Llama Lola

El trabajo era aburrido; el sueldo, espléndido; el edificio, una ruina. A veces hacía sol.

Algunos días yo volvía a casa satisfecho, con ese contento íntimo que me daba pensar que era un infiltrado silencioso en escenas originalísimas que un día habría de escribir, tal vez novelar.

Las máquinas de escribir, las llamadas, el pasar de hojas y el posar de sellos engomados creaban un ritmo hipnótico, extático: un mantra que nos llevaba a los pocos empleados en estado de trance por las orillas del río, por decir algo, Ganges.

Archivística básica

Archivística básica (www.todocoleccion.net)

En medio de aquel hastío, sin embargo, a veces llamaba Lola, a veces salía el sol.

Lola llamaba al único número del que disponíamos. La secretaria, al reconocerla, subía dos octavas su voz de flautín. Saludaba con medido afecto, tapaba con la mano el auricular y entonces gritaba a la directora: “llama Lola”. El grito traspasaba la mampara baja con perfil de aluminio.

Esas palabras alteraban el ritmo del día. La directora se aclaraba la voz, abandonaba otra vez la tarea y tras dejar sonar dos tonos atendía la llamada con satisfacción desenfadada. Los demás atiesábamos las orejas y estirábamos las vértebras, había llamado Lola.

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Se vende o alquila

Todos los vecinos pudimos ver el anuncio de venta de la casa en internet. Los del Bajo C habían tenido su primer niño y, como tantos otros, siguieron el protocolo establecido para estos casos: compraron una monovolumen de siete plazas, ella se cortó el pelo y él, supongo, empezó a aumentar la intensidad de los cafés con las chicas de Contabilidad. Obviamente, también decidieron mudarse a una casa más grande.

No eran buenos tiempos para la inmobiliaria, y desde la inmunidad que ofrece internet, rastreamos diversas agencias “on-line” hasta que dimos con la que tenía su anuncio de venta; no hubo discusión en el veredicto: el precio de salida nos pareció desorbitado y la tapicería de los sofás del salón resultaba horrible.

Formas impersonales

Formas impersonales

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Labores

Yo creo que no es verdad que empezar algo sea tenerlo medio terminado. En casa de mi madre hay un pequeño tapiz de punto de cruz con ese proverbio: “begun is half done“; ese cuadro data de la época en la que a mi madre le dio por dedicarse a esa tarea, a resultas de la cual produjo tal cantidad de labores de este tipo como para haber consagrado en el Vaticano una segunda Capilla Sixtina a la exposición de frutas del bosque, nombres de familiares, flores de diferentes latitudes y hasta de relojes que no marcan la hora para evitar el riesgo de enloquecer.

Mi inconstancia, por el contrario, hace que iniciar algo no sea en modo alguno garantía de finalización. Me siento atraído por la serena armonía de las tradiciones, de los ritos que se reproducen en ciclos de mayor o menor recorrido. La repetición me aporta tranquilidad: pienso en la gente que veranea todos los años en el mismo sitio (con las mismas hormigas de siempre, con el mismo traje de baño) en quienes todos los viernes cenan pizza, en los que copulan por defecto cada viernes del año o en los grupos de amigas que todos los jueves del año toman café son sacarina en la misma mesa de la misma cafetería; y todas esas tradiciones, ese ritmo al que se consumen las vidas, me remite a universos de paz. Sigue leyendo

A propósitos

Si os resultara interesante saber cómo es alguien realmente, podríais fijaros en  cómo es la persona a la que ama. Fue algún filósofo el que lo dijo. Era algo así como que “en la elección de su amada revela su fondo esencial el amante”. Una vez sentada la frase (ésta es mejor acomodarla así, de pie puede abrumar un poco por lo solemne que es) admitamos que para seguir leyendo esta entrada debiéramos aceptar:

a) Que donde pone “amada” debería poder entenderse también “amado” y que si no lo pone es porque tal filósofo vivió y pensó en una época que no daba tanta importancia como la actual a la perspectiva de género, sin perjuicio de lo cual, el citado autor mantiene su prestigio y ha sido estudiado por todos nosotros (y nosotras, claro, me consta que tengo alguna seguidora)

b) Que realmente puede resultar interesante conocer “cómo es alguien realmente”. Y esto viene a cuento porque alguna vez pienso si debería contar algo más de mí en estos escritos, y más teniendo en cuenta que ni ofrezco mi foto y ni siquiera mi nombre completo y que tampoco está claro si lo que cuento es verdadero o imaginado o deseado.

