La trazada de la curva

No sabría explicarte cómo ir a esta playa. Ésta no es la playa de mi infancia, adolescencia y juventud; ésta es una playa que conocí más tarde, ya casi a punto de casarme, y por ese mismo motivo. Es, por tanto, la playa de otras familias, de otras personas que hoy siguen llamando a los sitios (terrazas, tiendas, restaurantes, …) por los nombres que tenían cuando ellos los conocieron.

A esta playa hay que ir en coche. Se puede ir andando, pero resulta un poco lejos. Y yo no sé explicarte el camino, pero sé que al final siempre hago el mismo y que llego sin problemas. Las calles, los cruces, los solares y las señales de tráfico de este lugar están desordenados, a medio hacer en algunos casos.

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Me gustaría explicarte dónde se se encuentra esa curva a la que aún no tengo tomada la medida. Está en una zona en la que pareces haber salido de la zona urbanizada del pueblo: durante unos cientos de metros la carretera sin arcén discurre entre casas aisladas, pequeños huertos, supongo que con naranjos, olivos o azahar, y algún chalet con piscina, obra de los buenos tiempos en Levante.

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Pilotos en la tormenta

“Pilotos en la tormenta” es una traducción libre de “riders on the storm”. Y “riders on the storm” fue el título que libremente elegí hace tiempo para contar en este blog mi primera ascensión a un tresmil en Pirineos (así, sin artículo determinante) Hace pocos días llegaron a mi buzón varios ejemplares de la revista “Pyrenaica”, de la Federación Vasca de Montaña, con un artículo mío basado en aquella entrada. Aquí está:

Pyrenaica

Pyrenaica

Tras llevar dos años publicando solo en internet, reconozco que ver mi escritura en una revista como esta me produce satisfacción y me produce, también, deseos de volver a este blog. Hace ya más de dos años que realicé esa subida y, precisamente ahora, estoy preparando la expedición de este año que, como la del Garmo Negro, parte de los Baños de Panticosa.

Puedo decir que mi afición a la montaña tiene dos fases y siempre tengo la sensación de haber llegado tarde a cada una de ellas. El primer contacto pirenaico lo tuve en campamentos juveniles, cuando ya muchos de los que iban habían subido la mayoría de los montes que nos rodeaban. El placer que encontré, las nuevas unidades de medida, el renovado sentido del esfuerzo y la distancia del asfalto me abrieron los ojos a muchas nuevas perspectivas.

La segunda fase data de hace pocos años y se debe en gran parte a las limitaciones para hacer otros deportes (es éste, el de las limitaciones, uno de los temas que siempre anida en lo que cuento) Volví a las botas de monte con cierta humildad y en ellas he ido ascendiendo cotas cercanas primero y más lejanas después. No aspiro a grandes cimas, y mi satisfacción radica en disponer de una afición que, a su vez, me brinda momentos de belleza y orgullo satisfecho.

Aún así, toda afición tiene algo de adicción y tortura. Alegremente entregué mi deseo al monte con la expectativa de disfrutar, y esa entrega a veces discurre por caminos propios y casi ajenos a mi deseo. Sigue leyendo

Algunos días de Pascua

A veces se repartía una bolsa grande de cacahuetes, como de kilo. Llegábamos a casa de mis abuelos tras un viaje muy largo. Ochocientos kilómetros de los de entonces era una tirada muy muy larga, aunque mi padre fuera capaz de hacerlos sin pestañear, acompañado en su soledad de conductor de un paquete de Ducados y de los casettes de Camarón cuando los demás dormíamos.

Los cacahuetes, en su enorme bolsa, los recuerdo de alguna vez que la Semana Santa caía tarde y coincidía con el cumpleaños de mi hermano pequeño y por eso los llevábamos. Mis primos mayores eran los encargados de repartirlos: hacían una fila, abrían la bolsa (grande, con los frutos secos ya sin cáscara) y nos los iban dando en la mano. Estaban salados.

