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Otra vez llueve

Llueve otra vez. En el libro que leo, en la montaña que habito, en la cama en que duermo. Es otoño y anuncian lluvia. Cae sobre la alfombra de hojas en el bosque y también sobre la cabeza desprotegida de una niña que camina por la carretera. Moja la ropa y llena de pequeñas gotas la lente con la que me asomo, de noche, al escenario. Agua que cae casi transparente en la estación en que las hojas cambian de color y se visten con pinturas mate.

Hay un pequeño reguero en el alfanje del samurai.

Llovió en verano. Era una ciudad al sur de muchas cosas. Blanca, amarilla (“albero” dicen ellos). Me sorprendió la tormenta en la calle, inevitable, inesperada, generosa. Se formaron pequeños riachuelos que no encontraban salida en las aceras, y en las tiendas de recuerdos ficticios tuvieron que recoger prestos las cuentas de colores que, chillonas, afeaban el paisaje urbano. Mi camisa de verano, mis zapatos ligeros, se empaparon junto al río, ancho como el abrazo de un buen amigo. Sigue leyendo

El paso del Portillón (Aneto de ida y vuelta)

Ni el marco ni la moldura, es el vano lo que en la puerta habilita el paso.

El vano es espacio libre, lo demás son sólo límites, o, lo que es lo mismo, adornos. Cruzamos porque hay vacío, sucede porque hay espacio.

De pronto son años ya en los que un fin de semana está lealmente consagrado a los Pirineos; entre cada subida pasan las estaciones, y entre aquella primera al Anie y está al Aneto los hechos se acumulan, superponen y a veces se confunden. Bromeamos de camino sobre cómo era mi mundo hace seis años y sobre cómo podría ser en los seis siguientes, cuyo mapa, a diferencia del que nos espera para subir, no se puede descargar de ninguna página, ni siquiera de ésta que lees.

Nunca pasamos de un lugar a otro, de un estado a otro, de una condición a la siguiente sin roces ni heridas; no somos los mismos que éramos antes de cruzar. Voy esta vez con poca información, algo he leído, que el camino es largo, que puede ser tedioso, que requiere fortaleza mental, que hay pasos que atravesar. Me basta ahora con eso y con sentir que esta vez no pueda venir K., con quien todo esto empezó. Hago camino al andar.

(c) JR

Unimos la Besurta y la Renclusa a nuestro pequeño índice toponímico en el que ya se encuentran Panticosa, Gavarnie, Soaso, Góriz, Ossue o Baysellance

Salimos pronto, antes aun de lo que se entiendo por llegar tarde una noche. Junto con el calor que esperamos, sé que también en las primeras rampas, en la primera hora, viene ese miedo indefinido que muerde el estómago por dentro. Es, también, ese instante en el que soy una pequeñez llena de vida en medio de paisajes tan grandes.

Hay que localizar el modo de pasar la cresta de los Portillones. No se trata de descubrir pasos inéditos, sino tan solo de localizar el que todas las guías y tracks señalan para el número creciente de montañeros. Pasamos un tramo mixto, de nieve y roca sin desprendernos de los crampones y experimentando entonces las dificultades de pisar la piedra con puntas de acero, como quien quiere bailar un tango con botas de esquí.

Prácticamente en todas las ascensiones hay un momento en el que hay que hacer un gran giro; una finta evidente y cambia el rumbo de la marcha. Ese punto es crítico para llegar al fin. Ese punto, en esta subida, es el Portillón Superior. Al modo de “una puerta que nunca encontré” la cresta dibuja un paso, delimita un trazo de aire limpio entre dos pequeñas moles y, al dejar libre y vacío ese espacio, al dibujar el hueco haciendo de límite para señalar lo que no puede ser ocupado, habilita el paso. Lo que importa es el vano, no la puerta.

Portillón Superior (c) JR

Vestidos de exploradores de lo conocido subimos el tramo anterior y tras negar brevemente el vacío, descendemos sus grandes escalones irregulares, su escalinata salvaje, su relieve de gráfico descendente, de pérdidas y números rojos. Y así por arte de creerlo posible, llegamos al glaciar que algún día, no muy lejano, desaparecerá.  Desde allí, un largo camino con la cima a la vista. El Aneto se recorta con forma de pirámide, dibujado por una mano infantil. Tengo experiencia y sé que cuando estemos subiendo esa pendiente, al estar dentro, parecerá menos.

