Bilbao, hoy

En la Plaza Chillada, que es la que da acceso a la nueva entrada del Museo de Bellas Artes, la hierba verdea. Algunos locales y algunos turistas (que serán locales en sus ciudades de origen, es de suponer) comparten terraza. Hay cafés recientes y también pintxos que llevarán hechos desde la mañana. Ya ha dejado de ser hora de comer, incluso en Bilbao.

Saliendo hacia la calle Teófilo Guiard, historiador hermano de Adolfo Guiard, de quien hay cuadros en el Museo citado, giro hacia Máximo Aguirre, que fue comerciante por profesión, embocando Colón de Larreátegui, que nació en Barcelona en el siglo XVIII.

Allí se forma un pequeño parque en el que los bancos están al sol. En uno de ellos, un hombre mayor, sin camisa y a todas luces enjuto por definición (es decir, delgado, seco y de pocas carnes, yo añadiría “y con arrugas”) está sentado. Un chico, con hablar nasal y con un cilindro de pulseras aproximadamente artesanas en ristre, le pregunta por alguna dirección, que el hombre enjuto le explica con profusión de detalles.

El chico joven ha elegido preguntarle a él, habrá notado algún tipo de conexión o afinidad. No creo que se equivoque. Pareciera más atractivo haberle preguntado a la chica del banco de al lado, cuya camiseta blanca es lo suficientemente delgada para poder apreciar al paso los triángulos simétricos del sujetador.

Un banco más allá otro hombre parece descansar. Pantalón de pana marrón, camisa roja de cuadros, o de cuadros rojos y jersey o chaleco a juego. Nada llama la atención, pero me pregunto si, en este mundo de locos, se encontrará en sus cabales.

No mucho después giro a la derecha en un cruce. Hay tiendas abiertas. Veo algunas hojas sueltas en la acera. Parece que el otoño va llegando a la Gran Vía.

GranVía

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Manteles blancos

 

Si cada color tiene una virtud (cosa que no ocurre) la del blanco es la valentía, pero nunca la inocencia. El blanco es molde, bastidor, rastrel; es, en definitiva, el espacio que queda entre las dos líneas del cuaderno rayado de tapas azules que tenía en el colegio.

En el mantel blanco, junto a una ventana, se apoyan las manos cuando aún hay toda una comida por delante; las primeras hojas pálidas del montón de folios quedan sobre la mesa, con un bolígrafo cerca; una prenda nueva de color de nieve recoge la intimidad de un cuerpo por la mañana.

Nada será igual cuando acabe la comida, la escritura, cuando finalice el día.

Sobre el mantel quedarán migas, manchas, huellas que dejen las palabras que han salido de las bocas, algunas pestañas y restos de miradas que han buscado escrutar las conversaciones ajenas, aparentemente más fluidas que la propia. El azar (el mismo que juntó partículas en el origen) ha distribuido a su capricho las salpicaduras en el hilo. Los movimientos, torpes, distraídos, a veces intencionados, han sembrado de arrugas y asimetrías en relieve el mapa que es la tela. No quedan dibujadas, sólo intuidas, las casillas oscuras del tablero que tantas veces acoge una comida, una cena: blancas y negras en el mismo cuadrilátero.

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Bahía de traspasados

El druida anda algo jodido últimamente. No encuentra forma de acallar los aguijonazos que siente en el estómago. Tiene digestiones lentas y dolorosas, se hincha, no halla la manera de liberar sus intestinos. Y el dolor en las rodillas. Antes de cada paso ya sabe que notará un mordisco en cada articulación. Y le jode.

No tiene a quién recurrir. Y a él no le valen las hierbas en infusión ni las cataplasmas de hígados de ave con las sus vecinos sienten alivio, ignorantes de la vacuidad de estos remedios.

Desde su cueva en el bosque sigue acercándose cada día hasta las cabañas cercanas a la playa. Combado bajo el peso de sus aflicciones, hace por erguirse cuando llega al camino que lleva al mar. Uno tiene sus responsabilidades y no puede rebajar su autoridad apareciéndose como un viejo achacoso; ¡hasta ahí podíamos llegar! Son cosas de la dignidad de su condición, que, por otra parte, él nunca pidió.

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Hitos en Point du Raz (c) JR

Su maldición viene de nacimiento. Consecuencia viva de noches de sexo fulmíneo de quien no debía con quien sí quería, fue entregado al cuidado del mago del bosque de Argoat. Quedó privado de la dulce rutina de quienes se juegan cada tanto su vida en las barcas que, lejos de los acantilados, buscan el sustento plateado en el mar. Una vida de conjuros y estudio, de ritos y destilado de plantas, de códigos y destripe de pájaros en que leer el futuro no escrito.

