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Un área de servicio

Yo lo hacía durante un tiempo, pero poca gente más conozco que disfrute triturando galletas enteras en la boca. Lo mas normal es mordisquearlas, trocearlas o, en definitiva, hacerlas cachitos para poder comerlas. En cualquier caso, ¿qué más dará?: enteras o a trozo el sabor es el mismo y, sin embargo, ¿quién compraría un paquete de galletas sabiendo que están rotas?

Comprar es siempre un acto de poder, y quien reconociera comprar galletas hechas migas estaría diciendo al mundo que carece de poder, que apenas es capaz de hacer fuerza y defender su posición. ¡Qué vulgar sería, por ejemplo, comprar las cápsulas de Nespresso en el ultramarinos, junto con puerros y patatas en lugar de adquirirlas en tiendas exclusivas de la marca! Puede defenderse que el objeto comprado es el mismo, sí, pero la experiencia de compra no tiene punto de comparación. El café de ningún modo tendría el mismo sabor. Y la bolsa no sería igual.

Hay quien como yo, experimenta este tipo de sensaciones en las áreas de servicio de las autopistas. Son aparentemente “no-lugares” que bajo una asepsia indolora crean la fantasía de ser un oasis en medio de las arenas de asiáticos desiertos. En estos “no-lugares”, en los que es posible que un cocinero de gorro erecto atienda el autoservicio, uno puede encontrar pequeñas bolsas de patatas o de frutos secos que siendo la mitad del tamaño habitual, doblan sin inmutarse su precio. Relucientes refrescos de valor estelar, diminutas botellas de vino, bocadillos y manjares recalentados cuyo consumo exige gesto serio y compostura. Yo he visto gente con cara de estar dándose un banquete en algunas áreas de servicio, con platos que superan, sin duda, su mejor comida de los domingos.

Pero a mí me atraen, es más, diría que me fascinan. Aparcas el coche bajo un sol de injusticia y al traspasar la puerta entras en un mundo de temperatura atemperada, en el que productos regionales, revistas fantásticas y largas hileras de bolsas y tubos de patatas fritas se cuadran de manera displicente, examinando si eres suficiente o no para poder comprarlas.

Son mundos felices, en los que los niños (alfredos, álvaros, martines, marías, …) corretean a sus anchas ensayando sus futuras compulsiones de compra, centros comerciales para debutantes y para quienes disfrutan pagando más por menos.

Dos galletas

Dos galletas para ti

Hay que ser Sigue leyendo

Dolores pequeños (I)

A salto de mata, a trompicones, como puta por rastrojo, en patines, subiéndose a los pianos para apurar las curvas y poder aparcar (isla de paz) un poco antes y tomar aire entre dos paradas de un circuito loco que no acaba. Veloz a la tienda de paso para comprar algo de fruta, algo de verdura, algo para la cena y un poco de chocolate con sal que luego esconderá para sí. El pequeño está en música, el mayor en el entrenamiento y el padre de los dos… ¡aún tardará horas en llegar a casa el padre de los dos, el marido de ella sola!

Puerros  (blog.productosecologicossinintermediarios.es)

Puerros (blog.productosecologicossinintermediarios.es)

De vuelta al coche, mira el reloj (vestigio aún de un tiempo calmado en el que los segundos iban más despacio): ha conseguido raspar unos minutos a la tarde. Con un movimiento rápido desbloquea la pantalla del móvil y abre el whtasapp. Un ágil repaso, y él, con su nombre falso, está en línea. Empieza ella: “ooooola”, k tal?? tdvía n la ofi??” Él contesta algo sencillo, tal vez no haya sido oportuna. Pero ella sigue “jajaja, yo n viaje ngcios, q sta la  nvera a 0”. Él hace un comentario gracioso y sigue en línea. Ella piensa si será mejor llorarle un poco o tratar de ofrecer distracción; sabe que aún tardará varios días en verle de nuevo y quiere mantener algo de tensión: no es sencillo ser madre sola y mujer compartida. Salta de un tema a otro, entre el ingenio y el torpe jugueteo. escribiendo, en línea, escribiendo, en línea, … 

La aguja de los minutos no entiende de necesidades humanas. En el maletero, los verdes puerros empiezan a liberar su olor acre en la bolsa blanca, y todo el coche se inunda de ese aroma que, silencioso, perfuma su mala conciencia. Siente un dolor pequeño.

Todas, todas, … absolutamente todas las baterías acaban por agotarse.

Acomoda la falda, baja las ventanillas para airear un poco el coche y arranca de nuevo. La humedad que le desdibuja la carretera no se va con el parabrisas, no hay parabrisas que pueda limpiar sus lágrimas.

“¡Mamááááá!, ¡otra vez llegas tarde!”

(beso) “Cariño, ¡tengo tantas cosas que hacer!”

“Bueeeeeno, ¿qué tenemos hoy para cenar?”

Impostura

La falta de criterio había llegado ya a límites difíciles de soportar. Así que enviaron a la Policía Selecta del Canadá a realizar controles en la rotonda de la salida del Hipermercado.

Iban parando a los que tenían cara de sospechosos. Ella se puso nerviosa cuando les vio y éso fue su perdición: le hicieron orillar el coche y abrir el maletero.

Acabó detenida, por supuesto.

La acusación fue la de “incoherencia reincidente”: en una misma bolsa de la compra encontraron dos docenas de huevos bioecológicos de caserío junto a un 3 x 2 de sucedáneo de chatka de marca blanca.