 

Caserío de Salamanca (c) JR

Caserío de Salamanca (c) JR

Durante esos días de vacaciones en el “Caserío de Salamanca” (así rezaba el enorme portón de la entrada, pero no era lo que yo, en lo que ellos llamaban “el Norte”, entendía por un caserío, y, desde luego, no estaba en Salamanca) el tiempo daba mucho de sí. Mis primos eran inquietos y bastante independientes, acondicionaron un establo como Club y pintaron sus siglas en la puerta verde de madera (“C.P.R.”) En el Club había tebeos, libros de trucos para espías (ya he dicho que mis primos tenían sus inquietudes), juegos de mesa y un olor peculiar. Creo que por dentro lo pintaron ellos. Para cuando nosotros llegábamos, ya solía estar todo hecho. Hicieron también un reloj de sol en una pared exterior. Así, es normal que luego encaminaran sus pasos a la arquitectura, la ingeniería, la construcción. Gente apañada, no como yo.

Íbamos a las procesiones entre las calles de pequeñas casas encaladas. Ellos participaban a veces en el lavatorio de los pies. El cura del pueblo (grande, redondo, de color rojo) representaba esa escena del Jueves Santo lavando los pies en el altar a un grupo de niños. Había que ir con los pies ya lavados, claro. A mí no me tocó nunca, no sé si iba por edades o es que había que ser más del pueblo de lo que yo era, que venía de lejos. Sigue leyendo

Un área de servicio

Yo lo hacía durante un tiempo, pero poca gente más conozco que disfrute triturando galletas enteras en la boca. Lo mas normal es mordisquearlas, trocearlas o, en definitiva, hacerlas cachitos para poder comerlas. En cualquier caso, ¿qué más dará?: enteras o a trozo el sabor es el mismo y, sin embargo, ¿quién compraría un paquete de galletas sabiendo que están rotas?

Comprar es siempre un acto de poder, y quien reconociera comprar galletas hechas migas estaría diciendo al mundo que carece de poder, que apenas es capaz de hacer fuerza y defender su posición. ¡Qué vulgar sería, por ejemplo, comprar las cápsulas de Nespresso en el ultramarinos, junto con puerros y patatas en lugar de adquirirlas en tiendas exclusivas de la marca! Puede defenderse que el objeto comprado es el mismo, sí, pero la experiencia de compra no tiene punto de comparación. El café de ningún modo tendría el mismo sabor. Y la bolsa no sería igual.

Hay quien como yo, experimenta este tipo de sensaciones en las áreas de servicio de las autopistas. Son aparentemente “no-lugares” que bajo una asepsia indolora crean la fantasía de ser un oasis en medio de las arenas de asiáticos desiertos. En estos “no-lugares”, en los que es posible que un cocinero de gorro erecto atienda el autoservicio, uno puede encontrar pequeñas bolsas de patatas o de frutos secos que siendo la mitad del tamaño habitual, doblan sin inmutarse su precio. Relucientes refrescos de valor estelar, diminutas botellas de vino, bocadillos y manjares recalentados cuyo consumo exige gesto serio y compostura. Yo he visto gente con cara de estar dándose un banquete en algunas áreas de servicio, con platos que superan, sin duda, su mejor comida de los domingos.

Pero a mí me atraen, es más, diría que me fascinan. Aparcas el coche bajo un sol de injusticia y al traspasar la puerta entras en un mundo de temperatura atemperada, en el que productos regionales, revistas fantásticas y largas hileras de bolsas y tubos de patatas fritas se cuadran de manera displicente, examinando si eres suficiente o no para poder comprarlas.

Son mundos felices, en los que los niños (alfredos, álvaros, martines, marías, …) corretean a sus anchas ensayando sus futuras compulsiones de compra, centros comerciales para debutantes y para quienes disfrutan pagando más por menos.

