Archivo de la etiqueta: getxo

Mi barco es de papel

En el pequeño territorio de mi pueblo cabe un mar, una playa en la que todo empezó, un puerto para gente con dinero y otro para gente con gusto, un faro que ilumina los muchos kilómetros que recorro y un largo paseo que abarca todo eso y también lo que fue un balneario que sólo conocí en ruinas y a ratos añoro.

Ocurre que me suele atraer más lo que falta que lo que está, y por eso me sucede que por tener y amar todo esto que me rodea prefiero mil veces perderme en la montaña. Esto explica. estoy seguro, que tenga botas de monte en lugar de un barco que no podría mantener.

Nada me impide, no obstante, pensar en cómo es mi barco imaginado, el que se abre paso a veces entre los acantilados, corrientes y fiordos de mi cerebro. Y así sé que mi barco es de papel.

(c) visto en internet

A veces tengo la suerte de poder observarlo, forzando un poco la vista, desde alguna cima cercana a la costa. Apoyo entonces la mochila en el suelo, me olvido de la hora y la prisa y soy el mismo caminante ante un mar de niebla del óleo de Friedrich.

Y ahí, con la mente nublada como en las marinas inglesas, sólo tengo ojos para mi pequeña embarcación. Entro en un estado a medio camino entre la vigilia y el deseo en el que se abren los ojos invisibles.

Con ellos me gusta ver cómo navega mi barco de silueta infantil sobre el agua salada.

Contemplar que al paso, al nudo, … al impulso del viento se empapa la invisible quilla de papel de periódico, quizá de novela releída. Insensible al viento, gotas de mar salpican su vela latina.

Comprobar que ya deja atrás la distancia prudente a la que un niño que luego crecerá empieza a perder pie y preocupar a sus padres.

Y al  cabo de los días, húmedo, arrugado, firme, verlo cada vez más pequeño, aun en busca de la ballena blanca. Así, puedo sonreír por dentro con una punzada de orgullo: sigue, sigue velero mío, obstinado entre brumas extranjeras.

Extraño barco este, parece hecho para adorno: efímero, contingente y prescindible. Perfil de maqueta, apariencia de exvoto, color de acuarela, … pero calderas de sístole y diástole.

Porque, sí, mi barco es de papel, pero no de juguete.

 

 

Mi cerveza con Iribar

A vuestra salud (www.posterpal.com)

A vuestra salud (www.posterpal.com)

Puede que no sea tan difícil vivir momentos eternos. Bilbao es pequeño y sus superhéroes andan por la calle. Y a veces también llegan a mi pueblo, G.:

Yo iba de camino a un funeral, de esos a los que no tienes muchas ganas de llegar a tiempo. El abuelo o el padre de alguien, no recuerdo bien, luego dijeron que era el socio número 1 del Athletic en aquel momento.

Buscando alguna razón para dar tiempo a que avanzara la liturgia, me dí cuenta de mi necesidad de encontrar un cuarto de baño que me permitiera aliviar la incomodidad que me provocaba el agua que había bebido durante la tarde en la oficina. Conque, de camino a la iglesia, decidí parar en el bar “Derby”, hoy ya tan desaparecido que ni siquiera encuentro imágenes suyas en internet.

Dada la imperiosa necesidad de aparentar normalidad que tenía en aquella época, en lugar de dirigirme directamente a los servicios (¿a quién hubiera hecho yo mal?) me acerqué a la barra y pedí lo más pequeño que se me ocurrió, es decir, un zurito, un vaso pequeño de cerveza.

Cuando me lo sirvieron me dí cuenta de quién estaba a mi lado: Iribar (¡Iribar!) El que fuera mejor portero del mundo (y luego propietario de un almacén de patatas lógicamente condenado al fracaso) estaba solo tomando una cerveza a mi lado. Supe después que se dirigía al mismo funeral que yo y más tarde entendí que su falta de prisa podría deberse al aburrimiento que provocan esas ceremonias en alguien inmortal como él. Sigue leyendo

Poco cuajado

Había más de un elemento que hacía del Yonko uno de los bares de L. A. más deseados por los que irremediablemente dejábamos atrás la adolescencia. Uno era la tortilla de patatas, casi siempre recién hecha y con el huevo poco cuajado, en el punto intermedio que se encuentra entre el estado líquido y el sólido. Otra – la realmente atractiva – era su aura de bar iniciático: atravesar su umbral era cruzar en cierto modo la meta de llegada a la juventud. Los que aún no íbamos habíamos pasado de verlo con cierto recelo a tenerla secreta admiración, como a esa roca lejana de la orilla hasta la que sabes que sólo podrás llegar siendo un hombre. Por eso, a partir de una edad lo último que haría uno es pasar por delante yendo con sus padres de recados.