Caminar, beber, caminar, beber. No dejo en esta ocasión mucho sitio a las fotos; pocas concesiones a lo que no sea ir ganando metros. Hay una pregunta que cargo en mi espalda y que no podré resolver hasta llegar a la antecima, ¿cruzaré el paso de Mahoma? Mi manera de poder contestar es enviar la pregunta a mi yo de dentro de dos horas, como quien escribe a su futuro. Mientras tanto, voy a mi paso, no al de otros.

Collado de Coronas y ascensión final. En realidad es reconfortante ver que la experiencia a veces no vale una mierda, como así sucede cuando esa rampa que se perfilaba dura resulta ser aún más difícil. Como montañero sugestionable que soy, esa verticalidad me lleva a pensar en que, en mi medida, experimento algo similar a quienes suben montañas en el Himalaya. No es tanto que la inclinación te niegue el paso sino que te obliga a desearlo y, así, ganarlo.

(c) JR

Llega la final de la remontada y ahí está el Paso, delgado como el filo de un cuchillo pero sólido como los cimientos de un sabio. Como el negativo de un portón, esta vez es el camino el que se ve dibujado por el vacío a cada lado. Puedo cruzar porque el aire sostiene la pasarela de piedra. Así son a veces las cosas a tres mil y algo metros de altura.

Por fin, esos pocos segundos previos a pisar la cima en los que el cuerpo experimenta un pequeño clímax, una íntima satisfacción nueva cada vez que se está a punto de llegar por la que uno, después de tanto querer tener, se siente poseído. El mejor momento es estar a punto de llegar. Recuperada la conciencia, hay unos minutos para experimentar que estamos ahí, que hemos llegado.

Luego, volver, bajar. Aterrizar. Y saber que no ha sido en vano el esfuerzo sino que, más bien, ha sido en el vano del Paso en donde hemos abierto un nuevo camino. Como dice la camiseta de I. (yo tengo una igual, él me regaló) no hemos conquistado la montaña, sino a nosotros mismos.

Aneto, 29 de junio de 2019.

Cenamos en la planta de arriba de un pequeño restaurante. Hay un intercambio intermitente de miradas con una mujer rubia que cena un poco más allá. Finalmente, ella y su pareja bajan por la escalera (por su hueco, claro)

N. del A.

La idea del vacío como espacio que existe, tanto o más que la materia, la explica mucho mejor Bernado Atxaga en un artículo dedicado a Jorge Oteiza publicado en Jot Down Magazine, en mayo de 2019: https://www.jotdown.es/2019/05/in-memoriam-jorge-oteiza/

Viajo varias veces al año desde Pamplona a San Sebastián, pasando por la zona donde, cerca de Irurtzun, se levantan dos peñascos de las mismas características, dos torres de piedra que en castellano reciben el nombre de «Dos hermanas», y en lengua vasca Aizpitarte (‘entre dos rocas’). Para Oteiza es un ejemplo, un ejemplo más, de las diferencias entre la cultura latina, que nombra lo que ve, y la vasca, que señala lo que falta, la presencia de la ausencia, el vacío. Naturalmente, no importa que sea una fantasía, como fantasías son las estrellas anunciadoras de acontecimientos, las montañas de oro y, probablemente, los dioses a los que se reza en Agina, Arantzazu y todos los demás templos del mundo. Lo que importa es que, como los números raros que no designan nada real pero que permiten la existencia de todos los demás y, por lo tanto, su operatividad, el conglomerado metafísico que llevamos en la cabeza sirva para mantener en movimiento la rueda de la vida, de una vida con un nivel más alto de existencia, cada vez más bella y justa.

 
 

Mi barco es de papel

En el pequeño territorio de mi pueblo cabe un mar, una playa en la que todo empezó, un puerto para gente con dinero y otro para gente con gusto, un faro que ilumina los muchos kilómetros que recorro y un largo paseo que abarca todo eso y también lo que fue un balneario que sólo conocí en ruinas y a ratos añoro.

Ocurre que me suele atraer más lo que falta que lo que está, y por eso me sucede que por tener y amar todo esto que me rodea prefiero mil veces perderme en la montaña. Esto explica. estoy seguro, que tenga botas de monte en lugar de un barco que no podría mantener.

Nada me impide, no obstante, pensar en cómo es mi barco imaginado, el que se abre paso a veces entre los acantilados, corrientes y fiordos de mi cerebro. Y así sé que mi barco es de papel.

