La ley leve de la gravedad (Picos del Infierno)

Hará cosa un año el hijo de uno de mis primos preguntó qué pasaba si se caía al suelo un bote de tomate concentrado. Tras un instante de suspense él mismo respondió que en tal caso el tomate perdería la concentración.

Caer o no caer suele ser una cuestión de resistencia, a veces de rebeldía: no en vano se trata de enfrentarse a la ley de la gravedad. Así visto, la norma tiende a provocar la caída porque confiere al suelo y al abismo el poder de atraer hacia sí cualquier realidad que no esté a ras de tierra.

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Vigía (c) JR

Esta lucha de contrarios sirve para explicar el intento de alcanzar una cima, de escalar una montaña. Este año se trataba de un segundo intento en los Picos del Infierno tras haber abandonado el año pasado en medio de una tormenta que nos hizo ser objetos perdidos.

Lesionado como había estado durante buena parte de la primavera por el desafío de un salto innecesario y su posterior caída, soy aún más cauto que de costumbre al calibrar mis posibilidades de éxito. Quizá por eso durante el ascenso desde Bachimaña me abismo pensando en cómo seré yo durante la subida, me concentro para encontrar cualquier rastro de amenaza. Me empeño en subir.

Mi cuerpo contiene mi energía, y pienso que si “mantener” – como escribe Erri de Luca – es un verbo precioso que significa tener en la mano, “contener” también lo es porque dice que mi fuerza está con mi cuerpo. Pienso también en la posibilidad de caer, en la necesidad de resistir con mi levedad el dictado de la gravedad.

Se suceden los hitos, cruzamos con crampones un primer nevero y rebasamos la cota que el año pasado alcanzamos. Enseguida estamos en el collado: el ibón y el Pico de Tebarray a la derecha, los Infiernos por la cresta de la izquierda.

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Tebarray (c) JR

Trepar concentrados, ser animales que emplean pies y manos para vencer la altura. Hasta que llegamos a un nuevo nevero que parece sin estrenar. Remontarlo ofrecerá el premio de alcanzar el inicio del último tramo. Con cuidado, en alerta a nuestro equilibrio y al de quien nos precede y al de quien nos sigue; el resbalón de uno sería el de los cinco, ya que aunque avancemos como individuos pertenecemos a un mismo equipo.

El premio resulta ser un desafío, un nuevo punto de partida. Cruzamos la cresta y a nuestra izquierda se abre una senda mínima, una faja pegada a la montaña con pasos estrechos que nos hacen elegir piedra antes que vacío y, así, vencer el cuerpo hacia la montaña. Las mochilas abultan nuestro perfil y ocupan más de lo que quisiéramos. Tropezar, resbalar, deslizarse podría ser grave, así que en ese trecho nuestros sentidos son más agudos. De nuevo rebasamos cotas alcanzadas, esta vez en exigencia. A veces notamos leves mareos, quizá pequeños desarreglos en la tensión que no podemos considerar graves.

La montaña es individual, primera persona del singular. Pienso de nuevo en Erri de Luca, descubierto este año, que dice que dos no es el doble, sino el contrario de uno, y con ello escribe 18 cuentos y un poema. En algunos pasos las decisiones (tal vez los deseos o las intuiciones) no coinciden y elijo trepar un poco más a la izquierda que el resto. Ya nos reuniremos más arriba. Mi camino resulta esta vez acertado y progreso hacia la pirámide que protege la cima. Un poco más arriba, con mis compañeros a la vista, giro a la derecha sin saber muy bien qué busco. Contemplo la espalda del Garmo Negro, mis pensamientos vuelan y pasa el tiempo.

Me vuelvo esperando ver al resto y no hay nada ni nadie. Debo haberme quedado dormido, traspuesto, concentrado, extasiado. Pero son casi 3.000 metros y no parece conveniente quedarse solo. ¿En qué momento he dejado el camino marcado?

En este caso, la dirección es clara. Se trata de subir lo más alto posible, da igual por dónde. La meta está arriba. Y así, perdido, me encuentro con las sensaciones de ser yo, de no tener nada, de respirar, sentir los latidos de mi corazón y buscar solamente el siguiente apoyo. Es la paz que ofrece la montaña, el paraíso (de estar) perdido.

Al cabo de un rato, que se revela corto al acabarse, los pequeños puntos de la expedición aparecen más abajo y reestablecemos contacto visual. Ya da lo mismo por dónde subir, nos veremos arriba. Percibo la extrañeza de ir el primero hacia la cumbre estando en peor forma que el resto. Pero lo acepto. Llegaré yo solo, aunque haya subido acompañado.

