Llama Lola

El trabajo era aburrido; el sueldo, espléndido; el edificio, una ruina. A veces hacía sol.

Algunos días yo volvía a casa satisfecho, con ese contento íntimo que me daba pensar que era un infiltrado silencioso en escenas originalísimas que un día habría de escribir, tal vez novelar.

Las máquinas de escribir, las llamadas, el pasar de hojas y el posar de sellos engomados creaban un ritmo hipnótico, extático: un mantra que nos llevaba a los pocos empleados en estado de trance por las orillas del río, por decir algo, Ganges.

Archivística básica

Archivística básica (www.todocoleccion.net)

En medio de aquel hastío, sin embargo, a veces llamaba Lola, a veces salía el sol.

Lola llamaba al único número del que disponíamos. La secretaria, al reconocerla, subía dos octavas su voz de flautín. Saludaba con medido afecto, tapaba con la mano el auricular y entonces gritaba a la directora: “llama Lola”. El grito traspasaba la mampara baja con perfil de aluminio.

Esas palabras alteraban el ritmo del día. La directora se aclaraba la voz, abandonaba otra vez la tarea y tras dejar sonar dos tonos atendía la llamada con satisfacción desenfadada. Los demás atiesábamos las orejas y estirábamos las vértebras, había llamado Lola.

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Oro, plata y Navidad

“…A sus agujeros, nidos y madrigueras se dirigían todos los animales del Bosque de Haule.
Era medianoche, y en las copas de los viejísimos y gigantescos árboles rugía un viento tempestuoso. Los troncos, gruesos como torres, rechinaban y gemían” 
(La historia interminable. Michael Ende)

Algo así es lo que viene sucediendo Navidad tras Navidad, incluso en los años extraños, en los que, como éste, ha habido gente en manga corta en el paseo de la playa por la mañana.

Deja el sol su lugar a las horas finales del día y es preciso, entonces, que cada cual esté en su sitio.

No importa el tiempo que hayas tenido, a la hora en punto, puntual, empieza el desfile. Los coches, algo más solemnes este día, estacionan dondequiera. Y en formación de familia, se empieza a poblar la calle: gente al paso con joyas de oro y ropa de fiesta y bandejas de comida hecha en casa en la mano (en la mano fuentes y bandejas cubiertas de papel de aluminio, tal vez de plata esta noche. Esta noche hay que lucirse) Sigue leyendo

La creación de la familia

Era pronto aún, probablemente más cerca del Neolítico que del Paleolítico (aunque, en realidad, sobre eso no hay suficiente consenso; son sólo teorías)

Credit: Ann Ronan Picture Library / Heritage Images

Credit: Ann Ronan Picture Library / Heritage Images

El padre tomó la palabra y dijo: “Yo hablo el primero, porque seré el padre. Tendré mucho trabajo, al menos esa será la razón que me permita no hacer otras cosas. Decidiré la hora de comer y elegiré las noticias que se comentan en la mesa. Tendré siempre razón. Decidiré cuándo la puntualidad es importante y motivo de enfado y cuando, por el contrario, no pasa nada por un rato más. Mi opinión no será discutida. Lo que yo sepa será importante, y lo que yo ignore será cosa de jóvenes. Por supuesto, ninguno de vosotros, mis hijos, sabrá de vinos más que yo. Engordaré cuanto me venga en gana. Y lo que suceda de mi cintura para abajo no os incumbirá excepto si es por motivos estrictamente médicos. Tendré derecho a mirar con suficiencia.

Algo más tarde, cuando alguna civilización aún muy rudimentaria empezaba a desperezarse en un punto perdido de Asia (quienes sitúan estos primeros asentamientos en África son repudiados por pedantes) llegó el momento de la madre.

Y ella, tras haber respetado el turno del padre, dijo: “Yo será la madre. Daré de mí lo mejor para todos y apenas guardaré algo para mí. Seré yo quien cocine, y harás de mis croquetas tu bandera. Pediré poco, pero cuando así sea, podréis ignorarlo para acrecentar mi sacrificio. Haré que la casa esté limpia sin que se note el esfuerzo, estaré atenta a todo lo que suceda, y el futuro, vuestro futuro, lo tendré presente. El tiempo irá dejando huellas en mi piel y las fotos del día de mi boda me recodarán en la vejez que un día fui radiante. Dejaré los mejores bocados de comida para los demás, al fin y al cabo, yo seré quien recoja la mesa y podré entonces llenar mi estómago, ya que, en realidad, la ensalada que como no es suficiente alimento. Tendré mis pequeños secretos, pero no serán cosa vuestra.” Sigue leyendo

D.O. Rubias de Neguri.

