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Algunos días de Pascua

A veces se repartía una bolsa grande de cacahuetes, como de kilo. Llegábamos a casa de mis abuelos tras un viaje muy largo. Ochocientos kilómetros de los de entonces era una tirada muy muy larga, aunque mi padre fuera capaz de hacerlos sin pestañear, acompañado en su soledad de conductor de un paquete de Ducados y de los casettes de Camarón cuando los demás dormíamos.

Los cacahuetes, en su enorme bolsa, los recuerdo de alguna vez que la Semana Santa caía tarde y coincidía con el cumpleaños de mi hermano pequeño y por eso los llevábamos. Mis primos mayores eran los encargados de repartirlos: hacían una fila, abrían la bolsa (grande, con los frutos secos ya sin cáscara) y nos los iban dando en la mano. Estaban salados.

 

Caserío de Salamanca (c) JR

Caserío de Salamanca (c) JR

Durante esos días de vacaciones en el “Caserío de Salamanca” (así rezaba el enorme portón de la entrada, pero no era lo que yo, en lo que ellos llamaban “el Norte”, entendía por un caserío, y, desde luego, no estaba en Salamanca) el tiempo daba mucho de sí. Mis primos eran inquietos y bastante independientes, acondicionaron un establo como Club y pintaron sus siglas en la puerta verde de madera (“C.P.R.”) En el Club había tebeos, libros de trucos para espías (ya he dicho que mis primos tenían sus inquietudes), juegos de mesa y un olor peculiar. Creo que por dentro lo pintaron ellos. Para cuando nosotros llegábamos, ya solía estar todo hecho. Hicieron también un reloj de sol en una pared exterior. Así, es normal que luego encaminaran sus pasos a la arquitectura, la ingeniería, la construcción. Gente apañada, no como yo.

Íbamos a las procesiones entre las calles de pequeñas casas encaladas. Ellos participaban a veces en el lavatorio de los pies. El cura del pueblo (grande, redondo, de color rojo) representaba esa escena del Jueves Santo lavando los pies en el altar a un grupo de niños. Había que ir con los pies ya lavados, claro. A mí no me tocó nunca, no sé si iba por edades o es que había que ser más del pueblo de lo que yo era, que venía de lejos. Sigue leyendo

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Autovía

Detrás de los árboles (c) JR

Detrás (c) JR

 

Tuvimos suerte y nos dieron mesa junto al ventanal.

Desde allí se veía la autovía que atraviesa el valle. En un momento dado, pregunté “¿qué crees tú que están pensando los que van en esos coches?, ¿qué irán a hacer?”.  Me respondió que nunca se había hecho esas preguntas y siguió comiendo tranquilamente, como si nada importante hubiera ocurrido.

Perplejo, empecé a pensar si es posible que haya gente a la que no le interese la parte invisible de lo que se ve.

La liebre con ojos de ámbar. Una herencia oculta.

Elegir es una tortura, una asfixia: tener que elegir qué como hoy, cuál es mi camiseta preferida, elegir la cerveza que más me gusta o la música que hoy voy a escuchar, … Hay otras decisiones de más calado, por supuesto, pero son menos preocupantes porque para esas la Naturaleza nos ha dotado de mecanismos que orientan nuestra capacidad de decisión; la Iglesia, con su habitual perspicacia, ha detectado y clasificado a la perfección esos engranajes, a los que ha denominado “pecados capitales”: siete impulsos universales que son una ayuda inestimable para conducirnos en la vida. Sigue leyendo