Mi primo, uno de ellos, de lejana residencia y exilio universitario madrileño, venía a casa con la frecuencia que le permitía esta doble y compleja condición. Yo aún no había acabado el colegio. Al parecer, todos estábamos en el obvio secreto de que pretendía cuajar su relación con una amiga nuestra (es decir, de todos) con la que compartíamos veraneos tribales en el sur de la Península. Mi primo conocía muchos grupos musicales españoles, era muy delgado y tenía una cierta aura de heterodoxo dentro del círculo familiar. En cualquier caso, todo ello dentro de un orden.

Esos fines de semana mi papel cuando quedaban era de enlace, bisagra, excusa, acompañante: una suerte de tercer hombre más pequeño que permitía aportar una ilusión de familiaridad y vacaciones a aquellos encuentros, en los que quienes realmente participaban eran las numerosas y ruidosas amigas de la chica del verano. Era para mí una oportunidad de conocer ese submundo de la tarde-noche bilbaína: bares con música, pubs embrionarios, cigarros clandestinos,… la calle en definitiva.

No tanto por vasco como por introvertido y fuera de lugar, era extraño que yo articulara palabra alguna durante tales correrías. Más dudoso aún era que las numerosas y ruidosas amigas de la chica del verano las pudieran oír. La invisibilidad, a veces, es una experiencia relativamente frustrante.

 

Huevos, aceite, patata.

Huevos, aceite, patata.

 

Esas singulares aventuras me llevaron en alguna ocasión a poder ocupar escaño en el Yonko. Incluso llegué a tener la oportunidad de ser el centro de la incesante conversación que acompañaba esos momentos. No la aproveché, sin embargo. Sucedió una mañana de domingo, tal vez después de Misa, que yo había pedido una coca-cola y alguien (¡había sido yo escuchado!) me la puso en una de las mesas bajas, según se entra a la izquierda. Sigue leyendo

Miradas cruzadas

Necesito andar y vuelvo a casa dando un gran rodeo. Al pasar por la playa de Las Arenas veo al fondo un crucero atracado en el muelle.

Levad las anclas (c) JR

Levad las anclas (c) JR

Aún no nos hemos acostumbrado a tenerlos por aquí, y nos siguen llamando la atención. Continúo el paseo con la mente enmarañada en los jirones de mi día, pero al rato me vuelvo a comprobar si el barco sigue allí todavía, y como ahora lo veo a través de los mástiles de las embarcaciones de recreo, no estoy seguro de si es él lo que se mueve o es mi propio caminar el que produce su deslizamiento en el espacio.

Otras veces, al hacer este mismo paseo entretengo mi vista en los bloques de piedra de la escollera, y sobre ellas veo corretear nerviosos animalitos: normalmente son pájaros, pero en ocasiones lo que mis ojos ven son pequeñas ratas por un instante. Sigue leyendo

Maridajes (escenas nº 1, 2 y 3)

 

Cereales. www.botellascerveza.com

Cereales (www.botellascerveza.com)

Prefacio

De camino al bar en el que he quedado veo cruzar la carretera a uno de mis antiguos compañeros de colegio. Está más delgado que yo, su mujer es más rubia que la mía y abre con el mando a distancia un coche notoriamente mejor que el mío. Yo sacaba notas mucho mejores que él, algo he debido perderme por el camino.

 

Escena 1. Taberna con letreros en euskera. Cerveza y pequeña hamburguesita. Dos chicas salen cuando entramos nosotros y una de ellas deja un rastro leve que creo que es de DKNY.

Quedo en este lugar con mi amigo I., a quien no he visto desde que terminaron los días de descanso de semana santa. Es un buen lugar para empezar, detrás de la ventana se ven la playa y el mar. A veces hay pequeños conciertos en este garito, que también tiene terraza.

El argumento serán las vacaciones. Yo tengo poco que contar, así que escucho con interés su relato de Nueva York, fundamentalmente de Manhattan. Todo ha salido bien: el apartamento, el metro, los Museos, Central Park. Ahora me doy cuenta de que olvidé preguntarle por el club de Jazz y por Diane.

