El Bazar de las especies

He oído hablar algunas veces de la relación que hay entre el agua y el origen de la vida. En esta materia, no obstante, más que las publicaciones científicas, mi referencia es “Érase una vez el hombre” y, en concreto, las imágenes que daban inicio a cada capítulo en las que se resumía en unos segundos la historia de la Humanidad. En una de las primeras escenas, creo recordar, se veía como de una masa de agua verde salía un reptil indefinido, algo así como un renacuajo. Después el animalillo evolucionaba en formas cada vez más complejas hasta llegar al homo sapiens erguido sobre dos patas: a partir de ese momento, por cierto, comenzó para el hombre el riesgo de caerse.

¿la naranja original? (c) JR

¿La naranja original? (c) JR

El origen de la vida… me parece un tema inquietante del que, por lo tanto apenas voy a hablar. Sólo para decir que a veces se ha adueñado de mí la intuición de que todas las formas de vida tenemos mucho en común y que, por lo tanto, quizá lo de ser “humanos” no sea algo tan diferencial como parece a simple vista. ¿Quién no se ha sentido alguna vez formando parte de un hormiguero observado desde lo alto por científicos de bata blanca y alma oscura?, ¿no habéis tenido nunca la sensación de que las cosas más normales, como la ropa, el telediario o incluso el lenguaje no son más que idioteces sin sentido?, ¿o de que detrás de la sofisticación de los cristales Swarovski, la lycra o la cocina en miniatura no se esconde más que una especie animal caracterizada por la soberbia y la inconsciencia? Yo sí: nacer, crecer, aprender a andar y a evitar las caídas, correr, buscar un lugar en la vida, … ¿eso somos?

Sólo humanos o sólo animales… Ignoro por completo si los renacuajos se plantean dilemas como éste, o si las hormigas, en los días de viento sur, rumian la idea de hacer ellas solas un viaje a otra ciudad. Tal vez eso nos diferencie y, entonces, el hecho de haber pasado yo unos días  solo en otro lugar me haga más humano. Dudo de que en el reino puramente animal (en el mineral es seguro que no) sus especies sean capaces de “hacer un see you” (ver a este efecto la sexta entrada de este blog)

Lecho y cauce (c) JR

Lecho y cauce (c) JR

Algo así pensaba yo tumbado boca arriba en la piscina de flotación de los Baños Árabes de C. (los brazos doblados y las manos bajo la nuca). Ayudado de mi crónica miopía y mecido por luces, borrosas para mí, y por la música ambiental, pensé que no era fácil para otros insectos llegar a estos niveles de complejidad vital que supone disfrutar el placer espiritual que proporciona la combinación del calor con la prudente observación de cuerpos, comportamientos y bikinis presuntamente humanos en toda su inabarcable diversidad.

Ya era de noche cuando dejé los Baños para dirigirme a cenar a las Bodegas M. Y no faltaba demasiado para el día siguiente cuando dejé a la pareja de italianos de la mesa contigua con due vasoss, uno con hielo “e una bottiglia di whisky, prego” y salí a la calle. Tenía que llegar al hotel, pero preferí no mirar el plano. En las calles por las que anduve no había nada: ni ruidos, ni coches, ni gente, … parecía un lugar que no existiera, y yo estaba allí, sin que nadie más en el mundo pudiera saber exactamente dónde me encontraba, ni siquiera yo mismo.

Por primera vez en mucho, muchísimo tiempo, sólo oía el leve sonido de mis pasos al andar, y deseé estar todavía muy lejos de mi destino.

Pensé entonces que podía empezar a manar agua de alguna parte y que ese agua iría anegando poco a poco las calles estrechas: primero los recovecos entre el empedrado para luego cubrirlo por completo y seguir subiendo después hasta alcanzar, por ejemplo, mis tobillos y a partir de ese momento sería posible que yo me fuera poco a poco disolviendo como una solución química y física en el fluido original de la vida.

Sin embargo, la Judería no es tan grande y en contra de mi voluntad dejé el sueño vago de las callejas para llegar a la puerta de mi habitación.

