La merienda

Uno de ellos entorna los ojos con suficiencia y repite: “Pues yo empecé a hacer una colección de fotos curiosas. La primera se la hice a la furgoneta de Carnicería Pescador. Luego no seguí.” Y al reírse le tiembla el pulso y se mancha de café descafeinado los pantalones. Otro afirma: “Yo decidí un día ir apuntando en mi libreta las frases más ingeniosas de los libros que leía y luego…”, luego se atraganta con las migas de la magdalena y tiene que interrumpir la narración. Ella deja un momento su vaso de agua, se acomoda el pelo, y cuenta de nuevo: “A mí me dan igual los relojes, pero el de mi marido también era el Omega automático, hija, el grande; le gustaba tanto que no se lo quitaba ni para ir al esquí”. Se queda un momento en blanco y añade: “Pero yo nunca veía la televisión; no, yo no.”

Y en estas conversaciones apacibles va pasando la hora de la merienda en la quinta planta de la Residencia.

Alguien me dijo una vez que era la planta destinada a las demencias incipientes.

Pero a mí no me importa nada de eso: hoy es día de visita y vendrán mis nietos a verme.

Sin cafeína (c) JR

Sin cafeína (c) JR

3 pensamientos en “La merienda

  1. nerea

    E
    Un buen escenario…una interesante conversación….

    Hemos “vaciiado” muchas veces sobre nuestro momentos octogenarios compartidos en la degustación, merendando chocolate con churros y con la glucosa por las nubes; ¡¡¡a saber cuales serán nuestros “posos..”;¡¡¡ “Mi hija todos los años me cogía piojos 4 o 5 veces”, “a mi me gustaba siempre un dulcecito despues de comer con mi cafe con leche”, cada año nuevo me hacía una lista de nuevos propósitos que se alargaba en 4 o 5 más cada temporada..”..yo .cada vez veo la escena más nítida…más presente…una sin dud, cada vez va tomando más conciencia de la finitud de la vida….

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    1. Josetxu Autor de la entrada

      Hace unos meses estaba en la sala de espera de consultas externas de un hospital. Había una pareja muy mayor, ella en silla de ruedas, con problemas de visión y con cierta tendencia a hablar sola. En un momento preciso, sonó en los altavoces “Carmen Lezama (el nombre da igual, no era ése) a consulta 10, por favor”. El marido empuñó la silla y masculló “venga, a la consulta 10, vamos”, a lo que ella, girándose, replicó con interés”¿Carmen Lezama eres tú?”. Él, sin inmutarse ni detenerse contestó “No, tú eres Carmen Lezama”.

      Si este hecho, real por completo, es tierno, ácido, amargo, salado o dulce es algo que a veces depende más del espíritu del que lee que de la voluntad del que lo cuenta.

      Yo, particularmente, adoro el metro como demostración de la inabarcable realidad más o menos humana que nos rodea.

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