Ahí le veis, entonces. Está hasta los huevos.

No son más que semanas lo que le quedan antes de apagarse. Conoce los pasos siguientes, ¡más de una vez los ha presenciado!: le encontrarán en su lecho y se hará silencio. La noticia correrá como fiebre de invierno. Esa noche se encenderán hogueras en la playa y sonarán fúnebres las cornamusas. Todos se retirarán a sus cabañas y, ya de madrugada, una mano vigorosa elegirá la puerta a la que llamar antes de desaparecer.

El señalado se levantará con miedo, sueño y decisión. Llegará descalzo hasta el modesto túmulo en que descansa el druida y cargará con su cuerpo y con su alma hasta la barca en la orilla. Solo y aterrado iniciará el viaje para traspasar las corrientes marinas y arribar a Île-de-Sein. Rápido, rápido, hay que estar de vuelta antes del amanecer. Allí, en la plataforma de piedra, dejará el cuerpo transportado entre el ruido de las gaviotas nocturnas y emprenderá el camino de vuelta. La barca, en lugar más ligera, pesará más.

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Mezcla de corrientes en Pointe du Raz (JR)

Así acabará su vida de mago. En otro mundo, pues tal cosa es una isla. A salvo ya del papel de sabio podrá descansar sin obligaciones, como quien se escapa de casa y elige vivir en una rotonda entre dos caminos. Fin. Se acabó. Antes de desvanecerse soñó otra vez con ese atardecer de verano en la costa, sentado en una silla de playa y con una botella fría de vino blanco en la bolsa térmica, una copa en una mano, la otra en mano ajena.

Ese día llegará pronto. Mientras tanto, el druida levanta un poco la nariz, entorna los ojos y elige en qué choza pasar el día. Sí, ¡qué coño! al diablo la gastritis, tiene pinta de que allí tienen guiso picante de jabalí.

 

Pointe du Raz. Baie des Trépassés (prefiero traducirlo mal, suena mejor)

Bretaña. Agosto 2016.

La ley leve de la gravedad (Picos del Infierno)

Hará cosa un año el hijo de uno de mis primos preguntó qué pasaba si se caía al suelo un bote de tomate concentrado. Tras un instante de suspense él mismo respondió que en tal caso el tomate perdería la concentración.

Caer o no caer suele ser una cuestión de resistencia, a veces de rebeldía: no en vano se trata de enfrentarse a la ley de la gravedad. Así visto, la norma tiende a provocar la caída porque confiere al suelo y al abismo el poder de atraer hacia sí cualquier realidad que no esté a ras de tierra.

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Vigía (c) JR

Esta lucha de contrarios sirve para explicar el intento de alcanzar una cima, de escalar una montaña. Este año se trataba de un segundo intento en los Picos del Infierno tras haber abandonado el año pasado en medio de una tormenta que nos hizo ser objetos perdidos.

Lesionado como había estado durante buena parte de la primavera por el desafío de un salto innecesario y su posterior caída, soy aún más cauto que de costumbre al calibrar mis posibilidades de éxito. Quizá por eso durante el ascenso desde Bachimaña me abismo pensando en cómo seré yo durante la subida, me concentro para encontrar cualquier rastro de amenaza. Me empeño en subir.

Mi cuerpo contiene mi energía, y pienso que si “mantener” – como escribe Erri de Luca – es un verbo precioso que significa tener en la mano, “contener” también lo es porque dice que mi fuerza está con mi cuerpo. Pienso también en la posibilidad de caer, en la necesidad de resistir con mi levedad el dictado de la gravedad.

Se suceden los hitos, cruzamos con crampones un primer nevero y rebasamos la cota que el año pasado alcanzamos. Enseguida estamos en el collado: el ibón y el Pico de Tebarray a la derecha, los Infiernos por la cresta de la izquierda.

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Tebarray (c) JR

Trepar concentrados, ser animales que emplean pies y manos para vencer la altura. Hasta que llegamos a un nuevo nevero que parece sin estrenar. Remontarlo ofrecerá el premio de alcanzar el inicio del último tramo. Con cuidado, en alerta a nuestro equilibrio y al de quien nos precede y al de quien nos sigue; el resbalón de uno sería el de los cinco, ya que aunque avancemos como individuos pertenecemos a un mismo equipo.

El premio resulta ser un desafío, un nuevo punto de partida. Cruzamos la cresta y a nuestra izquierda se abre una senda mínima, una faja pegada a la montaña con pasos estrechos que nos hacen elegir piedra antes que vacío y, así, vencer el cuerpo hacia la montaña. Las mochilas abultan nuestro perfil y ocupan más de lo que quisiéramos. Tropezar, resbalar, deslizarse podría ser grave, así que en ese trecho nuestros sentidos son más agudos. De nuevo rebasamos cotas alcanzadas, esta vez en exigencia. A veces notamos leves mareos, quizá pequeños desarreglos en la tensión que no podemos considerar graves.

