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Objetos perdidos en los Picos del Infierno

La sucesión de hechos y anhelos que nos lleva, es decir, lo que algunos llaman “la vida”, no siempre ofrece términos medios: si propongo matrimonio, o es un sí o es un no; si presto uno de mis libros preferidos, o me lo devuelven o no me lo devuelven; si, ¡qué sé yo!, abro la boca, o hablo o me callo.

De manera similar, mi pensamiento es que si voy al monte, o llego hasta arriba o no llego. En la costumbre asentada en los últimos años de realizar una subida en Pirineos en el mes de julio, todas las expediciones se habían ido saldando con la llegada a la cima (no diré con su “conquista” porque no se trata de una guerra): el Anie, la Mesa de los Tres Reyes, el Garmo Negro, el Taillon. Mi objetivo de este año eran los Picos del Infierno desde el Balneario de Panticosa.

Diría que al tener un objetivo el campo de visión se centra en él y se impone al resto de los sentidos. Así, poco importa el sabor de boca que tengas (¿te has lavado o no los dientes tras desayunar a las seis de la mañana?, ¡qué más da!), las conversaciones perdidas que oigas, el tacto que tengan los cordones de las botas o el olor de la montaña cuando amanece. Al modo del restaurador de cuadros envejecidos, al recordar o al proyectar solemos limpiar del ruido que nos ha rodeado las imágenes que nuestro cerebro pinta (aunque, por cierto, esos sonidos de fondo son los que a veces nos dan la tranquilidad de no tener que llenar todo encuentro con palabras o caricias)

Elementos (c) JR

Elementos (c) JR

Soy yo el que subo, soy el sujeto del esfuerzo medido que me debiera llevar al objeto de mi andadura.

Así empieza la subida, lenta y destinada a no acabar en la cumbre. Los pronósticos meteorológicos son claros y coinciden en que habrá lluvia antes de poder hacer cima. Seguimos el trazo de la ruta que llevamos en el móvil, sigo el silente rastro de quien antes hizo ese recorrido, seguimos la dirección que nos indican otros que se cruzan en nuestro camino. Sigue leyendo

Por fuera del paréntesis

“Cruzan nubes grises
por un cielo turbio y feroz.
Esta tarde espesa, acodado en este balcón..”

Somos levedad. M. García.

***

Rueda de días que pasan y se agotan y pinchan y renuevan, las mañanas de oficina siguen empezando más o menos igual: los mismos saludos, los papeles de siempre y el amenazante mensaje de advertencia al encender el ordenador (no cuajó la propuesta poética formulada en “Invictus reloaded“)

Teclas (c) JR

Teclas (c) JR

 

Carrera de mañanas que avanzan en desorden, no coincido hoy con nadie para ese momento de tomar un café con o sin mala leche y hablar de nada que sea útil para el curso del globo terráqueo en su órbita elíptica y eterna.

Momento de gracia, entonces, para morder unos minutos desiguales y comprar un regalo de cumpleaños para el que, esta vez, tengo pocas ideas. Se activa la cuenta atrás y dejo por un rato el ambiente enrarecido del edificio en el que trabajo y de pronto estoy en la calle.

Aire azul de una mañana de octubre, hay gente que pasea y tiene rumbo pero no prisa, no parece que haya nadie más en las aceras sin ideas para hacer un regalo. Cruzo la calle y un niño de meses, incorporado dulcemente en su cochecito de paseo bosteza plenamente como si no hubiera mañanas ni horarios.

