Astrofísica en la orilla

Mirando desde la terraza el juego de las olas con las rocas me viene a la cabeza que hace millones de años”el universo era una crema espesa partículas elementales: electrones, cuarks, neutrinos y un panoplia de otros elementos llamados gravitones, gluones, etc. Se los llama “elementales” porque no se pueden descomponer en elementos más pequeños, o por lo menos así se cree” (1)

Por haber leído cosas así, siento que entre ese peñón, la arena, las nubes y yo hay una historia común, un origen compartido que con la evolución se ha diversificado en creaciones útiles (como las playas en Bizkaia) o en excrecencias sospechosas (como la gente presuntuosa)

Parece ser que luego las partículas se fueron asociando, los cuarks dieron lugar a nucleones y posteriormente la fuerza nuclear asoció protones y neutrones que alumbraron el primer núcleo atómico, el del helio. Más tarde la fuerza electromagnética, ya con el universo por debajo de los tres mil grados, provocó los primeros átomos de hidrógeno y de helio. Después los fotones, luego …

De alguna manera ese juego de choques, atracción, formación de núcleos y liberación de energía, de contracción y expansión del espacio es lo que reproduce la mujer teñida de rubio (que lleva una breve camiseta lencera) en compañía de su hijo. Ella con un café y un ebook, él con sus rizos rubios (hasta ahora ignoraba que el tinte de pelo pudiera transmitirse genéticamente, pero todo es química al fin y al cabo) y su móvil de cinco pulgadas. Leen, se miran, no se miran, se acercan y no. Sigue leyendo

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Indicios de Masa Corpral en la Autorute des Pyrénées

En ese tramo de la A-64, la Autorute des Pyrénées, muchas de las áreas de servicio tienen nombre compuesto. No sé a qué se debe atribuir ese hecho: no creo que sea necesidad de enfatizar, ni tampoco indecisión. Por lo que yo conozco del carácter francés no se deberá al interés de contentar dos extremos ni tampoco al fin de tener que enfatizar alguno de ellos; suelen ser gente directa, asertiva, clara y a veces un tanto áspera.

En realidad, me da igual ese motivo, no viene al caso.

La cuestión, en cambio, es que mientras un pequeño desorden de partículas de polvo y polen flota y no termina de asentarse en una de esas áreas de servicio, llega una furgoneta de color blanco que estaciona junto a las mesas de pique-nique. Imposible aparcar más cerca.

Se abren las puertas laterales y en perfecta secuencia descienden las tres generaciones de una familia que ha cruzado la frontera en pos de unos días de vacaciones.

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L’aire (c) JR

Sin duda, comparten apellidos, horas de barbacoa y juicios de valor. Una suerte de uniforme orgánico crea un efecto de armonía: todos ellos superan en un 20 ó 25% el Índice de Masa Corporal recomendado, por lo que en un reconocimiento de salud laboral el médico de la Mutua les propondría con desgana alguna medida de reforma. Sigue leyendo

Oro, plata y Navidad

“…A sus agujeros, nidos y madrigueras se dirigían todos los animales del Bosque de Haule.
Era medianoche, y en las copas de los viejísimos y gigantescos árboles rugía un viento tempestuoso. Los troncos, gruesos como torres, rechinaban y gemían” 
(La historia interminable. Michael Ende)

Algo así es lo que viene sucediendo Navidad tras Navidad, incluso en los años extraños, en los que, como éste, ha habido gente en manga corta en el paseo de la playa por la mañana.

Deja el sol su lugar a las horas finales del día y es preciso, entonces, que cada cual esté en su sitio.

No importa el tiempo que hayas tenido, a la hora en punto, puntual, empieza el desfile. Los coches, algo más solemnes este día, estacionan dondequiera. Y en formación de familia, se empieza a poblar la calle: gente al paso con joyas de oro y ropa de fiesta y bandejas de comida hecha en casa en la mano (en la mano fuentes y bandejas cubiertas de papel de aluminio, tal vez de plata esta noche. Esta noche hay que lucirse) Sigue leyendo

Por eso, Giacomo

-Pero, aita, este año yo quiero ir a jaias de Mundaka, ¡van a ir todos!

-He dicho que no, e no voy a repetirlo. Escucha, nosotros no somos come tutti, te lo he dicho muchas veces. Si hemos llegado a ser algo es porque trajimos aquí cosas diversi ¡E no me pongas cara de que ya los sabes!. Mira, te recuerdo otra vez antes de que llegara la famiglia a este pueblo las anchoas eran solo cebo de pesca. ¡Las anchoas, mamma mia! E nosotros trajimos la técnica de los salatori; no la técnica no: ¡el arte de los salatori di Porticello!. Antes de eso, lo único que tutti sabían era conservare las anchoas con piel y con espinas, ¡sólo le quitaban la testa!

Y luego nosotros fuimos los que les enseñamos cómo hacer los filetti. Al principio, los cubríamos de mantecca para conservarlos en la lata, e les poníamos alcaparras para atenuar el sapore. Pero era tan cara la mantecca que empezamos a usar il olio. Si fuéramos como tutti no hubiéramos quitado la piel y las espinas a las anchoas, ni habríamos pasado de los toneles a las conservas di hojalata… ¡este pueblo no sería el mismo!