(c) visto en internet

A veces tengo la suerte de poder observarlo, forzando un poco la vista, desde alguna cima cercana a la costa. Apoyo entonces la mochila en el suelo, me olvido de la hora y la prisa y soy el mismo caminante ante un mar de niebla del óleo de Friedrich.

Y ahí, con la mente nublada como en las marinas inglesas, sólo tengo ojos para mi pequeña embarcación. Entro en un estado a medio camino entre la vigilia y el deseo en el que se abren los ojos invisibles.

Con ellos me gusta ver cómo navega mi barco de silueta infantil sobre el agua salada.

Contemplar que al paso, al nudo, … al impulso del viento se empapa la invisible quilla de papel de periódico, quizá de novela releída. Insensible al viento, gotas de mar salpican su vela latina.

Comprobar que ya deja atrás la distancia prudente a la que un niño que luego crecerá empieza a perder pie y preocupar a sus padres.

Y al  cabo de los días, húmedo, arrugado, firme, verlo cada vez más pequeño, aun en busca de la ballena blanca. Así, puedo sonreír por dentro con una punzada de orgullo: sigue, sigue velero mío, obstinado entre brumas extranjeras.

Extraño barco este, parece hecho para adorno: efímero, contingente y prescindible. Perfil de maqueta, apariencia de exvoto, color de acuarela, … pero calderas de sístole y diástole.

Porque, sí, mi barco es de papel, pero no de juguete.

 

 

Espadas como tallos. El Vignemale.

De vuelta del circo de Gavarnie, me hablaba mi compañero K. de la naturaleza y de quien en Polonia nació como Józef Konrad. Cada uno tiene sus preocupaciones (también yo) y parece ser que las suyas tenían que ver con la fuerza de los elementos naturales, señaladamente con las relacionadas con los océanos, pues no en vano él dedicó (he devoted…) parte de su vida laboral a la marina mercante inglesa en la cual, supongo, pasaría muchas tardes de tedio, como nos ocurre a los demás.

Me señaló entonces una flor que había logrado sacar su tallo, sus hojas y sus pétalos (no sé si en este orden, tal vez no) atravesando un muy estrecho hilo de tierra que quedaba entre dos adoquines de la acera. Fue ése el ejemplo que vino al caso de la lucha de elementos que nos rodea sin que seamos conscientes. Una lucha en la que, esta vez, la vida animada de una pequeña planta se imponía a la capa muerta con la que tantas veces nuestra cultura lamina la tierra que se nos dio.

Elementos (c) JR

Qué lucha sorda se desatara para que esa pequeña flor tuviera su sitio, qué azar la hizo victoriosa, qué memoria quedará de ella cuando un perro (otro elemento, al fin de la vida) orine sobre ella o la mordisquee, son contingencias que no conocimos en su momento, ni se nos darán a conocer.

Así nosotros, en número de seis y perteneciendo todos a la especie humana, hicimos cumbre en el Vignemale, a 3.298 metros sobre el nivel de un mar que un día Conrad (ya plenamente inglés, habiendo mutado la angulosa K por una sobria C en el inicio de su apellido) navegó.

Lo que va quedando de toda esa subida lo veo recogido en fotos y en conversaciones. Y en ellas es difícil ver, e imposible sentir, el cansancio, el peso de nuestros cuerpos, las dudas y el placer.  Faltan en esos relatos la circunstancias de temperatura, sudor, sufrimiento y suerte que me acompañan. La desconexión entre la voluntad y el movimiento de mis piernas. La conciencia de que nuestros huesos y músculos son parte de nuestra defensa, pero también pueden serlo del peso que haga mortal el golpe. El jadeo impuesto. La certeza desnuda de la evidente fragilidad del cuerpo humano en medio de un glaciar.

Me faltan incluso palabras y conceptos (tal vez es que me falta vocabulario o pensamiento) para poder describir lo que sucede esos días. Y no es que sean extraordinarios, es que creo que incluso lo ordinario es tan difícil que contar que no sé si vale la pena intentarlo.

el molde del vacío

Pérdida de pasos, y fin.

Uno nunca sabe cuándo se pierde, sino cuándo se ha perdido.

Pasa en el monte, vas andando, tal vez disfrutando del paisaje o a lo mejor amasando alguna preocupación – reciente, antigua, da igual – y cuando compruebas la ruta estás ya fuera de ella.

