Llama Lola

El trabajo era aburrido; el sueldo, espléndido; el edificio, una ruina. A veces hacía sol.

Algunos días yo volvía a casa satisfecho, con ese contento íntimo que me daba pensar que era un infiltrado silencioso en escenas originalísimas que un día habría de escribir, tal vez novelar.

Las máquinas de escribir, las llamadas, el pasar de hojas y el posar de sellos engomados creaban un ritmo hipnótico, extático: un mantra que nos llevaba a los pocos empleados en estado de trance por las orillas del río, por decir algo, Ganges.

Archivística básica

Archivística básica (www.todocoleccion.net)

En medio de aquel hastío, sin embargo, a veces llamaba Lola, a veces salía el sol.

Lola llamaba al único número del que disponíamos. La secretaria, al reconocerla, subía dos octavas su voz de flautín. Saludaba con medido afecto, tapaba con la mano el auricular y entonces gritaba a la directora: “llama Lola”. El grito traspasaba la mampara baja con perfil de aluminio.

Esas palabras alteraban el ritmo del día. La directora se aclaraba la voz, abandonaba otra vez la tarea y tras dejar sonar dos tonos atendía la llamada con satisfacción desenfadada. Los demás atiesábamos las orejas y estirábamos las vértebras, había llamado Lola.

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La sabiduría

El maestro está en su celda, pequeña como corresponde a su humildad. Apenas una lámina de corcho en la que pasa las noches en que no vela, un tablero que hace de mesa y un ventanuco que ayuda a la ventilación. Tres o cuatro pergaminos enrollados. El maestro, que se encuentra meditando, desprende un olor acre que demuestra que sabiduría e higiene no siempre van de la mano. Sigue leyendo

Por eso, Giacomo

-Pero, aita, este año yo quiero ir a jaias de Mundaka, ¡van a ir todos!

-He dicho que no, e no voy a repetirlo. Escucha, nosotros no somos come tutti, te lo he dicho muchas veces. Si hemos llegado a ser algo es porque trajimos aquí cosas diversi ¡E no me pongas cara de que ya los sabes!. Mira, te recuerdo otra vez antes de que llegara la famiglia a este pueblo las anchoas eran solo cebo de pesca. ¡Las anchoas, mamma mia! E nosotros trajimos la técnica de los salatori; no la técnica no: ¡el arte de los salatori di Porticello!. Antes de eso, lo único que tutti sabían era conservare las anchoas con piel y con espinas, ¡sólo le quitaban la testa!

Y luego nosotros fuimos los que les enseñamos cómo hacer los filetti. Al principio, los cubríamos de mantecca para conservarlos en la lata, e les poníamos alcaparras para atenuar el sapore. Pero era tan cara la mantecca que empezamos a usar il olio. Si fuéramos como tutti no hubiéramos quitado la piel y las espinas a las anchoas, ni habríamos pasado de los toneles a las conservas di hojalata… ¡este pueblo no sería el mismo!

Entonces, mientras Giacomo se aburre con la enésima repetición de la historia, su padre piensa en los veranos en que está de nuevo en Porticello, y en todas las veces que él realiza con placer el delicado proceso de desprender a su primer amor de verano de su ropa y sus prejuicios. Cómo tras los primeros forcejeos incruentos ella siempre acaba cediendo y queda lista para él, sedosa y deliciosa, como un bocado que tiene el sabor de la comida olvidada de la infancia. Sigue leyendo

Empalagosamente

No soporta los olores empalagosos, especialmente en lo que a colonias se refiere. Al profundo desagrado se une la incomprensión, y cuando percibe una de esas fragancias tiene que reprimirse para no buscar con la mirada la complicidad del resto de personas cercanas. Junto con tales aromas le llega la impresión de ofensa, de agravio, casi diría que de infamia.

Aun así procura disimular. Piensa que hay gente sensata capaz de perfumarse con esas colonias que de un dulce tan denso que exhalan hacen picar la garganta y escocer los ojos. En cualquier caso, y aunque no lo sepa, no son los sentidos lo que se saturan, es su propia mente la que percibe la marea de azúcar quemado y pétalos de rosa borrachos que se desprende de tales olores.

Aquella chica olía así y quizá todo en ella sintonizaba con su perfume: era grande, evidente, con su boca amplia hablaba mucho, rápido y con marcado acento; sus camisas eran amplias y tenían bordados; su pelo, largo. Pero él accedió a su invitación de desayunar juntos un día. La excusa formal era comprobar si realmente ella era capaz de comer por las mañanas tanto como decía. Sigue leyendo

Algunos días de Pascua

A veces se repartía una bolsa grande de cacahuetes, como de kilo. Llegábamos a casa de mis abuelos tras un viaje muy largo. Ochocientos kilómetros de los de entonces era una tirada muy muy larga, aunque mi padre fuera capaz de hacerlos sin pestañear, acompañado en su soledad de conductor de un paquete de Ducados y de los casettes de Camarón cuando los demás dormíamos.

Los cacahuetes, en su enorme bolsa, los recuerdo de alguna vez que la Semana Santa caía tarde y coincidía con el cumpleaños de mi hermano pequeño y por eso los llevábamos. Mis primos mayores eran los encargados de repartirlos: hacían una fila, abrían la bolsa (grande, con los frutos secos ya sin cáscara) y nos los iban dando en la mano. Estaban salados.

