Maridajes (escena nº 4 y final)

 

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Escena 4. Taberna nueva con pinta de llevar toda la vida. Cerveza (de bodega), hay gildas a la vista (ese pintxo de aceituna, guindilla verde y anchoa en aceite) Domina la escena un olor que no se ve y que presenta notas con tendencia a la acidez y algún tono ligeramente rancio.

Es la segunda vez que estamos aquí, pero es obvio que este sitio tiene algo de túnel del tiempo, de poso, de solera, de brasa y de ceniza de otra época. La semifinal ha terminado y mientras pedimos en la barra un señor que resultará más tarde llamarse Carmelo (pongamos que ese es su nombre) se pregunta en voz alta que con quién irá ahora la prensa de Madrid. En voz alta también, yo respondo que con nosotros seguro que no.

Carmelo tiene edad de estar jubilado, un jersey verde tan ancho como su generosa anatomía, pelo canoso y abundante y bigote denso y más bien descuidado. Se inicia una de esas conversaciones de bar en la que cualquiera puede entrar, porque se habla girando la cabeza pero no el cuerpo. Deriva el tema hacia el fútbol, los fichajes y el Athletic, y deduzco que Carmelo debe ser buen aficionado, porque habla de un chaval de Lezama que reculó en el Rayo después de pasar por el Poli Ejido. Su amigo (más alto y más simpático, mejor peinado, camisa roja y chamarra que parece de cuero pero de cerca no lo es) le advierte con una sonrisa que va a llegar tarde a cenar. Carmelo dice que él se iría a Bilbao a seguir tomando potes y su amigo le dice que los sitios que él conocía estarán todos cerrados.

Carmelo no se arredra y dice (y yo tomo nota) que “si está cerrado, se llama” y entonces su amigo le dice que sí, que como cuando iba a la Palanca y acababa en pisos de inmigrantes. Carmelo pone cara de fastidio y dice que no fue así. Sigue vaciando su enorme copa de vino con mano que tiembla y dice que ya lo cuenta él.

Nos cuenta, al alimón con el de la camisa roja, que la cosa empezó en un bar de la plaza del Doctor F, junto a la calle Z. Que empezó a tomar garimbas con unos negros y al final se llevó a la chica en taxi, que resulta que vivía por allí cerca. Que al llegar al piso resulta que estaba lleno de otros inmigrantes, “joder, y la habitación también”, y el amigo dice que Carmelo estaba acojonado. Vaya situación, “¿y qué hiciste Carmelo?” “pues oye, yo, a lo que había ido”, “no jodas, ¿hiciste los deberes?”, “hombre, claaro, no pegué ojo en toda la noche y a las cuatro de la mañana me levanté y me fui, que a las 7 entraba de turno y le había dicho a mi mujer que estaba en casa de mi madre”

El amigo sigue pinchándole: “y los inmigrantes, ¿qué?, ¿te despediste de ellos?” “Hombre, claaro, querían que les buscara trabajo, no te jode”, “Y de la chica ¿te despediste?”, “joder, claaro, y me dio su teléfono” “Pues será que quedó contenta”. “Y te fuiste por piernas”, “no, joder, en taxi hasta el metro”

“Pero es que en la Palanca hemos tenido muchas, eh”. “Joder, lo pasamos bien, y cuando se hacía tarde, ibas a la casa de Julia y te daba de cenar”. Nosotros le preguntamos, “¿era un bar o qué era?”. “No, joder, lo que te digo, la casa de Julia, de Julia. Llamabas y te hacía una tortilla o algo para cenar”, “Luego llegaban las chicas y ya, … eso” El de la camisa roja apunta: “y los travestones, eh, Carmelo, algún travestón ya iba también”, Y él, “no te jode, esos para ti, que a mí nunca me han dado por ahí, eh”. “Entonces sí había allí ambiente, y si no, al Capri”

Carmelo y su amigo se van, y casi me alegro porque había llegado el momento en el que yo estaba pensando en cómo se finaliza una conversación así.

Salimos del bar y mi amigo I. sentencia “este bar ya tiene leyenda” Hemos estado toda la noche hablando de teoría y Carmelo y su amigo, el de la camisa roja y que sonreía por los dos, nos han dado una clase práctica. Doctorados en vida y noches por el plan viejo de Sodoma y Bolonia.

 

Epílogo

Nos despedimos e inicio el camino de vuelta a casa por una calle solitaria. Me gusta ese momento de volver a casa con el sabor de la cerveza y la conversación en la cabeza. La noche está templada. Decido pasar por de esa librería de barrio que tiene en el escaparate títulos de Zweig, Burkert o Kapuscinski que no se ven tan fácilmente en librerías más grandes. Al doblar la esquina de la cristalería una pareja de novios se besa con pasión juvenil: ella de pie, él sentado en la moto.

4 pensamientos en “Maridajes (escena nº 4 y final)

  1. Josetxu Autor de la entrada

    Esta es, obviamente, la segunda parte de “Maridajes, escenas nº 1, 2 y 3” publicadas ayer mismo. En este caso, las licencias literarias son muy escasas, he tratado de reproducir fielmente lo que sucedió en la última taberna, así como en la vuelta a casa.

    Responder
      1. Josetxu Autor de la entrada

        Tal vez agridulce. Puede deberse a la cerveza, que siempre tiene un fondo amargo pese al brillo de sus burbujas rubias.

  2. Pingback: Edición del coleccionista | ez nekeak!

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