Sucede en algunas conversaciones, iniciadas con el propósito de obtener alguna ventaja, de vencer en un razonamiento y al cabo de unos minutos, quizá horas, te haces consciente de que te han llevado por derroteros de derrota.

Ocurre a veces con el hilo del libro que leo: salto algún párrafo confiado en su irrelevancia, pierdo el paso y tres capítulos después no reconozco el carácter de un personaje, pongamos que llamado Schnitzler (los libros con personajes alemanes son propicios al despiste)

Nunca he llegado a saber la finalidad de este blog, y quizá ése ha sido uno de sus principales intereses para mí. No todo es comprensible, razonable (¿verdad, Kahneman?) ni necesita serlo. Por mi parte, me alegro hasta el infinito de esta experiencia, lamento los malos entendidos aunque, por otra parte, la libertad de realizar interpretaciones divergentes es propia de toda literatura. Quién sabe qué queda de él en cualquier parte.

Volviendo atrás, tengo que suponer que en algún momento de los últimos meses dejé de pensar en la siguiente entrada. Al inicio, hace ya más de cuatro años, la regularidad quincenal era germánica (como dictadas por Schnitzler, ahora caigo) Después ha habido de todo, hasta quedar un último rastro de textos sincopados, como con hipo. ¿Qué más da?

No podría dar una explicación lógicamente perfecta de por qué está es la última entrada, al menos de esta etapa; es más, yo creo que ya queda explicado. A mí me queda un gusto de placer en el paladar y la intuición, sin más fundamento que el propio peso de su existencia, de que de una u otra manera, volveré.

Sin necesidad de mirar, recuerdo que en el primer escrito de este blog citaba la inspiración de Groucho, quien sin duda sería feliz en estos tiempos de absurdo y esperpento. En aquella ocasión hacia referencia a la volubilidad de los principios. Ahora, cerraré este círculo de nuevo bajo su amparo, diciendo que estoy seguro que todos ustedes comprenderán que cuando pasen de nuevo por esta dirección lo que van a leer o creer escuchar es un “perdonen que no me levante“.

Feliz año, feliz vida.

y… ez nekeak!

 

Nadie está en su sitio. Ascenso y descenso en el Monte Perdido.

Es más una certeza, tal vez una convicción, que algo puramente intuido: nadie está en su sitio. Y a veces añadiría “ni quiere estarlo“.

Mira la señora – casi siempre lo son – que primero barre y luego baldea el portal; al cruzar la línea de la calle igualmente cruza su mirada con el hombre de camisa arrugada que ese día pidió permiso para ir al médico, para contarle algo que no quiere, y que de nada valdrá. Esa mirada, encontrada otro día, a otra hora, en otro lugar, dejaría más limpia la salud del hombre, limpia como el portal barrido. Otra mujer, que nunca supo conducir, mira con asombro la maniobra de aparcamiento en la que un conductor roza limpiamente el coche de atrás.

Todos han salido de casa, de una casa, de la suya, de casa. El profesor piensa que las dos grandes preocupaciones de la humanidad han sido levantar casas para guardar cosas y averiguar cómo disimular los malos olores. De camino a la consulta lo piensa.

¿Es una casa, la casa, el sitio al que uno acaba volviendo? Yo creo que no, porque en tal caso la mía serían los Pirineos, a los que cada año acabo volviendo. Vaya donde vaya, también en estos montes, siempre me encuentro con gente que vuelve, que va en otra dirección. Nadie se está quieto. Nadie está en su sitio. Me pregunto si será que nadie ha llegado.

Ordesa (c) JR

Desde hace meses estaba dibujado el objetivo de este año; si el pasado fueron los Picos de las Infiernos, este año tocaba el Monte Perdido. Y es que, tras los infiernos, ningún otro sitio mejor para ir que alguno que esté perdido, como el paraíso y la infancia.

Dos días de ruta, el primero de Torla al Refugio de Góriz; el segundo, ya se vería. La previsión de lluvia ligera se cumple, y cargados más que nunca con las mochilas abrimos camino por Ordesa. En otras circunstancias, que deben darse por perdidas, recorrí parte de la misma senda hace muchos años, un día de verano. Nunca es uno el mismo que hizo igual camino antes, pues si lo hizo, desde entonces cambió, tal vez buscando un sitio, su sitio, el sitio.