Pequeñas inspiraciones

Pequeñas inspiraciones (c) JR

c) Que lo importante no es tanto ese argumento circular (porque ¿cómo se conoce a la amada/o que permite conocer al amante?, ¿también por su elección amorosa?) sino proponer un tema de reflexión para esta primera entrada del año.

El argumento del primer párrafo me vino a la cabeza mientras tuiteaba (follow me!: @josetxu_erre) mis propósitos del año nuevo, y el motivo creo que fue que hasta ese momento no había puesto prácticamente nada personal en twitter, en donde me dedico más a mirar que a ser mirado. Twitter es un medio extraño para mí, lo es aún más que este blog y por eso me pareció raro que se me ocurriera lanzar mis propósitos así, al universo virtual, porque de alguna forma revelar propósitos también supone dar a conocer algunos aspectos de quien los formula.

En cualquier caso,  todo lo anterior me sirve de excusa para recoger aquí algunos de esos objetivos para 2014, porque me parece una forma leve de contar algo más de mí, sobre todo si quien lee sabe reconocer la parte dramática que a veces esconden apariencias cómicas. Ahí van:

1.- Postergar la búsqueda de la risa fácil en favor de encontrar la sonrisa cómplice.

2.- No quitar importancia a lo que yo hago cuando lo cuento.

3.- Olvidar la obligación de tener que ser original en cada momento.

4.- Pensar que soy yo el que puede tener razón a pesar de que el otro no esté de acuerdo, incluso aunque grite más.

5.- Olvidar la culpabilidad al decir no.

6.- Quedarme sólo con la envidia sana.

7.- Seguir explorando nuevos mundos.

8.- Reconocer errores (los míos, claro, los otros los detecto al vuelo)

9.- Reconocer sin modestia las cosas que hago bien, o incluso muy bien, cuando los hechos así lo indiquen.

Agua pasada, o por venir

Agua pasada, o por venir (c) JR

10.- Hacerme amigo de los tópicos, aprender de ellos. 

11.- Reducir el porcentaje de “pensar” e incrementar el de “hacer”.

12.- Sostener la vista a los azares.

13.- Conocer gente interesante.

14.- Saber qué quiero hacer con este blog.

15.- Reanudar alguna vieja amistad perdida.

16.- Elegir bien donde sentarme en el Metro y en cenas y comidas.

17.- Disfrutar en de alguna taberna vieja que no conozca y de un buen restaurante en el que no haya estado. Y que sea el mismo día.

18.- Leer grandes libros: algunos clásicos y otros nuevos. Y se admiten sugerencias.

19.- Hacer al menos una foto buena durante el año.

20.- Preparar un cóctel.

21.- Escribir más y hacer más cosas solo.

22.- Ser yo, porque soy yo.

Así que suman tu total de veintidós propósitos: tantos como dos equipos de fútbol completos peleando sin descanso sobre un verde tapiz de hierba. Sin embargo, ahora que los veo desde la Tribuna Principal que supone sentarse a ponerlos todos juntos y tratar de darles un sentido, veo que en el fondo los propósitos tampoco cuentan tanto de uno mismo: quizá no dejen de ser algo así como deseos de segunda o tercera división. Puedo renunciar a esos propósitos y no pasaría nada, podría conseguirlos, y me alegraría, pero no, puestos en formación veo que no cuentan mucho de quien los tiene.

Donde menos te lo esperas

Donde menos te lo esperas (c) JR

Tal vez si hablara de deseos y no de propósitos sería más fácil ver algo de ese “fondo esencial” que parece que todos tenemos, yo también. Pero los deseos son palabras mayores: los propósitos pueden ser olvidados (porque, al fin y al cabo, son criaturas nuestras) pero los deseos no se olvidan (son ellos los que nos han elegido, ¿qué espacio de libertad hay en el deseo?). Yo creo que un propósito es en realidad poco más que una pegatina que pones y quitas; el deseo, por su parte, es un dardo que perfora con más o menos fuerza la piel, el cuerpo, la mente, y que por pequeño que sea el poro que abre en nuestra superficie, ya no vuelve a cerrarse.

Pero de deseos yo no voy a hablar: eso sería un des-propósito.