Entonces, mientras Giacomo se aburre con la enésima repetición de la historia, su padre piensa en los veranos en que está de nuevo en Porticello, y en todas las veces que él realiza con placer el delicado proceso de desprender a su primer amor de verano de su ropa y sus prejuicios. Cómo tras los primeros forcejeos incruentos ella siempre acaba cediendo y queda lista para él, sedosa y deliciosa, como un bocado que tiene el sabor de la comida olvidada de la infancia. Sigue leyendo

La trazada de la curva

No sabría explicarte cómo ir a esta playa. Ésta no es la playa de mi infancia, adolescencia y juventud; ésta es una playa que conocí más tarde, ya casi a punto de casarme, y por ese mismo motivo. Es, por tanto, la playa de otras familias, de otras personas que hoy siguen llamando a los sitios (terrazas, tiendas, restaurantes, …) por los nombres que tenían cuando ellos los conocieron.

A esta playa hay que ir en coche. Se puede ir andando, pero resulta un poco lejos. Y yo no sé explicarte el camino, pero sé que al final siempre hago el mismo y que llego sin problemas. Las calles, los cruces, los solares y las señales de tráfico de este lugar están desordenados, a medio hacer en algunos casos.

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Me gustaría explicarte dónde se se encuentra esa curva a la que aún no tengo tomada la medida. Está en una zona en la que pareces haber salido de la zona urbanizada del pueblo: durante unos cientos de metros la carretera sin arcén discurre entre casas aisladas, pequeños huertos, supongo que con naranjos, olivos o azahar, y algún chalet con piscina, obra de los buenos tiempos en Levante.

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Intercambio de parajes

La Caja de Ahorros de R. construyó la Colonia Infantil junto a la playa a finales de la década de los 50. En algún recorte he leído que fue la primera de España de este tipo. Esta obra social fue recompensada con la posibilidad de construir una torre de apartamentos en el extremo occidental en primera instancia y en el oriental algo más tarde. Las torres están prácticamente adosadas a la Colonia y, por ello, se encuentran junto a la misma playa.

Años más tarde, la Caja de Ahorros pasó de ser un pequeño marrajo local a convertirse en sabroso plancton en la cadena alimentaria participada por escuálidos financieros globales pero, sin embargo, la Colonia y las torres permanece en su sitio original; no se debía  cimentar tan mal en aquella época.

Durante muchos años, esos fueron los parajes propios de mis veranos, en los que cambiaba Cantábrico por Mediterráneo.

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Paraje

A lo largo del tiempo allí fue concurriendo mucha gente: familiares, amigos, conocidos, … algunos de los cuales siguen desplazándose a esa playa en verano, muchos de sus hijos también mantienen esa costumbre.

El pequeño pueblo fue creciendo, se urbanizó, se levantó un pequeño puerto deportivo, piscinas, hasta un golf de 18 hoyos, una de cuyas banderas estuvo un tiempo en mi casa. Con el tiempo, de los helados pasamos a la cerveza, incluso a algunos cubatas de garrafón tras haber transitado por las recias sangrías de los espetos. La carretera se convirtió en autovía llena de reclamos de urbanizaciones de nombres pretenciosos y yo mismo pasé de ir en el asiento de trasero del coche a dar relevo a mi padre durante algunas horas cuando cada 31 de julio emprendíamos el camino al Sur.

Este año he vuelto unos pocos días y he recuperado sensaciones perdidas, iniciáticas: la primera veraneante a la que vi en top less (fue sin querer) en el mismo sitio en que este año había otra, tal vez hija de aquélla, la primera resaca horrible, la entrada – por fin – a una discoteca, el aprendizaje del mus (con la grande y la “chica”) y muchas otras más. Al mismo tiempo me hacía mayor, pasaba temporadas tediosas, experimentaba el desconcierto de crecer despacio y de descubrir mi propio nuevo cuerpo. Sigue leyendo

Algunos días de Pascua

A veces se repartía una bolsa grande de cacahuetes, como de kilo. Llegábamos a casa de mis abuelos tras un viaje muy largo. Ochocientos kilómetros de los de entonces era una tirada muy muy larga, aunque mi padre fuera capaz de hacerlos sin pestañear, acompañado en su soledad de conductor de un paquete de Ducados y de los casettes de Camarón cuando los demás dormíamos.

Los cacahuetes, en su enorme bolsa, los recuerdo de alguna vez que la Semana Santa caía tarde y coincidía con el cumpleaños de mi hermano pequeño y por eso los llevábamos. Mis primos mayores eran los encargados de repartirlos: hacían una fila, abrían la bolsa (grande, con los frutos secos ya sin cáscara) y nos los iban dando en la mano. Estaban salados.

 

Caserío de Salamanca (c) JR

Caserío de Salamanca (c) JR

Durante esos días de vacaciones en el “Caserío de Salamanca” (así rezaba el enorme portón de la entrada, pero no era lo que yo, en lo que ellos llamaban “el Norte”, entendía por un caserío, y, desde luego, no estaba en Salamanca) el tiempo daba mucho de sí. Mis primos eran inquietos y bastante independientes, acondicionaron un establo como Club y pintaron sus siglas en la puerta verde de madera (“C.P.R.”) En el Club había tebeos, libros de trucos para espías (ya he dicho que mis primos tenían sus inquietudes), juegos de mesa y un olor peculiar. Creo que por dentro lo pintaron ellos. Para cuando nosotros llegábamos, ya solía estar todo hecho. Hicieron también un reloj de sol en una pared exterior. Así, es normal que luego encaminaran sus pasos a la arquitectura, la ingeniería, la construcción. Gente apañada, no como yo.

Íbamos a las procesiones entre las calles de pequeñas casas encaladas. Ellos participaban a veces en el lavatorio de los pies. El cura del pueblo (grande, redondo, de color rojo) representaba esa escena del Jueves Santo lavando los pies en el altar a un grupo de niños. Había que ir con los pies ya lavados, claro. A mí no me tocó nunca, no sé si iba por edades o es que había que ser más del pueblo de lo que yo era, que venía de lejos. Sigue leyendo