Poco cuajado

Había más de un elemento que hacía del Yonko uno de los bares de L. A. más deseados por los que irremediablemente dejábamos atrás la adolescencia. Uno era la tortilla de patatas, casi siempre recién hecha y con el huevo poco cuajado, en el punto intermedio que se encuentra entre el estado líquido y el sólido. Otra – la realmente atractiva – era su aura de bar iniciático: atravesar su umbral era cruzar en cierto modo la meta de llegada a la juventud. Los que aún no íbamos habíamos pasado de verlo con cierto recelo a tenerla secreta admiración, como a esa roca lejana de la orilla hasta la que sabes que sólo podrás llegar siendo un hombre. Por eso, a partir de una edad lo último que haría uno es pasar por delante yendo con sus padres de recados.

Mi primo, uno de ellos, de lejana residencia y exilio universitario madrileño, venía a casa con la frecuencia que le permitía esta doble y compleja condición. Yo aún no había acabado el colegio. Al parecer, todos estábamos en el obvio secreto de que pretendía cuajar su relación con una amiga nuestra (es decir, de todos) con la que compartíamos veraneos tribales en el sur de la Península. Mi primo conocía muchos grupos musicales españoles, era muy delgado y tenía una cierta aura de heterodoxo dentro del círculo familiar. En cualquier caso, todo ello dentro de un orden.

Esos fines de semana mi papel cuando quedaban era de enlace, bisagra, excusa, acompañante: una suerte de tercer hombre más pequeño que permitía aportar una ilusión de familiaridad y vacaciones a aquellos encuentros, en los que quienes realmente participaban eran las numerosas y ruidosas amigas de la chica del verano. Era para mí una oportunidad de conocer ese submundo de la tarde-noche bilbaína: bares con música, pubs embrionarios, cigarros clandestinos,… la calle en definitiva.

No tanto por vasco como por introvertido y fuera de lugar, era extraño que yo articulara palabra alguna durante tales correrías. Más dudoso aún era que las numerosas y ruidosas amigas de la chica del verano las pudieran oír. La invisibilidad, a veces, es una experiencia relativamente frustrante.

 

Huevos, aceite, patata.

Huevos, aceite, patata.

 

Esas singulares aventuras me llevaron en alguna ocasión a poder ocupar escaño en el Yonko. Incluso llegué a tener la oportunidad de ser el centro de la incesante conversación que acompañaba esos momentos. No la aproveché, sin embargo. Sucedió una mañana de domingo, tal vez después de Misa, que yo había pedido una coca-cola y alguien (¡había sido yo escuchado!) me la puso en una de las mesas bajas, según se entra a la izquierda. Discurría la charla con la habitual intensidad cuando un movimiento mal controlado de alguna de las numerosas y ruidosas amigas volcó el vaso de la bebida. Las inexorables leyes de la física más rudimentaria proyectaron hacia mí el líquido que quedaba. Yo, en un alarde de reflejos desconocido para el público, rápidamente puse las dos manos en el desparramatorio recorrido de la coca-cola…

El resultado, predecible para cualquier estudiante de cinética básica, fue que mis manos no pudieron detener más cantidad de líquido que la precisa para dejarlas pringosas. La coca-cola prosiguió su normal recorrido y lo que no cayó en mis vaqueros acabó con toda lógica en el suelo del Yonko.

Supongo que aquella integrante de la legión de amigas se disculparía, quizá hasta se ruborizó. El inmerecido protagonismo, como era de prever, me vino grande. Mantuve unos instantes las manos en esa ridícula posición de quien intenta retener agua de una cascada en primavera, puse esa boba sonrisa más propia de quien ha metido la pata que de quien ha sido objeto de una torpeza y diría que hasta hubo algún intento de iniciar algún comentario obvio sobre lo sucedido. Creo que ninguno llegó a romper con claridad.

Durante esos instantes los focos me alumbraron y deslumbraron. Tal vez yo también estaba entonces muy poco cuajado. En esa tierna edad aún no solemos saber improvisar con soltura.

El Yonko terminó cerrando, mi primo y la amiga del verano acabaron de alguna forma su confluencia y de aquellas animosas amigas yo apenas he vuelto a tener noticia. Por mi parte, sigo bebiendo coca-cola, recuerdo a veces el incidente y durante unos años encontré en la Cafetería del Ensanche una tortilla casi tan sabrosa como aquella. Este último bar también ha sido traspasado, pero sólo en cuerpo y no en alma.

Yo pienso que he crecido, y no he olvidado a aquél chaval tan callado. Quizá por eso y sin inventarme nada, ahora puedo decir en voz alta que sé positivamente que no se puede hacer una tortilla sin romper los huevos.

9 pensamientos en “Poco cuajado

  1. Anónimo

    Anota: Belatz Gorri en Orduña. Un “nuevo” lugar con una tortilla hecha con sartén antigua y poco cuajada. Coca cola también hay pero los recuerdos deberás construirlos…

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    1. Josetxu Autor de la entrada

      Belatz gorri, un motivo más para ir a Orduña. Y una vez que está el motivo, sin duda, habrá que construir una historia para recordar. Gracias por la aportación!

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  2. Anónimo

    Recuerdo el bar, la cuadrilla de chicas bulliciosas, identifico al primo lejano, perseguidor de amigas comunes, aunque yo lo recuerde más elegantemente esbelto que delgado… Me consta además que su persecución, finalmente no cuajada, supuso para él un doloroso fracaso vital que aún le marca…pero lo de la tortilla no me suena, será que ya también andaba más pendiente de la chica del verano.

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    1. Josetxu Autor de la entrada

      Cada uno se fabrica sus recuerdos, no hay duda. Como yo hablaba poco podía fijarme mucho. Así aprendí algunas cosas interesantes gracias a mi primo lejano que, digámoslo ya sin ambages, no era ni esbelto ni delgado sino manifiestamente flaco.

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      1. Anónimo

        Manifiestamente flaco suena a algo así como inmejorable en su condición de flaco, algo que tu lejano primo, en su segura condición actual de incipiente barrigón, no dejará de agradecerte tanto como sorprendido pueda estar de tu adquirida condición de hablador-escribidor. Hubieras sido el rey del Yonko a poco que te hubieras prodigado entonces… Es un placer redescubrirte hoy.

  3. Josetxu Autor de la entrada

    Me ha gustado mucho esta entrada.
    Con la edad, hay cosas que se nos vuelven incomprensibles, como el hecho de que tu primo el flaco, el heterodoxo (le reconozco el mérito eso si), ligara más que tu, (lo siento primo), pero a lo que iba, que más vale tarde que nunca;
    Hay gestos que quedan marcados en la impronta genética (“periodo crítico, ventana durante la cual el entorno actúa irreversiblemente en el desarrollo de la conducta” ) , se te quedó prendido el gesto de sujetar la coca-cola que se desparrama sin remedio…ahora comprendo mejor…es exactamente el gesto que haces determinadas situaciones que no corresponde narrar en este espacio…
    Ne

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