La liebre con ojos de ámbar. Una herencia oculta.

Elegir es una tortura, una asfixia: tener que elegir qué como hoy, cuál es mi camiseta preferida, elegir la cerveza que más me gusta o la música que hoy voy a escuchar, … Hay otras decisiones de más calado, por supuesto, pero son menos preocupantes porque para esas la Naturaleza nos ha dotado de mecanismos que orientan nuestra capacidad de decisión; la Iglesia, con su habitual perspicacia, ha detectado y clasificado a la perfección esos engranajes, a los que ha denominado “pecados capitales”: siete impulsos universales que son una ayuda inestimable para conducirnos en la vida.

De entre las insoportables pequeñas decisiones que hay que tomar está la de leer un nuevo libro. Un personaje de Quim Monzó, al que ya recurrí en la entrada titulada “Una puerta que nunca encontré” elegía sus lecturas basándose en criterios tales como la sonoridad del nombre del autor, su nacionalidad o sus impresiones sobre anteriores lecturas (finalmente, este lector apasionado jamás terminaba sus libros, porque temía decepcionarse con el desenlace, pero ese es otro tema que ahora no toca).

Por mi parte, he ido afinando mis propios criterios (“mis parámetros” diría alguien sólo un poco más pedante que yo). Me gusta comprar libros que tengan títulos que no evidencien el contenido, que no sean de las editoriales más conocidas, que estén escritos por autores de los cuales he oído alguna buena crítica por parte de alguien de prestigio y que tengan, en conjunto, una buena estética. En realidad, así es también como elijo el vino para una comida cuando me dejan.

Y de esta forma tan objetiva llegué a “La liebre con ojos de ámbar“, escrito por Edmund de Waal y publicado por     Acantilado. El autor rastrea el origen de los más de 200 netsukes japoneses que le deja en herencia su tío Ignace. Los netsukes son figuritas de madera y marfil que servían de enganche en kimonos y otros vestidos tradicionales antiguos.

La historia se remonta al París de 1870, a la Viena de la primera mitad del siglo XX y al Tokio de la segunda parte del siglo. A lo lejos queda Odesa en el siglo XIX y los oscuros graneros de trigo que son el origen de la fortuna de los judíos Ephrussi.

A lo largo de la lectura voy desarrollando una profunda antipatía hacia el autor, que no es sino un ceramista de prestigio que dedica un par de años de su vida a investigar la historia de sus netsuke: viaja, lee, visita, entrevista, recorre lugares y épocas… Él empieza tratando de historiografiar sus tallas de marfil y acaba reflexionando sobre la memoria, la pertenencia a los lugares y la continuidad de las historias. Dice, por ejemplo “Que uno tenga algo no significa que tenga que pasarlo. A veces perdiendo cosas se gana un espacio en donde vivir“, y también dice “Ahora me pregunto qué significa pertenecer a un lugar… Uno se asimila, pero necesita un sitio adonde ir. Tiene siempre a mano el pasaporte. Guarda alguna cosa privada“. Y de esta manera, poco a poco, voy entendiendo la cita que está junto a la dedicatoria inicial, y que varias veces he releído a lo largo del verano.

Cita inicial

Cita inicial

Mi antipatía hacia al autor no me impide disfrutar del libro, del que cada noche de verano me obligaba a leer por lo menos un capítulo para no perder un hilo que al principio no entendía. Al igual que a algunos un concierto de un grupo le lleva a descubrir otro, a mí este libro me lleva a querer leer otros nuevos – que aún desconozco – sobre el París de 1870, la Viena de la primera mitad del siglo XX y Tokio de la segunda parte del siglo (sin descartar los graneros de Odesa para más adelante).

Después de acabar el libro me he sorprendido pensando en la razón de mi aversión creciente hacia Edmund de Waal, un tipo que no se contenta con exponer cerámicas en medio mundo sino que desde sus orejas despegadas y sus pulcras gafitas se pone a escribir un libro maravilloso, de esos cuyas treinta últimas páginas necesitas leer a solas, cuando ya no queda nadie despierto en casa.

Después de revisar catálogos de posibles razones acabo quedándome tranquilo al releer la relación de pecados capitales:

– “Ah, vale, pura #envidia”

3 pensamientos en “La liebre con ojos de ámbar. Una herencia oculta.

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  2. Josetxu Autor de la entrada

    Bueno, no se trataba de contar el libro, sino de despertar algo de curiosidad y hablar de la importancia de las cosas como depósito de la memoria. Y también de como alguien que no te inspira simpatía puede hacer cosas que valen la pena.

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