Al igual que un zumo de uva no puede ser Reserva si no pasa suficiente tiempo en la barrica, hay quien dice que, en rigor, una no puede ser una Rubia de Neguri con Denominación de Origen hasta ampliamente superados los 40. Lo que se haya hecho antes puede haber sido preparación o digresión: las clases de tenis en tierra batida, la moto prestada y luego comprada, los cigarros fumados a escondidas y aquella noche tonta en la playa de Ereaga. Después de un tiempo común de permanencia en el lagar empieza lentamente la fermentación: frecuentar el club, educar el gusto, casarse en El Carmen. Luego los hijos y las grecas y algún pequeño desliz fruto del aburrimiento. Todo esto, sin embargo, no son más que collados hacia la cumbre.

Welcome to Neguri (c) JR

Welcome to Neguri (c) JR

Para cuando te quieres dar cuenta, han pasado los años y las arrugas han llegado – desde los veranos de Marbella – para quedarse; también las canas, que pueblan sitios inesperados que, muy probablemente, jamás se expondrán al sol. Nace el día en el que la imagen que devuelve el espejo está ya muy lejos de cualquier rasgo que vistió uniforme de cuadros escoceses. Y una mañana cualquiera, mientas alguien sin contrato prepara la comida en casa, ellas cruzan una puerta y como quien pide un corte a capas, llaman por su nombre a la peluquera (ese leve toque entre nasal y cantarín…) y reclaman el color, el volumen y el aura que confiere el tratamiento de Rubia de Neguri.

A partir de entonces se alinean las circunstancias y los planetas, es todo un cosmos el que se ordena alrededor de esa melenita discreta, pero identitaria. Un universo de orden en el que los hijos y las hijas son quedamente maravillosos y cursan estudios que se denominan por sus siglas en inglés, los maridos jamás llevan otra cosa cosa – sea invierno o verano – que no sea un Lacoste o una camisa con rayas (jamás una camiseta, ni en la playa!) y hasta esa extraña anomalía genealógica que llega con el tiempo y que se denomina “yerno” es – en las conversaciones del club – un ser digno de elogio.

Es cierto que no deja de ser gente real: es más, se han documentado casos de Rubias de Neguri que viajan en Metro (pero, claro, en el Metro de Bilbao) y que han confesado en algún momento de su vida haber comprado las camisas del uniforme de los niños en Carrefour, porque dan muy buen resultado; pero hay quien mantiene que, siendo estrictos, éso no debería contar para la estadística porque las mechas de quien lo afirmó, realmente, habían sido teñidas en casa.

The Terrace (c) JR

The Terrace (c) JR

Hay veces que son vistas en los parques formando corrillo, ahí es en donde verdaderamente se puede captar todo su esplendor. Como pájaros bien educados en torno de una misma fuentecilla departen amigablemente desde la seguridad de los bolsos, los zapatos y la cantidad exacta de laca en el cabello. Y saben perfectamente si la conversación pide deslizar una crítica contundente hacia las croquetas de chorizo de La Terraza o cuando hay que dar el argumento contundente que refuerza la aguda posición de clase en la última controversia política, sin dejar de mostrar  – cuando conviene – que se está al corriente del serio problema de la empresa de la familia aquél joven tan gamberro, hoy vuelto en obeso paseante de sábado por la mañana. No es muy probable que lo hagan, pero si en algún momento estas mujeres aprendieran a jugar al mus … sería el fin de todos los que hoy arrasan en las sobremesas de las alubiadas.

Intuyo (“el que intuye no conoce”, solía decir, creo, Confucio) que la vida alrededor de una de estas damas tiene poco de extravío. Intuyo (“el que intuye deconstruye” afirmó alguna vez, me parece, Ferrán Adriá) que hay un orden secreto en todas estas vidas, un orden que me supera y no alcanzaré jamás y por ello sólo puedo admirar y, en la medida de mis limitaciones, tratar de contar.

Smoked Neguri (c) JR

Smoked Neguri (c) JR

Hay en todo esto, no obstante, algo que me inquieta. Alguna vez me he aventurado por las calles y parques de Neguri con afán de cartografiar sus establecimientos públicos: sin contar el club, están la Iglesia y el Ayuntamiento, y con un carácter algo más comercial también he encontrado un estanco, una farmacia, una pequeña librería, una tienda de decoración y un coqueto ultramarinos. Ya casi en la frontera se encuentran una tienda de motos, una mercería y un bar. Es obvio que algo falta: ¿cómo es posible que en Neguri no haya peluquerías?

Notas

Esta entrada queda acogida, como otras, a la primera enmienda de la Constitución Americana. Además, Neguri, como Macondo o Mágina, no deja de ser un territorio imaginario.

De qué hablo cuando hablo del paseo

Desde hace algún tiempo, me he visto abocado a pasear. No diría que es exactamente una afición, un hobby, una elección. La cosa empieza cuando el traumatólogo dice que, vista la espalda, “mejor que no juegues más a pádel, ni hagas deportes que tengan movimientos bruscos, tal vez te venga bien nadar”. Se queda a un paso de prescribirme juegos de mesa como única actividad física.

