión mucho sitio a las fotos; pocas concesiones a lo que no sea ir ganando metros. Hay una pregunta que cargo en mi espalda y que no podré resolver hasta llegar a la antecima, ¿cruzaré el paso de Mahoma? Mi manera de poder contestar es enviar la pregunta a mi yo de dentro de dos horas, como quien escribe a su futuro. Mientras tanto, voy a mi paso, no al de otros.

Collado de Coronas y ascensión final. En realidad es reconfortante ver que la experiencia a veces no vale una mierda, como así sucede cuando esa rampa que se perfilaba dura resulta ser aún más difícil. Como montañero sugestionable que soy, esa verticalidad me lleva a pensar en que, en mi medida, experimento algo similar a quienes suben montañas en el Himalaya. No es tanto que la inclinación te niegue el paso sino que te obliga a desearlo y, así, ganarlo.

(c) JR

Llega la final de la remontada y ahí está el Paso, delgado como el filo de un cuchillo pero sólido como los cimientos de un sabio. Como el negativo de un portón, esta vez es el camino el que se ve dibujado por el vacío a cada lado. Puedo cruzar porque el aire sostiene la pasarela de piedra. Así son a veces las cosas a tres mil y algo metros de altura.

Por fin, esos pocos segundos previos a pisar la cima en los que el cuerpo experimenta un pequeño clímax, una íntima satisfacción nueva cada vez que se está a punto de llegar por la que uno, después de tanto querer tener, se siente poseído. El mejor momento es estar a punto de llegar. Recuperada la conciencia, hay unos minutos para experimentar que estamos ahí, que hemos llegado.

Luego, volver, bajar. Aterrizar. Y saber que no ha sido en vano el esfuerzo sino que, más bien, ha sido en el vano del Paso en donde hemos abierto un nuevo camino. Como dice la camiseta de I. (yo tengo una igual, él me regaló) no hemos conquistado la montaña, sino a nosotros mismos.

Aneto, 29 de junio de 2019.

Cenamos en la planta de arriba de un pequeño restaurante. Hay un intercambio intermitente de miradas con una mujer rubia que cena un poco más allá. Finalmente, ella y su pareja bajan por la escalera (por su hueco, claro)

N. del A.

La idea del vacío como espacio que existe, tanto o más que la materia, la explica mucho mejor Bernado Atxaga en un artículo dedicado a Jorge Oteiza publicado en Jot Down Magazine, en mayo de 2019: https://www.jotdown.es/2019/05/in-memoriam-jorge-oteiza/

Viajo varias veces al año desde Pamplona a San Sebastián, pasando por la zona donde, cerca de Irurtzun, se levantan dos peñascos de las mismas características, dos torres de piedra que en castellano reciben el nombre de «Dos hermanas», y en lengua vasca Aizpitarte (‘entre dos rocas’). Para Oteiza es un ejemplo, un ejemplo más, de las diferencias entre la cultura latina, que nombra lo que ve, y la vasca, que señala lo que falta, la presencia de la ausencia, el vacío. Naturalmente, no importa que sea una fantasía, como fantasías son las estrellas anunciadoras de acontecimientos, las montañas de oro y, probablemente, los dioses a los que se reza en Agina, Arantzazu y todos los demás templos del mundo. Lo que importa es que, como los números raros que no designan nada real pero que permiten la existencia de todos los demás y, por lo tanto, su operatividad, el conglomerado metafísico que llevamos en la cabeza sirva para mantener en movimiento la rueda de la vida, de una vida con un nivel más alto de existencia, cada vez más bella y justa.

 
 

Títulos y suplentes

(antes)

Un tren interminable, tenía que ser un tren interminable. Muchos. Uno tras otro. Ferrocarriles pesados en cuyos vagones las moles de carne se amontonaban, palpitaban unas encima de otras, maceraban en el camino a alguno de los pabellones del Lower West. Vacas Angus o Hereford; tontos pavos de Arkansas o Minnesota y toneladas de cerdo Duroc de producción intensiva para el bacon del desayuno.

Las vías originales corrían, paralelas al Hudson, a nivel de tierra. Era tal el volumen del tránsito y tan cotidianos los atropellos que alguien inspirado decidió que un hombre a caballo, con una bandera roja, precediera cada uno de los convoyes. Después sobrevino un movimiento más radical: construyeron un viaducto y elevaron los raíles 30 pies sobre el suelo. 50 años después, el tráfico de mercancías pasó del tren a la carretera y la High Line cayó en desgracia y desuso. Sigue leyendo

Mi barco es de papel

En el pequeño territorio de mi pueblo cabe un mar, una playa en la que todo empezó, un puerto para gente con dinero y otro para gente con gusto, un faro que ilumina los muchos kilómetros que recorro y un largo paseo que abarca todo eso y también lo que fue un balneario que sólo conocí en ruinas y a ratos añoro.

