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Maridajes (escena nº 4 y final)

 

Otro punto de vista www.botellascerveza.com

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Escena 4. Taberna nueva con pinta de llevar toda la vida. Cerveza (de bodega), hay gildas a la vista (ese pintxo de aceituna, guindilla verde y anchoa en aceite) Domina la escena un olor que no se ve y que presenta notas con tendencia a la acidez y algún tono ligeramente rancio.

Es la segunda vez que estamos aquí, pero es obvio que este sitio tiene algo de túnel del tiempo, de poso, de solera, de brasa y de ceniza de otra época. La semifinal ha terminado y mientras pedimos en la barra un señor que resultará más tarde llamarse Carmelo (pongamos que ese es su nombre) se pregunta en voz alta que con quién irá ahora la prensa de Madrid. En voz alta también, yo respondo que con nosotros seguro que no.

Carmelo tiene edad de estar jubilado, un jersey verde tan ancho como su generosa anatomía, pelo canoso y abundante y bigote denso y más bien descuidado. Se inicia una de esas conversaciones de bar en la que cualquiera puede entrar, porque se habla girando la cabeza pero no el cuerpo. Deriva el tema hacia el fútbol, los fichajes y el Athletic, y deduzco que Carmelo debe ser buen aficionado, porque habla de un chaval de Lezama que reculó en el Rayo después de pasar por el Poli Ejido. Su amigo (más alto y más simpático, mejor peinado, camisa roja y chamarra que parece de cuero pero de cerca no lo es) le advierte con una sonrisa que va a llegar tarde a cenar. Carmelo dice que él se iría a Bilbao a seguir tomando potes y su amigo le dice que los sitios que él conocía estarán todos cerrados.

Carmelo no se arredra y dice (y yo tomo nota) que “si está cerrado, se llama” y entonces su amigo le dice que sí, que como cuando iba a la Palanca y acababa en pisos de inmigrantes. Carmelo pone cara de fastidio y dice que no fue así. Sigue vaciando su enorme copa de vino con mano que tiembla y dice que ya lo cuenta él. Sigue leyendo

Agua fría

Echa un último vistazo en la agenda a las anotaciones que deja para el primer día de septiembre. Luego, consulta rápidamente su correo privado, toma el último trago del agua recalentada del botellín y por fin apaga el ordenador. Un compañero le guiña un ojo y le dice, “¿qué?, por fin vacaciones, ¿no?” Él ensaya su sonrisa de Director Comercial, se afloja la corbata y asiente.

Sabe que llegar a Almería es un camino largo cuando en un día tienes 1.000 kilómetros por delante, una mujer infiel a un lado y dos niños en edad de tener caprichos que no pueden pagar detrás. El climatizador está estropeado y se agradece el aire acondicionado cuando paran a comer en ninguna parte de Ciudad Real.

“Por H. no se pasa; a H. se va” decía siempre su padre, y él lo repite sin mucho entusiasmo, quizá porque al heredar la casa de verano hizo propias también manías y muletillas de su progenitor. Ha caído la tarde y algo ha refrescado cuando empiezan a subir desde N. la carretera empinada y estrecha que les lleva hasta H. Son casi quince minutos de subida picando hacia la Sierra, que también hacen en silencio tras haberse pronunciado la sentencia paterna de rigor.

Balcón de H. (c) JR

Balcón de H. (c) JR

Desde H. las vistas son amplias y un poco estremecedoras. La plaza tiene una parte de voladizo con un banco corrido de piedra y una papelera que siempre está llena. Desde allí se ve el pueblo de N. (“la capital” le llama él) como un pequeño belén de casas blancas en el que parece que nada malo pudiera suceder.

A la derecha de la plaza sale una pequeña senda que va al manantial, “la Alberca”: una balsa de piedra rodeada de hierba en la que se remansa el agua helada que llega, creen en el pueblo, de Sierra Nevada. De la fuente salen tres kilómetros de canalillos de cuando los árabes que salvan el desnivel hasta N. y que por el camino al valle riegan campos y huertas y mueven los molinos de rodezno que aún funcionan.

Esa Alberca es también el lugar en que  se encuentran los pocos veraneantes: por la mañana los mayores y por la noche los más jóvenes, también sus hijos. La hierba, blanda a primera hora, ofrece un buen lugar para descansar y la balsa tiene suficiente superficie y profundidad como para hacer las veces de piscina. Su mujer se queda en casa muchas mañanas, casi sin excusas, y allí la encuentra a la vuelta pegada a la pantalla de su iPhone. Él no le dice nada: va a la cocina para ver si está la comida lista y aprovecha para comprobar si hay mensajes nuevos en su correo privado. Sigue leyendo

Alaska (Sudáfrica)

Hay pocos nombres que suenen también y evoquen tanto como el de Alaska, ¿no?

Yo pronuncio “Alaska” y hay por lo menos cuatro cosas que me vienen a la cabeza: un paisaje blanco y helado, con esquimales que tratan de no perder las cerillas; el Hotel que Bernardo Atxaga sitúa en Obaba en “El hijo del acordeonista”; el establecimiento que con ese nombre tiene unos helados de nata un poco sosos de los que tienes que hablar con cara de éxtasis si eres de Bilbao y, por último, esta chica que ahora es más conocida por estar más o menos casada con un tal Vaquerizo. Prácticamente en todos los casos existe una relación entre el nombre y la palidez de lo nombrado, pero eso no es algo de lo que yo vaya a hablar.

Alaska, 1984

Alaska, 1984

Deseo carnal” fue un disco de pecaminosa portada (hablamos de 1984) que contenía una canción que algunos llaman “Mil campanas” y otros “Ni tú ni nadie”. Esa canción, llena de rimas fáciles como disculpas ensayadas, tiene una frase que dice “qué difícil es pedir perdón” y luego sigue “ni tú, ni nadie, nadie, podrán cambiarme”. Oyéndolo ahora me cabe la duda de si es a ella a quien le resulta difícil disculparse y, además, no piensa cambiar, o si, por el contrario, sufre duramente porque alguien le ha ofendido y ella espera en vano que le pidan perdón.

Es posible que si la rima lo hubiera requerido Alaska podría haber cantado “qué difícil es pedir champagne” (en esos años todavía no sabíamos de Denominaciones de Origen y hasta el Rondel Verde era champán y no cava, yo todavía mezclo los nombres, lo siento) Pero no, dijo: “qué difícil es pedir perdón” y la clavó.

“Pedir perdón”, vaya cosa. Sigue leyendo

La liebre con ojos de ámbar. Una herencia oculta.

Elegir es una tortura, una asfixia: tener que elegir qué como hoy, cuál es mi camiseta preferida, elegir la cerveza que más me gusta o la música que hoy voy a escuchar, … Hay otras decisiones de más calado, por supuesto, pero son menos preocupantes porque para esas la Naturaleza nos ha dotado de mecanismos que orientan nuestra capacidad de decisión; la Iglesia, con su habitual perspicacia, ha detectado y clasificado a la perfección esos engranajes, a los que ha denominado “pecados capitales”: siete impulsos universales que son una ayuda inestimable para conducirnos en la vida. Sigue leyendo