La cumbre en blanco (el Perdiguero por Literola)

Nada nos obliga a ir una vez al año a Pirineos. No es una necesidad. Es un deseo sin cuya realización podríamos vivir; así pasa con los deseos: hay quien vive sin tenerlos y, ¡ay!, quien no persigue cumplirlos y ahí está a veces la raíz de una vida sin sobresaltos, si es que tal cosa puede llamarse vida.

En todo caso, esta práctica empezó hace ya años y la mantenemos. Supongo que cada uno lo vive a su manera, pero tampoco puedo estar seguro; al fin y al cabo siendo hombres en cuanto al género y vascos por el origen no se puede esperar que intercambiamos confidencias e intimidades en torno a la mesa llena de comida y bebida que nunca falta al final de cada excursión.

Para mí cada expedición tiene algo de hoja en blanco, una superficie en la que se van escribiendo líneas que empiezan buscando la siguiente y que acaban en torno a esa mesa de la que acabo de hablar, ya la letra un poco titubeante entre el esfuerzo y, en este caso, el Somontano.

Cada subida es una historia que se despliega también en el interior. Al ir haciendo el camino uno lleva una mochila de ropa y comida y otra, íntima, con sus pensamientos. Y entre las rocas, praderas e ibones suele surgir un hilo que recorre el perfil de la etapa. Suele pasar que cuanto más cargado subo más denso es el relato que se va imprimiendo.

Este año, sin embargo, no terminaba de llegarme el argumento mientras subía, ni tampoco semanas después hay una idea que se haya ganado un espacio suficientemente grande en los borradores mentales. Donde otros años había pensamientos e imágenes que entrechocaban en la bolsa cargada a la espalda, este año había otro silencio, una desocupación de obsesiones o anhelos, como si simplemente el equipaje fuera de forros polares y chocolate.

Es curioso como a veces uno echa en falta el peso de la mochila, como esa cita que encabeza el blog  Zubero y que dice, más o menos, que cuando nos quitamos la mochila no nos enderezamos enseguida porque era ese peso el que nos daba el equilibrio.

Y con esa desorientación subía y tal vez por eso mismo prestaba más atención a mis compañeros de esta subida anual:

A., mi amigo desde hace mucho tiempo, con su andar convencido, siempre con ritmo redondo, como el ciclista fiable capaz de marcar el mismo tiempo en cada vuelta del velódromo;

K., expresión de la persona amena y sociable, con su paso elegante, flexible, que tiene algo de guía de scouts que fue o, si no, debió haber sido;

R., un atleta fuerte y seguro, con paso firme y ligero, capaz de ir a ritmo de estampida sin por ello alterar el pulso (el suyo, claro);

A., de paso experto bien dirigido por una visión hábil y conocedor de mil historias de montaña con las que siempre aporta otra música a la letra anualmente elegida, y

J., con paso propio y original, inquieto y entusiasta, con ritmo de explorador queriendo siempre ir un poco más allá y no dejar nada sin andar.

Faltaba este año I. por motivos ineludibles, compañero de camino en muchos momentos y cuya ausencia estaba muy presente en cada rato, privados este año de su voluntad y su agudeza, del empeño y de su paso de ritmos múltiples según el año y la ocasión.

Y yo, en medio de todos ellos, sintiéndome afortunado por ser parte de esa especie de arcoiris, mirando hacia atrás y hacia delante para localizarles primero por el color de su ropa (¿cómo es que nunca coincidimos?) y luego por la manera de ir negociando piedras y desniveles.

Así fueron pasando las muchas horas que invertimos este año en hacernos amigos del Perdiguero. Desechamos otras elecciones para evitar dormir en refugio en este tiempo de pandemia. Así que algo tenía que cambiar para que todo siguiera igual y optamos por hacer noche en un hostal a la salida de Benasque.

Lo demás fue cuestión de andar. Los pastos iniciales, cuajados de ovejas que darán cuajadas fueron dando paso al terreno más abrupto, más mineral y menos vegetal. Así también la amplitud inicial del valle de Literola fue haciéndose más estrecha, vallada entre las paredes que forman los picos y las crestas de Pirineos. Pudimos volver a contemplar esas moles de granito en el pequeño ibón que guardaba uno de los recodos del recorrido y, ahí sí, supimos que aún en tiempo de virus la montaña espera. Después, ganar y ganar altura, ayudados a ratos de las manos, superamos el barranco hasta parar a reponer fuerzas en una terraza con vistas al singular perfil del Perdigueret.

La siguiente fase consistió en negociar el ascenso con grandes bloques de piedra, entre inestables y juguetones, hasta quedar enfilados en la larga cresta que nos había de llevar al final. En este tramo, y tal como entre las rocas se producen a veces fisuras se abrió una pequeña distancia física entre unos y otros, fruto tal vez de que a uno de los nuestros no le hizo bien el hamaiketako con vistas. Una vez digerido (¡digámoslo así!) el contratiempo gracias a que nunca faltan manos ni espaldas para repartir el peso, continuamos andando y, de paso y al paso, nos hicimos con el Hito Este todos juntos y casi sin darnos cuenta.

Estábamos ya cerca del final que, a diferencia de otros años, no se identificaba con demasiada propiedad; no tuvimos que atravesar piedra deshecha ni pasos aéreos, sólo cruzar una pequeña lengua de nieve y en poco más estábamos en lo alto. Nos encontramos con una cumbre discreta, en la que no era fácil identificar el punto más alto, como quien, invitado de última hora a una boda civil, no está seguro de quién es el anfitrión. 

Y de esta manera, como si alcanzar la cima fuera un acto cotidiano, de nuevo habíamos conseguido coronar la montaña. Dejamos las mochilas, mucho más cargadas que las que llevaban los montañeros con quienes nos encontramos con el camino, y pudimos mirar sin cansarnos la amplitud del paisaje de altura.

Así fue, más o menos, la subida. Y aun no exenta de dificultades y de momentos de apuro resueltos con espíritu colectivo, sí diría que me resultó extraña la sensación de fluidez que proporciona no tener que resolver un enigma que, al mismo tiempo, dibuja el pequeño vacío de no tener que hacerlo.

“Dichosos son los hombres que son capaces de subir las cumbres y mirar desde allí con entrañas de humanidad”  José Martí (inscripción encontrada en la cumbre)

Monte Perdiguero. 3.222 m. 11 de julio, 2020

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