Ocurre que me suele atraer más lo que falta que lo que está, y por eso me sucede que por tener y amar todo esto que me rodea prefiero mil veces perderme en la montaña. Esto explica. estoy seguro, que tenga botas de monte en lugar de un barco que no podría mantener.

Nada me impide, no obstante, pensar en cómo es mi barco imaginado, el que se abre paso a veces entre los acantilados, corrientes y fiordos de mi cerebro. Y así sé que mi barco es de papel.

(c) visto en internet

A veces tengo la suerte de poder observarlo, forzando un poco la vista, desde alguna cima cercana a la costa. Apoyo entonces la mochila en el suelo, me olvido de la hora y la prisa y soy el mismo caminante ante un mar de niebla del óleo de Friedrich.

Y ahí, con la mente nublada como en las marinas inglesas, sólo tengo ojos para mi pequeña embarcación. Entro en un estado a medio camino entre la vigilia y el deseo en el que se abren los ojos invisibles.

Con ellos me gusta ver cómo navega mi barco de silueta infantil sobre el agua salada.

Contemplar que al paso, al nudo, … al impulso del viento se empapa la invisible quilla de papel de periódico, quizá de novela releída. Insensible al viento, gotas de mar salpican su vela latina.

Comprobar que ya deja atrás la distancia prudente a la que un niño que luego crecerá empieza a perder pie y preocupar a sus padres.

Y al  cabo de los días, húmedo, arrugado, firme, verlo cada vez más pequeño, aun en busca de la ballena blanca. Así, puedo sonreír por dentro con una punzada de orgullo: sigue, sigue velero mío, obstinado entre brumas extranjeras.

Extraño barco este, parece hecho para adorno: efímero, contingente y prescindible. Perfil de maqueta, apariencia de exvoto, color de acuarela, … pero calderas de sístole y diástole.

Porque, sí, mi barco es de papel, pero no de juguete.

 

 

Navidad en la puta calle, o los dedos en el pan

En realidad, empezó a darse cuenta de cómo era el mundo cuando dejó de pertenecer a él. Como el barro que se pega a las suelas y luego salta bajo un chorro fuerte de agua, así se fue desprendiendo que todo lo que no era suyo: las convenciones, los valores, los deseos. Al andar por la calle, bajo las luces azules, percibía lo que dio en llamar “los hilos”. Posaba su mirada sobre rostros y objetos y la prolongaba hacia arriba, hacia el lugar de donde procedía la delgada cadena que los mantenía en orden y equilibrio; el origen último más allá de las nubes.

Identifica la risa como un espasmo nervioso, las lágrimas como una descarga hormonal, las emociones como reacciones enzimáticas. La retícula de calles de la pequeña ciudad resulta el resultado del sueño de un arquitecto con dispepsia y las nubes… eso si, las nubes aciertan a ser de algodón sin costura.

pan

No se mueve ya por las casillas en blanco y negro más que por el interés del camuflaje, viendo con cínico asombro las notas del compás que dirige el tráfico premeditado de los individuos, el trasfondo revelado para él del secreto orden de los afanes, el monstruo oculto que dibuja vacíos que parecen colores.

Allí están cada día, a su vista, las mesas del Café listas para la comida del mediodía. Simétricos los cubiertos y blancos los manteles; centradas las copas. Sobre las servilletas, bollos de pan sospechosamente similares entre sí. Fuera de ese escaparate, coches y peatones; unos emitiendo carbono tóxico, los otros desprendiéndose de virus, bacterias y trozos de células muertas. El Café, en esquina y con pequeño chaflán. Azulejos en su interior.

La desmedida ventaja de la apariencia es la invisibilidad. Por eso es que entra protegido de un aspecto respetable (entendedme, con el porte de quien ha comprado un Audi, por ejemplo) Cruza el pequeño arco que separa la zona de barra de la amplia sala de comidas. Alarga la mano y coge, otra vez, uno de esos panes dispuestos al sol. Lo mete al bolsillo.

Luego, en su elevado despacho con vistas al Museo lo pone sobre la mesa de cristal. Lo mira un rato. Y, como cada día, lo tira por la ventana cerrada. No quiere que sea suyo.

Espadas como tallos. El Vignemale.

De vuelta del circo de Gavarnie, me hablaba mi compañero K. de la naturaleza y de quien en Polonia nació como Józef Konrad. Cada uno tiene sus preocupaciones (también yo) y parece ser que las suyas tenían que ver con la fuerza de los elementos naturales, señaladamente con las relacionadas con los océanos, pues no en vano él dedicó (he devoted…) parte de su vida laboral a la marina mercante inglesa en la cual, supongo, pasaría muchas tardes de tedio, como nos ocurre a los demás.

