Títulos y suplentes

(antes)

Un tren interminable, tenía que ser un tren interminable. Muchos. Uno tras otro. Ferrocarriles pesados en cuyos vagones las moles de carne se amontonaban, palpitaban unas encima de otras, maceraban en el camino a alguno de los pabellones del Lower West. Vacas Angus o Hereford; tontos pavos de Arkansas o Minnesota y toneladas de cerdo Duroc de producción intensiva para el bacon del desayuno.

Las vías originales corrían, paralelas al Hudson, a nivel de tierra. Era tal el volumen del tránsito y tan cotidianos los atropellos que alguien inspirado decidió que un hombre a caballo, con una bandera roja, precediera cada uno de los convoyes. Después sobrevino un movimiento más radical: construyeron un viaducto y elevaron los raíles 30 pies sobre el suelo. 50 años después, el tráfico de mercancías pasó del tren a la carretera y la High Line cayó en desgracia y desuso.

Dada la inacallable vocación humana a no dejar las cosas como están, al romper este siglo David y Hammond impulsaron un movimiento vecinal que salvó a la High Line de ser demolida. Evitaron al mismo tiempo que alguna contrata con contactos se enriqueciera un poco más a costa del tajo que hubieran llevado a cabo trabajadores precarios. La High Line, entonces, se convirtió en un espacio natural en la ciudad, con instalaciones artísticas, murales, hierba y sabor a triunfo del trabajo comunitario.

(c) JR

 

(durante)

Allí, hace ya unos meses, sobre este parque lineal en altura, sobre esta avenida con alma de huerto urbano al que las vías cedieron su lugar, me encontré con Kirmen Uribe. Kirmen es uno de los escritores a los que seguiré mientras no me canse.  Kirmen es tan joven o tan mayor como yo lo soy.

 

(antes, otra vez)

Le conocí en Bilbao, en la presentación de un bonito libro sobre mi club de fútbol, y la casualidad y mi falta de habilidades sociales hicieron que primero me dirigiera a él para advertirle con ironía que no se fiara de los elogios de las contraportadas de los libros. Un poco más tarde volvimos a coincidir en el mostrador, pagando libros. Yo, el de la presentación; él, uno de Siri Hushvedt, de cuya historia me habló un poco y a quien más tarde leí con placer.  Perdí la posibilidad de regalar un libro a un escritor, como en su momento perdí la posibilidad de tomar una cerveza con Iribar. Quizá tenga eso que ver con mi insoportable capacidad de perder cosas cuya pérdida luego no soporto.

left

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Yo había leído para entonces el maravilloso “Bilbao – Nueva York – Bilbao” cuyo inicio será para mi inolvidable, alojándose la persistencia de esa memoria como una bala, a veces en las regiones cerebrales del placer, a veces en las del dolor. Creyendo lo que dice el título, me falta al menos un encuentro más con Kirmen, que necesariamente habrá de ser en Bilbao; quizá entonces le hable de lo que pienso al escribir esto. Recordé con nostalgia paisajes de su libro mientras volaba hacia JFK y veía, como él cuenta en sus páginas, cómo la pequeña pantalla informaba de la distancia recorrida y de la que quedaba por volar.

“Lo que mueve el mundo” no me gustó tanto, pero me estremeció su final, como suele pasar con los términos que llegan sin aviso y sin acuse de recibo. Además, aún no he podido tener una respuesta firme sobre la identidad y condición de esa fuerza que mueve este absurdo trajín; la investigación sigue abierta.

“La hora de despertarnos juntos” (“Elkarrekin esnatzeko ordua”) es el título, tomado de un verso de Ezra Pound, que tiene el libro que escribía en aquel momento en que me empeñé, venciendo mi timidez, en conocerle. Como un aprendiz de seguidor, allí le pregunté cómo era su proceso de creación de un libro, y me explicó sus visitas al Museo de Bellas Artes, sus entrevistas, sus investigaciones, … muchas cosas que luego leí en su libro que, por cierto, es el único de los suyos que físicamente está en mi pequeña biblioteca. Dedicado personalmente pese a que no fui yo quien acudió a la presentación, tiene como frase previa una de Carlos Fuentes que sentencia así: “Conocía la historia. Ignoraba la verdad”. Dirán luego que las ciencias reúnen más conocimiento que las letras. Ingenuos. Como yo.

 

(perdido en el tiempo)

De esta sucesión de títulos y su relación con mi vida me queda una cierta inquietud respecto a cómo vaya a llamar al libro que ahora escribe durante su residencia literaria en Manhattan. Los precedentes, que carecen de inocencia, me hacen esperar con aprensión la portada de esa novela que seguro compraré.

(c) JR

(de nuevo, durante)

Tras ese encuentro inesperado y placentero, tras las fotos, tras preguntar a su pareja cosas que no necesitaba saber y sentir la ilusión de que mi hija (que muchas veces ignora lo que pienso) le conociera y después de despedirme de ellos acabamos el paseo. Bajamos a ras de tierra y comimos en Chelsea Market. Dickson’s viene a ser una “carnicería de proximidad” que trabaja de manera sostenible con pequeñas granjas del entorno. El sabor que a veces me vuelve de la salchicha que comimos allí me reconcilia con el placer y el lado salvaje de comer carne, como hace miles de años. El recuerdo de ese gusto enciende luces de colores en mi cerebro, luces que se alojan entre sus raíles y sus huecos, jardines y pequeñas grietas que, al modo de la nueva High Line, son las que dibujan la memoria de mi viaje neoyorquino.

(sin data)

Hay, pensaré entonces, ocasiones en que lo empieza vía acaba siendo parque; lo que empieza libro acaba siendo biografía; lo que se inicia con un titular puede tener un nuevo lugar en el que ser alegre suplente.

 

¿Podremos tener, así, algo de fe en la segunda vida de, simplemente, las cosas?

 

Manhattan, abril de 2019; Getxo, mes de julio de ese año

2 pensamientos en “Títulos y suplentes

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