Impostura

La falta de criterio había llegado ya a límites difíciles de soportar. Así que enviaron a la Policía Selecta del Canadá a realizar controles en la rotonda de la salida del Hipermercado.

Iban parando a los que tenían cara de sospechosos. Ella se puso nerviosa cuando les vio y éso fue su perdición: le hicieron orillar el coche y abrir el maletero.

Acabó detenida, por supuesto.

La acusación fue la de “incoherencia reincidente”: en una misma bolsa de la compra encontraron dos docenas de huevos bioecológicos de caserío junto a un 3 x 2 de sucedáneo de chatka de marca blanca.

Impronunciable

“- ¡Cómo que al logopeda!, ¿para qué?, ¿ceceo?, ¿qué ceceo?, ¡pero si es muy gracioso!, ya se le pasará: es que se le escapa el aire por los huecos de los dientes!!

“¡- Y dos días por semana!, ¿y el inglés?, ¿no coincidirá con música, no? Ah, ¿que tú no puedes llevarle?”

“Ya, ya, … ya, problemas de aprendizaje, sí, vale, no, claro, claro, yo me encargo, la consulta del Dr. Cadalso, que fue compañero tuyo, perfecto”

Y empieza una nueva vuelta de tuerca. Deja corriendo el trabajo los martes y jueves para llegar a tiempo. Lleva el bocadillo preparado y, como es invierno, compra unas castañas antes de volver a casa para ir comiendo por el camino. Ayuda con los deberes, toma la lección y tiene en mente algo rápido para la cena.

Todos los días prepara tres series de cinco palabras con ese y cinco con zeta. Ejercicios palato-labiales y control de la respiración: uno – dos, uno – dos, uno – dos. Que no se acaben las pajitas para los ejercicios de sorber agua. “A ver cómo llevamos los problemas de matemáticas hoy”. “Creo que mañana coincide la revisión del dentista con la cita del colegio, hablaré con mi madre, a ver qué podemos hacer”. “Y antes de ir a casa que no se me olvide comprar leche semidesnatada. Vaya “semidesnatada” tiene dos eses, igual hoy me ahorro una palabra”. “Si le dejo en la consulta mientras practica con las fichas me puede dar tiempo a comprar algún regalo para Reyes, lo voy a intentar, a ver si hoy, para variar, no se retrasa Cadalso”. “Bien consulta también tiene ese, me la apunto”. “Lo de la zeta es más jodido, no salgo de “zanahoria” y “zuecos”, y ahora dudo de si mi hijo cree que me refiero a los jugadores de Suecia, le estoy liando”. Por supuesto que el doctor también se retrasa hoy y, además, con la mejor de las sonrisas anuncia que el niño va muy bien y que es posible en otros cuatro meses se puedan plantear finalizar el tratamiento. Cuatro meses más. Cuatro.

“A ver si hoy tengo tiempo. Mierda, ¿dónde he dejado apuntada la lista de regalos?, ¿era Versace o Chanel lo que usaba ella?, ¿no le valdrá con un 2 x 1 de Eau Jeune?” “Este año no llego ni por el forro, malditas consultas”.

Feliz Navidad, Feliz Año a tod*s

Feliz Navidad, Feliz Año a tod*s

Pero todo parece suavizarse el 24 al mediodía, la prisa se remansa porque la tradición es la tradición y, por un día, se puede dejar a los niños con sus abuelas y salir todos a potear desde la mañana: hoy no hay deberes, no hay prisas, ni inglés, ni médicos, ni carreras. Poco a poco van cayendo martinis, blancos y cervezas. Más tarde llega la hora de picar algo, cualquier cosa, ya llegará más tarde la noche con su cena especial y sus bolas de coco en el postre, ahora queda lejos entre las nubecitas de alcohol que se van formando sin urgencias. Se recuperan los buenos momentos del año y se hacen planes brillantes para el futuro: ¡tantas veces la inspiración y el vino comparten copa!

Entrados ya en calor por dentro van de una calle a otra, de un bar a otro; no es bueno mezclar bebidas, pero hoy no importa. Hoy son libres a tiempo parcial.