Me señaló entonces una flor que había logrado sacar su tallo, sus hojas y sus pétalos (no sé si en este orden, tal vez no) atravesando un muy estrecho hilo de tierra que quedaba entre dos adoquines de la acera. Fue ése el ejemplo que vino al caso de la lucha de elementos que nos rodea sin que seamos conscientes. Una lucha en la que, esta vez, la vida animada de una pequeña planta se imponía a la capa muerta con la que tantas veces nuestra cultura lamina la tierra que se nos dio.

Elementos (c) JR

Qué lucha sorda se desatara para que esa pequeña flor tuviera su sitio, qué azar la hizo victoriosa, qué memoria quedará de ella cuando un perro (otro elemento, al fin de la vida) orine sobre ella o la mordisquee, son contingencias que no conocimos en su momento, ni se nos darán a conocer.

Así nosotros, en número de seis y perteneciendo todos a la especie humana, hicimos cumbre en el Vignemale, a 3.298 metros sobre el nivel de un mar que un día Conrad (ya plenamente inglés, habiendo mutado la angulosa K por una sobria C en el inicio de su apellido) navegó.

Lo que va quedando de toda esa subida lo veo recogido en fotos y en conversaciones. Y en ellas es difícil ver, e imposible sentir, el cansancio, el peso de nuestros cuerpos, las dudas y el placer.  Faltan en esos relatos la circunstancias de temperatura, sudor, sufrimiento y suerte que me acompañan. La desconexión entre la voluntad y el movimiento de mis piernas. La conciencia de que nuestros huesos y músculos son parte de nuestra defensa, pero también pueden serlo del peso que haga mortal el golpe. El jadeo impuesto. La certeza desnuda de la evidente fragilidad del cuerpo humano en medio de un glaciar.

Me faltan incluso palabras y conceptos (tal vez es que me falta vocabulario o pensamiento) para poder describir lo que sucede esos días. Y no es que sean extraordinarios, es que creo que incluso lo ordinario es tan difícil que contar que no sé si vale la pena intentarlo.

el molde del vacío

Césped de invernadero. El asunto Kepa Arrizabalaga.

Hablar del Athletic, que es parecido a hablar de fútbol, es un buen motivo para aparecer por aquí. Sin más explicaciones.

Iribar (foto Gabriel Camiña)

Esta entrada iba a ser escrita con calma en un portátil, y se iba a llamar “Ondarroa gardens”. Fue el título que se me ocurrió cuando en el chat destinado a organizar cenas de txoko empezamos a hablar del fichaje de Kepa por el Chelsea. La escribo con el móvil en la playa porque se me ha ido el plazo, luego pensaré el título.

Alguien propuso que en nuestros blogs hiciéramos una reflexión al respecto.

Me vino la imagen de una niña que pinta cielos de noche en su habitación.

Un individuo tiene una comida en el txoko. Acaba de llegar de México y lleva un tequila. Las sneakers están fabricadas en Vietnam, la ropa interior en Marruecos, vaqueros de Malasya y camiseta superdry.

Los mensajes llegan en iphone.

Los chavales acaban la carrera con Erasmus. Y la satisfacción es grande cuando a aquél le destinan a Estados Unidos.

La niña pinta estrellas con el dorsal de los jugadores.

Alguien discute sobre el mejor sushi.

El cine español es una mierda.

En Euskadi llueve mucho y sólo las viejas van a Misa.

Abónate a una compañía americana y verás fútbol y pelis. La camiseta oficial, en AliExpress.

Hotel intercontinental. La playa de Plentzia en julio. El circo romano al final de Pozas.

Mi móvil coreano me permite escribir en la playa, y corrige mis faltas, aunque no mis pecados.

La niña borra la estrella cuando el jugador deja el equipo.

No es un estadio, es la Catedral. Vamos más por lo que creemos que por lo que vemos. Siempre hay once de rojo y blanco sobre el verde. Lo sagrado en tiempos paganos.

Ciudad de innovación con arquitectura internacional de diseño. Pintxos y comida japonesa. Las raíces de las flores de Ondarroa viajan en business.

“¿Cómo?, ¿que se va a la Chelsea?. ¡Qué cabrón!, ¡pero si aquí lo tiene todo!”

La niña pasa el pincel sobre el astro con el número uno.

La mecánica celeste es imparable, pero ella piensa que el cielo es cielo, aun sin estrellas.

Aupa Athletic.

Nota. Para reflexiones más jugosas, enlazaré los posts de Asier, Pablo e Iñaki. Bonita conversación abierta.

Asier. http://korapilatzen.com/2018/08/17/athletic-club-identidad-compromiso-tiempos-trans/

Pablo. https://hontza.wordpress.com/2018/08/17/identidad-y-compromiso-en-tiempos-trans/

Iñaki. http://laviainestable.blogspot.com/2018/08/kepa-el-athletic-y-la-post-verdad.html?m=1