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Dolores pequeños (II)

Pulsa

Foto de Alexander Boden bajo licencia de Creative Commons CC BY-SA 2.0

Viaja el ascensor más lento, más cansino desfilan hoy los pisos camino del tuyo (tuyo porque allí duermes, no tuyo porque te espere). Al entrar en él has visto tu imagen recogida en el espejo y éste te ha devuelto el reflejo de tu espalda encorvada, como sucede en los días de frío. Has doblado la columna un poco más para que tu cuerpo se aproxime a ese dibujo. Sigue leyendo

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Madrid – Badajoz – Navidad

No es posible saber cuál es el centro geográfico exacto de la enorme estación de autobuses, pero el niño cree estar precisamente en él, y eso le sucede desde hace un rato por más que se muevan de un lado para otro arrastrando maletas y bolsas con bocadillos para el camino y con el mazapán que sobró. Su vacío en el estómago lo llena el humo que sale de los escapes de los autocares a punto de salir. El niño respira esos gases y la nariz, los pulmones y el estómago se le llenan de olor a miedo y a viaje en Navidad. Es muy probable que a esa hora sus amigos estén jugando en la plaza. Él manosea el papel blanco y azul de los dos caramelos de anís que están en su bolsillo, y que hacen compañía a llavero del lobito feroz que ya tiene roto el cierre. Con la otra mano se agarra a su madre, que no para de hablar con sus tíos.

 

 

La familia se mueve por la estación, cruzando por detrás o por delante de autobuses que salen o llegan, y que avanzan torpes y muy despacio porque bajo los techos altos de la terminal no están marcados los carriles de entrada o salida: las cocheras con como una gran plaza desnuda de asfalto. Su madre lleva botas para el frío, pantalones de pana (no hace mucho que empezó a ponérselos) y un jersey grueso y defensivo bajo el abriguillo de batalla. Sigue leyendo

En los vértices del tiempo

 

Arrebato Libros (Madrid) (c) JR

Arrebato Libros, Madrid
(c) JR

 

Hay cerebros amueblados en tiendas de antigüedades, con solemnes librerías de madera oscura llenas de volúmenes linealmente ordenados, mesas de sólidas patas con los adornos exactos en el sitio preciso y recias cortinas para que no entre desordenada la luz del sol de lo improcedente. Otros son como trasteros, camarotes marxistas en los que entran y entran y salen y salen en alegre confusión personas, colores y papeles. Los hay, supongo, como garajes abandonados, en los que campan el polvo, las arañas y el olor a cerrada humedad, garajes que no guardan memoria de lo que en ellos se guardó.

Mi cerebro viene a ser un pequeño estudio siempre pendiente de terminar de ordenar. En él, los conocimientos, la memoria, los recuerdos, las emociones vividas, …  se reparten entre libros bien colocados que contienen capítulos en orden, correlativamente numerados y sobre los que se ha ido asentando una pátina necesariamente lustrosa (ya que una pátina no es sino el “tono sentado y suave que da el tiempo a las pinturas al óleo y a otros objetos antiguos” http://www.rae.es). Otras carpetas con igual contenido se reparten entre mesas cuyo principal mérito no es el orden ni la limpieza sino la capacidad de unir volúmenes aparentemente opuestos para formar parte de un mismo montón. Siempre habrá, además, fotografías, periódicos y billetes de transporte ya usados repartidos por cajones y también en el suelo (ya que necesito sin remedio más espacio del que dispongo: tal es mi resistencia a deshacerme de lo que ha sido parte de mí)

Amarillean los bordes de algunas hojas y verdean tal vez por la lluvia los alféizares de mi pequeño estudio. Mi cerebro ve pasar días y noches, y, como sucede con cualquier almacén ordenado de manera mediocre, las nuevas mercancías quedan por encima de las viejas, de aquellas que descubrí siendo más joven y aún más impresionable que ahora y que hicieron surco en mi interior. Hablo de esas cosas de antes, de cuando parecía que siempre habría por descubrir olores y sabores y aún no hablábamos en términos de “emociones” y “experiencias”

Y las capas de mi cerebro, entonces, se han ido completando de placeres y dolores y pareciera a veces que el recorrido no pudiera sino ser lineal y que no hay sino crecer y recrecer sobre materiales ya consumidos. Sigue leyendo

Épica o estética

Hace más o menos un año publiqué “Riders on the storm“, una entrada en la que contaba mis emociones con relación a la subida al Garmo Negro, mi primer 3.000 pirenaico. Debiera releerla para hablar con propiedad, pero es tarde y ni me apetece ni me hace mucha falta. En aquella ocasión, mi vivencia fue cercana a la épica: iba con poca seguridad, con pronóstico de tormentas, crampones y piolet por primera vez, y, realmente, sin el optimismo de mis acompañantes me hubiera quedado en casa. La experiencia fue magnífica, dura pero satisfactoria, una exploración por los límites de las creencias y la fuerza física.