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Pico Occidental (3.073 metros)

La cima del Pico Occidental (3.073 metros) decepciona como lo suelen hacer los logros. Puedo saber que es la cumbre porque alguien lo dice, pero no hay símbolos, hitos ni placas que confirmen, salvo una piedra humildemente dedicada a la paz mundial. La cima del Pico Occidental (3.073 metros), no obstante, compensa con creces la subida porque mientras estoy en ella, es el centro mismo de los Pirineos y, por tanto, el mejor observatorio del mundo conocido.

Ya agrupados disfrutamos del primer objetivo de la jornada, casi cinco horas después de haber iniciado la marcha. Tampoco hay tiempo para mucho más: hay que cruzar con cuidado la Marmolera, asombrarse de su patio y alcanzar el Pico Central (3.082 metros). A diferencia de lo que sucede con otras experiencias, obtener una nueva satisfacción en tan corto espacio de tiempo (apenas unos minutos) no supone doblar el placer sino sólo un ligero incremento del mismo.

Decidimos que es la hora de bajar. La ruta elegida es la del collado de Pondiellos, más pendiente y más breve que la que hemos traído. Elegir camino, en parte por la existencia de neveros, no resulta sencillo. Optamos por la izquierda y, cada vez más a la izquierda, hasta llegar a una canal estrecha. Pienso que si está ahí es porque es posible descenderla, y me pongo a la tarea abriendo camino. Cada escalón resulta complicado y no mido bien la dificultad, sólo pienso en que más adelante será un poco más sencillo. Algún paso es difícil y lo celebro con resbalones, forzando más de lo necesario. Me parece más sencillo continuar que reconocer el error y deshacer el camino; demuestro que la perseverancia no siempre es una virtud.

Llego abajo, al último nevero de la jornada y grito hacia arriba que no es buen camino. Para mí pienso que el retroceso hubiera sido una buena opción. Los demás dan la vuelta.

Convencido de haber hecho lo más difícil, de nuevo me pongo los crampones y empiezo a perder altura poco a poco, buscando llegar a la huella que atraviesa la extensión de nieve. Sin llegar a avanzar demasiado pierdo concentración y apoyo y resbalo: me deslizo y me detiene el impacto de mis botas contra una roca. Trato de remontar para recuperar el piolet perdido y vuelvo a resbalar; consigo un nuevo golpe en el mismo sitio, un poco más doloroso esta vez.

Y me quedo allí, náufrago en una pequeña isla de rocas, rodeado de nieve.

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Negra espalda del Garmo (c) JR

Como un buque fuera de ruta, Robinson avista una montañera que se acerca y presta sus bastones para una tercera intentona que esta vez, siquiera sea por el orgullo, resulta fructífera. Ya solo me queda atravesar el nevero y esperar la reunión con mis compañeros.

A partir de entonces sólo queda bajar y bajar. Descender, rendirse a la fuerza de la gravedad para volver a tierra firme y asumir de nuevo la rutinaria condición de ciudadano. El descenso es muy largo y sólo lo distrae la necesidad de buscar los hitos que señalen el regreso y el dolor creciente en el tobillo.

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La sabiduría

El maestro está en su celda, pequeña como corresponde a su humildad. Apenas una lámina de corcho en la que pasa las noches en que no vela, un tablero que hace de mesa y un ventanuco que ayuda a la ventilación. Tres o cuatro pergaminos enrollados. El maestro, que se encuentra meditando, desprende un olor acre que demuestra que sabiduría e higiene no siempre van de la mano. Sigue leyendo

Melancolía, 7 (buhardilla sin vistas)

“… de un barco a la deriva, que viene de la nada y va a ninguna parte…”

Mi relación con la música, como el patio de mi casa si lo tuviera, es particular. Lejos de la capacidad de almacenar nombres de grupos o letras o melodías, he sido siempre más un aficionado de corte obsesivo: pocas referencias, pero insistentes. Envidio a quienes disponen de enormes bibliotecas musicales en sus discos duros o a quienes conocen más del 20% del cartel de los festivales de verano.

En esa relación compulsiva hay canciones que se meten en mi cabeza y se quedan instaladas durante mucho tiempo. Las oigo una y otra vez, trato de conocer su origen y su significado, los mitos que las rodean. No puedo presumir de originalidad: “Brilliant disguise“, “Still loving you“, “Son cuatro días“, “Calle Melancolía“.

Mi relación con esta última se remonta a algún verano de hace mucho tiempo, en el escenario del post “Intercambio de parajes“, y creo deberla a la mayor de mis primas (MJ) que por aquél entonces estaría en el estrecho de Gibraltar en que se mezclan las aguas de la adolescencia y la juventud. Entonces yo apreciaba poco más que unas rimas fáciles: “melancolía”, “alegría”, “tranvía” y “melodía” de un tío que no se podía (“podía”) cambiar de casa por impuntual.