Clavijas de Soaso (c) JR

La cascada de la Cola de Caballo, tras las gradas de Soaso, pone fin al paseo para turistas e ingenuos. Se plantea una decisión ya tomada de antemano; remontar la pared a través de las clavijas o superarla a través de “las zetas”, también llamadas senda de los mulos o de los machos. Subimos por las clavijas, hoy afortunadamente cadenas de herrería sólidamente arriostradas a la roca. Desde allí, como quien ha subido de división, queda un cómodo tránsito hasta el refugio de Góriz.

El refugio es viejo, feo y acogedor. Habitaciones en las que se apilan los que van de ida o de vuelta (el que está aquí tampoco está en su lugar), poca luz y ventanas mal cerradas. Tres pisos de literas corridas y tres platos en el menú de la cena. Demasiadas fotos de la escupidera nevada en las paredes y, tras la cena, duelo de ajedrez entre dos de nuestros compañeros. La vocación de las piezas, también aquí, es mudar de escaque; cuestión de supervivencia. Sigue leyendo

La ley leve de la gravedad (Picos del Infierno)

Hará cosa un año el hijo de uno de mis primos preguntó qué pasaba si se caía al suelo un bote de tomate concentrado. Tras un instante de suspense él mismo respondió que en tal caso el tomate perdería la concentración.

Caer o no caer suele ser una cuestión de resistencia, a veces de rebeldía: no en vano se trata de enfrentarse a la ley de la gravedad. Así visto, la norma tiende a provocar la caída porque confiere al suelo y al abismo el poder de atraer hacia sí cualquier realidad que no esté a ras de tierra.

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Vigía (c) JR

Esta lucha de contrarios sirve para explicar el intento de alcanzar una cima, de escalar una montaña. Este año se trataba de un segundo intento en los Picos del Infierno tras haber abandonado el año pasado en medio de una tormenta que nos hizo ser objetos perdidos.

Lesionado como había estado durante buena parte de la primavera por el desafío de un salto innecesario y su posterior caída, soy aún más cauto que de costumbre al calibrar mis posibilidades de éxito. Quizá por eso durante el ascenso desde Bachimaña me abismo pensando en cómo seré yo durante la subida, me concentro para encontrar cualquier rastro de amenaza. Me empeño en subir.

Mi cuerpo contiene mi energía, y pienso que si “mantener” – como escribe Erri de Luca – es un verbo precioso que significa tener en la mano, “contener” también lo es porque dice que mi fuerza está con mi cuerpo. Pienso también en la posibilidad de caer, en la necesidad de resistir con mi levedad el dictado de la gravedad.

Se suceden los hitos, cruzamos con crampones un primer nevero y rebasamos la cota que el año pasado alcanzamos. Enseguida estamos en el collado: el ibón y el Pico de Tebarray a la derecha, los Infiernos por la cresta de la izquierda.

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Tebarray (c) JR

Trepar concentrados, ser animales que emplean pies y manos para vencer la altura. Hasta que llegamos a un nuevo nevero que parece sin estrenar. Remontarlo ofrecerá el premio de alcanzar el inicio del último tramo. Con cuidado, en alerta a nuestro equilibrio y al de quien nos precede y al de quien nos sigue; el resbalón de uno sería el de los cinco, ya que aunque avancemos como individuos pertenecemos a un mismo equipo.

El premio resulta ser un desafío, un nuevo punto de partida. Cruzamos la cresta y a nuestra izquierda se abre una senda mínima, una faja pegada a la montaña con pasos estrechos que nos hacen elegir piedra antes que vacío y, así, vencer el cuerpo hacia la montaña. Las mochilas abultan nuestro perfil y ocupan más de lo que quisiéramos. Tropezar, resbalar, deslizarse podría ser grave, así que en ese trecho nuestros sentidos son más agudos. De nuevo rebasamos cotas alcanzadas, esta vez en exigencia. A veces notamos leves mareos, quizá pequeños desarreglos en la tensión que no podemos considerar graves.

La montaña es individual, primera persona del singular. Pienso de nuevo en Erri de Luca, descubierto este año, que dice que dos no es el doble, sino el contrario de uno, y con ello escribe 18 cuentos y un poema. En algunos pasos las decisiones (tal vez los deseos o las intuiciones) no coinciden y elijo trepar un poco más a la izquierda que el resto. Ya nos reuniremos más arriba. Mi camino resulta esta vez acertado y progreso hacia la pirámide que protege la cima. Un poco más arriba, con mis compañeros a la vista, giro a la derecha sin saber muy bien qué busco. Contemplo la espalda del Garmo Negro, mis pensamientos vuelan y pasa el tiempo.