Tomo nota mentalmente porque antes o después iré a Nueva York, bueno, fundamentalmente a Manhattan aunque, como él, también cruzaré el puente de Brooklyn y quizá coma o cene en la pizzería que se encuentra al otro lado. Me confirma que el espíritu de Nueva York es la propia ciudad que, a su vez, es el mundo entero. Intuyo que debe ser algo así como Bilbao con Apple pero sin Athletic.

 

Escena 2. Taberna con alma de ferrería, pero de diseño. Cerveza y pintxo clásico de huevo duro desestructurado. A nuestro lado se desprende de un cuello que emerge de una camiseta blanca bien colmada pero de diseño, una fragancia de inspiración claramente japonesa. 

Al entrar busco con la mirada a la camarera a la que una vez pedimos dos cañas y una fanta (de naranja) a las doce de la noche porque necesariamente tiene que acordarse. Rehuye el contacto visual conmigo, lo que confirma mi teoría.

El argumento gira en torno nuevas tecnologías (a nivel de usuario, como los conocimientos de informática que yo blandía en los currículos que presentaba hace tiempo) Mi amigo I. me lleva 1.000 megabytes de ventaja, lo cual es una oportunidad para aprender cosas nuevas. Me satisface comprobar que nuestra infraestructura ideológica al respecto es similar: valoramos y despreciamos cuestiones similares.

 

Escena 3. Bar minimalista de líneas puras, en blanco y negro. Cerveza y pintxo indescifrable. Combinación de olores neutros con otros de difícil identificación. Una chica alta lleva chaqueta vaquera, falda entre corta y larga y botines de los que sobresalen inexplicable e intencionadamente unos centímetros de algo que pueden ser unas medias bajas. El conjunto, aunque mal relatado por mi parte, es muy atractivo. Sigue leyendo

Volver es viajar

Mientras esperaba a que saliera el recibo del pago con tarjeta cogí dos caramelos, buscando que al menos uno fuera de menta. Guardé los dos en el bolsillo porque no tenía intención de comerlos, ni en ese momento, ni más adelante. Es un pequeño homenaje a la memoria de cosas que ya no pasan. Cuando mi padre me llevaba a cortarme el pelo junto al río Gobelas, siempre me ofrecían caramelos. Mi padre hablaba con familiaridad a los peluqueros, con la familiaridad que yo entonces atribuía a todo trato entre personas adultas. El corte de pelo, siempre igual, con raya a un lado, se me hacía eterno mirando los espejos, los frascos y los peines sobre las repisas. Con algún año más, pensaba que en algún momento, elegiré otro corte diferente, quizá alguno que me dejara como cuando estaba a medio cortar, con el pelo húmedo, así me veía bien.

Azotea CBA (c) JR

Azotea CBA (c) JR

Es un pensamiento recurrente que me acompaña en cada visita a la peluquería, y me pasa también aunque tenga prisa porque me voy a pasar el fin de semana fuera. Con el tiempo y mucha concentración he logrado contestar de manera diferente a la pregunta de cómo quiero el corte. Suelo decir “no, con raya no, hacia atrás tampoco” (qué horror!) y vengo a decir algo así como “un poco más corto por los lados y por arriba (pausa y gesto indefinido con la mano sobre la cabeza) …” y una peluquera dice “¿revuelto?”, otra sugiere “¿como despeinado?” y alguno propone “¿informal?” y yo siempre contesto que sí porque, la verdad, soy de esos que casi siempre dicen que sí. Luego, cuando acaban y ponen el espejo por detrás para que vea cómo ha quedado, yo pongo cara de aprobación, aunque por dentro nunca me termine de gustar y más cuando ya no hay duda de que esa claridad que abre en la coronilla no es un defecto de peinado ni algo que se pueda olvidar; no: es una realidad emergente o, más bien, claramente emergida. También el viernes pensé en las mismas cosas mientras hacía cálculos sobre  lo máximo que podían tardar en cortarme para no llegar apurado al autobús, no me gusta tener el tiempo muy justo cuando voy de viaje (puede ser cosa de familia, o tal vez de carácter, o a lo mejor las dos cosas son los mismo) Sigue leyendo

D.O. Rubias de Neguri.

