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Oro, plata y Navidad

“…A sus agujeros, nidos y madrigueras se dirigían todos los animales del Bosque de Haule.
Era medianoche, y en las copas de los viejísimos y gigantescos árboles rugía un viento tempestuoso. Los troncos, gruesos como torres, rechinaban y gemían” 
(La historia interminable. Michael Ende)

Algo así es lo que viene sucediendo Navidad tras Navidad, incluso en los años extraños, en los que, como éste, ha habido gente en manga corta en el paseo de la playa por la mañana.

Deja el sol su lugar a las horas finales del día y es preciso, entonces, que cada cual esté en su sitio.

No importa el tiempo que hayas tenido, a la hora en punto, puntual, empieza el desfile. Los coches, algo más solemnes este día, estacionan dondequiera. Y en formación de familia, se empieza a poblar la calle: gente al paso con joyas de oro y ropa de fiesta y bandejas de comida hecha en casa en la mano (en la mano fuentes y bandejas cubiertas de papel de aluminio, tal vez de plata esta noche. Esta noche hay que lucirse) Sigue leyendo

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La melancolía de la gabardina

Bogart.

Siempre lo pienso los días de lluvia y no es algo que pueda evitar: odio las gabardinas. Las odio todas, pero especialmente las más clásicas, esas de color indefiniblemente claro, con solapas grandes, largas, mojadas de lluvia, con cinturones apretados. Siempre me han parecido una prenda triste, de domingo de lluvia por la tarde, de deberes sin hacer, de misa aburrida. Es la prenda menos trivial que existe, son una llamada a la seriedad excesiva, grave, a prohibido jugar a la pelota y tener pensamientos impuros.

Desconfío instintivamente de la gente que las lleva, les miro de reojo en el metro, procurando no establecer contacto visual, no quiero que me llegue su mensaje de “no me importas, tengo una gabardina”. Definitivamente, me producen tristeza.

Yo tuve una vez algo parecido cuando tenía 18 años. Tenía el cuello de pana, era de color gris muy muy claro, casi blanco; el forro tenía cuadros escoceses (verdes, blancos, rojos), era suelta, sin cinturón y tenía unos grandes bolsillos, no era más larga que un “tres cuartos”. Esa sí me gustaba. Al poco de empezar la universidad fui con ella a una de esas fiestas que se hacían en la Feria de Muestras, en las que todo era ruido y estaba oscuro. Cruzando el parque me resbalé, los zapatos eran nuevos, hice un comentario y mi amigo no me entendió y respondió algo que no venía a cuento. La tuve durante toda la carrera e incluso la utilicé el primer mes que empecé a trabajar. Puedo decir que me hice mayor con ella.

Tal vez por eso cuando veo que la previsión del tiempo anuncia que va a llover me pongo triste. No me importa la lluvia; la lluvia la puedo soportar, las gabardinas, nunca.