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Placeres pequeños (II)

Piensas mientras bebes el café del desayuno en lo que viste ayer: las obras de reforma de la plaza han descubierto el empedrado viejo bajo el asfalto que están renovando. En el monte, la tierra que a veces pisas no es sino la última de las varias capas que tendrías que atravesar hasta llegar a la roca que todo lo sustenta: hojas, musgo, barro, restos arbóreos y orgánicos que se ordenan y acumulan.

Alfombrada (c) JR

Alfombrada (c) JR

En algunas ocasiones la lluvia – y crees que en otras ocasiones el calor del sol – penetra en esas láminas superpuestas que forman el paisaje del campo a ras de suelo. Así, se descubren y brotan los olores especiales que sólo se pueden crear con la lenta mixtura de elementos diferentes, todos ellos nacidos bajo un cielo libre.

“Huele a lluvia”, pero no es la lluvia la que tiene esa intemporal fragancia; “huele a verano”, pero no es la estación en sí la que desprende ese aroma.

Terminas de desayunar. Es pronto y nadie está levantado aún en casa. Sigue leyendo

Un área de servicio

Yo lo hacía durante un tiempo, pero poca gente más conozco que disfrute triturando galletas enteras en la boca. Lo mas normal es mordisquearlas, trocearlas o, en definitiva, hacerlas cachitos para poder comerlas. En cualquier caso, ¿qué más dará?: enteras o a trozo el sabor es el mismo y, sin embargo, ¿quién compraría un paquete de galletas sabiendo que están rotas?

Comprar es siempre un acto de poder, y quien reconociera comprar galletas hechas migas estaría diciendo al mundo que carece de poder, que apenas es capaz de hacer fuerza y defender su posición. ¡Qué vulgar sería, por ejemplo, comprar las cápsulas de Nespresso en el ultramarinos, junto con puerros y patatas en lugar de adquirirlas en tiendas exclusivas de la marca! Puede defenderse que el objeto comprado es el mismo, sí, pero la experiencia de compra no tiene punto de comparación. El café de ningún modo tendría el mismo sabor. Y la bolsa no sería igual.

Hay quien como yo, experimenta este tipo de sensaciones en las áreas de servicio de las autopistas. Son aparentemente “no-lugares” que bajo una asepsia indolora crean la fantasía de ser un oasis en medio de las arenas de asiáticos desiertos. En estos “no-lugares”, en los que es posible que un cocinero de gorro erecto atienda el autoservicio, uno puede encontrar pequeñas bolsas de patatas o de frutos secos que siendo la mitad del tamaño habitual, doblan sin inmutarse su precio. Relucientes refrescos de valor estelar, diminutas botellas de vino, bocadillos y manjares recalentados cuyo consumo exige gesto serio y compostura. Yo he visto gente con cara de estar dándose un banquete en algunas áreas de servicio, con platos que superan, sin duda, su mejor comida de los domingos.

Pero a mí me atraen, es más, diría que me fascinan. Aparcas el coche bajo un sol de injusticia y al traspasar la puerta entras en un mundo de temperatura atemperada, en el que productos regionales, revistas fantásticas y largas hileras de bolsas y tubos de patatas fritas se cuadran de manera displicente, examinando si eres suficiente o no para poder comprarlas.

Son mundos felices, en los que los niños (alfredos, álvaros, martines, marías, …) corretean a sus anchas ensayando sus futuras compulsiones de compra, centros comerciales para debutantes y para quienes disfrutan pagando más por menos.

Dos galletas

Dos galletas para ti

Hay que ser Sigue leyendo

Nespresso Krups y Kurt Vonnegut: “La cartera del cretino”

Kurt Vonnegut y una Nespresso Krups entraron hace poco en mi vida por diferentes caminos.

Kurt Vonnegut me miró socarronamente desde una estantería mientras yo buscaba las “Historias del arco iris” de Vollmann. Si me hubiera cruzado con él por la calle, con esa visera, bigote, esas bolsas bajo los ojos y ese cuello de gabardina subido, hubiera rehuido su paso. Sin embargo, en la portada de un libro titulado “La cartera del cretino” fue, sin duda, el color naranja del filo de las hojas el que le confería un aire de complicidad que me resultó imposible de rechazar. Compré el libro.

Malas compaías

Malas compañías

Lo de la cafetera fue diferente. Ya era mayoría absoluta la gente que tenía la Nespresso, pero yo no tenía una. Y no es nada inocente que la citada mayoría tuviera la (artículo determinado) Nespresso, en lugar de una (artículo indeterminado) Nespresso. Es como cuando la gente (otra gente, no necesariamente los ya citados que tienen cafeteras, en el mundo hay mucha gente, hay gente, incluso, pa tó) se compra el Omega, o el BMW, el osito de Tous o la pantera de Cartier. No sé si me explico, si compras con artículo determinado, es porque ese objeto estaba, precisamente pre-determinado para que fuera tuyo, formaba parte de un proyecto, probablemente, vital. Pero, por ejemplo, si yo algún día me compro un Franck Muller auténtico, será éso, uno, pero no el, porque, a día de hoy, ni mi cartera ni mi conciencia me permiten pensar que ese reloj y yo formemos parte del mismo cuento.

En fin, lo de mi Nespresso no tuvo, por tanto, nada de flechazo, sino que fue, más bien,  un acto de integración social. Sigue leyendo