La montaña es individual, primera persona del singular. Pienso de nuevo en Erri de Luca, descubierto este año, que dice que dos no es el doble, sino el contrario de uno, y con ello escribe 18 cuentos y un poema. En algunos pasos las decisiones (tal vez los deseos o las intuiciones) no coinciden y elijo trepar un poco más a la izquierda que el resto. Ya nos reuniremos más arriba. Mi camino resulta esta vez acertado y progreso hacia la pirámide que protege la cima. Un poco más arriba, con mis compañeros a la vista, giro a la derecha sin saber muy bien qué busco. Contemplo la espalda del Garmo Negro, mis pensamientos vuelan y pasa el tiempo.

Me vuelvo esperando ver al resto y no hay nada ni nadie. Debo haberme quedado dormido, traspuesto, concentrado, extasiado. Pero son casi 3.000 metros y no parece conveniente quedarse solo. ¿En qué momento he dejado el camino marcado?

En este caso, la dirección es clara. Se trata de subir lo más alto posible, da igual por dónde. La meta está arriba. Y así, perdido, me encuentro con las sensaciones de ser yo, de no tener nada, de respirar, sentir los latidos de mi corazón y buscar solamente el siguiente apoyo. Es la paz que ofrece la montaña, el paraíso (de estar) perdido.

Al cabo de un rato, que se revela corto al acabarse, los pequeños puntos de la expedición aparecen más abajo y reestablecemos contacto visual. Ya da lo mismo por dónde subir, nos veremos arriba. Percibo la extrañeza de ir el primero hacia la cumbre estando en peor forma que el resto. Pero lo acepto. Llegaré yo solo, aunque haya subido acompañado.

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Pico Occidental (3.073 metros)

La cima del Pico Occidental (3.073 metros) decepciona como lo suelen hacer los logros. Puedo saber que es la cumbre porque alguien lo dice, pero no hay símbolos, hitos ni placas que confirmen, salvo una piedra humildemente dedicada a la paz mundial. La cima del Pico Occidental (3.073 metros), no obstante, compensa con creces la subida porque mientras estoy en ella, es el centro mismo de los Pirineos y, por tanto, el mejor observatorio del mundo conocido.

Ya agrupados disfrutamos del primer objetivo de la jornada, casi cinco horas después de haber iniciado la marcha. Tampoco hay tiempo para mucho más: hay que cruzar con cuidado la Marmolera, asombrarse de su patio y alcanzar el Pico Central (3.082 metros). A diferencia de lo que sucede con otras experiencias, obtener una nueva satisfacción en tan corto espacio de tiempo (apenas unos minutos) no supone doblar el placer sino sólo un ligero incremento del mismo.

Decidimos que es la hora de bajar. La ruta elegida es la del collado de Pondiellos, más pendiente y más breve que la que hemos traído. Elegir camino, en parte por la existencia de neveros, no resulta sencillo. Optamos por la izquierda y, cada vez más a la izquierda, hasta llegar a una canal estrecha. Pienso que si está ahí es porque es posible descenderla, y me pongo a la tarea abriendo camino. Cada escalón resulta complicado y no mido bien la dificultad, sólo pienso en que más adelante será un poco más sencillo. Algún paso es difícil y lo celebro con resbalones, forzando más de lo necesario. Me parece más sencillo continuar que reconocer el error y deshacer el camino; demuestro que la perseverancia no siempre es una virtud.

Llego abajo, al último nevero de la jornada y grito hacia arriba que no es buen camino. Para mí pienso que el retroceso hubiera sido una buena opción. Los demás dan la vuelta.

Convencido de haber hecho lo más difícil, de nuevo me pongo los crampones y empiezo a perder altura poco a poco, buscando llegar a la huella que atraviesa la extensión de nieve. Sin llegar a avanzar demasiado pierdo concentración y apoyo y resbalo: me deslizo y me detiene el impacto de mis botas contra una roca. Trato de remontar para recuperar el piolet perdido y vuelvo a resbalar; consigo un nuevo golpe en el mismo sitio, un poco más doloroso esta vez.

Y me quedo allí, náufrago en una pequeña isla de rocas, rodeado de nieve.

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Negra espalda del Garmo (c) JR

Como un buque fuera de ruta, Robinson avista una montañera que se acerca y presta sus bastones para una tercera intentona que esta vez, siquiera sea por el orgullo, resulta fructífera. Ya solo me queda atravesar el nevero y esperar la reunión con mis compañeros.