Al igual que un zumo de uva no puede ser Reserva si no pasa suficiente tiempo en la barrica, hay quien dice que, en rigor, una no puede ser una Rubia de Neguri con Denominación de Origen hasta ampliamente superados los 40. Lo que se haya hecho antes puede haber sido preparación o digresión: las clases de tenis en tierra batida, la moto prestada y luego comprada, los cigarros fumados a escondidas y aquella noche tonta en la playa de Ereaga. Después de un tiempo común de permanencia en el lagar empieza lentamente la fermentación: frecuentar el club, educar el gusto, casarse en El Carmen. Luego los hijos y las grecas y algún pequeño desliz fruto del aburrimiento. Todo esto, sin embargo, no son más que collados hacia la cumbre.

Welcome to Neguri (c) JR

Welcome to Neguri (c) JR

Para cuando te quieres dar cuenta, han pasado los años y las arrugas han llegado – desde los veranos de Marbella – para quedarse; también las canas, que pueblan sitios inesperados que, muy probablemente, jamás se expondrán al sol. Nace el día en el que la imagen que devuelve el espejo está ya muy lejos de cualquier rasgo que vistió uniforme de cuadros escoceses. Y una mañana cualquiera, mientas alguien sin contrato prepara la comida en casa, ellas cruzan una puerta y como quien pide un corte a capas, llaman por su nombre a la peluquera (ese leve toque entre nasal y cantarín…) y reclaman el color, el volumen y el aura que confiere el tratamiento de Rubia de Neguri.

A partir de entonces se alinean las circunstancias y los planetas, es todo un cosmos el que se ordena alrededor de esa melenita discreta, pero identitaria. Un universo de orden en el que los hijos y las hijas son quedamente maravillosos y cursan estudios que se denominan por sus siglas en inglés, los maridos jamás llevan otra cosa cosa – sea invierno o verano – que no sea un Lacoste o una camisa con rayas (jamás una camiseta, ni en la playa!) y hasta esa extraña anomalía genealógica que llega con el tiempo y que se denomina “yerno” es – en las conversaciones del club – un ser digno de elogio.

Es cierto que no deja de ser gente real: es más, se han documentado casos de Rubias de Neguri que viajan en Metro (pero, claro, en el Metro de Bilbao) y que han confesado en algún momento de su vida haber comprado las camisas del uniforme de los niños en Carrefour, porque dan muy buen resultado; pero hay quien mantiene que, siendo estrictos, éso no debería contar para la estadística porque las mechas de quien lo afirmó, realmente, habían sido teñidas en casa.

The Terrace (c) JR

The Terrace (c) JR

Hay veces que son vistas en los parques formando corrillo, ahí es en donde verdaderamente se puede captar todo su esplendor. Como pájaros bien educados en torno de una misma fuentecilla departen amigablemente desde la seguridad de los bolsos, los zapatos y la cantidad exacta de laca en el cabello. Y saben perfectamente si la conversación pide deslizar una crítica contundente hacia las croquetas de chorizo de La Terraza o cuando hay que dar el argumento contundente que refuerza la aguda posición de clase en la última controversia política, sin dejar de mostrar  – cuando conviene – que se está al corriente del serio problema de la empresa de la familia aquél joven tan gamberro, hoy vuelto en obeso paseante de sábado por la mañana. No es muy probable que lo hagan, pero si en algún momento estas mujeres aprendieran a jugar al mus … sería el fin de todos los que hoy arrasan en las sobremesas de las alubiadas.

Intuyo (“el que intuye no conoce”, solía decir, creo, Confucio) que la vida alrededor de una de estas damas tiene poco de extravío. Intuyo (“el que intuye deconstruye” afirmó alguna vez, me parece, Ferrán Adriá) que hay un orden secreto en todas estas vidas, un orden que me supera y no alcanzaré jamás y por ello sólo puedo admirar y, en la medida de mis limitaciones, tratar de contar.

Smoked Neguri (c) JR

Smoked Neguri (c) JR

Hay en todo esto, no obstante, algo que me inquieta. Alguna vez me he aventurado por las calles y parques de Neguri con afán de cartografiar sus establecimientos públicos: sin contar el club, están la Iglesia y el Ayuntamiento, y con un carácter algo más comercial también he encontrado un estanco, una farmacia, una pequeña librería, una tienda de decoración y un coqueto ultramarinos. Ya casi en la frontera se encuentran una tienda de motos, una mercería y un bar. Es obvio que algo falta: ¿cómo es posible que en Neguri no haya peluquerías?

Notas

Esta entrada queda acogida, como otras, a la primera enmienda de la Constitución Americana. Además, Neguri, como Macondo o Mágina, no deja de ser un territorio imaginario.