Dos galletas

Dos galletas para ti

Hay que ser Sigue leyendo

Épica o estética

Hace más o menos un año publiqué “Riders on the storm“, una entrada en la que contaba mis emociones con relación a la subida al Garmo Negro, mi primer 3.000 pirenaico. Debiera releerla para hablar con propiedad, pero es tarde y ni me apetece ni me hace mucha falta. En aquella ocasión, mi vivencia fue cercana a la épica: iba con poca seguridad, con pronóstico de tormentas, crampones y piolet por primera vez, y, realmente, sin el optimismo de mis acompañantes me hubiera quedado en casa. La experiencia fue magnífica, dura pero satisfactoria, una exploración por los límites de las creencias y la fuerza física.

Este año he vuelto a Pirineos. Esta vez ha sido el Taillon, 3.144 metros con nieve y crampones también. Una subida más asequible por la altura del punto de partida y el propio relieve de la etapa. Además, las segundas veces carecen de la incertidumbre de las primeras y permiten menos implicación. Así suele ser.

Pasar (c) JR

Pasar

Por eso, esta vez no he subido tan pegado ni a la tierra ni a la piedra. Tenía la sensación de ver los Pirineos desde la órbita terrestre, como si desde antes de empezar el día hubiera salido propulsado hacia el espacio y tras hacer una curva en la ionosfera hubiera girado para ver los montes desde lo alto. Y desde arriba todo tiene una forma más redonda, que, tal vez por ello, me recordaba a D., que fue quien nos atendió en nuestra llegada al Albergue la noche anterior. D. es de esas pocas personas que sabe combinar una camiseta de tirantes con unas mallas y un calzado de cierto tacón. La camiseta, de color azul, ofrecía sus curvas de manera sensible y generosa como su sonrisa, y fue también la que nos despidió de camino a otra curvas, las del puerto que nos llevaba al punto de partida. Sigue leyendo

El Bazar de las especies

He oído hablar algunas veces de la relación que hay entre el agua y el origen de la vida. En esta materia, no obstante, más que las publicaciones científicas, mi referencia es “Érase una vez el hombre” y, en concreto, las imágenes que daban inicio a cada capítulo en las que se resumía en unos segundos la historia de la Humanidad. En una de las primeras escenas, creo recordar, se veía como de una masa de agua verde salía un reptil indefinido, algo así como un renacuajo. Después el animalillo evolucionaba en formas cada vez más complejas hasta llegar al homo sapiens erguido sobre dos patas: a partir de ese momento, por cierto, comenzó para el hombre el riesgo de caerse.

¿la naranja original? (c) JR

¿La naranja original? (c) JR

El origen de la vida… me parece un tema inquietante del que, por lo tanto apenas voy a hablar. Sólo para decir que a veces se ha adueñado de mí la intuición de que todas las formas de vida tenemos mucho en común y que, por lo tanto, quizá lo de ser “humanos” no sea algo tan diferencial como parece a simple vista. ¿Quién no se ha sentido alguna vez formando parte de un hormiguero observado desde lo alto por científicos de bata blanca y alma oscura?, ¿no habéis tenido nunca la sensación de que las cosas más normales, como la ropa, el telediario o incluso el lenguaje no son más que idioteces sin sentido?, ¿o de que detrás de la sofisticación de los cristales Swarovski, la lycra o la cocina en miniatura no se esconde más que una especie animal caracterizada por la soberbia y la inconsciencia? Yo sí: nacer, crecer, aprender a andar y a evitar las caídas, correr, buscar un lugar en la vida, … ¿eso somos?

