Manteles blancos

 

Si cada color tiene una virtud (cosa que no ocurre) la del blanco es la valentía, pero nunca la inocencia. El blanco es molde, bastidor, rastrel; es, en definitiva, el espacio que queda entre las dos líneas del cuaderno rayado de tapas azules que tenía en el colegio.

En el mantel blanco, junto a una ventana, se apoyan las manos cuando aún hay toda una comida por delante; las primeras hojas pálidas del montón de folios quedan sobre la mesa, con un bolígrafo cerca; una prenda nueva de color de nieve recoge la intimidad de un cuerpo por la mañana.

Nada será igual cuando acabe la comida, la escritura, cuando finalice el día.

Sobre el mantel quedarán migas, manchas, huellas que dejen las palabras que han salido de las bocas, algunas pestañas y restos de miradas que han buscado escrutar las conversaciones ajenas, aparentemente más fluidas que la propia. El azar (el mismo que juntó partículas en el origen) ha distribuido a su capricho las salpicaduras en el hilo. Los movimientos, torpes, distraídos, a veces intencionados, han sembrado de arrugas y asimetrías en relieve el mapa que es la tela. No quedan dibujadas, sólo intuidas, las casillas oscuras del tablero que tantas veces acoge una comida, una cena: blancas y negras en el mismo cuadrilátero.

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El hastío del cocinero

Primero quiso entrar en la Escuela Laboral de Magia, pero le rechazaron, tal vez por falta de encanto. Tras superar el mal trago (con ayuda de cuatro o cinco de éstos) decidió remangarse y solicitar plaza en su opción alternativa: un grado superior de Hostelería y Restauración. Como había suficientes vacantes, y pese a ir con los brazos descubiertos, fue admitido.

Ayer le vi consumir un cigarro apoyado contra la verja del patio escolar mientras los niños terminaban de comer. Estaba en parte exterior del recinto, dentro no puede fumar. Fuma antes de cocinar y fuma después. Y desde hace un tiempo, y con plena conciencia, no se lava las manos antes de encender los fuegos.

En su primer trabajo de cocinero se consideraba hermanado con Merlín y el Mago de Oz, y su gorro de trabajo acababa en punta y tenía estrellas amarillas; en sus cazuelas hervían maravillosas pócimas con aromas de colores. Más tarde, se sintió superhéroe, y compartía póster en su imaginación con Superman y la Mujer Maravilla. Desde las proteínas de su cocina mantenía a raya la maldad sin límites de este mundo y luchaba contra cuanto villano se pusiera a su alcance.

Hastío

Procesos de transformación (c) JR

No eran pocos sus conocimientos: sabía cuándo una patata debía estar fría y cuándo caliente, convertía bultos en ensaladas y cereales en primeros platos, lograba que terneras sin cultivar parecieran escalopes a la milanesa con sus chalotitas caramelizadas de guarnición y conseguía sinfonías de sabores a partir de la síntesis de contrarios. Sigue leyendo