A la mañana siguiente, y liberado ya  de la conciencia de ser un animal gregario, volví a la Judería, y, en ella, en un ejercicio de coherencia georreligiosa, a la Sinagoga, y a la casa Sefarad. Buscaba conocer y sentir algo más de ese pasado que me toca pero que no me afecta. Había letras extrañas, candelabros de siete brazos, vestidos y cerámicas de esa otra cultura, y había también una exposición del Holocausto: allí donde se queman libros, se acaban quemando hombres. Como es normal, salí haciéndome alguna cábala al respecto.

Seguí andando; por la misma calle, y unos pocos pasos más allá me encontré frente a un portón, como de taller, que se abría al zaguán (del ár. hisp. istawán, cfr. www.rae.es) que daba paso a la Bodega G., en la que compartí espacio y hasta mesa con jubilados cuya seriedad para beber vino copiaré, si me acuerdo, cuando llegue a su edad. Al paso de las horas iba subiendo el volumen de las calles y los patios y así pasó la mañana, el mediodía y la tarde sin que pudiera captar el genio de la ciudad que, sin embargo (ahora me doy cuenta) me había estado observando en el silencio la noche anterior.

Caprichoso como es, este genio (animal, mineral, tal vez humano o más que humano) esperó paciente a que pasara todo el sábado, a que la boda

City lights (c) JR

City lights (c) JR

que me dio excusa para alejarme de mi casa unos días se consumara en clara demostración de la especificidad indisoluble del género al que creo pertenecer (así, en efecto, jamás se ha documentado en Nature que los trámites de apareamiento de otros vertebrados incluyan grupos de música con temas de los ’80) y a que, tras volver de noche a esa habitación en la había empezado el día, decidiera deshacerme del traje ritual (otro argumento que nos separa tanto de las piedras como de los seres susceptibles de acabar en un parque temático) y volver al encuentro de la ciudad que conociera la noche anterior.

Pasó la noche y con la nueva mañana, sin voz, se apropió de la escena el decorado de los viajes de vuelta. Pese a que hubiera preferido dirigirme a embarcar en el HMS Beagle para poder insistir en mi incipiente investigación, la vuelta a casa exigía coger temprano un tren veloz con nombre de resonancias ornitológicas. Recorrí pues con prisa alguna de las calles que fueron nocturnas (disfrazadas ya de ciudad de día a escala humana) pensando si tal vez también la prisa y el miedo a no llegar a tiempo son propios o no de nuestra especie.

No lejos de la estación cruzo un parque que tiene una fuente en su centro; un señor mayor con gorra y un periódico ya leído en un banco al sol entorna unos pequeños ojos como de lagarto a mi paso y me interpela con educación:

– “Por favor, oiga, ¿puede acercarse un momento?

– …

– ¿Me da su mano para que me levante? Temo caerme”

7 pensamientos en “El Bazar de las especies

  1. nerea

    El caso es que; me gusta mucho esta entrada en su globalidad, y el final es muy tierno, y coherente con todo el entramado, casi lo más difícil, es buscar un buen título y un buen final, por cierto tan conectado con el principio del texto.

    Ante tanta profundidad, ironía, humor, y el disfrute de las pequeñas cosas, con la intensidad que lo transmites, (sin olvidar las ilustraciones ad hoc, véase por ejemplo la naranja del jardín del Edén) solo me queda ser un poco vulgar, trivial, embromarte…;

    ¿como es eso que con tu magna miopía se te emborronaban las luces pero dsintiguías los bikiinis en su inmensidad? ¿también ponias ojos de lagarto? ¿como es eso que las canciones de los 80 eran trámites de apareamiento, porque lo que es ronco, viniste muy muy ronco?

    Responder
    1. Josetxu Autor de la entrada

      Algunos defienden que los investigadores debemos utilizar los ojos del alma, lo que, a veces, puede dar lugar a ciertos equívocos en la percepción de determinados fenómenos. Por lo demás, y como sin duda sabes, suelo considerar que los pequeños detalles de mi vida personal no son muy relevantes para el gran público. 😉

      Responder
  2. Anónimo

    En el fondo (con o sin miopía) tú eres ese hombre que mira, ese que ve…
    Y en esta entrada eres ese que observa desde lo slto de tu mayor yo y sonríe… ¡VIVE!

    Responder
  3. Pingback: Astrofísica en la orilla | ez nekeak!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s