Rumor de la calle, sonido en armonía formado por la suma de ruidos en la mañana en que busco donde entrar. Ciudadanos de a pie sentados en las terrazas que el calor tardío aún permite. Cruzo otra calle y viene de frente una pareja, altos y guapos, ella con pantalones vaqueros rotos por el frente en aberturas paralelas. Llevan a un bebé en una silla de paseo deportiva. Sigue leyendo

En los vértices del tiempo

 

Arrebato Libros (Madrid) (c) JR

Arrebato Libros, Madrid
(c) JR

 

Hay cerebros amueblados en tiendas de antigüedades, con solemnes librerías de madera oscura llenas de volúmenes linealmente ordenados, mesas de sólidas patas con los adornos exactos en el sitio preciso y recias cortinas para que no entre desordenada la luz del sol de lo improcedente. Otros son como trasteros, camarotes marxistas en los que entran y entran y salen y salen en alegre confusión personas, colores y papeles. Los hay, supongo, como garajes abandonados, en los que campan el polvo, las arañas y el olor a cerrada humedad, garajes que no guardan memoria de lo que en ellos se guardó.

Mi cerebro viene a ser un pequeño estudio siempre pendiente de terminar de ordenar. En él, los conocimientos, la memoria, los recuerdos, las emociones vividas, …  se reparten entre libros bien colocados que contienen capítulos en orden, correlativamente numerados y sobre los que se ha ido asentando una pátina necesariamente lustrosa (ya que una pátina no es sino el “tono sentado y suave que da el tiempo a las pinturas al óleo y a otros objetos antiguos” http://www.rae.es). Otras carpetas con igual contenido se reparten entre mesas cuyo principal mérito no es el orden ni la limpieza sino la capacidad de unir volúmenes aparentemente opuestos para formar parte de un mismo montón. Siempre habrá, además, fotografías, periódicos y billetes de transporte ya usados repartidos por cajones y también en el suelo (ya que necesito sin remedio más espacio del que dispongo: tal es mi resistencia a deshacerme de lo que ha sido parte de mí)

Amarillean los bordes de algunas hojas y verdean tal vez por la lluvia los alféizares de mi pequeño estudio. Mi cerebro ve pasar días y noches, y, como sucede con cualquier almacén ordenado de manera mediocre, las nuevas mercancías quedan por encima de las viejas, de aquellas que descubrí siendo más joven y aún más impresionable que ahora y que hicieron surco en mi interior. Hablo de esas cosas de antes, de cuando parecía que siempre habría por descubrir olores y sabores y aún no hablábamos en términos de “emociones” y “experiencias”

Y las capas de mi cerebro, entonces, se han ido completando de placeres y dolores y pareciera a veces que el recorrido no pudiera sino ser lineal y que no hay sino crecer y recrecer sobre materiales ya consumidos. Sigue leyendo

Se vende o alquila

Todos los vecinos pudimos ver el anuncio de venta de la casa en internet. Los del Bajo C habían tenido su primer niño y, como tantos otros, siguieron el protocolo establecido para estos casos: compraron una monovolumen de siete plazas, ella se cortó el pelo y él, supongo, empezó a aumentar la intensidad de los cafés con las chicas de Contabilidad. Obviamente, también decidieron mudarse a una casa más grande.

No eran buenos tiempos para la inmobiliaria, y desde la inmunidad que ofrece internet, rastreamos diversas agencias “on-line” hasta que dimos con la que tenía su anuncio de venta; no hubo discusión en el veredicto: el precio de salida nos pareció desorbitado y la tapicería de los sofás del salón resultaba horrible.

Formas impersonales

Formas impersonales

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La liebre con ojos de ámbar. Una herencia oculta.

Elegir es una tortura, una asfixia: tener que elegir qué como hoy, cuál es mi camiseta preferida, elegir la cerveza que más me gusta o la música que hoy voy a escuchar, … Hay otras decisiones de más calado, por supuesto, pero son menos preocupantes porque para esas la Naturaleza nos ha dotado de mecanismos que orientan nuestra capacidad de decisión; la Iglesia, con su habitual perspicacia, ha detectado y clasificado a la perfección esos engranajes, a los que ha denominado “pecados capitales”: siete impulsos universales que son una ayuda inestimable para conducirnos en la vida. Sigue leyendo