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Por eso, Giacomo

-Pero, aita, este año yo quiero ir a jaias de Mundaka, ¡van a ir todos!

-He dicho que no, e no voy a repetirlo. Escucha, nosotros no somos come tutti, te lo he dicho muchas veces. Si hemos llegado a ser algo es porque trajimos aquí cosas diversi ¡E no me pongas cara de que ya los sabes!. Mira, te recuerdo otra vez antes de que llegara la famiglia a este pueblo las anchoas eran solo cebo de pesca. ¡Las anchoas, mamma mia! E nosotros trajimos la técnica de los salatori; no la técnica no: ¡el arte de los salatori di Porticello!. Antes de eso, lo único que tutti sabían era conservare las anchoas con piel y con espinas, ¡sólo le quitaban la testa!

Y luego nosotros fuimos los que les enseñamos cómo hacer los filetti. Al principio, los cubríamos de mantecca para conservarlos en la lata, e les poníamos alcaparras para atenuar el sapore. Pero era tan cara la mantecca que empezamos a usar il olio. Si fuéramos como tutti no hubiéramos quitado la piel y las espinas a las anchoas, ni habríamos pasado de los toneles a las conservas di hojalata… ¡este pueblo no sería el mismo!

Entonces, mientras Giacomo se aburre con la enésima repetición de la historia, su padre piensa en los veranos en que está de nuevo en Porticello, y en todas las veces que él realiza con placer el delicado proceso de desprender a su primer amor de verano de su ropa y sus prejuicios. Cómo tras los primeros forcejeos incruentos ella siempre acaba cediendo y queda lista para él, sedosa y deliciosa, como un bocado que tiene el sabor de la comida olvidada de la infancia. Sigue leyendo

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Pilotos en la tormenta

“Pilotos en la tormenta” es una traducción libre de “riders on the storm”. Y “riders on the storm” fue el título que libremente elegí hace tiempo para contar en este blog mi primera ascensión a un tresmil en Pirineos (así, sin artículo determinante) Hace pocos días llegaron a mi buzón varios ejemplares de la revista “Pyrenaica”, de la Federación Vasca de Montaña, con un artículo mío basado en aquella entrada. Aquí está:

Pyrenaica

Pyrenaica

Tras llevar dos años publicando solo en internet, reconozco que ver mi escritura en una revista como esta me produce satisfacción y me produce, también, deseos de volver a este blog. Hace ya más de dos años que realicé esa subida y, precisamente ahora, estoy preparando la expedición de este año que, como la del Garmo Negro, parte de los Baños de Panticosa.

Puedo decir que mi afición a la montaña tiene dos fases y siempre tengo la sensación de haber llegado tarde a cada una de ellas. El primer contacto pirenaico lo tuve en campamentos juveniles, cuando ya muchos de los que iban habían subido la mayoría de los montes que nos rodeaban. El placer que encontré, las nuevas unidades de medida, el renovado sentido del esfuerzo y la distancia del asfalto me abrieron los ojos a muchas nuevas perspectivas.

La segunda fase data de hace pocos años y se debe en gran parte a las limitaciones para hacer otros deportes (es éste, el de las limitaciones, uno de los temas que siempre anida en lo que cuento) Volví a las botas de monte con cierta humildad y en ellas he ido ascendiendo cotas cercanas primero y más lejanas después. No aspiro a grandes cimas, y mi satisfacción radica en disponer de una afición que, a su vez, me brinda momentos de belleza y orgullo satisfecho.

Aún así, toda afición tiene algo de adicción y tortura. Alegremente entregué mi deseo al monte con la expectativa de disfrutar, y esa entrega a veces discurre por caminos propios y casi ajenos a mi deseo. Sigue leyendo

Un área de servicio

Yo lo hacía durante un tiempo, pero poca gente más conozco que disfrute triturando galletas enteras en la boca. Lo mas normal es mordisquearlas, trocearlas o, en definitiva, hacerlas cachitos para poder comerlas. En cualquier caso, ¿qué más dará?: enteras o a trozo el sabor es el mismo y, sin embargo, ¿quién compraría un paquete de galletas sabiendo que están rotas?

Comprar es siempre un acto de poder, y quien reconociera comprar galletas hechas migas estaría diciendo al mundo que carece de poder, que apenas es capaz de hacer fuerza y defender su posición. ¡Qué vulgar sería, por ejemplo, comprar las cápsulas de Nespresso en el ultramarinos, junto con puerros y patatas en lugar de adquirirlas en tiendas exclusivas de la marca! Puede defenderse que el objeto comprado es el mismo, sí, pero la experiencia de compra no tiene punto de comparación. El café de ningún modo tendría el mismo sabor. Y la bolsa no sería igual.

Hay quien como yo, experimenta este tipo de sensaciones en las áreas de servicio de las autopistas. Son aparentemente “no-lugares” que bajo una asepsia indolora crean la fantasía de ser un oasis en medio de las arenas de asiáticos desiertos. En estos “no-lugares”, en los que es posible que un cocinero de gorro erecto atienda el autoservicio, uno puede encontrar pequeñas bolsas de patatas o de frutos secos que siendo la mitad del tamaño habitual, doblan sin inmutarse su precio. Relucientes refrescos de valor estelar, diminutas botellas de vino, bocadillos y manjares recalentados cuyo consumo exige gesto serio y compostura. Yo he visto gente con cara de estar dándose un banquete en algunas áreas de servicio, con platos que superan, sin duda, su mejor comida de los domingos.

Pero a mí me atraen, es más, diría que me fascinan. Aparcas el coche bajo un sol de injusticia y al traspasar la puerta entras en un mundo de temperatura atemperada, en el que productos regionales, revistas fantásticas y largas hileras de bolsas y tubos de patatas fritas se cuadran de manera displicente, examinando si eres suficiente o no para poder comprarlas.

Son mundos felices, en los que los niños (alfredos, álvaros, martines, marías, …) corretean a sus anchas ensayando sus futuras compulsiones de compra, centros comerciales para debutantes y para quienes disfrutan pagando más por menos.

Dos galletas

Dos galletas para ti

Hay que ser Sigue leyendo