Con el tiempo y las mareas la voz cascada de Sabina fue tomando posiciones. Cuando hoy oigo su tono en álbumes viejos aprecio más su timbre actual, el de una persona más satisfecha y cómoda, que hasta permite que otros le escriban sus letras y que sigue sin encontrar un peluquero que no le maltrate. A veces me parece secuestrado por su personaje y, desde luego, prefiero la letra de sus canciones a las de sus entrevistas. Y envidio (otra envidia más en esta entrada) la enorme librería colmada de títulos de su salón.

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Melancholy and Mystery of a Street. Giorgio de Chirico (1914)

Calle Melancolía“, en su momento lo busqué, entronca con un poema de Vinicius de Moraes “Rúa de amargura” que acaba así: Sigue leyendo

Indicios de Masa Corpral en la Autorute des Pyrénées

En ese tramo de la A-64, la Autorute des Pyrénées, muchas de las áreas de servicio tienen nombre compuesto. No sé a qué se debe atribuir ese hecho: no creo que sea necesidad de enfatizar, ni tampoco indecisión. Por lo que yo conozco del carácter francés no se deberá al interés de contentar dos extremos ni tampoco al fin de tener que enfatizar alguno de ellos; suelen ser gente directa, asertiva, clara y a veces un tanto áspera.

En realidad, me da igual ese motivo, no viene al caso.

La cuestión, en cambio, es que mientras un pequeño desorden de partículas de polvo y polen flota y no termina de asentarse en una de esas áreas de servicio, llega una furgoneta de color blanco que estaciona junto a las mesas de pique-nique. Imposible aparcar más cerca.

Se abren las puertas laterales y en perfecta secuencia descienden las tres generaciones de una familia que ha cruzado la frontera en pos de unos días de vacaciones.

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L’aire (c) JR

Sin duda, comparten apellidos, horas de barbacoa y juicios de valor. Una suerte de uniforme orgánico crea un efecto de armonía: todos ellos superan en un 20 ó 25% el Índice de Masa Corporal recomendado, por lo que en un reconocimiento de salud laboral el médico de la Mutua les propondría con desgana alguna medida de reforma. Sigue leyendo

8.000 metros de invierno

La noticia es reciente: el viernes pasado Simone Moro, el vizcaíno Alex Txikon, el paquistaní Ali Sapdara alcanzaron por primera vez la cima del Nanga Parbat en invierno. Una mujer, la italiana Tamara Lunger se quedó a pocos metros de la cumbre, que es quedarse a años luz de la gloria.

Las reseñas hablan de noches pasadas a 7.200 metros, de la ayuda de los meteorólogos, de fracasos anteriores y de quienes iniciaron estas ascensiones en los años 80, que no fueron otros que los polacos Jerzy Kukuczka y Krzysztof Wielicki (por alguna razón, los nombres de los alpinistas suelen ser de magnífica resonancia)

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(c) Diario El País

Lo que yo pienso es que estos esfuerzos van contra toda lógica y son un afán inútil, peligroso y absurdo. En el mismo grado resultan hermosos y admirables. Más que los músculos del cuerpo son los nervios del espíritu los que deben guiar el esfuerzo humano hasta estas hazañas. Sigue leyendo

Pequeño “in memoriam”

Cuando nos volvimos a encontrar me dijiste que íbamos a hacer grandes cosas, y quedamos emplazados para una comida cuando se cumpliera un año de tu previsión. Te dije que si realmente lo conseguíamos pagarías tú. Pero ya no vas a acudir a la cita, no puedes.

No han sido tantos meses desde entonces, demasiados pocos hasta esta separación dura e inesperada. Se han quedado cortos los cafés compartidos y en las listas de proyectos que manejábamos en ese inicio aún quedan muchas líneas sin el característico “√” con el que indicabas la consecución del objetivo.

Este sitio desde el que te escribo, que yo concibo como privado pero que no deja de ser un ventanuco abierto a cualquier curioso o indiscreto, es el que elijo para este pequeño, mínimo, inapreciable homenaje. Sigue leyendo

Yo, japonés

Hoy he querido ser japonés, o simplemente oriental. Me he cruzado en la calle con uno de ellos acompañado de su hija y he sentido la envidia en el centro del estómago. Iban hablando y yo no he podido entender nada y me ha venido ese deseo.

Mi facilidad para los idiomas se manifiesta de manera mucho más clara en la capacidad de imitar el acento propio de cada uno que en la aptitud de interiorizar su gramática. Así, como suele suceder, lo que he podido expresar en esas lenguas mal aprendidas nunca ha podido ser muy complejo.

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Tal vez por eso me sucede que cuando observo – con prudencia – conversaciones en otro idioma tiendo a pensar que quienes lo hablan no pueden tener grandes preocupaciones; nada que les apremie ni les apriete. Sigue leyendo