A partir de entonces sólo queda bajar y bajar. Descender, rendirse a la fuerza de la gravedad para volver a tierra firme y asumir de nuevo la rutinaria condición de ciudadano. El descenso es muy largo y sólo lo distrae la necesidad de buscar los hitos que señalen el regreso y el dolor creciente en el tobillo.

Melancolía, 7 (buhardilla sin vistas)

“… de un barco a la deriva, que viene de la nada y va a ninguna parte…”

Mi relación con la música, como el patio de mi casa si lo tuviera, es particular. Lejos de la capacidad de almacenar nombres de grupos o letras o melodías, he sido siempre más un aficionado de corte obsesivo: pocas referencias, pero insistentes. Envidio a quienes disponen de enormes bibliotecas musicales en sus discos duros o a quienes conocen más del 20% del cartel de los festivales de verano.

En esa relación compulsiva hay canciones que se meten en mi cabeza y se quedan instaladas durante mucho tiempo. Las oigo una y otra vez, trato de conocer su origen y su significado, los mitos que las rodean. No puedo presumir de originalidad: “Brilliant disguise“, “Still loving you“, “Son cuatro días“, “Calle Melancolía“.

Mi relación con esta última se remonta a algún verano de hace mucho tiempo, en el escenario del post “Intercambio de parajes“, y creo deberla a la mayor de mis primas (MJ) que por aquél entonces estaría en el estrecho de Gibraltar en que se mezclan las aguas de la adolescencia y la juventud. Entonces yo apreciaba poco más que unas rimas fáciles: “melancolía”, “alegría”, “tranvía” y “melodía” de un tío que no se podía (“podía”) cambiar de casa por impuntual.

Con el tiempo y las mareas la voz cascada de Sabina fue tomando posiciones. Cuando hoy oigo su tono en álbumes viejos aprecio más su timbre actual, el de una persona más satisfecha y cómoda, que hasta permite que otros le escriban sus letras y que sigue sin encontrar un peluquero que no le maltrate. A veces me parece secuestrado por su personaje y, desde luego, prefiero la letra de sus canciones a las de sus entrevistas. Y envidio (otra envidia más en esta entrada) la enorme librería colmada de títulos de su salón.

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Melancholy and Mystery of a Street. Giorgio de Chirico (1914)

Calle Melancolía“, en su momento lo busqué, entronca con un poema de Vinicius de Moraes “Rúa de amargura” que acaba así: Sigue leyendo

Yo, japonés

Hoy he querido ser japonés, o simplemente oriental. Me he cruzado en la calle con uno de ellos acompañado de su hija y he sentido la envidia en el centro del estómago. Iban hablando y yo no he podido entender nada y me ha venido ese deseo.

Mi facilidad para los idiomas se manifiesta de manera mucho más clara en la capacidad de imitar el acento propio de cada uno que en la aptitud de interiorizar su gramática. Así, como suele suceder, lo que he podido expresar en esas lenguas mal aprendidas nunca ha podido ser muy complejo.

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Tal vez por eso me sucede que cuando observo – con prudencia – conversaciones en otro idioma tiendo a pensar que quienes lo hablan no pueden tener grandes preocupaciones; nada que les apremie ni les apriete. Sigue leyendo

El hastío del cocinero

Primero quiso entrar en la Escuela Laboral de Magia, pero le rechazaron, tal vez por falta de encanto. Tras superar el mal trago (con ayuda de cuatro o cinco de éstos) decidió remangarse y solicitar plaza en su opción alternativa: un grado superior de Hostelería y Restauración. Como había suficientes vacantes, y pese a ir con los brazos descubiertos, fue admitido.

Ayer le vi consumir un cigarro apoyado contra la verja del patio escolar mientras los niños terminaban de comer. Estaba en parte exterior del recinto, dentro no puede fumar. Fuma antes de cocinar y fuma después. Y desde hace un tiempo, y con plena conciencia, no se lava las manos antes de encender los fuegos.

En su primer trabajo de cocinero se consideraba hermanado con Merlín y el Mago de Oz, y su gorro de trabajo acababa en punta y tenía estrellas amarillas; en sus cazuelas hervían maravillosas pócimas con aromas de colores. Más tarde, se sintió superhéroe, y compartía póster en su imaginación con Superman y la Mujer Maravilla. Desde las proteínas de su cocina mantenía a raya la maldad sin límites de este mundo y luchaba contra cuanto villano se pusiera a su alcance.

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Procesos de transformación (c) JR

No eran pocos sus conocimientos: sabía cuándo una patata debía estar fría y cuándo caliente, convertía bultos en ensaladas y cereales en primeros platos, lograba que terneras sin cultivar parecieran escalopes a la milanesa con sus chalotitas caramelizadas de guarnición y conseguía sinfonías de sabores a partir de la síntesis de contrarios. Sigue leyendo