Volver es viajar

Mientras esperaba a que saliera el recibo del pago con tarjeta cogí dos caramelos, buscando que al menos uno fuera de menta. Guardé los dos en el bolsillo porque no tenía intención de comerlos, ni en ese momento, ni más adelante. Es un pequeño homenaje a la memoria de cosas que ya no pasan. Cuando mi padre me llevaba a cortarme el pelo junto al río Gobelas, siempre me ofrecían caramelos. Mi padre hablaba con familiaridad a los peluqueros, con la familiaridad que yo entonces atribuía a todo trato entre personas adultas. El corte de pelo, siempre igual, con raya a un lado, se me hacía eterno mirando los espejos, los frascos y los peines sobre las repisas. Con algún año más, pensaba que en algún momento, elegiré otro corte diferente, quizá alguno que me dejara como cuando estaba a medio cortar, con el pelo húmedo, así me veía bien.

Azotea CBA (c) JR

Azotea CBA (c) JR

Es un pensamiento recurrente que me acompaña en cada visita a la peluquería, y me pasa también aunque tenga prisa porque me voy a pasar el fin de semana fuera. Con el tiempo y mucha concentración he logrado contestar de manera diferente a la pregunta de cómo quiero el corte. Suelo decir “no, con raya no, hacia atrás tampoco” (qué horror!) y vengo a decir algo así como “un poco más corto por los lados y por arriba (pausa y gesto indefinido con la mano sobre la cabeza) …” y una peluquera dice “¿revuelto?”, otra sugiere “¿como despeinado?” y alguno propone “¿informal?” y yo siempre contesto que sí porque, la verdad, soy de esos que casi siempre dicen que sí. Luego, cuando acaban y ponen el espejo por detrás para que vea cómo ha quedado, yo pongo cara de aprobación, aunque por dentro nunca me termine de gustar y más cuando ya no hay duda de que esa claridad que abre en la coronilla no es un defecto de peinado ni algo que se pueda olvidar; no: es una realidad emergente o, más bien, claramente emergida. También el viernes pensé en las mismas cosas mientras hacía cálculos sobre  lo máximo que podían tardar en cortarme para no llegar apurado al autobús, no me gusta tener el tiempo muy justo cuando voy de viaje (puede ser cosa de familia, o tal vez de carácter, o a lo mejor las dos cosas son los mismo) Sigue leyendo

Heridas sin dolor.

¿Cuál es el instante más largo? Es el momento previo en el que sabes lo que va a suceder pero aún no ha pasado: la parábola que describe el balón de baloncesto antes de llegar a canasta, el mordisco de la manzana que duda y finalmente no se queda obturando la garganta o la certeza de que vas a abrir la boca y dejar de representar un papel para romper una convención y decir algo molesto.

Algunas veces uno se resbala y es consciente de que se va a caer y de que antes de tener la posibilidad de recuperar la verticalidad, tiene que terminar de caer y darse un golpe con el suelo y hacerse las heridas que el rozamiento del impacto provoca. 

Pero las heridas que estas caídas pueden provocar no duelen, porque se sabe que  son sólo unos rasguños que no tardarán en curarse. Esas heridas son casi hasta de agradecer: ¿soy yo el único no ha sentido envidia de alguien con muletas por culpa de un esguince o una pequeña rotura?. Son cosas nada más que para un rato, para unos pocos días hasta volver a la vida normal. Durante un breve período de tiempo son una preocupación que ahuyenta a las demás y que viene con fecha cierta de caducidad.

Más dura será la caída (c) JR

Sitios de donde caer (c) JR

Por eso, cuando hace unos días resbalé y me caí intentando hacer una foto sólo me sentí ridículo durante el tiempo que tardé en levantarme disimulando el dolor. Me incorporé, recompuse la figura y saqué la foto de mi hija. Y me dí cuenta de la intensidad que suponía haber vivido uno de esos “instantes más largos”. Al resbalar solté el caramelo que llevaba en la mano metida en el bolsillo (ya no apareció más) y ordené mentalmente a mis pies que buscaran un nuevo apoyo. Sin embargo, pasó esa décima de segundo en la que tenían que haberlo logrado y no lo hicieron. Supe que me iba a caer antes de empezar a dar con los huesos en el suelo y sí, diría que ese breve tiempo fue emocionante, tal vez por lo poco habitual de la situación. Sigue leyendo

D.O. Rubias de Neguri.

