Empalagosamente

No soporta los olores empalagosos, especialmente en lo que a colonias se refiere. Al profundo desagrado se une la incomprensión, y cuando percibe una de esas fragancias tiene que reprimirse para no buscar con la mirada la complicidad del resto de personas cercanas. Junto con tales aromas le llega la impresión de ofensa, de agravio, casi diría que de infamia.

Aun así procura disimular. Piensa que hay gente sensata capaz de perfumarse con esas colonias que de un dulce tan denso que exhalan hacen picar la garganta y escocer los ojos. En cualquier caso, y aunque no lo sepa, no son los sentidos lo que se saturan, es su propia mente la que percibe la marea de azúcar quemado y pétalos de rosa borrachos que se desprende de tales olores.

Aquella chica olía así y quizá todo en ella sintonizaba con su perfume: era grande, evidente, con su boca amplia hablaba mucho, rápido y con marcado acento; sus camisas eran amplias y tenían bordados; su pelo, largo. Pero él accedió a su invitación de desayunar juntos un día. La excusa formal era comprobar si realmente ella era capaz de comer por las mañanas tanto como decía.

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Salió de casa antes que de costumbre, cogió el tren y cruzó el parque. Llamó al timbre y subió sin saber qué se iba a encontrar. Ella le pasó a la cocina y sin palabras alardeó del desayuno desplegado en la mesa. A él le costó comer tanto a esas horas, pero no se iba a quedar atrás mientras mantenían la conversación en voz baja. Al entrar se había mezclado el habitual olor a confite con otro propio de la casa, que tal vez había pasado temporadas sin abrir.

No pasó nada más, ninguno de los dos fue más allá. Se empachó en silencio y salieron a la calle. Llovía un poco. Fueron andando hasta la Universidad y a él, mientras cruzaba el puente, le sorprendió ver sus edificios desde otra perspectiva diferente a la diaria. La gente pensaría que se habían encontrado casualmente. Cada uno fue a su clase y la lluvia refrescó el rastro dulzón que pudiera haber quedado en el camino.

Mientras sacaba los apuntes y su digestión se demoraba perezosa, pensó que nunca iba a entregarse a alguien cuyo olor no tuviera notas de evasión y sal.

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