Este año he vuelto a Pirineos. Esta vez ha sido el Taillon, 3.144 metros con nieve y crampones también. Una subida más asequible por la altura del punto de partida y el propio relieve de la etapa. Además, las segundas veces carecen de la incertidumbre de las primeras y permiten menos implicación. Así suele ser.

Pasar (c) JR

Pasar

Por eso, esta vez no he subido tan pegado ni a la tierra ni a la piedra. Tenía la sensación de ver los Pirineos desde la órbita terrestre, como si desde antes de empezar el día hubiera salido propulsado hacia el espacio y tras hacer una curva en la ionosfera hubiera girado para ver los montes desde lo alto. Y desde arriba todo tiene una forma más redonda, que, tal vez por ello, me recordaba a D., que fue quien nos atendió en nuestra llegada al Albergue la noche anterior. D. es de esas pocas personas que sabe combinar una camiseta de tirantes con unas mallas y un calzado de cierto tacón. La camiseta, de color azul, ofrecía sus curvas de manera sensible y generosa como su sonrisa, y fue también la que nos despidió de camino a otra curvas, las del puerto que nos llevaba al punto de partida. Sigue leyendo

Se vende o alquila

Todos los vecinos pudimos ver el anuncio de venta de la casa en internet. Los del Bajo C habían tenido su primer niño y, como tantos otros, siguieron el protocolo establecido para estos casos: compraron una monovolumen de siete plazas, ella se cortó el pelo y él, supongo, empezó a aumentar la intensidad de los cafés con las chicas de Contabilidad. Obviamente, también decidieron mudarse a una casa más grande.

No eran buenos tiempos para la inmobiliaria, y desde la inmunidad que ofrece internet, rastreamos diversas agencias “on-line” hasta que dimos con la que tenía su anuncio de venta; no hubo discusión en el veredicto: el precio de salida nos pareció desorbitado y la tapicería de los sofás del salón resultaba horrible.

Formas impersonales

Formas impersonales

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Miradas cruzadas

Necesito andar y vuelvo a casa dando un gran rodeo. Al pasar por la playa de Las Arenas veo al fondo un crucero atracado en el muelle.

Levad las anclas (c) JR

Levad las anclas (c) JR

Aún no nos hemos acostumbrado a tenerlos por aquí, y nos siguen llamando la atención. Continúo el paseo con la mente enmarañada en los jirones de mi día, pero al rato me vuelvo a comprobar si el barco sigue allí todavía, y como ahora lo veo a través de los mástiles de las embarcaciones de recreo, no estoy seguro de si es él lo que se mueve o es mi propio caminar el que produce su deslizamiento en el espacio.

Otras veces, al hacer este mismo paseo entretengo mi vista en los bloques de piedra de la escollera, y sobre ellas veo corretear nerviosos animalitos: normalmente son pájaros, pero en ocasiones lo que mis ojos ven son pequeñas ratas por un instante. Sigue leyendo

Memoria de pérdidas

Construir la historia de uno mismo basándose en los recuerdos viene a ser como tratar de plantar en la playa castillos hechos de agua de mar. Las fortalezas que así se levantan resultan haber crecido sobre ladrillos de arena, incapaces de oponer la más leve resistencia, ni siquiera a la fuerza de la más desinteresada de las miradas.

 

Tratado de arquitectura efímera

Tratado de Arquitectura Efímera (c) JR

Era otro el párrafo inicial que una vez tuve en la cabeza para iniciar esta entrada, sin embargo, con innegable lógica interna, las líneas que lo formaban se han deshecho por el camino de los días o, al menos, eso me parece creer. Leí hace tiempo que el escritor Caballero Bonald sufrió durante una temporada una enfermedad que si bien no afectó a la elegante sonoridad de sus apellidos sí le creaba cierta desorientación vital: la tal dolencia consistía en fabricarle recuerdos falsos. Recuerdos, supongo, que le hacían entretenerse en algunas ocasiones en recrear placeres que no fueron y en sufrir punzadas de culpa o tal vez lamentos inmerecidos en otras. Sigue leyendo