Me vuelvo esperando ver al resto y no hay nada ni nadie. Debo haberme quedado dormido, traspuesto, concentrado, extasiado. Pero son casi 3.000 metros y no parece conveniente quedarse solo. ¿En qué momento he dejado el camino marcado?

En este caso, la dirección es clara. Se trata de subir lo más alto posible, da igual por dónde. La meta está arriba. Y así, perdido, me encuentro con las sensaciones de ser yo, de no tener nada, de respirar, sentir los latidos de mi corazón y buscar solamente el siguiente apoyo. Es la paz que ofrece la montaña, el paraíso (de estar) perdido.

Al cabo de un rato, que se revela corto al acabarse, los pequeños puntos de la expedición aparecen más abajo y reestablecemos contacto visual. Ya da lo mismo por dónde subir, nos veremos arriba. Percibo la extrañeza de ir el primero hacia la cumbre estando en peor forma que el resto. Pero lo acepto. Llegaré yo solo, aunque haya subido acompañado.

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Pico Occidental (3.073 metros)

La cima del Pico Occidental (3.073 metros) decepciona como lo suelen hacer los logros. Puedo saber que es la cumbre porque alguien lo dice, pero no hay símbolos, hitos ni placas que confirmen, salvo una piedra humildemente dedicada a la paz mundial. La cima del Pico Occidental (3.073 metros), no obstante, compensa con creces la subida porque mientras estoy en ella, es el centro mismo de los Pirineos y, por tanto, el mejor observatorio del mundo conocido.

Ya agrupados disfrutamos del primer objetivo de la jornada, casi cinco horas después de haber iniciado la marcha. Tampoco hay tiempo para mucho más: hay que cruzar con cuidado la Marmolera, asombrarse de su patio y alcanzar el Pico Central (3.082 metros). A diferencia de lo que sucede con otras experiencias, obtener una nueva satisfacción en tan corto espacio de tiempo (apenas unos minutos) no supone doblar el placer sino sólo un ligero incremento del mismo.

Decidimos que es la hora de bajar. La ruta elegida es la del collado de Pondiellos, más pendiente y más breve que la que hemos traído. Elegir camino, en parte por la existencia de neveros, no resulta sencillo. Optamos por la izquierda y, cada vez más a la izquierda, hasta llegar a una canal estrecha. Pienso que si está ahí es porque es posible descenderla, y me pongo a la tarea abriendo camino. Cada escalón resulta complicado y no mido bien la dificultad, sólo pienso en que más adelante será un poco más sencillo. Algún paso es difícil y lo celebro con resbalones, forzando más de lo necesario. Me parece más sencillo continuar que reconocer el error y deshacer el camino; demuestro que la perseverancia no siempre es una virtud.

Llego abajo, al último nevero de la jornada y grito hacia arriba que no es buen camino. Para mí pienso que el retroceso hubiera sido una buena opción. Los demás dan la vuelta.

Convencido de haber hecho lo más difícil, de nuevo me pongo los crampones y empiezo a perder altura poco a poco, buscando llegar a la huella que atraviesa la extensión de nieve. Sin llegar a avanzar demasiado pierdo concentración y apoyo y resbalo: me deslizo y me detiene el impacto de mis botas contra una roca. Trato de remontar para recuperar el piolet perdido y vuelvo a resbalar; consigo un nuevo golpe en el mismo sitio, un poco más doloroso esta vez.

Y me quedo allí, náufrago en una pequeña isla de rocas, rodeado de nieve.

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Negra espalda del Garmo (c) JR

Como un buque fuera de ruta, Robinson avista una montañera que se acerca y presta sus bastones para una tercera intentona que esta vez, siquiera sea por el orgullo, resulta fructífera. Ya solo me queda atravesar el nevero y esperar la reunión con mis compañeros.

A partir de entonces sólo queda bajar y bajar. Descender, rendirse a la fuerza de la gravedad para volver a tierra firme y asumir de nuevo la rutinaria condición de ciudadano. El descenso es muy largo y sólo lo distrae la necesidad de buscar los hitos que señalen el regreso y el dolor creciente en el tobillo.