Sólo humanos o sólo animales… Ignoro por completo si los renacuajos se plantean dilemas como éste, o si las hormigas, en los días de viento sur, rumian la idea de hacer ellas solas un viaje a otra ciudad. Tal vez eso nos diferencie y, entonces, el hecho de haber pasado yo unos días  solo en otro lugar me haga más humano. Dudo de que en el reino puramente animal (en el mineral es seguro que no) sus especies sean capaces de “hacer un see you” (ver a este efecto la sexta entrada de este blog)

Lecho y cauce (c) JR

Lecho y cauce (c) JR

Algo así pensaba yo tumbado boca arriba en la piscina de flotación de los Baños Árabes de C. (los brazos doblados y las manos bajo la nuca). Ayudado de mi crónica miopía y mecido por luces, borrosas para mí, y por la música ambiental, pensé que no era fácil para otros insectos llegar a estos niveles de complejidad vital que supone disfrutar el placer espiritual que proporciona la combinación del calor con la prudente observación de cuerpos, comportamientos y bikinis presuntamente humanos en toda su inabarcable diversidad.

Ya era de noche cuando dejé los Baños para dirigirme a cenar a las Bodegas M. Y no faltaba demasiado para el día siguiente cuando dejé a la pareja de italianos de la mesa contigua con due vasoss, uno con hielo “e una bottiglia di whisky, prego” y salí a la calle. Tenía que llegar al hotel, pero preferí no mirar el plano. En las calles por las que anduve no había nada: ni ruidos, ni coches, ni gente, … parecía un lugar que no existiera, y yo estaba allí, sin que nadie más en el mundo pudiera saber exactamente dónde me encontraba, ni siquiera yo mismo.

Por primera vez en mucho, muchísimo tiempo, sólo oía el leve sonido de mis pasos al andar, y deseé estar todavía muy lejos de mi destino. Sigue leyendo

Volver es viajar

Mientras esperaba a que saliera el recibo del pago con tarjeta cogí dos caramelos, buscando que al menos uno fuera de menta. Guardé los dos en el bolsillo porque no tenía intención de comerlos, ni en ese momento, ni más adelante. Es un pequeño homenaje a la memoria de cosas que ya no pasan. Cuando mi padre me llevaba a cortarme el pelo junto al río Gobelas, siempre me ofrecían caramelos. Mi padre hablaba con familiaridad a los peluqueros, con la familiaridad que yo entonces atribuía a todo trato entre personas adultas. El corte de pelo, siempre igual, con raya a un lado, se me hacía eterno mirando los espejos, los frascos y los peines sobre las repisas. Con algún año más, pensaba que en algún momento, elegiré otro corte diferente, quizá alguno que me dejara como cuando estaba a medio cortar, con el pelo húmedo, así me veía bien.

Azotea CBA (c) JR

Azotea CBA (c) JR

Es un pensamiento recurrente que me acompaña en cada visita a la peluquería, y me pasa también aunque tenga prisa porque me voy a pasar el fin de semana fuera. Con el tiempo y mucha concentración he logrado contestar de manera diferente a la pregunta de cómo quiero el corte. Suelo decir “no, con raya no, hacia atrás tampoco” (qué horror!) y vengo a decir algo así como “un poco más corto por los lados y por arriba (pausa y gesto indefinido con la mano sobre la cabeza) …” y una peluquera dice “¿revuelto?”, otra sugiere “¿como despeinado?” y alguno propone “¿informal?” y yo siempre contesto que sí porque, la verdad, soy de esos que casi siempre dicen que sí. Luego, cuando acaban y ponen el espejo por detrás para que vea cómo ha quedado, yo pongo cara de aprobación, aunque por dentro nunca me termine de gustar y más cuando ya no hay duda de que esa claridad que abre en la coronilla no es un defecto de peinado ni algo que se pueda olvidar; no: es una realidad emergente o, más bien, claramente emergida. También el viernes pensé en las mismas cosas mientras hacía cálculos sobre  lo máximo que podían tardar en cortarme para no llegar apurado al autobús, no me gusta tener el tiempo muy justo cuando voy de viaje (puede ser cosa de familia, o tal vez de carácter, o a lo mejor las dos cosas son los mismo) Sigue leyendo