 

Caserío de Salamanca (c) JR

Caserío de Salamanca (c) JR

Durante esos días de vacaciones en el “Caserío de Salamanca” (así rezaba el enorme portón de la entrada, pero no era lo que yo, en lo que ellos llamaban “el Norte”, entendía por un caserío, y, desde luego, no estaba en Salamanca) el tiempo daba mucho de sí. Mis primos eran inquietos y bastante independientes, acondicionaron un establo como Club y pintaron sus siglas en la puerta verde de madera (“C.P.R.”) En el Club había tebeos, libros de trucos para espías (ya he dicho que mis primos tenían sus inquietudes), juegos de mesa y un olor peculiar. Creo que por dentro lo pintaron ellos. Para cuando nosotros llegábamos, ya solía estar todo hecho. Hicieron también un reloj de sol en una pared exterior. Así, es normal que luego encaminaran sus pasos a la arquitectura, la ingeniería, la construcción. Gente apañada, no como yo.

Íbamos a las procesiones entre las calles de pequeñas casas encaladas. Ellos participaban a veces en el lavatorio de los pies. El cura del pueblo (grande, redondo, de color rojo) representaba esa escena del Jueves Santo lavando los pies en el altar a un grupo de niños. Había que ir con los pies ya lavados, claro. A mí no me tocó nunca, no sé si iba por edades o es que había que ser más del pueblo de lo que yo era, que venía de lejos. Sigue leyendo

Madrid – Badajoz – Navidad

No es posible saber cuál es el centro geográfico exacto de la enorme estación de autobuses, pero el niño cree estar precisamente en él, y eso le sucede desde hace un rato por más que se muevan de un lado para otro arrastrando maletas y bolsas con bocadillos para el camino y con el mazapán que sobró. Su vacío en el estómago lo llena el humo que sale de los escapes de los autocares a punto de salir. El niño respira esos gases y la nariz, los pulmones y el estómago se le llenan de olor a miedo y a viaje en Navidad. Es muy probable que a esa hora sus amigos estén jugando en la plaza. Él manosea el papel blanco y azul de los dos caramelos de anís que están en su bolsillo, y que hacen compañía a llavero del lobito feroz que ya tiene roto el cierre. Con la otra mano se agarra a su madre, que no para de hablar con sus tíos.

 

 

La familia se mueve por la estación, cruzando por detrás o por delante de autobuses que salen o llegan, y que avanzan torpes y muy despacio porque bajo los techos altos de la terminal no están marcados los carriles de entrada o salida: las cocheras con como una gran plaza desnuda de asfalto. Su madre lleva botas para el frío, pantalones de pana (no hace mucho que empezó a ponérselos) y un jersey grueso y defensivo bajo el abriguillo de batalla. Sigue leyendo

Poco cuajado

Había más de un elemento que hacía del Yonko uno de los bares de L. A. más deseados por los que irremediablemente dejábamos atrás la adolescencia. Uno era la tortilla de patatas, casi siempre recién hecha y con el huevo poco cuajado, en el punto intermedio que se encuentra entre el estado líquido y el sólido. Otra – la realmente atractiva – era su aura de bar iniciático: atravesar su umbral era cruzar en cierto modo la meta de llegada a la juventud. Los que aún no íbamos habíamos pasado de verlo con cierto recelo a tenerla secreta admiración, como a esa roca lejana de la orilla hasta la que sabes que sólo podrás llegar siendo un hombre. Por eso, a partir de una edad lo último que haría uno es pasar por delante yendo con sus padres de recados.

Mi primo, uno de ellos, de lejana residencia y exilio universitario madrileño, venía a casa con la frecuencia que le permitía esta doble y compleja condición. Yo aún no había acabado el colegio. Al parecer, todos estábamos en el obvio secreto de que pretendía cuajar su relación con una amiga nuestra (es decir, de todos) con la que compartíamos veraneos tribales en el sur de la Península. Mi primo conocía muchos grupos musicales españoles, era muy delgado y tenía una cierta aura de heterodoxo dentro del círculo familiar. En cualquier caso, todo ello dentro de un orden.

Esos fines de semana mi papel cuando quedaban era de enlace, bisagra, excusa, acompañante: una suerte de tercer hombre más pequeño que permitía aportar una ilusión de familiaridad y vacaciones a aquellos encuentros, en los que quienes realmente participaban eran las numerosas y ruidosas amigas de la chica del verano. Era para mí una oportunidad de conocer ese submundo de la tarde-noche bilbaína: bares con música, pubs embrionarios, cigarros clandestinos,… la calle en definitiva.

No tanto por vasco como por introvertido y fuera de lugar, era extraño que yo articulara palabra alguna durante tales correrías. Más dudoso aún era que las numerosas y ruidosas amigas de la chica del verano las pudieran oír. La invisibilidad, a veces, es una experiencia relativamente frustrante.

 

Huevos, aceite, patata.

Huevos, aceite, patata.

 

Esas singulares aventuras me llevaron en alguna ocasión a poder ocupar escaño en el Yonko. Incluso llegué a tener la oportunidad de ser el centro de la incesante conversación que acompañaba esos momentos. No la aproveché, sin embargo. Sucedió una mañana de domingo, tal vez después de Misa, que yo había pedido una coca-cola y alguien (¡había sido yo escuchado!) me la puso en una de las mesas bajas, según se entra a la izquierda. Sigue leyendo