Por suerte, vivo en un pueblo que tiene grandes y bonitos paseos; bueno, en realidad, tiene uno solo, pero es muy largo y se ve el mar, que cada día es distinto y algo consuela. Así que, por la fuerza de la costumbre me he convertido en un paseante, mayormente solitario. Y he descubierto que también pasear es una aventura, un pequeño outdoor training sobre naturaleza humana.

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Paseo del faro

Habitualmente me cruzo con un amplio abanico de especímenes, que han tenido mayor o menor fortuna en la vida, y eso se nota cuando paseas. Suele haber abuelos de los de toda la vida, solo que ahora sobre el pantalón de tergal con raya y la camisa de cuadros llevan un forro polar de “neak peak” o, si les ha ido bien o sus nietos son generosos, de “columbia titanic”. Cuando van en grupos de más de cuatro siempre hay uno que, indefectiblemente, va totalmente aislado y cavilando, a veces coincide con el que va en alpargatas. Me gusta también cruzarme con financieros a punto de jubilarse, que renegaron de los pantalones de pata de elefante en su juventud, pero que ahora se atreven con adidas de color fluorescente fukushima; suelen tener un punto demasiado solemne que no termina de concordar con la radioactividad de sus zapatillas, parecen estar en el pasillo que lleva al Director General (o Directora, que ya las va habiendo, aunque pocas)

Mención aparte merecen las rubias trotonas: coleta tirante, ropa de licra y cara de mala leche, que dejan tras de sí un inquietante rastro de colonia de fiesta y miradas de reojo y de sonrojo. A veces se permiten adelantar a tipos curtidos, de los que hace tiempo hacían jogging, luego se pasaron al footing y ahora cuelgan en facebook su último recorrido haciendo running, incluyendo las calorías presuntamente consumidas.

Hay más paseantes solitarios, otros en pareja, matrimonios que hablan con interés y parejas de parejas que en formación de  dos en fondo progresan por el paseo del faro: los hombres, ya maduros, hablan de alguna última innovación tecnológica que no en realidad no comprenden muy bien pero les han contado en la oficina, mientras  ellas, tres pasos más atrás, aseveran que “desde luego, en mi casa, toda la vida, mi madre, los domingos por la mañana…”

Hay gente que pasea siempre y gente que sólo pasea si no llueve.

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Malos tiempos para el paseo

Se distingue a simple vista a los que llevan cualquier cosa de esos otros que se han comprado ropa específica para pasear. Algunas chicas pasean con botas altas de tacón, y otras con inaprensibles  zapatos planos como cuerpos de nadadoras; ellos suelen optar más por las playeras, en toda su variedad. Unos son más de pantalón de monte, y otros de mil rayas. Me gustan los que llevan chalecos de Aston Martin porque me transmiten serenidad y confianza en la vida (jamás he entrado a una tienda que tenga esa marca; debe ser que soy clase media) Algunos valientes que soñaron de jóvenes con ser socios del club de golf se atreven a pasear con mallas, como si fueran a entrenar para el maratón que jamás correrán porque la vida les ha desfondado mucho antes. También entre ellas se estilan mallas y leggings (ya se sabe que junto con los niños, son las únicas cosas que no mienten ni engañan en este mundo)

He observado últimamente que esta temporada mallas y leggings se lucen en todo su esplendor y amplitud; es decir, las camisetas, sudaderas o en general, prendas superiores con que se acompañan, se han acortado notablemente y no bajan más allá de la cintura, supongo que por influjo de algún creador de tendencias con intenciones, de forma que este año la imaginación trabaja menos que la vista. Nada que objetar.

En fin, paseantes junto al mar, algunos en rehabilitación, otros recién divorciados, algunos que ignoran el tumor que en breve les van a detectar y otros y otras que sueñan con que en realidad no dijeron aquél “sí, quiero” y por eso sueñan que ahora no están en Getxo, sino en Londres o en Roma, Barcelona, con aquel estudiante, con aquella veraneante cuya mirada no se atrevieron a descifrar cuando daba la hora del adiós. Padres y madres que algún día fueron algo más que eso y también novios y novias que lo serán eternamente y a los que aún no les da vergüenza besarse en pleno paseo, besarse como si no fueran a crecer.

A veces recuerdo cuando yo, de pequeño, odiaba pasear. No había nada que hacer contra la autoridad y acabábamos paseando por los mismos sitios que hoy disfruto. Yo decía “no quiero, vámonos, que hay mucha gente” y mi madre decía “¿y qué quieres, que me los coma?” y a mí me horrorizaba pensar en mi madre devorando a todos aquellos incautos paseantes bajo el sol.

Seguiré paseando y observando mientras paseo, con la tranquilidad que me da ignorar cómo me clasifican las personas con las que comparto el camino de la playa y con la serenidad que da saber que, en el fondo, pasea el que no puede hacer otra cosa.

(notas):

(el título lo plagio de Murakami, sí, pero él lo tomó de Carver)

((entrada acogida a la primera enmienda))