En un momento ella se retrasa y se queda hablando con alguien: “Ven, ven, mira: es Javi” y él piensa “coño, el cabrón de Cadalso” Tras un breve autoexamen, confirma que su tasa de alcoholemia llega como poco a atenuante y con un poco de suerte puede que sea eximente, así que se acerca con una gran sonrisa en la cara y silabea con esmero:

“- Hombre, doctor: Fe-lid Na-vi-daz”

Agua fría

Echa un último vistazo en la agenda a las anotaciones que deja para el primer día de septiembre. Luego, consulta rápidamente su correo privado, toma el último trago del agua recalentada del botellín y por fin apaga el ordenador. Un compañero le guiña un ojo y le dice, “¿qué?, por fin vacaciones, ¿no?” Él ensaya su sonrisa de Director Comercial, se afloja la corbata y asiente.

Sabe que llegar a Almería es un camino largo cuando en un día tienes 1.000 kilómetros por delante, una mujer infiel a un lado y dos niños en edad de tener caprichos que no pueden pagar detrás. El climatizador está estropeado y se agradece el aire acondicionado cuando paran a comer en ninguna parte de Ciudad Real.

“Por H. no se pasa; a H. se va” decía siempre su padre, y él lo repite sin mucho entusiasmo, quizá porque al heredar la casa de verano hizo propias también manías y muletillas de su progenitor. Ha caído la tarde y algo ha refrescado cuando empiezan a subir desde N. la carretera empinada y estrecha que les lleva hasta H. Son casi quince minutos de subida picando hacia la Sierra, que también hacen en silencio tras haberse pronunciado la sentencia paterna de rigor.

Balcón de H. (c) JR

Balcón de H. (c) JR

Desde H. las vistas son amplias y un poco estremecedoras. La plaza tiene una parte de voladizo con un banco corrido de piedra y una papelera que siempre está llena. Desde allí se ve el pueblo de N. (“la capital” le llama él) como un pequeño belén de casas blancas en el que parece que nada malo pudiera suceder.

A la derecha de la plaza sale una pequeña senda que va al manantial, “la Alberca”: una balsa de piedra rodeada de hierba en la que se remansa el agua helada que llega, creen en el pueblo, de Sierra Nevada. De la fuente salen tres kilómetros de canalillos de cuando los árabes que salvan el desnivel hasta N. y que por el camino al valle riegan campos y huertas y mueven los molinos de rodezno que aún funcionan.

Esa Alberca es también el lugar en que  se encuentran los pocos veraneantes: por la mañana los mayores y por la noche los más jóvenes, también sus hijos. La hierba, blanda a primera hora, ofrece un buen lugar para descansar y la balsa tiene suficiente superficie y profundidad como para hacer las veces de piscina. Su mujer se queda en casa muchas mañanas, casi sin excusas, y allí la encuentra a la vuelta pegada a la pantalla de su iPhone. Él no le dice nada: va a la cocina para ver si está la comida lista y aprovecha para comprobar si hay mensajes nuevos en su correo privado. Sigue leyendo

Alaska (Sudáfrica)

Hay pocos nombres que suenen también y evoquen tanto como el de Alaska, ¿no?

Yo pronuncio “Alaska” y hay por lo menos cuatro cosas que me vienen a la cabeza: un paisaje blanco y helado, con esquimales que tratan de no perder las cerillas; el Hotel que Bernardo Atxaga sitúa en Obaba en “El hijo del acordeonista”; el establecimiento que con ese nombre tiene unos helados de nata un poco sosos de los que tienes que hablar con cara de éxtasis si eres de Bilbao y, por último, esta chica que ahora es más conocida por estar más o menos casada con un tal Vaquerizo. Prácticamente en todos los casos existe una relación entre el nombre y la palidez de lo nombrado, pero eso no es algo de lo que yo vaya a hablar.

Alaska, 1984

Alaska, 1984

Deseo carnal” fue un disco de pecaminosa portada (hablamos de 1984) que contenía una canción que algunos llaman “Mil campanas” y otros “Ni tú ni nadie”. Esa canción, llena de rimas fáciles como disculpas ensayadas, tiene una frase que dice “qué difícil es pedir perdón” y luego sigue “ni tú, ni nadie, nadie, podrán cambiarme”. Oyéndolo ahora me cabe la duda de si es a ella a quien le resulta difícil disculparse y, además, no piensa cambiar, o si, por el contrario, sufre duramente porque alguien le ha ofendido y ella espera en vano que le pidan perdón.

Es posible que si la rima lo hubiera requerido Alaska podría haber cantado “qué difícil es pedir champagne” (en esos años todavía no sabíamos de Denominaciones de Origen y hasta el Rondel Verde era champán y no cava, yo todavía mezclo los nombres, lo siento) Pero no, dijo: “qué difícil es pedir perdón” y la clavó.

“Pedir perdón”, vaya cosa. Sigue leyendo