Al igual que un zumo de uva no puede ser Reserva si no pasa suficiente tiempo en la barrica, hay quien dice que, en rigor, una no puede ser una Rubia de Neguri con Denominación de Origen hasta ampliamente superados los 40. Lo que se haya hecho antes puede haber sido preparación o digresión: las clases de tenis en tierra batida, la moto prestada y luego comprada, los cigarros fumados a escondidas y aquella noche tonta en la playa de Ereaga. Después de un tiempo común de permanencia en el lagar empieza lentamente la fermentación: frecuentar el club, educar el gusto, casarse en El Carmen. Luego los hijos y las grecas y algún pequeño desliz fruto del aburrimiento. Todo esto, sin embargo, no son más que collados hacia la cumbre.

Welcome to Neguri (c) JR

Welcome to Neguri (c) JR

Para cuando te quieres dar cuenta, han pasado los años y las arrugas han llegado – desde los veranos de Marbella – para quedarse; también las canas, que pueblan sitios inesperados que, muy probablemente, jamás se expondrán al sol. Nace el día en el que la imagen que devuelve el espejo está ya muy lejos de cualquier rasgo que vistió uniforme de cuadros escoceses. Y una mañana cualquiera, mientas alguien sin contrato prepara la comida en casa, ellas cruzan una puerta y como quien pide un corte a capas, llaman por su nombre a la peluquera (ese leve toque entre nasal y cantarín…) y reclaman el color, el volumen y el aura que confiere el tratamiento de Rubia de Neguri.

A partir de entonces se alinean las circunstancias y los planetas, es todo un cosmos el que se ordena alrededor de esa melenita discreta, pero identitaria. Un universo de orden en el que los hijos y las hijas son quedamente maravillosos y cursan estudios que se denominan por sus siglas en inglés, los maridos jamás llevan otra cosa cosa – sea invierno o verano – que no sea un Lacoste o una camisa con rayas (jamás una camiseta, ni en la playa!) y hasta esa extraña anomalía genealógica que llega con el tiempo y que se denomina “yerno” es – en las conversaciones del club – un ser digno de elogio.

Es cierto que no deja de ser gente real: es más, se han documentado casos de Rubias de Neguri que viajan en Metro (pero, claro, en el Metro de Bilbao) y que han confesado en algún momento de su vida haber comprado las camisas del uniforme de los niños en Carrefour, porque dan muy buen resultado; pero hay quien mantiene que, siendo estrictos, éso no debería contar para la estadística porque las mechas de quien lo afirmó, realmente, habían sido teñidas en casa.

The Terrace (c) JR

The Terrace (c) JR

Hay veces que son vistas en los parques formando corrillo, ahí es en donde verdaderamente se puede captar todo su esplendor. Como pájaros bien educados en torno de una misma fuentecilla departen amigablemente desde la seguridad de los bolsos, los zapatos y la cantidad exacta de laca en el cabello. Y saben perfectamente si la conversación pide deslizar una crítica contundente hacia las croquetas de chorizo de La Terraza o cuando hay que dar el argumento contundente que refuerza la aguda posición de clase en la última controversia política, sin dejar de mostrar  – cuando conviene – que se está al corriente del serio problema de la empresa de la familia aquél joven tan gamberro, hoy vuelto en obeso paseante de sábado por la mañana. No es muy probable que lo hagan, pero si en algún momento estas mujeres aprendieran a jugar al mus … sería el fin de todos los que hoy arrasan en las sobremesas de las alubiadas.

Intuyo (“el que intuye no conoce”, solía decir, creo, Confucio) que la vida alrededor de una de estas damas tiene poco de extravío. Intuyo (“el que intuye deconstruye” afirmó alguna vez, me parece, Ferrán Adriá) que hay un orden secreto en todas estas vidas, un orden que me supera y no alcanzaré jamás y por ello sólo puedo admirar y, en la medida de mis limitaciones, tratar de contar.

Smoked Neguri (c) JR

Smoked Neguri (c) JR

Hay en todo esto, no obstante, algo que me inquieta. Alguna vez me he aventurado por las calles y parques de Neguri con afán de cartografiar sus establecimientos públicos: sin contar el club, están la Iglesia y el Ayuntamiento, y con un carácter algo más comercial también he encontrado un estanco, una farmacia, una pequeña librería, una tienda de decoración y un coqueto ultramarinos. Ya casi en la frontera se encuentran una tienda de motos, una mercería y un bar. Es obvio que algo falta: ¿cómo es posible que en Neguri no haya peluquerías?

Notas

Esta entrada queda acogida, como otras, a la primera enmienda de la Constitución Americana. Además, Neguri, como Macondo o Mágina, no deja de ser un territorio imaginario.