Manteles blancos

 

Si cada color tiene una virtud (cosa que no ocurre) la del blanco es la valentía, pero nunca la inocencia. El blanco es molde, bastidor, rastrel; es, en definitiva, el espacio que queda entre las dos líneas del cuaderno rayado de tapas azules que tenía en el colegio.

En el mantel blanco, junto a una ventana, se apoyan las manos cuando aún hay toda una comida por delante; las primeras hojas pálidas del montón de folios quedan sobre la mesa, con un bolígrafo cerca; una prenda nueva de color de nieve recoge la intimidad de un cuerpo por la mañana.

Nada será igual cuando acabe la comida, la escritura, cuando finalice el día.

Sobre el mantel quedarán migas, manchas, huellas que dejen las palabras que han salido de las bocas, algunas pestañas y restos de miradas que han buscado escrutar las conversaciones ajenas, aparentemente más fluidas que la propia. El azar (el mismo que juntó partículas en el origen) ha distribuido a su capricho las salpicaduras en el hilo. Los movimientos, torpes, distraídos, a veces intencionados, han sembrado de arrugas y asimetrías en relieve el mapa que es la tela. No quedan dibujadas, sólo intuidas, las casillas oscuras del tablero que tantas veces acoge una comida, una cena: blancas y negras en el mismo cuadrilátero.

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Como cuerpo de ballena blanca, el folio se apresta a recibir arpones que son esbozos que arranquen a su piel un poco de verdad; se dibujarán soluciones efímeras, esquemas y puntas de flecha que durante un instante calmen la ansiedad de quien lo lea. Dibujos que esparcen dudas y rasgos de personalidad para trabajo de grafólogos. A veces, de tarde en tarde, quedan grabadas palabras con algún sentido concreto que, como el remo del proel, ayudan a girar el rumbo. Tantas veces acaban las hojas arrugadas y de cualquier manera… pero tantas otras quedan como mudos testigos expresivos de un mundo que no existiría si no pudiera ser contado.

A lo largo del día el cuerpo deja su huella también en la ropa que queda en el interior, no a la vista de cualquiera. Es una cosa la que sucede y otra la que se cuenta. La vuelta al mundo en cada veinticuatro horas queda también registrada en las reacciones corporales: emociones, miedos, satisfacciones, procesos fisiológicos que como polvo de estrellas se depositan en las prendas secretas de cada uno, de cada una. Abrir el cajón por la mañana, elegir ropa limpia, lavada, fresca (la que mejor corresponde al día) y luego llegar la noche, desvestirse y dejar, cerrando la órbita del día, en el cesto de ropa sucia esa prenda que ha compartido sinsabores y alegrías en la desigual proporción que la suerte ha determinado.

Así, porque hay un negro hay también un blanco. Y sobre éste, algo queda.

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