Navidad en la puta calle, o los dedos en el pan

En realidad, empezó a darse cuenta de cómo era el mundo cuando dejó de pertenecer a él. Como el barro que se pega a las suelas y luego salta bajo un chorro fuerte de agua, así se fue desprendiendo que todo lo que no era suyo: las convenciones, los valores, los deseos. Al andar por la calle, bajo las luces azules, percibía lo que dio en llamar “los hilos”. Posaba su mirada sobre rostros y objetos y la prolongaba hacia arriba, hacia el lugar de donde procedía la delgada cadena que los mantenía en orden y equilibrio; el origen último más allá de las nubes.

Identifica la risa como un espasmo nervioso, las lágrimas como una descarga hormonal, las emociones como reacciones enzimáticas. La retícula de calles de la pequeña ciudad resulta el resultado del sueño de un arquitecto con dispepsia y las nubes… eso si, las nubes aciertan a ser de algodón sin costura.

pan

No se mueve ya por las casillas en blanco y negro más que por el interés del camuflaje, viendo con cínico asombro las notas del compás que dirige el tráfico premeditado de los individuos, el trasfondo revelado para él del secreto orden de los afanes, el monstruo oculto que dibuja vacíos que parecen colores.

Allí están cada día, a su vista, las mesas del Café listas para la comida del mediodía. Simétricos los cubiertos y blancos los manteles; centradas las copas. Sobre las servilletas, bollos de pan sospechosamente similares entre sí. Fuera de ese escaparate, coches y peatones; unos emitiendo carbono tóxico, los otros desprendiéndose de virus, bacterias y trozos de células muertas. El Café, en esquina y con pequeño chaflán. Azulejos en su interior.

La desmedida ventaja de la apariencia es la invisibilidad. Por eso es que entra protegido de un aspecto respetable (entendedme, con el porte de quien ha comprado un Audi, por ejemplo) Cruza el pequeño arco que separa la zona de barra de la amplia sala de comidas. Alarga la mano y coge, otra vez, uno de esos panes dispuestos al sol. Lo mete al bolsillo.

Luego, en su elevado despacho con vistas al Museo lo pone sobre la mesa de cristal. Lo mira un rato. Y, como cada día, lo tira por la ventana cerrada. No quiere que sea suyo.

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